Golfo de San Lorenzo: aguas generosas

El golfo de San Lorenzo, en el este de Canadá, es un hervidero de vida, uno de los lugares más fecundos del planeta.

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Harp Seal Dec 2012 Jennifer Hayes 01120. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Nacida en el hielo, una cría de foca de Groenlandia curiosea bajo la superficie del agua en las islas de la Madeleine, Quebec.

Undersea Images (imágenes submarinas)

Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120630 01903. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

El merlo americano se concentra en una soleada zona de kelp para alimentarse de cualquier cosa, desde gambas hasta medusas, en las ricas aguas de la bahía de Bonne, en Terranova.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120701 02020-2. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Una pareja de peces lobo atlánticos (el nombre alude a sus colmillos) se cobija en un refugio de la bahía de Bonne. La hembra se marcha tras la puesta, y es el macho el que cuida de los huevos.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120708 03262. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

John Taylor, segundo por la derecha, y su tripulación izan una red cargada de arenques en el estrecho de Belle Isle. «Soy el último de mi casta», dice Taylor, cuyos hijos no están interesados en los rigores de la vida marinera.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 131001 06181. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Los mayores peligros para la beluga no son los encontronazos con otros machos –que en el caso de este ejemplar juvenil dejaron marcas de dentelladas–, sino los contaminantes industriales y las colisiones con embarcaciones.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120702 02162. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Una medusa crin de león se deja arrastrar por las aguasde la bahía de Bonne; esta especie puede llegar a medir hasta 2,50 metros de ancho.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120904 03901. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Unos salmones atlánticos adultos remontan el río Dartmouth para dirigirse a sus lugares de freza en la península de Gaspé, en Quebec. Los ríos cristalinos de la península son famosos entre los pescadores a mosca. En el año 2000 Canadá puso fin a la pesca comercial de salmón atlántico, una especie que atraviesa el golfo de San Lorenzo en sus migraciones.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120907 02551. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Una curiosa foca gris saludó de esta forma a la fotógrafa Jenifer Hayes frente a la península de Gaspé. Los pescadores comerciales, y algunos científicos, culpan a las focas de la lenta recuperación de los stocks de bacalao.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120704 02545. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Las paredes y el fondo de Western Brook Pond, una laguna transparente del Parque Nacional Gros Morne, son de roca precámbrica formada hace miles de millones de años.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 121120 06019-2. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Ánsares nivales llenan el cielo sobre el río Saint Francis, en Quebec. En su migración otoñal desde el Ártico, las aves se detienen aquí en su ruta atlántica para alimentarse y descansar.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 120706 03079. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Un cótido escorpión se oculta entre las escamas de pez en un embarcadero de Blanc-Sablon, en Quebec. De apetito voraz, los pescadores maldicen a este pez espinoso cada vez que muerde el anzuelo.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 110315 00733. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Confinada en una plataforma de hielo, una cría de foca de Groenlandia comienza a mudar su manto blanco dos semanas después del nacimiento, más o menos cuando su madre parte. La fotógrafa Jenifer Hayes documentó el vínculo afectivo entre cachorro y madre, un comportamiento rara vez fotografiado dentro del agua.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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MM8040 110317 00860. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

En esta imagen, tomada cerca de la isla del Príncipe Eduardo, una foca de Groenlandia empuja a su cría, blanca como la nieve, a saltar del hielo y nadar. En una época de aguas cada vez más cálidas y hielos en retroceso, dos semanas de cuidados maternos no garantizan la supervivencia de un recién nacido en el golfo. Una vez que la madre ha partido, algunas crías se ahogan cuando el hielo, fino o inestable, cede bajo el peso de su cuerpo. 

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

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El golfo de San Lorenzo

La fotógrafa Jenifer Hayes documentó el vínculo afectivo entre cachorro y madre, un comportamiento rara vez fotografiado dentro del agua.

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MM8040 110317 00781 72 dpi. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

La fotógrafa Jenifer Hayes documentó el vínculo afectivo entre cachorro y madre, un comportamiento rara vez fotografiado dentro del agua.

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MM8040 110318 01551. El golfo de San Lorenzo

El golfo de San Lorenzo

Una solitaria foca de Groenlandia se aferra al frágil hielo cerca de las islas de la Madeleine. Las crías pasan el primer mes de vida sobre un témpano, una guardería muy precaria debido al retroceso del hielo en el golfo.

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Foto: David Doubilet y Jennifer Hayes

30 de mayo de 2014

El golfo de San Lorenzo es el punto de encuentro de varias vías fluviales, el resultado de todo lo que se desli­za ladera abajo. Recoge unas aguas que recorren cientos de kilómetros desde los bosques primarios del estado de Nueva York y atraviesan ciudades como Montreal. Arrastra sus sedimentos, escorrentías y follaje. Se bate y se revuelve en un estado constante de metamorfosis. La suma de todo ello genera un tesoro biológico de criaturas brillantes, voraces y en movimiento que convierten este lugar en uno de los más fecundos de la Tierra.

En términos geológicos, el golfo es muy joven. Hace 19.000 años estaba cubierto por una capa de hielo de casi dos kilómetros de grosor cuyo peso oprimía la tierra subyacente hasta tal punto que, cuando por fin se derritió, la tierra ascendió como un resorte. Conforme el suelo se elevaba y el hielo se fundía, el golfo se llenaba de agua y de vida. Del río San Lorenzo llegaron peces de agua dulce; del Atlántico, peces de agua salada, erizos, estrellas de mar, plancton y ballenas.

