Parque Nacional Yasuní: bosque lluvioso en venta

La demanda de petróleo está desangrando uno de los lugares más vírgenes del planeta.

8 de febrero de 2013

Todavía gotean las hojas después del aguacero nocturno cuando Andrés Link se echa al hombro la mochila y se interna en la fría y húmeda mañana. Acaba de amanecer y el bosque ya es una algarabía de cantos y parloteos: resuena el potente grito de un mono aullador, el tac tac tac de un pájaro carpintero, el chillido de los monos ardilla persiguiéndose de rama en rama. A lo lejos empieza a oírse un sonido extraño y ululante; se desvanece; vuelve a empezar.

«¡Escuche! –dice Link, orientando el oído–. Titíes. ¿Los oye? Son dos, cantando a dúo

Esta celebración estridente pone la música de fondo al paseo cotidiano que lleva a Link a su puesto de trabajo a través del que quizá sea el lugar con mayor biodiversidad de la Tierra. Link, primatólogo de la Universidad Peruana Los Andes, está estudiando al mono araña común, y esta mañana se dirige a un lambedero (un depósito natural de sal donde acuden los animales a lamer), situado a media hora a pie, donde se reúne a menudo un grupo de estos monos.

Un hábitat de unos 9.800 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso en el este de Ecuador

Ceibas y ficus de inmensas raíces que parecen contrafuertes se alzan cual columnas romanas hacia el dosel del bosque. Las ramas bifurcadas de estos gigantes están cubiertas de orquídeas y bromelias que sustentan comunidades enteras de insectos, anfibios, aves y mamíferos, y los troncos están ceñidos por el abrazo helicoidal de las higueras estranguladoras. Hay tanta vida que hasta en una pequeña charca dejada por la huella de un animal colean diminutos pececillos.

Descendemos por una ladera hasta internarnos en un bosque salpicado de palmas del género Socratea, conocidas como jiras zanconas, cuyas raíces aéreas de un metro de alto les permiten desplazarse ligeramente en busca de luz y nu­­trientes. Es una de las innumerables adaptaciones evolutivas que se despliegan por la Estación de Biodiversidad Tiputini (EBT), unas instalaciones gestionadas por la Universidad San Francisco de Quito que ocupan 650 hectáreas de selva prístina en la periferia del Parque Nacional Yasuní, un hábitat de unos 9.800 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso en el este de Ecuador.

«Puedes pasarte aquí la vida entera, y cada día sorprenderte por algo nuevo», dice Link. En el bosque que rodea la EBT hay diez especies de primates y una variedad de aves, murciélagos y ranas que no conoce parangón en prácticamente toda América del Sur. La geografía de Yasuní es el germen de esta riqueza. El parque se ubica en la intersección de los Andes, el ecuador y la Amazonia, un punto en el que convergen riquísimas comunidades de plantas, anfibios, aves y mamífe­ros. Los aguaceros son casi diarios durante todo el año y apenas hay diferencias entre las estaciones. El sol, el calor y la humedad son constantes.

Los intereses económicos han triunfado sobre la conservación

Esta parte de la Amazonia también es hogar de dos pueblos indígenas, los quechuas y los huaorani, asentados en poblaciones a la vera de caminos y ríos. El primer contacto pacífico entre los huaorani y los misioneros protestantes se produjo a finales de la década de 1950. Hoy la mayoría de las comunidades huaorani tienen relación comercial e incluso turística con el mundo exterior, al igual que los que fueran sus enemigos tribales, los quechuas. Pero dos grupos de huaorani han dado la espalda a esos contactos y han preferido buscar su sustento por las altitudes selváticas en la llamada Zona Intangible, estable­cida para protegerlos. Por desgracia, esta zona, que se solapa con el sector sur de Yasuní, no incluye toda su área de distribución tradicional, y los guerreros nómadas han atacado a colonos y madereros tanto dentro como fuera de la zona de protección; el último ataque fue en 2009.

El subsuelo de Yasuní alberga otro tesoro que amenaza el inestimable sistema ecológico de la superficie: cientos de millones de barriles de crudo amazónico sin explotar. Con el paso de los años se han ido otorgando concesiones petroleras en el mismo territorio que ocupa el parque, de modo que los intereses económicos han triunfado sobre la conservación en la lucha por el destino de Yasuní. Al menos cinco concesiones activas se solapan con la sección norte del parque, y para un país pobre como es Ecuador la presión para perforar ha sido casi irresistible. La mitad de lo que ingresa el país por exportaciones ya corresponde al petróleo, casi todo procedente de las provincias amazónicas orientales.

