Los insectos ya se camuflaban hace 100 millones de años

Un nuevo estudio revela cuáles eran las asombrosas artimañas que utilizaban los insectos para hacerse invisibles en los bosques del Cretácico

1 / 4

1 / 4

camuflaje1. Camuflaje animal

Camuflaje animal

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: larva de crisopa de mediados del Cretácico procedente de un ámbar de Birmania; crisopa con una carga protectora completa, formada por un pseudoescorpión, otros insectos y materia vegetal; y, por último, larva de crisopa con filamentos verticales de origen vegetal.

Foto: Bo Wang, Nanjing

2 / 4

camuflaje2. Armadura de granos de arena

Armadura de granos de arena

Camuflaje de una larva de mosca búho. Las larvas viven camufladas entre la hojarasca o debajo de las piedras, mediante una especie de armadura de granos de arena.

Foto: Bo Wang, Nanjing

3 / 4

camuflaje3. Carga protectora completa

Carga protectora completa

Crisopa con una carga protectora completa, formada por un pseudoescorpión, otros insectos y materia vegetal.

Foto: Bo Wang, Nanjing

4 / 4

camuflaje4. Filamentos verticales

Filamentos verticales

Larva de crisopa con filamentos verticales de origen vegetal.

Foto: Bo Wang, Nanjing

Un nuevo estudio revela cuáles eran las asombrosas artimañas que utilizaban los insectos para hacerse invisibles en los bosques del Cretácico

Hace unos 100 millones de años, a mediados del Cretácico, los insectos ya practicaban el camuflaje para confundirse con el entorno y poder cazar o evitar ser cazados. Esta increíble habilidad ha sido fundamental en la supervivencia y evolución de numerosas especies. Algunos insectos utilizaban artimañas asombrosas para pasar desapercibidos: recogían residuos de la naturaleza, como trozos de plantas, granos de arena o el cadáver de otros insectos, y se colocaban esos restos sobre el dorso para hacerse invisibles. La habilidad de portar residuos "es uno de los comportamientos más fascinantes y complejos", según expresan los autores de un estudio publicado el viernes en Science Advances, en el que participa la Universidad de Bonn. "Sin embargo, el registro fósil de este comportamiento es sumamente escaso y sólo se ha registrado un único ejemplo en ámbar del Mesozoico procedente de España", observan los autores.

Se refieren a una crisopa alucinante de Diógenes (Hallucinochrysa diogenesi), cuyo ejemplar fosilizado en ámbar, de unos 110 millones de años de antigüedad, fue hallado en la localidad de Rábago, en Cantabria. La larva de crisopa aparece recubierta por unos filamentos verticales de origen vegetal mediante los cuales pasaba inadvertida. Su nombre científico está relacionado con el síndrome de Diógenes, consistente en la acumulación de grandes cantidades de basura por parte de un individuo solitario. Lo que hizo la larva de crisopa fue acumular restos vegetales, procedentes de un helecho, para ocultarse. Es el ejemplo de camuflaje más antiguo del mundo.

La evidencia más antigua de camuflaje en insectos procede de Rábago, en Cantabria

"Presentamos una colección variada de insectos portadores de residuos excepcionalmente conservados en ámbar y procedentes de yacimientos cretácicos de Birmania, Francia y el Líbano, incluidos la larva de crisópido más antigua (la crisopa de alas verdes), la larva de un mirmeleóntido (crisopa de patas hendidas, moscas búho) y redúvidos (chinches asesinas). Estos antiguos insectos usaban material de residuos como exoesqueletos de insectos, granos de arena, polvo del suelo, tricomas de hojas de gleicheniáceas, que son una familia de helechos, fibras de madera y otros desechos vegetales", explican los investigadores, que han examinado sobre todo insectos inmaduros, pues el peso de los residuos podía resultar problemático para los insectos voladores adultos.

La larva de la crisopa, por ejemplo, ataca al pseudoescorpión, succiona su interior y coloca los restos de su presa muerta sobre su dorso para pasar inadvertida. Otras larvas se crean una especie de armadura de granos de arena, probablemente para protegerse de la mordedura de las arañas. Estos insectos atrapados en ámbar, es decir, en la resina de un árbol herido, también arrojan luz sobre el hábitat propio de los bosques cretácicos de hace 100 millones de años, aunque sólo sean los diminutos fragmentos de un helecho. "Junto con el espécimen procedente de España, ya conocido, estos fósiles son la evidencia más antigua y directa de un comportamiento de camuflaje", aseveran los autores del estudio.