Alcatraces

Buceadores audaces

Vinculados desde siempre a las culturas costeras de tradición marinera, los alcatraces atlánticos prosperan hoy en nutridas colonias del Atlántico Norte.

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Alcatraces

Maestros de la zambullida pero torpes en tierra, padres afectuosos pero vecinos hostiles… los alcatraces atlánticos son el espíritu de la contradicción. Vinculados desde siempre a las culturas costeras de tradición marinera, hoy prosperan en nutridas colonias del Atlántico Norte.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

Unos alcatraces planean sobre la espuma de mar en la Reserva Natural Nacional de Hermaness, en las escocesas islas Shetland. Protegidas por el denso plumaje y la grasa subcutánea, estas aves marinas, que recorren grandes distancias en busca de alimento, tienen la constitución idónea para vivir en aguas frías y turbulentas.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

Dos adultos se arreglan las plumas en la isla irlandesa de Great Saltee. Los alcatraces suelen formar parejas estables y crían cada año en el mismo lugar. En tierra firme las parejas refuerzan continuamente su vínculo juntando sus picos, picoteándose la nuca y construyendo juntos el nido.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

Las colonias donde los alcatraces atlánticos crían a sus polluelos suelen estar situadas en lugares ventosos como este saliente en Hermaness. La ubicación de la colonia los sitúa cerca de las áreas de alimentación, y las corrientes de aire ascendentes les facilitan el despegue y el aterrizaje.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

La visión binocular permite a los alcatraces atisbar cardúmenes profundos. Cuando se zambullen, a velocidades de hasta 110 kilómetros por hora, la cabeza y el pecho quedan protegidos del impacto por unos sacos de aire subcutáneos. Las fosas nasales se sellan herméticamente, lo que les permite hacer inmersiones de hasta 15 metros.

Foto: David Tipling, Biosphoto

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Alcatraces

Un ejemplar subadulto de plumaje oscuro está casi listo para abandonar el nido. Los alcatraces engordan rápidamente gracias al pescado (bacalao, arenque, caballa) proporcionado por sus progenitores.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

La vida social en una colonia de alcatraces atlánticos es complicada. En medio de un alboroto constante, las familias anidan muy cerca las unas de las otras y a menudo se acicalan entre sí, un acto íntimo que ayuda a calmar tensiones.

Foto: Andrew Parkinson

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Alcatraces

Dos adultos encienden las iras de sus vecinos al posarse en las islas Shetland, una escena habitual en una colonia tan bulliciosa. Pero detrás de los clamores territoriales hay un orden formalizado. Los nidos se disponen en una geometría ahorrativa de dos por cada metro cuadrado: el espacio justo para librarse de picotazos.

Foto: Andrew Parkinson

Vinculados desde siempre a las culturas costeras de tradición marinera, los alcatraces atlánticos prosperan hoy en nutridas colonias del Atlántico Norte.

Fotografías de Andrew Parkinson

Se ha formado un cumulonimbo aviar. Cuando la nube descarga, el chaparrón de aves es rápido como el rayo. Se lanzan en picado, un escuadrón de tridentes blancos alanceando las olas. Mo­­mentos después emergen con el gaznate lleno de peces. Sacuden la cabeza, se elevan sobre el agua desplegando sus alas de dos metros y se pierden en las alturas con elegancia, rumbo a los acantilados, donde se posarán con torpeza.

Son los alcatraces atlánticos, marineros de altura amarrados estacionalmente a colonias muy pobladas. La ciencia nos dice que Morus bassanus es pariente del piquero, pero a simple vista parece una gaviota cruzada con un albatros. Tan elegantes en el vuelo como desafortunados en tierra, son a la vez arrogantes y exquisitos, te­­­­rritoriales y tiernos, dramáticos y cómicos. Son, en palabras del naturalista escocés Kenny Taylor, «aves de contrastes».

Hablemos de ellos, pues, y empecemos con un dato optimista. En 1913, tras varios siglos de caza que habían mermado su población antaño muy numerosa, quedaban unos 100.000 ejemplares, menos de 20 colonias. Cien años de protección más tarde, el alcatraz es uno de los grandes éxitos de la conservación. Alrededor de 40 colonias dispersas en el Atlántico Norte albergan hoy unas 400.000 parejas nidificadoras y decenas de miles de juveniles y de individuos no reproductores.

Un ejemplo de colonia nutrida es la de Herma­ness, una reserva natural situada en el norte de las islas Shetland. Con acantilados gnéisicos de 150 metros que caen vertiginosamente en un mar salpicado de arcos marinos, el lugar, que toma su nombre de un gigante que amaba a una sirena, está envuelto en el mito. Cuando llegas a él, los kilómetros de páramo empapado recorridos se desvanecen en un abismo de mar y cielo, donde rugen las olas y el viento.

Los alcatraces empezaron a anidar allí en 1917, y en los meses de verano (la época de la muda), sus plumas cuajan el aire cual polvo de hadas. La colonia es una barahúnda de graznidos, aleteos y picotazos. Los puntos de nidificación que más se cotizan son los que están en el centro, los más protegidos. Una vez ocupados, son defendidos con la vida, a picotazo limpio. Por la periferia merodean los singles en busca de pareja y nido propios.

Para adueñarse de un espacio, los machos se enzarzan en luchas que pueden durar hasta una hora. Cuando el combate termina, uno de los dos contrincantes abandona y el otro toma po­­sesión de su hogar. «El ave es fiel al lugar que ocupa –dice Stuart Murray, un escocés que lleva 40 años observando las aves marinas británicas–. Atraen a una hembra, ella pone un huevo, y entonces saben que han cumplido su objetivo.»

Cada temporada ponen un huevo. La pareja se turna para incubarlo y, al cabo de seis semanas, para alimentar a esa criatura negra, arrugada y lampiña que sale del cascarón. En tres meses se convierte en una bola de algodón, blan­ca y esponjosa; luego, en un subadulto de plumaje oscuro. Dos comidas al día lo engordarán rápidamente, y el aleteo tonificará sus músculos. Cuando el pollo está preparado para abandonar el nido, se lanza al mar. «Al principio solo cabecea en el agua, perplejo –dice Murray–, pero el hambre lo induce a nadar y bucear. Luego aprende observando a otros alcatraces.» Pero su vida está llena de peligros. Menos de la mitad de los pollos llegan a su tercer año de vida.

Si por algo se distinguen estas aves es por su espectacular modo de alimentarse: un vuelo en picado que acaba bajo el mar. Al contemplarlo se comprende por qué desde tiempos inmemoriales los marineros se han valido de ellos para localizar los bancos de peces. De hecho, la relación entre humanos y alcatraces tiene siglos de historia. Hrothgar, el señor feudal de Beowulf, llamaba al océano «baño de alcatraces». Los hermanos Wright «observaban los alcatraces e imitaban con brazos y manos los movimientos de sus alas», decía el fotógrafo de su primer vuelo. Y su grasa servía para todo, de remedio contra la gota o de lubricante de ruedas de carro.

Hoy, con menos enemigos naturales y alimento de sobra, el futuro del alcatraz atlántico pinta bien. No obstante, como sucede con la mayoría de las aves marinas, cada día es para ellos un campo de pruebas.