En una propuesta presentada por primera vez en 2007, el presidente Rafael Correa ha ofrecido dejar intactos sine díe los 850 millones de barriles de crudo que se calcula alberga la esquina nororiental de Yasuní en la zona denominada Bloque ITT, en referencia a los tres campos pe­­trolíferos que contiene: Ishpingo, Tambococha y Tiputini. En contrapartida por preservar la fauna y la flora y frustrar la emisión a la atmósfera de unos 410 millones de toneladas de CO2 por la quema de combustibles fósiles, Correa ha pedido al mundo que dé un paso al frente en la lucha contra el calentamiento global. Persigue una compensación de 3.600 millones de dólares, más o menos la mitad de lo que se habría embolsado Ecuador en concepto de explotación de los recursos a precios de 2007. Ese dinero se invertiría, asegura Correa, en energías alternativas y proyectos de desarrollo de las comunidades.

Calificada por sus valedores de hito histórico en el debate sobre el cambio climático, la llamada Iniciativa Yasuní-ITT es muy popular en Ecuador. Las encuestas nacionales revelan siste­máticamente que cada vez es mayor la concepción de Yasuní como un tesoro ecológico que debe ser protegido. Pero la reacción internacional a la propuesta no ha sido muy entusiasta.

A mediados de 2012 solamente se habían garantizado unos 200 millones de dólares. En respuesta Correa ha presentado una serie de coléricos ultimátums, dando pábulo a los detractores de la propuesta para calificarla de chantaje. Con la iniciativa en punto muerto y Correa advirtiendo de que se acaba el tiempo, la actividad petrolera continúa su avance por el este de Ecuador, incluso dentro de los límites de Yasuní. Cada día, otro pedacito de naturaleza sucumbe a los bulldozers.

Tras media hora de caminata desde el laboratorio de la EBT, Andrés Link llega a la entrada de una cueva baja situada al fondo de un abrupto barranco. Es el lamedero de sal que buscaba, pero esta mañana no hay rastro de monos. «Tienen miedo de los depredadores –dice, mirando el cielo a través del dosel del bosque–. Cuando está nublado como hoy, no les gusta bajar.» Los monos pueden recelar de los jaguares o de las águilas harpía, pero Link está pensando en una amenaza más a largo plazo y potencialmente definitiva: el avance de la actividad petrolera.

«Ya ve que hay un gran interés en localizar el crudo –dice–. Si temo es porque se necesita bien poco para que esto se ponga en marcha, y entonces…» Lo deja ahí, como si expresarlo en voz alta resultase demasiado doloroso.

De nuevo en el laboratorio de la EBT esa tarde, charlo con el director y uno de los fundadores de la estación, Kelly Swing, sobre los cambios que él observa a medida que se acerca la actividad petrolera. «Notamos la presión –me dice, perdiendo la mirada en la penumbra que se va adueñando del bosque–. Está tan cerca que empezamos a ponernos nerviosos.»

Las instalaciones de producción más próximas están a solo 13 kilómetros al nordeste, en una concesión operada por la petrolera estatal, Petroamazonas. Los científicos dicen a Swing que a menudo oyen el zumbido de los generadores cuando están en el bosque y que cada vez es más frecuente que los animales que estudian huyan despavoridos por el vuelo bajo de los helicópteros. Seguramente el éxito o el fracaso de la Iniciativa Yasuní-ITT no tenga consecuencias directas sobre esta zona de bosque, dice Swing, pero teme que si el plan se frustra, será un duro golpe para los esfuerzos conservacionistas y el pistoletazo de salida para una marea de explotaciones petroleras que podría inundar la mitad sur de Yasuní, quizás incluso la Zona Intangible.

«Las concesiones petroleras se han convertido en una suerte de pasaderas –dice–. Cada vez que se explota una, empieza a intensificarse la presión para que se desarrollen los bloques restantes situados al este y al sur.»

En los bosques afectados por la explotación petrolera, el 90 % de las especies que viven alrededor de las parcelas perforadas pueden desa­parecer

Las autoridades ecuatorianas insisten en que es posible hacer una extracción de crudo con responsabilidad, incluso en hábitats delicados. Aseguran que las prácticas actuales nada tienen que ver con los métodos altamente contaminantes que predominaban en los años setenta y ochenta, cuando el gigante petrolero estadounidense Texaco presuntamente dejó una serie de zonas contaminadas que han arrastrado a Chevron, la matriz de Texaco, a un pleito multimillonario con las comunidades indígenas. Pero la explotación tiene consecuencias mucho mayores para entornos tan biodiversos como Yasuní, dice Swing, empezando por los incontables millones de insectos, muchos de ellos sin duda desconocidos para la ciencia, que perecen cada noche abrasados por las ondulantes llamaradas de gas.

