Editorial: nacidos para correr

Noviembre de 2012

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23 de noviembre de 2012

La primera vez que vi tal explosión de velocidad fue en las llanuras del Serengeti hace 24 años. Con una rapidez fulminante, el guepardo salvó la distancia entre el depredador y la presa; en un segundo estaba tendido junto a una gacela de Thomson. Ojalá pudiera ver de nuevo la misma secuencia a cámara lenta, pensé entonces.

Trece años después intenté conseguirlo en una pradera de Namibia. Laurie Marker, de la Fundación para la Conservación del Guepardo, había criado un ejemplar al que llamaba Chewbaaka. Para mantenerlo en forma, le había enseñado a perseguir un reclamo. El técnico de fotografía Kenji Yamaguchi y yo instalamos una docena de cámaras programadas para tomar ocho imágenes por segundo, pero los resultados no fueron los deseados. El felino cumplía su parte, pero nosotros carecíamos de la tecnología adecuada para cumplir la nuestra. Este verano, con ayuda de Jeff y Darlene Anderson y la Iniciativa Grandes Felinos, volvimos a intentarlo. El Zoo de Cincinnati aportó sus felinos, y Cathyrn Hilke, experta en guepardos, su experiencia. Se instaló una pista de 120 metros de largo con una vagoneta dirigida por control remoto. En ella se introdujo una cámara de alta definición capaz de tomar 1.200 imágenes por segundo, y otras dos que disparaban en secuencias de 42 imágenes por segundo. Iluminaban la pista 150.000 vatios. Durante tres días los guepardos hicieron su trabajo, pero los resultados seguían sin ser satisfactorios. Por fin, la última noche, todo encajó y logramos retratar al corredor más veloz de la Tierra.