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Petra

Petra

Petra

Una obsesionante sensación de antigüedad se cierne sobre estas inmensas ruinas talladas en las rocas del desierto jordano.

Se tardaba doce semanas en llegar aquí desde los bosquecillos de incienso de Omán, después de cargar los camellos y apagar las fogatas del campamento. Luego, la caravana, como una hilera de hormigas, se ponía en marcha entre la niebla de la mañana, protegiendo su precioso cargamento de los bandidos, y recorría con inquietud, en fila de a uno, las traicioneras sendas de Yemen. Más tarde, si todo iba iben, la caravana se detenía a comerciar en Medina, donde bebía en sus pozos salobres y reponía fuerzas para el resto del viaje. Después se dirigía hacia el norte por las infernales arenas pedregosas de Arabia occidental, sobreviviendo de charca en charca durante todo el recorrido hasta la capital de los nabateos, que gobernaron los territorios situados al este del río Jordán. Esta ciudad, Petra, atraía al camellero de hace dos milenios como una estrella distante.Debía de ser un gran alivio avistar a los centinelas en los salientes de arenisca roja, obtener vía libre después de pagar el portazgo y respirar el aire fresco del Siq, una hendidura en la roca de 75 metros de altura que era, y sigue siendo, la principal vía de acceso a Petra.Lea el artículo completo en la revista.