El árbol balsa de Panamá: abierto toda la noche

El roble panameño acoje a una variada colección de criaturas que se alimentan del néctar de sus flores gigantescas. La caída del sol da lugar al comienzo del gran festín en el bosque

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panama01. Kinkajú  (Potos flavus)

Kinkajú (Potos flavus)

Las mejillas manchadas de polen de este kinkajú delatan que ha estado toda la noche bebiendo el néctar de un Ochroma, o árbol balsa.

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Foto: Christian Ziegler

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panama02. Zarigüeya lanuda

Zarigüeya lanuda

Una zarigüeya lanuda bebe de un estanque de néctar, donde también hay dos abejas meliponas que irán a parar a sus fauces. Cada noche se abren entre 50 y 60 flores en un árbol balsa, y cada una de ellas produce unos 30 mililitros de néctar.

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panama03. Ochroma de Panamá

Ochroma de Panamá

Una mantis religiosa en alerta máxima aguarda la llegada de los insectos que durante la noche acuden a recoger el polen de las flores de Ochroma. Al fondo brillan las luces de los barcos que navegan por el canal de Panamá.

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panama04. Monos capuchinos

Monos capuchinos

Monos capuchinos de cara blanca, como esta madre y su cría, acuden cada día a sus árboles favoritos justo antes del anochecer.

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panama05. Colibrí

Colibrí

Un destello azul y esmeralda advierte de la llegada de un colibrí.

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panama06. El turno de las abejas

El turno de las abejas

Unas abejas africanas pululan alrededor de una flor de Ochroma justo después de ponerse el sol. Las abejas buscan el polen; si aterrizan por error en el estanque de néctar de una flor, probablemente se ahogarán. Su capacidad para ver con menos luz que las abejas meliponas nativas les proporciona una ventaja competitiva de noche. Mientras es de día, las abejas nativas a menudo bloquean el acceso a las flores.

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panama07. Boa constrictor

Boa constrictor

Una joven boa constrictor acecha inmóvil desde otra flor (arriba); a la serpiente no le interesa el néctar de Ochroma, pero no le importaría nada merendarse a un colibrí.

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panama08. Murciélago lanceolado

Murciélago lanceolado

Un murciélago lanceolado mayor se cierne sobre una flor de árbol balsa. Durante mucho tiempo se pensó que los murciélagos eran los polinizadores principales de Ochroma, pero recientes investigaciones indican que casi todo el trabajo lo hacen los mamíferos arborícolas.

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panama09. Olingo

Olingo

Un olingo, pariente de menor tamaño del kinkajú (ambos son mamíferos del bosque lluvioso relacionados con los mapaches), agarra una flor maltrecha. Los kinkajúes a menudo ahuyentan a los olingos, pero estos, más rápidos, suelen quedarse en los árboles, lejos del alcance, hasta que las flores producen una nueva remesa de néctar.

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panama10. Más que alimento

Más que alimento

Un colibrí incuba los huevos en un nido construido parcialmente con fibras del fruto del árbol balsa, que aparece una vez se marchitan las flores polinizadas.

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panama11. Invitado sorpresa

Invitado sorpresa

Unas abejas africanas beben el néctar de una flor de Ochroma, mientras una avispa negra descansa sobre un pétalo.

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panama12. Un gecko al acecho

Un gecko al acecho

Bajo la pálida luz de luna que precede al amanecer, un pequeño gecko en busca de insectos se apoya en una flor.

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Foto: Christian Ziegler

El roble panameño acoje a una variada colección de criaturas que se alimentan del néctar de sus flores gigantescas. La caída del sol da lugar al comienzo del gran festín en el bosque

El club Ochroma es el bar de moda en la isla Barro Colorado, y yo he llegado demasiado pronto para el happy hour. Estoy en la Estación del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. Son las cuatro menos cuarto de la tarde y me encuentro encaramada en una torre improvisada de 30 metros de altura frente a un majestuoso árbol Ochroma pyramidale que mide más o menos lo mismo. Más conocido como árbol balsa, Ochroma crece en muchos países de América Latina y es el árbol del que se obtiene la madera ligera usada en las maquetas ensamblables de dinosaurios, en los palitos de los polos y en la balsa Kon-Tiki que construyó Thor Heyerdahl para su expedición a través del Pacífico.

