Animales polinizadores: con el polen a cuestas

Son los polinizadores de la Tierra, y los hay de más de 200.000 formas y tamaños. Explora la maravillosa diversidad de criaturas que desempeñan un importante papel en la polinización de las plantas con flores de la mano del fotógrafo Mark Moffett.

1 de julio de 2011

Hilera tras hilera, las tomateras se suceden en un invernadero de Wilcox, Arizona. Los tallos verdes surgen de los bloques de fibra de coco y ascienden hacia el techo de cristal. Técnicos con bata de laboratorio situados en unos carros elevados recogen meticulosamente la cosecha. La firma Eurofresh Farms recolecta unos 60 millones de kilos de tomates al año de esas plantas perfectas, cultivadas en 125 hectáreas dentro de unas construcciones provistas de kilómetros de tuberías que conducen el agua y de una red de alambre de acero por la que trepan las tomateras. Los frutos maduros tienen un olor ligeramente artificial, dulce y nada terroso.

Pero allí también hay una presencia natural, que se manifiesta como un zumbido grave que penetra hasta el fondo del oído: un millar de abejorros trabajando sin descanso.

Para reproducirse, la mayoría de las plantas con flores depende de un tercero que transfiere el polen de los órganos vegetales masculinos a los femeninos. Algunas necesitan un empujoncito para soltar el polvo dorado. La flor de la tomatera, por ejemplo, requiere una sacudida violenta, una vibración equivalente a unas 30 veces la gravedad terrestre, según explica el entomólogo de Arizona Stephen Buchmann, coordinador internacional de la ONG Pollinator Partnership. «La escala es diferente –dice–, pero basta pensar que el piloto de un caza suele desmayarse después de medio minuto sometido a una aceleración de la gravedad de entre cuatro y seis G».

Los agricultores han probado muchas maneras de sacudir el polen de la flor de la tomatera. Han usado mesas vibratorias, ventiladores, golpes de sonido y dispositivos vibradores aplicados manualmente a cada racimo de flores. Pero el instrumento preferido en los invernaderos mo­­dernos es el humilde abejorro. Si le das acceso a una flor de tomatera, se pegará a ella agitándose ferozmente mientras se alimenta, con lo que se desprenderá una nube de polen que alcanzará el estigma de la planta (el extremo de su anatomía femenina) y se adherirá al cuerpo peludo del insecto. Luego el abejorro llevará las partículas a la siguiente flor. Es lo que se denomina polinización vibrátil, y funciona de maravilla.

No es de extrañar que la mejor solución sea la que ofrece la naturaleza. Lo sorprendente es la cantidad de «trabajadores» capaces de realizar la polinización: más de 200.000 especies animales que, con diversas estrategias, ayudan a las flores a producir más flores. Las moscas y los escarabajos son los polinizadores originales, en escena desde la aparición de las plantas con flores hace 130 millones de años. En cuanto a las abejas, los científicos han descrito hasta ahora unas 20.000 especies. Colibríes, mariposas, polillas, avispas y hormigas también colaboran. Los caracoles y las babosas distribuyen el polen al arrastrarse sobre las plantas. Los mosquitos po­­linizan algunas orquídeas, y los murciélagos, con el hocico y la lengua adaptados a las formas de di­­­­ferentes flores, transfieren el polen de unas 360 es­­pecies sólo en el continente americano.

No es de extrañar que la mejor solución sea la que ofrece la naturaleza

Incluso los mamíferos incapaces de volar po­­nen su granito de arena. Las zarigüeyas, algunos monos de los bosques lluviosos y los lémures de Madagascar tienen unas manitas diminutas que arrancan los tallos de las flores y un pelaje denso al que se adhiere el polen. Más asombrosos son algunos lagartos, como los geckos y los eslizones, que lamen el néctar y transportan los granos de polen pegados a la cara y las patas.

Las plantas con flores, de las que hay más de 240.000 especies, han coevolucionado con sus polinizadores, por lo que han desarrollado perfumes agradables y colores brillantes para atraerlos con la promesa de una buena comida. Las superficies florales, al igual que los sistemas de transporte de los animales, son increíblemente variadas, desde tubos y gargantas hasta apéndices, cepillos y espolones. Basta combinar las partes animales y vegetales adecuadas (lengua larga en tubo estrecho, cara peluda en cepillo pegajoso), y el polen llegará a su destino.

Por desgracia, toda esa caótica diversidad no encaja bien con el monocultivo y la megaproductividad de la moderna agricultura comercial. Antes de que las granjas llegaran a ser tan enormes, dice la bióloga Claire Kremen, de la Universidad de California en Berkeley, «no teníamos que ocuparnos de los polinizadores. Estaban en todas partes gracias a la diversidad del paisaje. Ahora hay que traer verdaderos ejércitos de polinizadores para que se produzca la polinización».

La abeja europea, importada a América del Norte hace unos 400 años, es la polinizadora doméstica más corriente en Estados Unidos desde la década de 1950, cuando se empezaron a transportar las colmenas en camiones. Ahora, al menos un centenar de cultivos comerciales en Estados Unidos dependen casi por completo de las abejas domésticas, criadas expresamente por los apicultores para alquilarlas a las grandes fincas agrícolas. Y si bien otras especies, como las abejas albañil, son entre cinco y diez veces más eficientes en cuanto a la actividad polinizadora por individuo en ciertos árboles frutales, las abejas europeas forman colonias más numerosas (30.000 individuos o más por colmena), recorren mayores distancias para buscar alimento y toleran la intervención humana y los desplazamientos mejor que la mayoría de los insectos. Además, no son quisquillosas: polinizan prácticamente cualquier tipo de cultivo. No es fácil calcular el verdadero valor de su trabajo en todo el mundo, pero algunos economistas lo cifran en torno a los 150.000 millones de euros al año.