En los bosques afectados por la explotación petrolera, el 90 % de las especies que viven alrededor de las parcelas perforadas pueden desa­parecer, advierte. «¿Es esto admisible? Y, ¿para quién lo es?»

Días después me embarco bajo la llovizna con un equipo de biólogos de la Wildlife Conservation Society (WCS) para bajar por el río Tiputi­ni, rumbo al este. Las cortezas blanquecinas de los guarumos (del género Cecropia) dibujan los márgenes del serpenteante río, que marca parte del límite septentrional del parque nacional, con forma de C invertida. Sobre nosotros, las altas ramas de las gigantescas ceibas están cuajadas de nidos de oropéndolas.

En el río no hay la menor presencia humana. O eso parece, hasta que al salir de un meandro nos topamos con una barcaza a motor atracada en la orilla. El lugar bulle de obreros con casco y botas de agua, y se ve la tierra roja al descubierto, en carne viva, lacerada por excavadoras y bulldozers. Un tajo similar en la margen opuesta, ancho y de color rojo sangre, crea la impresión de que la carretera ha saltado el río por arte de magia, penetrando de motu proprio en el parque nacional. Elevo la cámara para tomar una imagen, y rápidamente dos soldados me gritan desde la barcaza en un inglés muy rudimentario que está prohibido hacer fotos.

Cuando atravesamos el lodo y abordamos la barcaza, los hombres, vestidos con mono azul de trabajo y casco, nos reciben con un silencio hermético. Pero un hombre alto y corpulento me ofrece una mano fornida y una cálida bienvenida. «Soy uno de los malos», dice en inglés con una carcajada, antes de identificarse por su nombre. Robin Draper, de 56 años, parece tan sorprendido por nuestra repentina entrada en escena como nosotros por toda esta operación. «Llevamos aquí semanas y sois el primer bote que baja por este río», dice.

Draper, oriundo de Sacramento, California, y veterano de los campos petrolíferos de la bahía de Prudhoe, en Alaska, es el dueño y operador de la barcaza, llamada Alicia, cuyos servicios contrata Petroamazonas. A salvo del escrutinio público, salta a la vista que la petrolera estatal está entrando a toda marcha en el Bloque 31. Hace unos años los ecologistas celebraron haber impedido que otra compañía, Petrobras, construyese esa misma carretera, pero en el ínterin la concesión ha revertido a Petroamazonas y ahora los 14,5 kilómetros que conectan el río Napo con el Tiputini son una realidad. Es más, los bulldozers ya han penetrado hasta el corazón de la selva al otro lado del Tiputini.

"La intención es buena, pero en mi opinión ni siquiera deberíamos estar aquí"

Semejante maniobra es sinónimo de polémica, porque representa una nueva intrusión en el parque. Sus detractores también alegan que las reservas del Bloque 31, estimadas en 45 millones de barriles, no son suficientes para justificar una inversión ingente en la concesión. El verdadero objetivo de la entrada en el Bloque 31, afirman, sería construir la infraestructura necesaria para penetrar finalmente en el Bloque ITT colindante, lo cual deja en la cuerda floja tanto la credibi­lidad de la iniciativa como a la fauna, a la flora y a los grupos indígenas aislados que transitan sus bosques de tierras altas. Informes recientes apuntan a la posible presencia en la zona de tales grupos, que el Gobierno está obligado a proteger.

Aunque Draper no tiene opinión al respecto, asegura que la empresa hace todo lo posible por minimizar el impacto en la zona. «No van a construir un puente en el río. Aquí habrá una barcaza permanentemente», nos explica mientras tomamos un café en el puente de la Alicia. Luego describe un «proceso de construcción de carreteras totalmente novedoso» al otro lado del río, donde se está colocando un material sintético que podría enrollarse y retirarse. Pero él no lo ve claro. «La intención es buena, pero en mi opinión ni siquiera deberíamos estar aquí.»

De nuevo en el río, pregunto a Galo Zapata, uno de los biólogos de la WCS que va a bordo, cómo afectará a la selva esta nueva vía. «Estoy seguro de que la empresa hará cuanto esté en su mano para controlar el acceso a la carretera –dice–, pero no van a impedir a los quechuas y a los huaorani que se asienten a lo largo de ella.»

