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La Tierra de la Reina Maud

La Tierra de la Reina Maud

La Tierra de la Reina Maud

En el borde de la Antártida, un equipo de seis hombres escala montañas nunca antes coronadas.

A doscientos metros de altitud, en la cara limpiamente cortada de una montaña denominada "Navaja de afeitar", el viento que soplaba a ráfagas desde la meseta polar cubría mi barba de escarcha. Hice una pausa a medio ascenso, bamboleándome de un cabo de cuerda de un centímetro de grosor mientras intentaba sacudir los calambres de mis doloridos antebrazos. Mucho más abajo, el casquete de hielo del Antártico chapaleaba como un mar blanco y fantasmagórico contra la base de la roca. En el horizonte, picos gigantescos y mellados brotaban erizados como púas de granito de la vasta extensión de hielo. En ninguna parte de todos estos kilómetros helados podía detectar atisbo alguno de vida. Mis ojos nunca habían contemplado una parte de la Tierra tan desolada, tan estéril y a la vez tan hermosa. Era como soñar despierto. Hipnotizado por la inmensidad y la austeridad del paisaje, me costó apartar mi mirada encandilada y reemprender el ascenso. Mi avance quedó interrumpido por una lluvia de piedras que caían con estruendo desde la extensión vertical que tenía encima. Estirando el cuello, observé cómo Alex Lowe ascendía hacia un terreno incierto unos 100 metros más arriba, gateando con cautela por encima del borde de un espectacular saliente mientras Conrad Anker le iba largando cuerda desde abajo. Lea el artículo completo en la revista.