Editorial: El fuego de Vulcano

Junio de 2014

editorial_juny_2014

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6 de julio de 2014

Eyjafjallajökull: hay que haber nacido en Islandia para ser capaz de recordar, y no digamos de pronunciar, el nombre del volcán que hace cuatro años despertó de su letargo y mantuvo en vilo el espacio aéreo de media Europa. Pocos olvidarán, sin embargo, las imágenes de aquella enorme nube de ceniza que, desde unos paisajes de hielo iluminados de repente por una inesperada erupción, viajó hacia el sur, amenazando durante días parte del continente y acaparando las primeras páginas de los informativos de todo el mundo. Los volcanes nos recuerdan que vivimos en un planeta vivo y cambiante donde las fuerzas incontrolables de la naturaleza, a veces de una belleza cautivadora, generan también violencia y devastación. Los antiguos griegos lo sabían bien. Identificaban la fragua de Hefesto, el dios del fuego y la metalurgia (Vulcano para los romanos), con una orografía cargada de simbolismo, ubicada a veces en el corazón volcánico de la isla egea de Lemnos, otras bajo la boca del Etna, en Sicilia, o incluso más al norte, en las humeantes islas Eolias.
El fotógrafo francés Olivier Grunewald también lo sabe. El autor del reportaje «Fuego azul» lleva casi 20 años «hipnotizado» por las nubes, los estallidos y los magmas candentes que han emergido de las entrañas de la Tierra ante su cámara. «Me atrae el lado salvaje, primigenio de la naturaleza –dice Grunewald–. La fotografía es un pretexto para sumergirme en los paisajes de los primeros tiempos de nuestro planeta.»
Uno de sus recientes trabajos lo ha llevado a Indonesia, donde del cráter del volcán Kawah Ijen emana un extraño fuego azul solo visible en la oscuridad. Unas llamas espectaculares, bajo las cuales transcurre la vida de quienes extraen el azufre del fondo del cráter en condiciones durísimas y por un sueldo irrisorio. Bajo el volcán, nos recuerdan las imágenes de Grunewald, la belleza puede ser letal.