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Monte Saint Helens

Monte Saint Helens

Monte Saint Helens

Veinte años después de que las erupciones arrasaron más de 500 kilómetros cuadrados del noroeste de Estados Unidos, grandes manadas de uapitís se acercan ahora a los nuevos pastos.

Vivimos entre el fuego y el hielo. Ese pensamiento me viene a la mente mientras sobrevuelo en un helicóptero el cráter del monte Saint Helens, fuente de un fuego inextinguible desde hace dos decenios. El 27 de marzo de 1980, este volcán nevado de 2.949 metros de altura comenzó una serie de erupciones que oscurecieron este pico parecido al Fuji y captaron la atención del mundo. El 18 de mayo se autodestruyó, desencadenó la mayor avalancha que consta en el registro histórico y perdió 400 metros de su cima. Murieron 57 personas, así como un número desconocido de aves y otros animales. Más de 500 kilómetros cuadrados de bosques, prados y arroyos se transformaron en un erial gris ceniza. Esta ceniza dejó a oscuras en pleno día la zona central y oriental del estado de Washington, y finalmente se desplazó por el mundo. Presencié asombrado estos hechos. Antes de la erupción del 18 de mayo, compartía una inocente excitación que saludaba cada regüeldo y bostezo sísmico del inquieto volcán. Después llegó la obsesiva conciencia de que no sólo había visto desaparecer un mundo idílico, sino que también había perdido amigos estimados. Sentí una tristeza persistente que poco a poco se fue calmando, aunque años más tarde volvió a reaparecer de forma inesperada. Pese a lo que indica el sentido común, empecé a considerar a la montaña como un diablo. Lea el artículo completo en la revista.