Las ramas del noble espécimen que contemplo se comban bajo el peso de cientos de flores en diversos estadios de maduración: capullos de color marrón que parecen gigantescos bastoncillos para los oídos; volutas sin abrir con sus cabezas cremosas como helados de vainilla, y flores maduras, que, dado que se abren de noche, justo ahora empiezan a desplegar sus cinco pétalos car­nosos para revelar un estambre cubierto de polen en medio de un estanque de néctar de dos centímetros de profundidad cuya consistencia se asemeja al jarabe. Cada vez más y más pétalos…

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Una joven boa constrictor acecha inmóvil desde una Ochroma, Panamá

Una joven boa constrictor acecha inmóvil desde una Ochroma, Panamá

De las ramas bajas asciende un gran alboroto, un torrente de chillidos, arrullos y cuchicheos: son los monos capuchinos. Famosos por su gran astucia y habilidad, son los equivalentes de los chimpancés en el Nuevo Mundo. Y cuando en Panamá llega el happy hour, ellos son los primeros en acudir al bar, una fila de 25 ejemplares en busca de las primeras rondas. Los adultos jóvenes y los impetuosos adolescentes van delante, y las madres con sus crías colgando, detrás. Unos cuantos se detienen para lanzarme una agresiva sonrisa simiesca, pero la mayoría van directos a sus asuntos. Cogen las flores maduras por los bordes, meten la cabeza dentro y, con la intensidad de un vampiro, apuran su dulce contenido.

Cuando levantan la vista, tienen el hocico manchado de polen, lo cual es, desde el punto de vista del árbol, el objetivo de sus flores: llamar la atención de un polinizador el tiempo suficiente como para que el animal no pueda evitar quedar cubierto de lo que vendría a ser el semen de una planta. Si todo va bien, el polen acabará depositado en las partes femeninas de las flores de otro árbol balsa. El intercambio es sencillo: tú bebes por cuenta de la casa, y mis gametos viajan adheridos a tu cara.

El sol se pone, un par de tucanes sobrevuela ruidosamente nuestras cabezas, y los monos diurnos empiezan a marcharse hacia sus nidos para pasar la noche. Han sido glotones y descuidados, pero el árbol ni siquiera se inmuta. Enseguida rellena las flores manoseadas con nuevas dosis de néctar y hace que se abran más capullos. El bar Ochroma acaba de abrir.

Un árbol balsa en flor es como una charca de agua en el desierto.

Durante toda la noche y la mañana siguiente, los árboles balsa de la isla y los de la cercana tierra continental serán anfitriones de un reparto sorprendentemente extenso y variopinto de personajes: mamíferos, aves, anfibios e insectos. Unos cuantos clientes me resultan familiares: un primo cercano de la zarigüeya, a la que en Estados Unidos es habitual ver merodear por los cubos de basura, parece estar a sus anchas en los trópicos y le encanta el sabor del jugo del árbol balsa. Otros son increíblemente raros: si tuviéramos la suerte de atisbar al olingo de cola tupida, un pariente lejano del mapache, cuando se desliza entre las ramas tan silenciosamente como una mancha de aceite, nos daríamos cuenta de lo poco que todavía sabemos de los diversos habitantes de nuestro planeta.

Ochroma se las arregla para atraer a su clientela gracias a un simple truco oportunista. Florece al final de la estación lluviosa, cuando otros muchos árboles están en período de latencia y ya no dan frutos. Como resultado, los animales, que ya no encuentran higos o nueces, no tienen más remedio que alimentarse del néctar y el polen del árbol balsa. Quizás un pobre alimento, en comparación, pero que de todos modos posee valiosas calorías. Un árbol balsa en flor es como una charca de agua en el desierto. Si nos arrimamos a él y permanecemos ahí el rato suficiente, podremos ver cómo los sedientos habitantes del bosque lo vacían ante nuestros ojos.

De la familia de las malváceas, el árbol balsa vive deprisa y al límite. "Es una de las primeras plantas en la sucesión ecológica –dice Joseph Wright, ecólogo del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI, por sus siglas en inglés)–. Llega y se establece en claros del bosque donde otros árboles han caído o en pastos abandonados. Allí donde hay nuevos terrenos, Ochroma es la primera planta alta y leñosa que los coloniza."