Algunos economistas cifran el valor del trabajo de las abejas en torno a los 150.000 millones de euros al año

Es posible, sin embargo, que la agricultura a escala industrial esté erosionando poco a poco el sistema. Aunque las abejas han sufrido enfermedades e infestaciones parasitarias desde que se empezó a criarlas, el año 2006 fue catastrófico. En Estados Unidos y otros países empezaron a desaparecer masivamente a lo largo del invierno. Los apicultores levantaban las tapas de las colmenas y sólo encontraban a la reina y unas pocas rezagadas, pero ninguna obrera. En Estados Unidos, entre una tercera parte y la mitad de las col­menas se quedaron vacías, y algunos apicultores comunicaron pérdidas de hasta un 90%. El misterioso culpable fue llamado síndrome del despoblamiento de las colmenas (SDC), y continúa siendo una amenaza anual, además de un enigma.

Cuando el SDC atacó por primera vez, muchas personas, desde ingenieros agrónomos hasta el público en general, creyeron que la causa eran los productos químicos usados en la agricultura. De hecho, dice Jeff Pettis, del Laboratorio de Investigación Apícola del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, «se ven más enfermedades en abejas expuestas a plaguicidas, incluso en pequeñas concentraciones». Pero es probable que el SDC sea el resultado de varios factores de estrés. Una mala nutrición combinada con la exposición a determinados productos químicos, por ejemplo, podría debilitar las defensas de las abejas, antes de que un virus acabara con ellas.

Según Pettis, no es fácil separar los distintos factores y sus resultados. Estudios recientes revelan que los fungicidas (que antes no se consideraban tóxicos para las abejas) pueden interferir en la acción de ciertos microbios que ayudan a descomponer el polen en el intestino de los insectos, lo que afecta la absorción de nutrientes y, por ende, la salud a largo plazo y la longevidad de las abejas. Algunos hallazgos apuntan a una combinación de virus y hongos patógenos (véase pie, izquierda). «Ojalá fuera un solo agente el que causa todo el despoblamiento –dice Pettis–. Todo sería mucho más fácil.»

Las abejas domésticas están atravesando un período difícil, y las poblaciones de polinizadores silvestres no están mucho mejor. Algunas especies corrientes de abejorro ya casi no se ven en Estados Unidos, y otras son cada vez más raras. Pero se han hecho muy pocos estudios a largo plazo de los polinizadores autóctonos, menos visibles y menos valorados que la importante abeja europea, que mueve toda una industria.

¿Qué hacer entonces? Los científicos recomiendan dar a los polinizadores más de lo que necesitan y menos de lo que les hace daño, y aliviar la carga de las abejas domésticas permitiendo que las especies autóctonas cumplan su función. La reducción del uso de productos químicos en la agricultura es parte de la solución, según Buchmann, ya que todos los animales ne­­cesitan un sistema inmunitario en plena forma para combatir los patógenos de su entorno.

Mientras tanto, la modificación y la pérdida de hábitat, señala el entomólogo, constituyen para los polinizadores una amenaza aún mayor que los patógenos. Claire Kremen anima a los agricultores a fomentar la flora autóctona alrededor de los cultivos para ayudar a resolver los problemas de hábitat. «No podemos trasladar una granja –dice–, pero podemos diversificar lo que crece a su alrededor, a los lados de las carreteras y caminos e incluso en los aparcamientos de tractores y maquinaria agrícola.» Recomienda, por ejemplo, plantar setos e islas de plantas autóctonas que florezcan en diferentes épocas del año y cultivar múltiples especies de plantas en lugar de practicar el monocultivo. «No sólo es mejor para los polinizadores autóctonos, sino para la agricultura», afirma Kremen.

Incluso en las ciudades más concurridas es posible mimar a los polinizadores con un poco de imaginación. Estudios recientes demuestran que las abejas que viven fuera de las fincas agrícolas tienen una dieta más variada y saludable que las comensales de las explotaciones comerciales. Las colmenas de los tejados de Nueva York contribuyen a que florezca la vegetación de los parques urbanos, como Central Park. El tema es muy simple: si hay hábitat, vendrán. Por fortuna, «hay más plantas generalistas que especialistas, por lo que hay una gran redundancia en el proceso de polinización –dice Buchmann–. Y aunque un polinizador desaparezca, por lo general quedan unos cuantos sustitutos para hacer el trabajo». En su opinión, la clave para que nuestros jardines y huertos sigan floreciendo es fomentar la diversidad.

Si acabamos con esa variedad, perderemos algo más que la miel. Desaparecerán muchas plantas con flores, y con ellas, las manzanas, los melocotones, las peras y muchos cultivos más. Sin polinizadores, no habría frambuesas, arándanos, ni leche para tomar con los cereales del desayuno, ya que las vacas se alimentan de alfalfa y de trébol, que polinizan las abejas. No habría café ni chocolate, ni tampoco colza, que sirve para producir biocombustibles. Los productores de almendras de Estados Unidos, que obtienen el 80% de la cosecha mundial, emplean un tercio o más de las colmenas comerciales del país durante la estación de crecimiento, todo un festival de actividad apícola que ha sido descrito como el mayor acontecimiento polinizador del planeta. Eso también se acabaría poco a poco.

«No nos moriríamos de hambre», asegura Kremen. Pero sin aves ni abejas, ni murciélagos ni mariposas, lo que comemos, e incluso lo que vestimos (al fin y al cabo, los polinizadores nos proporcionan parte de nuestro algodón y nuestro lino), tendría que limitarse a unas plantas que transfieren el polen por otros medios. «En cierto sentido –dice Kremen–, nuestras vidas estarían a merced del viento.»

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