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Perfume, la esencia de la ilusión

Perfume, la esencia de la ilusión

Perfume, la esencia de la ilusión

Con las fragancias de la naturaleza –y sus equivalentes químicos-, los maestros perfumistas crean una mercancía que nadie necesita, pero que casi todos desean.

"¿Se considera usted sensual o elegante?", pregunta Cathleen Montrose, con el bolígrafo en suspenso sobre un bloc de notas.Estoy en un despacho alto sobre la Madison Avenue, en la ciudad de Nueva York. Cathleen, vicepresidenta de desarrollo creativo de Firmenich, una empresa que elabora perfumes para firmas como Calvin Klein y Estée Lauder, se dispone a iniciarme en el proceso de la creación de fragancias."Elegante", digo, mirando de soslayo una carrera en mis medias."¿De qué colores viste?""De negro", respondo."¿Qué más?""Gris marengo.""Otro.""Azul marino."De repente, empiezo a parlotear. "Me gusta más sentarme con un libro que asistir a fiestas. Si pudiera costeármelo, compraría esmeraldas, no diamantes. Prefiero el mar a la montaña y no soporto los aromas florales asfixiantes.""Nardos, no", garrapatea Montrose."Si me dieran a elegir, me vestiría en Yves Saint Laurent, no en el recargado Christian Lacroix (observo mis uñas mordidas); prefiero el vino tinto al blanco (inspecciono la mancha de tinta que hay en mi mano) y me encantan los retratos de John Singer Sargent."Respiro hondo. "Me gustaría un perfume discreto. Vivificante, sofisticado, ingenioso."Lea el artículo completo de la revista.