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El árbol crece "con increíble rapidez", añade, y en 10 o 15 años puede llegar a los 15, 20 o 30 metros de altura. Alcanza semejante tamaño sin preocuparse por el peso de su madera. Solo la jacaratiá, un pariente de la papaya que es más bien un arbusto, tiene una madera más ligera. Una astilla del árbol balsa flota mejor que un corcho: es cinco veces menos densa que el agua, el corcho solo cuatro.

Los árboles balsa son pioneros y forman los primeros parasoles bajo los cuales surgen nuevas manchas de bosque. A su amparo pueden crecer árboles más densos a un ritmo más pausado. Pero es duro ser pionero, y muchos no viven más de 30 o 40 años. No tienen tiempo que perder. Deben reproducirse. Por eso a partir de los dos años producen grandes y llamativas flores con generosas raciones de néctar. En el transcurso de una sola noche un árbol balsa en flor puede sintetizar un litro o más de ese néctar tan característico, una compleja mezcla de azúcares y compuestos aromáticos que aún ha de ser analizada químicamente, pero que en opinión de esta inexperta catadora de néctares sabe más o menos como un jarabe dulce de setas.

Los árboles balsa son pioneros y forman los primeros parasoles bajo los cuales surgen nuevas manchas de bosque

Y ahora un pequeño misterio. ¿Por qué sus flores desabotonan de noche? En general, árboles y plantas abren sus capullos para atraer a sus polinizadores preferidos. Los que lo hacen de día intentan cautivar a aves, abejas, mariposas y mariquitas; los que abren sus flores de noche reciben la visita de polillas, grillos, saltamontes y pequeños mamíferos. Los científicos supusieron durante mucho tiempo que el objetivo del árbol balsa eran los murciélagos. La hipótesis te­­nía sentido: estos mamíferos son nocturnos, la mayoría son ávidos nectarívoros y pueden alcanzar fácilmente las flores más altas de un árbol.

Roland Kays, investigador del STRI, está entre los que ahora cuestionan esa creencia. Kays y sus colegas observaron el movimiento de animales en cuatro árboles balsa durante la época de la floración, y solo vieron un puñado de murciélagos, que realizaron breves visitas a las flores, pese a que estos animales abundan en la región y a menudo forrajean en otras plantas.

¿Cómo explicar, pues, la apertura nocturna de las flores del árbol balsa? Los insectos nocturnos, como las polillas, no necesitan ser atraídos por bebidas de trago tan largo. Los monos capuchinos aprecian el néctar de este árbol, y ponen de su parte para diseminar sus genes, pero se cree que solo son polinizadores secundarios. Si Ochroma hubiese evolucionado para seducir a estos primates o a otros forrajeadores diurnos como principales polinizadores, no esperaría a última hora de la tarde para empezar a servir bebidas.

Kays sospecha que los polinizadores principales deben de ser dos mamíferos arborícolas poco conocidos y aún menos estudiados: el kinkajú y el olingo de cola tupida, parientes lejanos del mapache, el basarisco y el panda rojo; análisis genéticos recientes han demostrado que estos comparten a su vez un parentesco distante.

El kinkajú y el olingo tienen la piel brillante, de un color miel que se confunde con la corteza de Ochroma

Sin embargo, como resultado de sus comportamientos vitales similares, el kinkajú y el olingo han evolucionado de manera que su aspecto y su forma de actuar se asemejan como si fueran especies cercanas. Ambos tienen la piel brillante, de un color miel que se confunde con la corteza de Ochroma, colas largas y grandes ojos de visión frontal perfectos para enfrentarse al desafío visual que supone moverse por los árboles de noche. Sus dietas son casi idénticas, y los dos son arborícolas. Nacen, comen, duermen, pelean, se aparean y mueren en los árboles. "Apuesto que la mayoría no toca nunca el suelo en sus 20 o 30 años de vida –apunta Kays–. No tienen ningún motivo para hacerlo. Es muy peligroso."

Y todas las noches, durante la estación seca, uno sabe dónde encontrarlos.