Hay precedentes, explica. Cuando en los años noventa las petroleras construyeron la carretera Maxus (en alusión a Maxus Energy Corporation, una empresa estadounidense de prospección petrolera) en Yasuní, se tomaron medidas para bloquear el acceso desde el exterior, pero los nativos que vivían en el parque trasladaron sus aldeas a las márgenes de la vía y empezaron a cazar para vender las presas en el mercado negro. «Con la cantidad de personas que van a instalarse aquí, habrá una demanda enorme de carne de selva. Será negativo para las aves y animales grandes. Será negativo para las personas. La historia se repetirá.»

Conforme avanzamos río abajo, el paisaje va allanándose hasta convertirse en un vasto pantano jalonado de palmas de asaí. Nuestro GPS indica que hemos entrado en el Bloque ITT, el epicentro de la polémica. Varamos en una ribera baja, donde un cartel pintado a mano identifica la pequeña comunidad quechua de Yana Yaku.

El líder de la comunidad, César Alvarado, sale de su casa de techo de paja y nos habla de cuando en su tierna infancia llegaron las petroleras. Los primeros hombres se presentaron en unos helicópteros que antes de aterrizar sobrevolaron los altos moriches que orlaban la aldea. Luego llegaron barcazas con viviendas prefabricadas para los obreros y tractores que arrasaron el bosque y trasladaron las torres de perforación. «Había una ciudad entera de obreros», recuerda, abarcando con la mano la maraña de vegetación.

Alvarado, que ahora tiene 49 años, nos conduce por un sendero embarrado que deja atrás las bastas cabañas de Yana Yaku. Quiere mostrar­nos lo que vinieron a hacer todos aquellos obreros hace tanto tiempo, y el monumento solitario que dejaron tras de sí. Al entrar en un claro um­­brío nos recibe una estampa asombrosa. Parece una especie de escultura, un crucifijo abstracto montado con tuberías, válvulas y codos. Con unos 4,50 metros de alto, ha perdido el brillo y está cubierto de musgo, como un tesoro arqueológico perdido. Pero no olvidado: es el eje central en torno al que gira toda la cuestión de la Iniciativa Yasuní-ITT, un pozo exploratorio hoy cegado del campo petrolífero de Tiputini.

En este y otros pozos de exploración se basan las autoridades para calcular que el Bloque ITT contiene más del 20 % de las reservas de petróleo de Ecuador, unos 850 millones de barriles. Es difícil imaginar un símbolo más obvio de la potencial riqueza petrolera ecuatoriana.

¿Y si vuelven los obreros?, pregunto. ¿Le parece bien a Alvarado que extraigan el petróleo de debajo de la aldea? «Nosotros queremos sanidad y educación para la comunidad –dice–. Mientras protejan el medio ambiente, los apoyaremos.»

Para la mayoría de los huaorani, en cambio, esa perspectiva no es ni mucho menos tan tentadora. Una mañana nublada y bochornosa me monto en una camioneta en la ciudad de Coca en compañía de guías nativos para dirigirme al sur por la llamada carretera Auca. Construida por Texaco en la década de 1970 para trasladar las torres de perforación a los campos petrolíferos y tender oleoductos desde ellas, la carretera partió en dos el que había sido territorio huaorani. Por si esa injuria fuese poco, la empresa bautizó la vía con el nombre de Auca, con el que se refieren a los huaorani sus enemigos, y que significa «salvaje». Nos dirigimos al puente del río Shiripuno, la puerta de entrada a la Zona Intangible, donde al menos dos grupos huaorani, los taromenane y los tagaeri, viven en un aislamiento voluntario del resto del mundo.

En nuestra rápida carrera por el asfalto atravesamos un paisaje de laderas peladas y ranchos que dan fe de la marea incontrolada de colonos hambrientos de tierra que siguió a la construcción de la carretera hace 40 años. Varias comunidades depauperadas de quechuas y mestizos jalonan los ramales de la Auca.

Al llegar a una curva cerrada a la derecha que sumerge la carretera en un denso follaje, giramos a la izquierda y seguimos unas roderas por una pendiente pronunciada. He oído que recientemente han aparecido grupos indígenas «no contactados» fuera del área de exclusión, en plena zona de explotación petrolera. Pronto estamos recorriendo un laberinto de carreteras secundarias, vías de servicio para la creciente red de pozos de crudo y estaciones de bombeo. Derrapamos al describir una curva muy cerrada y nos topamos de frente con una muralla de jungla, justo donde de pronto se acaba la carretera. Más adelante, a la derecha, descuella tras una alambrada una torre de perforación nueva. El cartel de la cancilla informa de que se trata del pozo petrolífero Nantu E. A la izquierda, a cobijo del bosque, un puñado de cabañas con techumbre de paja, la aldea huaorani de Yawepare.

