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Patagonia, tierra de vientos desatados

Patagonia, tierra de vientos desatados

Patagonia, tierra de vientos desatados

La vasta región del extremo meridional de América del Sur dependía casi exclusivamente de la ganadería ovina. El hundimiento del sector comportó grandes cambios para la Patagonia, que ahora atrae a una nueva generación de pioneros y aventureros en busca de una naturaleza todavía virgen.

El viento me perseguía dondequiera que fuera en la Patagonia. Obstruía mis fosas nasales y hacía patinar el Jeep por las pistas de grava como si fueran de hielo. Los pájaros volaban hacia atrás. Los árboles crecían en horizontal. El viento era un ser vivo. Podía mostrarse violento y hacer estallar los cristales, o provocar remolinos de polvo que se elevaban sobre la estepa como tornados en miniatura. Otras veces el viento era suave como una pluma. En una hacienda próxima a la península de Valdés, en la costa atlántica, vi cómo acariciaba un trozo de papel y lo movía en círculos sobre el suelo como un imán movería una esfera metálica. En Puerto Deseado pasé una noche en vela escuchando un vendaval que convirtió mi hotel en una orquesta tumultuosa. Las puertas golpeteaban como tambores; un resquicio bajo el tejado acanalado gemía como una flauta, y la rejilla de ventilación del cuarto de baño hacía de gaita. Durante toda la noche el viento tocó su desenfrenada fuga, bajando a veces a un arrullo pianissimo antes de acometer sus frenéticos crescendos. Lea el artículo completo en la revista.