Proyecto solidario

Agua pura para el Altiplano

titicaca

titicaca

El lago Titicaca, ubicado en el corazón de la cordillera de los Andes, entre Bolivia y Perú, tiene una superficie de 8.562 kilómetros cuadrados, unas dos veces y media la extensión de la isla de Mallorca. Situado a 3.810 metros sobre el nivel del mar, está considerado el lago navegable más alto del mundo. Su presencia modera el clima en las regiones circundantes al absorber la energía solar durante el día e irradiarla por la noche, y favorece la vida en sus elevados dominios.

En sus más de 1.000 kilómetros de costa habitan mayoritariamente pueblos indígenas, unas 400.000 personas que viven de lo que obtienen de sus aguas: pesca, plantas de forraje para alimentar el ganado y la totora, un junco acuático muy común en el lago que se emplea desde hace siglos como material de construcción de las balsas tradicionales, viviendas, islas flotantes y diversos artículos domésticos.

En la actualidad la población de la cuenca del lago Titicaca está constituida por las etnias ay­­mara, quechua y uru, habitantes de este territorio desde tiempos prehispánicos que guardan una estrecha relación con el lago y viven en unas condiciones de gran precariedad. Los altos niveles de contaminación de sus aguas, la extrema pobreza de la población y la escasez de lluvias han puesto en jaque su supervivencia.

El sueldo medio anual por familia es de apenas unos 150 euros, y un 80 % de la población carece de los servicios básicos de agua, electricidad e infraestructuras sanitarias, unas carencias que los habitantes intentan suplir con pozos caseros, mecheros de queroseno, letrinas y prácticas de la medicina tradicional. Su futuro no parece demasiado prometedor.

Con el propósito de revertir esta situación y mejorar la calidad de vida a orillas del Titicaca, la Fundación We Are Water («Somos Agua»), con sede en Barcelona, en estrecha colaboración con la organización no gubernamental Educación Sin Fronteras (ESF), ha concluido con éxito «un proyecto de recuperación de la cultura ancestral autóctona en lo referente a la gestión y el uso del agua, basada en una utilización sostenible de los recursos», dice Xavier Torras, director de We Are Water. Una cuestión la de la sostenibilidad que se ha procurado incluir en los temarios de las escuelas locales para que las nuevas generaciones, y la población en general, tomen conciencia del daño gravísimo que los vertidos causan en las aguas del lago, que constituyen su principal sustento.

We Are Water y ESF han trabajado también en la sensibilización de las instituciones políticas de los diversos departamentos implicados en el proyecto (La Paz y Oruro en Bolivia, y Puno en Perú) para que favorezcan el desarrollo de sistemas de agua potable y alcantarillado, además de ayudar a detener los vertidos.

Los uru, por ejemplo, que viven en las islas flotantes de totora, consumen directamente el agua del lago sin someterla a ningún control sanitario. Un agua que desde hace tiempo ha aumentado sus niveles de contaminación debido a los múltiples vertidos tóxicos (en el mismo lago Titicaca y en los principales ríos tributarios, como el Ramis y el Coata) de diversa procedencia: aguas negras provenientes de pueblos y ciudades que vierten directamente al lago sin un tratamiento previo; aguas contaminadas de las industrias, en las que se mezclan detergentes, petróleo, aceites y otras sustancias tóxicas; aguas de las explotaciones mineras, en las que se han detectado restos de hierro, cobre, zinc, mercurio, plomo, arsénico y basuras en general.

Las malas condiciones del agua han hecho que la pesca disminuya de forma considerable, y la escasa pluviosidad en los últimos años atribuida al cambio climático provocó que el nivel del lago alcanzara su cota más baja en 2009, según datos proporcionados por el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología de Puno.

Hoy, tres años después, el lago Titicaca presenta un déficit hídrico que pone en juego la disponibilidad de agua dulce en términos de cantidad y calidad.

Pero este no es el único proyecto surgido del compromiso de We Are Water con la gestión y el uso sostenible del agua. Ha habido otros seis desarrollados en diversos lugares de África, Asia y América Central y del Sur que concluyeron a lo largo de 2011, y cuatro más que todavía están en curso. «Es fundamental sensibilizar y hacer reflexionar a la opinión pública y a las instituciones sobre la necesidad de una nueva cultura del agua –afirma Torras–. Para ello nos planteamos acciones de todo tipo destinadas a paliar los efectos negativos de la falta de recursos hídricos adecuados. Abordamos los problemas derivados de esa carencia con un tratamiento global de la situación, contemplando su vertiente educacional, sanitaria y de adecuación de infraestructuras.»

La incorporación de la tradicional sostenibilidad ambiental de los aymaras y los uru en la enseñanza local ha resultado ser de vital importancia. «En la cultura indígena la naturaleza es un elemento esencial en torno al cual gira la vida socioeconómica de los pueblos. Es más una fuente de sustento que un objeto de explotación. Por tanto, además del provecho que se obtiene del agua, existe la determinación de protegerla para que su beneficio sea duradero», dice Marifé Escobar, responsable de comunicación de Educación Sin Fronteras.

Fortalecer los sistemas ancestrales de cultivo, asegurar la sostenibilidad de la alimentación con medidas ecológicas, desarrollar métodos para evitar la alta contaminación en el lago, utilizar las técnicas tradicionales para la captación de agua y fomentar el uso racional del líquido elemento para el consumo familiar y la agricultura son algunas acciones que, pese a proceder de antiguas ideas, vuelven a estar de actualidad.

 

Foto: Paule Seux  /  Gtres