Nos apeamos de la camioneta entre ladridos de perros. Un hombre musculoso con pantalón corto y camiseta ajustada me interpela: ¿qué me trae por aquí? Tranquilo al saber que no soy de la petrolera, me propone que hablemos en la cabaña comunal, a cielo abierto. Se llama Nenquimo Nihua, dice en español, y es el jefe de la comunidad por un período de dos años.

"No queremos más explotación petrolera. Que no entre un colonizador más. Ni un maderero más."

«Esta es una zona peligrosa», advierte Nihua. La tensión ha aumentado desde que hace unos meses llegaron obreros para trabajar en el pozo. Los aldeanos temen que la barahúnda de maquinaria y vehículos pesados pueda provocar la reacción violenta de tribus aisladas de la selva circundante, movidas por la sensación de que su territorio se achica. «Los están expulsando del bosque –dice–. No queremos tener problemas con ellos. Queremos que estén tranquilos.»

Nihua me dice en confianza que en realidad algunos miembros de las tribus nómadas son parientes suyos. Es más, hace tres semanas estuvieron en este mismo lugar unos 25 nómadas. Su padre los vio. Alarmado por el ladrido de los perros, se levantó en plena noche para echar un vistazo. Al encender una linterna en la cabaña comunal, se llevó un susto al ver a los guerreros, todos armados con lanzas y cerbatanas. Acababan de entrar en la cabaña y parecía que pretendían pasar allí la noche. Con el corazón acelerado, el padre de Nihua volvió a entrar en casa sin decir palabra. «Venían a descansar», añade. A la mañana siguiente ya no estaban.

Pese a los lazos familiares, muchos de los huaorani que se han asentado temen ser atacados por los taromenane y tagaeri. Sin embargo, los clanes nómadas son al mismo tiempo fuente de orgullo, un símbolo poderoso de resistencia tribal y un recordatorio de sus tradiciones ancestrales. Nihua dice que su familia y él dejan hachas y machetes en la selva para sus parientes. Plantan huertas para alimentarlos y organizan patrullas armadas para protegerlos de los intrusos con malas intenciones. «Esta es nuestra postura –dice Nihua, sacando pecho–. No queremos más explotación petrolera. Que no entre un colonizador más. Ni un maderero más.»

Casi al final de la carretera Auca llegamos a un puente inestable y pasamos los equipos a un esquife para continuar Shiripuno abajo hasta el río Cononaco y la Zona Intangible. Como solo se permite la entrada previa invitación de los huaorani, he acordado hacer esta parte del viaje con Otobo Baihua, un guía huaorani.

Bajo y robusto, de espalda ancha y sonrisa fácil, Otobo, de 36 años, explica que en su día trabajó para las petroleras, pero que lo dejó por una vida más ecológica. «Mucha contaminación –dice en un español no muy fluido–. Vi morir muchos animales. Me ponía enfermo.» Ahora es propietario de un negocio de ecoturismo y lleva a viajeros de aventura a visitar a los suyos en el corazón de la zona de exclusión.

Ante nosotros se despliega un paisaje espectacular de vida salvaje: monos saltando de rama en rama, tucanes gritando en las copas. Un capibara se desliza perezosamente hasta el agua. Otobo se detiene para indicar dónde los guerreros huaorani emboscaban a los trabajadores de las petroleras y dónde, más recientemente, los tagaeri y taromenane han atravesado con sus lanzas a los taladores ilegales antes de volver a perderse en la penumbra de la selva.

Alrededor de las fogatas de los asentamientos ribereños, los huaorani comparten durante las siguientes noches episodios de su turbulenta historia y su pertinaz recelo de las petroleras. Describen el paraíso perdido a manos del negocio del crudo y el paraíso que todavía comparten con sus huraños parientes. Al cabo de dos días alcanzamos nuestro destino, la aldea de Bameno. Edificios de bloques de hormigón y cabañas de madera flanquean una pista de aterrizaje de 560 metros de largo cubierta de hierba. Allí encontramos a Penti Baihua, primo de Otobo y líder de la comunidad, entregado a un acalorado debate con una asamblea de vecinos cerca de la pista. Va descalzo y con el pecho descubierto; tiene el cabello negro y ondulado y una sonrisa cálida. Se separa del grupo para recibirnos.

