Editorial

Los cuernos de la discordia

editorialmarzo2012

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24 de febrero de 2012

Habría resultado difícil convencer a la hembra de rinoceronte negro acosada por nuestro helicóptero de que en Sudáfrica las cosas habían mejorado para sus semejantes. Irritada por la persecución, corría a través de la sabana arbolada a gran velocidad, con su cría a la zaga. De pronto, el enorme animal se giró y nos miró de frente. Levantó la vista y sacudió la cabeza, describiendo un arco con los cuernos. Ya estaba bien. Había llegado el momento de mantenerse firme y exigir que moviésemos ficha. Su espíritu desafiante me maravilló.

Era el año 1995. En el sur de África la población de rinocerontes, en especial de rinocerontes blancos, repuntaba hasta tal punto que se nos había encargado hacer un recuento del número de especímenes que habitaban en la zona para una subasta de ejemplares que iba a celebrar el Consejo de Parques de Natal. Los animales se venderían a parques, reservas y complejos de caza. El trabajo de conservacionistas y ganaderos de animales salvajes daba sus frutos. Pero eso era entonces; hoy las cosas no pintan tan bien.

Este mes Peter Gwin y el fotógrafo Brent Stirton nos llevan al frente de la lucha contra la caza furtiva de este extraordinario animal. Peter escribe que el optimismo de los años noventa ha dado un giro de 180 grados. Solo en Sudáfrica, en 2008 murieron 83 ejemplares a manos de los furtivos. En 2011 la cifra superó los 400. Si no se pone coto al furtivismo, les espera un futuro nefasto.

Tal vez los rinocerontes no posean el atractivo ni el carisma de los tigres o los elefantes, pero la hembra que vi hace 17 años era, en su gesto de rotundo desafío, un paradigma de la belleza salvaje.