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Londres

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Las finanzas y la cultura han convertido la capital británica en uno de los centros donde se dictan las tendencias mundiales.

"Imagino que es de Richard", dijo Norman Foster mientras ladeaba su helicóptero blanco JetRanger sobre el puente Albert y enfilaba hacia el este, siguiendo el curso del río Támesis hacia Greenwich. Trescientos metros más abajo se alzaba un nuevo complejo residencial ribereño que desde el aire parecía una pirámide maya. La rivalidad entre Norman Foster y Richard Rogers, los dos caballeros de la arquitectura británica, es bien conocida. Cuando Rogers fue ennoblecido en 1998, eligió el título de lord Rogers de Riverside. Cuando, el año pasado, se le concedió el mismo honor a Foster, se convirtio en lord Foster de Thames Bank. Pero al preguntarle por el nombre del edificio que estábamos sobrevolando, Foster reaccionó con una vaguedad estudiada, como si la obra del otro arquitecto no fuera lo bastante significativa como para grabarla en la pantalla de su radar mental. "Creo que se llama Montevetro –dijo mientras aceleraba el helicóptero-, pero no estoy seguro." Poco después nuestro helicóptero se quedó oscilando como una libélula sobre lo que parecían dos piscinas circulares: las fuentes de Trafalgar Square. Como si les hubiesen dado la entrada en escena, una sucesión de autobuses de dos pisos se alinearon en uno de los extremos de la plaza formando una columna roja continua. Cuando el helicóptero se volvió a ladear, aparecieron algunos de los grandes elementos del escenario arquitectónico del pasado: el palacio de Buckingham, las Cámaras del Parlamento, el Museo Británico. Más allá, con sus 46 kilómetros de norte a sur y 58 kilómetros de oeste a este, una de las ciudades más grandes de Europa se desplegaba en el horizonte. Lea el artículo completo en la revista.