Editorial: Consejo de amigo

editorial febrero 2015

editorial febrero 2015

Febrero de 2015

Quienes han tenido el privilegio de contemplar con sus propios ojos lo que consideran el rey de los espectáculos nocturnos no dudan ni un instante en lanzar un mismo consejo de amigo: al menos una vez en la vida hay que ver una aurora boreal.
Hay que desplazarse al norte lejano. Cuanto más atrás quede el círculo polar Ártico, mejor. Hay que abrigarse hasta las orejas, rodearse de la más absoluta oscuridad y esperar a la medianoche para entregarse a uno de los fenómenos atmosféricos más emocionantes que la naturaleza nos brinda. Cortinas que parecen ondear al son de un vendaval inaudible y arcos de luz, unas veces verde ácido, otras roja, azulada o amarillenta que cambian constantemente de forma sobre un paisaje de hielo y nieve. A diferencia de una tormenta eléctrica abundante en truenos y relámpagos, la visión de una aurora iluminando el firmamento va acompañada de apenas unos leves sonidos irregulares que van desde un chisporroteo lejano hasta esporádicos crujidos y extrañas explosiones sordas. Una música de difícil partitura, y todo un misterio para los expertos.
Las auroras polares (también se producen en el hemisferio Sur, y en ese caso se llaman auroras australes) son un fenómeno atmosférico relacionado con la intensidad de la actividad solar y el magnetismo terrestre cuya génesis desgranamos en el artículo de portada de este mes «Auroras boreales: se alza el telón». Son bellísimas, pero deberíamos estar atentos al mensaje implícito que encierran. Esas eyecciones de masa coronal que colisionan con las moléculas de algunos gases presentes en la magnetosfera terrestre e iluminan la bóveda celeste podrían dejarnos en la más absoluta oscuridad y aislamiento tecnológico, causando estragos en la red eléctrica y en nuestros sistemas de telecomunicaciones, desde la radio y los satélites hasta los GPS e Internet.
Los científicos han establecido ciclos de actividad solar en cuyos momentos álgidos las auroras son más frecuentes y vistosas. Precisamente estamos en uno de ellos, y 2015 promete ser tan prolífico y espectacular como los últimos cuatro años que el fotógrafo Olivier Grunewald ha empleado para tomar las imágenes que se muestran a continuación. En espera de ese billete de avión que nos lleve por fin al Septentrión… ¡disfrutemos de ellas!