El apéndice de tierra conocido como isla de Cabo Bretón separa el extremo meridional del golfo de San Lorenzo del mar. Al este del cabo las aguas son frías y a veces pavorosas. Al oeste son más cálidas y calmas. Los primeros recolectores de Cabo Bretón fueron los antepasados de los micmac, uno de los pueblos indígenas de las Provincias Marítimas de Canadá. Arribaron al golfo hace al menos 9.000 años y se extendieron por las actuales Nueva Escocia y Terranova, to­mando los recursos que el territorio les ofrecía en función de sus preferencias y necesidades: focas, huevos de aves marinas, salmones, esturiones, sábalos e incluso ballenas.

Apareció el bacalao y, tras él, los barcos. Aparecieron las morsas, y pronto los cazadores las siguieron.

En el siglo XVI llegaron a la zona pescadores vascos, portugueses y franceses, que comerciaron con la población local. Los colonos europeos que acudieron posteriormente se asentaron alrededor de los nativos, pues, como estos, dependían de la vida del golfo y se supeditaban a sus ciclos. Apareció el bacalao y, tras él, los barcos. Aparecieron las morsas, y pronto los cazadores las siguieron.

Para los europeos, habituados a los esquilmados mares de sus países de origen, en los que muchas especies ya habían empezado a escasear –y no digamos los grandes mamíferos–, la fauna del golfo era la imagen de la abundancia. Pero el descubrimiento de aquella riqueza desenca­denó una oleada de explotación, el primer caso de utilización de los recursos naturales a escala industrial en el Nuevo Mundo. Se pescaron miles de peces, luego decenas de miles, pronto millones. Hacia el siglo XVII se habían extraído del golfo de San Lorenzo y enviado a Europa toneladas de bacalaos, ballenas y otras criaturas que superaban el valor del oro y la plata transportados desde el golfo de México. Con semejante presión, las poblaciones empezaron a resentirse. Lo que parecía infinito resultó ser finito.

Las especies del golfo se vieron afectadas por la explotación de los europeos (y con el tiempo, de los norteamericanos) en diferente grado, en función de la magnitud de las capturas y de sus ciclos vitales. Las ballenas, las morsas y los esturiones, especies longevas, de crecimiento lento y apareamiento infrecuente, fueron las primeras afectadas. Recientemente algunas poblaciones de ballena han empezado a recuperarse, pero muy lentamente. Las morsas siguen ausentes en el golfo, excepto cuando recala alguna proceden­te de aguas árticas. Los esturiones resisten, como llevan haciéndolo desde hace decenas de millones de años: a fuerza de aguante.

Muchos peces maduran más deprisa, crían más a menudo y se recuperan en menos tiempo que los grandes mamíferos, pero también son vulnerables. Se multiplican, pero no lo bastante rápido como para alimentar a las multitudes humanas que han llegado a depender de ellos. Hoy escasea el bacalao, que en algunas zonas está al borde de la extinción. Las poblaciones de bacalao y otras especies depredadoras han caído en picado, pero las de langostas, aunque también finitas, viven una edad de oro. También se pescan otras especies, muchas de ellas bentónicas, pero el sustento de casi todos los habitantes de la zona depende de la langosta.

El golfo ha cambiado y seguirá cambiando. Aunque mañana se interrumpiesen las capturas, las poblaciones seguirían fluctuando a causa del cambio climático, que amenaza con aumentar la temperatura del agua y reducir su salinidad. Hasta ahora hemos optado por menoscabar, generación a generación, el valor del golfo y la vida que alberga, además de erosionar su belleza. Por poner un ejemplo: desde el momento en que nos comemos los bacalaos más grandes, hacemos que el resto de los ejemplares maduren más pronto y con un tamaño menor para poder reproducirse antes de que les echemos el ojo.

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Durante miles de años el golfo ha sido un ca­­ladero de aguas generosas, pero las cosas han cambiado. Quienes se benefician de su abundancia ya no son solo los pescadores: hoy se han sumado los ejecutivos de las petroleras. Se está proyectando la primera gran perforación petrolífera del golfo, en una zona conocida como Old Harry. Los ecologistas ven en el crudo una tragedia distinta a las tragedias históricas del golfo. Puede ser. También podría verse como una de tantas decisiones que tomamos a la hora de echar mano de los frutos del planeta. Extrajimos el bacalao por su carne y por su aceite, que alimentó nuestras lámparas y avivó el desarrollo de la industria. Extrajimos la ballena por lo mismo. Si ahora extraemos el petróleo de Old Harry, se agotará más rápido que las ballenas o el bacalao, pero alimentará nuestras actividades cotidianas, nuestros viajes y nuestras empresas, igual que entonces. Si se produjese un vertido, el crudo también alimentaría a las bacterias crudófagas y otras especies que prosperan a nuestra costa y no en nuestro beneficio.

La buena noticia es que podemos elegir: algas o ballenas, bacterias crudófagas o focas. Podemos elegir porque por ahora el golfo de San Lorenzo sigue rebosante de vida, con billones de organismos e infinidad de esperanzas y sueños.