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Johannesburgo

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Diez años después de la abolición del apartheid, la metrópoli sudafricana se enfrenta a nuevas libertades y a nuevos temores. ¿Podrá Johannesburgo desprenderse de su legado de violencia y criminalidad y liderar un futuro próspero para África?

Buscar un bar donde sirven capuccinos en Soweto, el descomunal suburbio negro de Johannesburgo, podría parecer una tarea de locos, pero Jerry Marobyane, mi guía, insiste en que tiene que estar cerca. Avanzamos lentamente por accidentados caminos, entre cientos de chabolas improvisadas y humeantes montones de basura. No hay rastro del espumoso icono de las clases acomodadas hasta que, con un grito triunfal, Jerry reconoce el lugar. Pero algo no cuadra: Soweto Cappuccino ha sido reemplazado por 21st Century Funerals. En el interior de la funeraria, la recepcionista nos cuenta que el experimento del cappuccino fue un fracaso. Dice que a consecuencia de la epidemia del sida, el negocio de la muerte está en auge. Avalon, el inmenso y cercano cementerio de Soweto, acoge cada semana 210 entierros. Mientras nos alejamos, Jerry me explica que la cafetería abrió sus puertas al finalizar la dominación blanca de Sudáfrica, este mes hará diez años. El bar no estaba destinado a los residentes de Soweto, sino a los autocares de turistas que pasaban por delante en excursiones relámpago a un suburbio que se había convertido en símbolo de la lucha generalizada contra el apartheid. Lea el artículo completo en la revista.