Editorial: En busca de Nassau

EDITORIAL MAYO 2015

EDITORIAL MAYO 2015

Mayo de 2015

Bryan Skerry, el autor de las imágenes que acompañan el reportaje de este mes sobre delfines, es uno de esos fotógrafos que en su profesión acaban pasando más tiempo bajo el agua que fuera de ella: «A menudo veo mi trabajo como una colección de momentos vividos en el mar. Mis fotos de naturaleza son el resultado de accionar una y otra vez el disparador en el preciso instante en que una criatura animal se convierte en una confluencia de luz, color, gesto y emoción».
El año pasado Skerry se sumergió en un proyecto que pretendía documentar en imágenes la extraordinaria capacidad cognitiva y de comunicación de los delfines. En las islas Bahamas contactó con Denise Herzing –a quien algunos llaman la Jane Goodall del océano–, la zoóloga marina que en el marco del Proyecto Delfín Salvaje ha estudiado a lo largo de los tres últimos decenios el comportamiento de estos cetáceos en estado salvaje.
Herzing habló al fotógrafo acerca de Nassau, una hembra de delfín oceánico que había sido retratada por Flip Nicklin, otro gran fotógrafo adicto a las costumbres anfibias, y que apareció en la portada de National Geographic en septiembre de 1992 con su madre, Nippy. Según explicó Herzing, poco después de la publicación Nassau fue atacada por un tiburón. Tenía dos años de edad. Perdió un extremo de la aleta dorsal pero sobrevivió y desde entonces ha sido madre en cinco ocasiones. Hoy es una hembra adulta, sabia y experimentada. Su lesión ha facilitado el seguimiento a Herzing y su equipo de investigadores: en 2000 nació Neptune, la primera cría. La pasada primavera fue vista a menudo en compañía de dos de sus otros retoños, las hembras Noldus (de 11 años) y Nereide (de 6). Además mantiene una estrecha y cordial relación con su hermana pequeña Caroh y su acompañante Mugsy, los cuales a su vez han engendrado a dos machos, Malachite y Cobalt, que de vez en cuando pelean con el pequeño Nautilus, la última cría de Nassau, aunque la sangre nunca llega al río.
Desde luego, semejante vida social despierta nuestras simpatías hacia estas criaturas y hace que con frecuencia «humanicemos» a los delfines más que a otros animales. Pero las páginas que siguen nos cuentan hasta qué punto difieren nuestros cerebros y cómo tomaron caminos evolutivos distintos para alcanzar, eso sí, un grado de desarrollo equiparable y jamás conocido en el mundo animal.
«Las fotos pueden ser contempladas durante décadas –prosigue Skerry–, pero el instante en que fueron tomadas se desvanece bruscamente en el pasado, como si fuera un espectro. En ello radica la belleza de la fotografía.»