El fósil de un roedor gigante delata su formidable mordida

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23 de marzo de 2015

Las ratas de Nueva York son legendarias por su tamaño y su ferocidad. Sin embargo, hasta el mayor peso pesado de las ratas neoyorquinas parece un lindo ratoncillo al lado de la capibara sudamericana, que con sus sesenta y tantos kilos es el roedor más grande del mundo. Solo que a su vez la capibara es un peso pluma comparado con el mayor roedor que jamás ha existido. Josephoartigasia monesi, con un peso que se calcula superior a una tonelada, fue un roedor con un tamaño realmente inusual.

Descrito por primera vez por los paleontólogos Andrés Rinderknecht y R. Ernesto Blanco en 2008, Josephoartigasia se conoce exclusivamente por un cráneo de medio metro de largo hallado en Uruguay en una roca de entre 4 y 2 millones de años de antigüedad. Ese único cráneo bastó para comprender que pertenecía a un mamífero desconocido para la ciencia, nada menos que el roedor más grande de todos los tiempos.

Estos animales se dedicaban a comer plantas en los deltas y bosques prehistóricos y tenían más de conejillo de Indias que de rata voraz. ¿Pero qué comían exactamente?

Hay varias maneras de identificar la dieta de una criatura prehistórica. El contenido de los intestinos es un buen comienzo, así como sus cololitos y coprolitos (heces preservadas dentro y fuera del organismo, respectivamente). En el caso de Josephoartigasia, sin embargo, los científicos solo cuentan con el cráneo, de modo que las únicas pistas disponibles se restringen a él.

Un método es estudiar el deterioro de la dentadura de la criatura prehistórica en cuestión. Quizás haya bordes gastados, hoyuelos, muescas y otras pequeñas marcas que delaten qué comía poco antes de morir. Tales exámenes se combinan a menudo con análisis geoquímicos que asocian isótopos de carbono con determinados tipos de vegetal. Y luego está el análisis de elementos finitos. Adaptando una serie de técnicas de la ingeniería, los paleontólogos pueden estimar la fuerza de mordida y averiguar cómo respondía el cráneo al esfuerzo que hacía el animal para alimentarse. Este último método es el que eligieron Philip Cox, anatomista de la Universidad de York, Rinderknecht y Blanco para averiguar de qué se alimentaba Josephoartigasia.

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Cráneo reconstruido de Josephoartigasia usado en el estudio de Cox et al., 2015.

El primer paso fue completar el cráneo. Al fin y al cabo, para morder hacen falta los dos maxilares. Para sustituir el que faltaba, Cox y sus colegas seleccionaron la mandíbula del pariente geográficamente más cercano del roedor extinguido: la vizcacha. Con un escáner tridimensional de la mandíbula del roedor actual como complemento de la de su pariente, los investigadores simularon la mordida de Josephoartigasia en distintos puntos de la boca.

La mordida de Josephoartigasia era de una potencia excepcional. En los incisivos, el roedor era capaz de ejercer una fuerza de más de 135 kilos. En los molares era todavía mayor: casi 425 kilos. Aunque los investigadores subrayan que se trata de valores máximos que no representan la mordida típica, semejantes fuerzas siguen siendo comparables a las de ciertos carnívoros, como cánidos «trituradores de huesos» y grandes crocodilios. La dieta de Josephoartigasia no se restringía a alimentos blandos, puesto que podía morder piezas realmente duras.

Pero la rareza de este roedor radica en la increíble potencia de sus incisivos. Esos dientes acincelados, escriben Cox y sus colegas, «resistirían unas fuerzas muy superiores a las que pudieran generar los músculos masticatorios». La cuestión es, ¿por qué?

Aunque unas palas resistentes no tienen por qué constituir una adaptación directa (podrían tener que ver simplemente con el tamaño del cuerpo), Cox y sus colegas sugieren que esos incisivos quizá fuesen útiles para escarbar en busca de raíces o incluso para defenderse. Si así fuese, teorizan los investigadores, Josephoartigasia «se comportaría como los elefantes, usando los incisivos a modo de colmillos y procesando la vegetación dura con grandes fuerzas masticatorias de las piezas interiores». De verificase esta teoría, sería una prueba más de que Josephoartigasia era el mastodonte de los roedores.