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Peregrinación a Sierra Madre

Peregrinación a Sierra Madre

Peregrinación a Sierra Madre

Viajando 2.000 kilómetros por las montañas de México, el autor persigue el pasado: el suyo propio y el de un enigmático explorador noruego del siglo XIX.

Lumholtz me visitó anoche con la cabeza descubierta pese a la lluvia. Algo insólito, porque en las fotografías que le muestran a lomos de una mula en algún lugar de Sierra Madre siempre lleva sombrero. Unas veces se cubre con un Stetson de fieltro. En otras fotografías luce un sombrero de paja mexicano. Lumholtz era un tipo prudente que pocas veces se dejaba sorprender por el mal tiempo. Pero, sin duda, era él. Llegó caminando por la embarrada pista forestal que discurría por encima de la aldea de El Yepo, con su pálida y despejada frente brillando bajo la luz de los relámpagos.Le llamé a gritos para que se detuviera, pero no me hizo caso. Siguió avanzando con dificultad hacia el sur, hacia Ciudad de México. (Una vez, en las riberas del río Bavispe, pasó decidido junto a mi campamento entonando canciones tarahumara, un viejo truco para congraciarse con los indios. Y en una habitación de hotel destartalada, en la población ganadera de Nuevas Casas Grandes, irrumpió por la puerta, me miró a los ojos con escepticismo y volvió a salir en silencio.) Al amanecer me desperté tiritando y enroscado en el empapado saco de dormir, y traté de ordenar mis pensamientos.Lea el artículo completo en la revista.