«El Bloque ITT es solo una pequeña parte de Yasuní», dice cuando le pregunto sobre la iniciativa. Lo que más le preocupa es que los huaorani no tengan derechos de propiedad expresos y reconocidos oficialmente sobre el territorio incluido en la Zona Intangible. «Irán conquistando este espacio, pozo a pozo, si no tenemos ese documento –insiste–. Ignoramos qué planes tiene el Gobierno para nuestro territorio.»

Cruzamos con Penti la pista empapada en dirección a una cabaña comunal en el otro extremo de la aldea. Quiere presentarme a su tío, un hombre de pelo plateado llamado Kemperi. Uno de los últimos chamanes jaguar de los huaorani, Kemperi es reverenciado por su facultad de comunicarse con los espíritus de la selva. Viste bermudas y camiseta azul, y los largos mechones grises de su cabello enmarcan una amplia sonrisa de dentadura blanca y brillante. No sabe su edad, dice, pero ya era adulto cuando se sumó al grupo de guerreros que emboscó y mató a varios empleados de la Shell en la década de 1940.

Doce obreros perdieron la vida a manos de guerreros indígenas. Posteriormente la compañía dejó de operar en el este de Ecuador, y la prospección petrolera no se reinició hasta que los misioneros domeñaron a los «auca».

¿A cuántos hombres mataron Kemperi y sus camaradas ese día? Cuenta con los dedos. Cinco, quizá seis. «Los matamos para que no volviesen nunca más.» A pesar de la violencia que describe, habla con la risa fácil de un veterano de guerra que relata sus batallitas. ¿Qué me dice de hoy? ¿Y si vuelven los hombres de casco y uniforme?

«Si vuelven, los matamos –contesta con total naturalidad–. Aquí hacemos lo que nos enseñaron nuestros padres y nuestros abuelos.»

Tras casi tres semanas recorriendo Yasuní en camioneta, barca y avioneta, me dirijo a la capital, Quito, en las alturas andinas. Me han ofrecido la oportunidad de entrevistarme personalmente con el presidente Correa a propósito de su polémica Iniciativa Yasuní-ITT. Los guardias se ponen firmes cuando paso por la columnata del palacio de Carondelet, de arquitectura colonial, y entro en una fastuosa sala con cortinas de brocado y muebles ornados con pan de oro.

Carismático, elocuente e inteligente, Correa, de 49 años, va al grano. La Iniciativa Yasuní-ITT, dice, todavía está sobre el tapete. «Siempre hemos dicho que si no obtenemos el apoyo que necesita la iniciativa en un plazo razonable, tendríamos que explotar el petróleo, con la máxima responsabilidad medioambiental y social.»

La iniciativa plantea un verdadero dilema, prosigue. «Ecuador es un país pobre. Aún tenemos niños sin escolarizar. Necesitamos sanidad, viviendas dignas. Son muchas las carencias. Lo que más convendría al país sería explotar el re­­curso, pero al mismo tiempo somos conscientes de nuestra responsabilidad en la lucha contra el calentamiento global, cuya causa principal es la quema de combustibles fósiles. He ahí el dilema.»

En la recta final de la entrevista, Correa se expresa como si ya hubiese tomado una decisión. «Insisto en que vamos a explotar nuestros recursos naturales, como hacen todos los países del mundo –afirma–. No podemos mendigar sentados sobre un saco de oro.» No obstante, concluye diciendo que estudiaría la posibilidad de someter a referéndum lo que en Ecuador se conoce como el Plan B: explotar el crudo del ITT.

En la escalinata del palacio presidencial, pienso en la carretera en obras del Bloque 31 y la violación de la naturaleza virgen que representaba. Al margen de la suerte que corra la Iniciativa ITT, áreas importantes de Yasuní seguirán asediadas. «Si la Iniciativa fracasa, discurriremos cómo salvar al menos una parte –me había dicho Kelly Swing en la terraza de la estación de investigación, como si también él lo diese por hecho consumado–. Lo que más me preocupa es que cada vez que cedemos el paso al desarrollo, sustraemos un poco más a la naturaleza. ¿Deberíamos usar nuestra capacidad de dominar la naturaleza para apropiarnos de todos los recursos y llevarla al límite? –preguntó Swing–. ¿Sabremos siquiera dónde está ese límite?»

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