Las Fallas de los Pirineos, patrimonio de la Humanidad

fiesta del fuego

fiesta del fuego

Cada año, durante el solsticio de verano, en más de medio centenar de municipios distribuidos por Aragón, Cataluña, Andorra y Francia se celebra una tradición ancestral popularmente conocida como “Fallas de los Pirineos”. En ellas, los fallaires, o falleros, descienden de la montaña con antorchas encendidas fabricadas con cortezas y ramas con las que trazan figuras en el aire, reproduciendo un antiguo ritual de paso de la infancia a la edad adulta. La fiesta se completa con una celebración popular en la que se ofrece música y comida en torno a una hoguera.

El fuego es el principal protagonista de esta celebración, cuya imagen más representativa es la hilera de antorchas descendiendo montaña abajo. Sin embargo, cada localidad impone su propia versión: por ejemplo, en el pueblo de Isil, en la provincia de Lleida, la tradición manda encender un tronco de árbol en medio de la hoguera que sirve de señal para indicar a los jóvenes participantes que comiencen su descenso desde lo alto de la montaña.

La Unesco ha incluido esta peculiar celebración, llamada “Fiestas del Fuego del Solsticio de Verano en los Pirineos”, en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la máxima distinción concedida por el organismo de Naciones Unidas para prácticas y expresiones culturales inmateriales en todo el mundo. La entidad dio a conocer el acuerdo durante su reunión anual en el Comité Intergubernamental de Salvaguardia del Patrimonio celebrada en la ciudad africana de Windhoek (Namibia) después de analizar una propuesta transfronteriza presentada conjuntamente por 63 localidades (34 francesas, 17 catalanas, 9 aragonesas y 3 andorranas).

La decisión de la Unesco coincide con el resurgimiento de esta fiesta en algunos pueblos de la región gracias a la labor llevada a cabo por asociaciones culturales. Además, su celebración en varias poblaciones cercanas entre sí y el atractivo turístico que suscita han prolongado la fiesta a lo largo del verano, desde junio (en el que se celebra el solsticio de verano) hasta agosto. Se espera que el reconocimiento institucional traiga consigo una gran repercusión turística que ayude a atraer visitantes a la zona, como ya ocurrió con otros bienes reconocidos anteriormente por la Unesco, como el valle de Boí o la Patum de Berga.