La cara oculta de Corea del Norte

Visto y no visto

En el interior de la hipercontrolada sociedad norcoreana, la verdad tiene muchas aristas.

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Corea del Norte

Un guardia dirige el tráfico en la capital del país, Pyongyang, en cuyas calles apenas hay circulación.

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Foto: David Guttenfelder

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Corea del Norte

Miembros de uno de los ejércitos más nutridos del mundo (más de un millón de militares) abarrotan un estadio en Pyongyang en 2012 durante las celebraciones en honor del primer líder de Corea del Norte, Kim Il Sung.

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Una cantante llora después de entonar una loa a su nuevo líder, Kim Jong Un, durante un acto celebrado en 2012 en Pyongyang. Solo a los ciudadanos considerados leales al régimen se les permite vivir en la capital.

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No hay nada que temer, dijeron los funcionarios norcoreanos cuando mostraron a periodistas extranjeros lo que insistían era un satélite civil. Lanzado en abril de 2012, acabó estrellándose en el mar. En diciembre de aquel año el Gobierno consiguió mejores resultados: un cohete puso en órbita un satélite a pesar de las protestas de Estados Unidos, Corea del Sur y Japón.

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¡Pyongyang style! En un espectáculo popular de 2008, unos niños vestidos de pollos y de huevos bailan un número dedicado a ensalzar la autosuficiencia agrícola.

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Los rostros se iluminan durante un espectáculo de fuegos artificiales celebrado en 2012 en Pyongyang en honor del centenario del nacimiento del «Gran Líder» Kim Il Sung. Tras su muerte en 1994, se le concedió el título de presidente eterno.

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La luz matinal ilumina una estancia de la Agencia Central Coreana de Noticias de Pyongyang.

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Cientos de niños movilizados para los juegos anuales de Pyongyang hacen de píxeles para crear la imagen de un feliz patriota uniformado.

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Se levanta el telón en el Teatro Mansudae, antes del concierto ofrecido por la Orquesta Filarmónica de Nueva York en 2008. Fue la primera vez que un grupo cultural estadounidense visitaba la hermética Corea del Norte.

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Al alba, los retratos de Kim Il Sung y su hijo Kim Jong Il siguen iluminados en Pyongyang. Incluso cuando la ciudad sufre uno de sus apagones habituales, se reserva electricidad para encender la llama de la Torre del Juche.

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Una guía turística vestida con el traje tradicional permite, no sin cierta timidez, que el fotógrafo la retrate en lo alto de la Torre del Juche. Apenas unos pocos miles de occidentales visitan cada año este país, y sus movimientos están estrictamente vigilados. Los surcoreanos no son bienvenidos

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Un hombre arregla su bicicleta en una urbanización de Kaesong, no lejos de la frontera con Corea del Sur. El contrapunto de la escena es el signo de exclamación al final de un enfático lema propagandístico.

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Foto: David Guttenfelder

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Vista desde la ventanilla de un tren: cerca de la frontera con China, la agricultura depende más de las personas y los animales que de las máquinas. La escasez crónica de alimentos que sufre Corea del Norte –debida a inundaciones, a sequías o a la ineficiencia– ha conducido a una malnutrición generalizada en la población.

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Una guía militar dirige una visita al místico monte Paektu. Según la leyenda oficial, en este lugar fue donde en la década de 1930 Kim Il Sung luchó por la independencia contra las fuerzas de ocupación japonesas.

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Guttenfelder2. David Guttenfelder

David Guttenfelder

A lo largo de mi carrera he trabajado en lugares plagados de fotógrafos extranjeros; pero en Corea del Norte suelo ser el único. Por eso siento que tengo una responsabilidad: si no tomo determinada fotografía, nadie la verá. Durante décadas las únicas imágenes que teníamos del país eran estampas propagandísticas, por eso la gente cree que Corea del Norte es un escenario de cartón piedra donde todo está amañado y nada es real. Así lo creía yo cuando fui por primera vez, el año 2000. Pero desde que en 2012 Associated Press abrió una oficina en Pyongyang, he estado 25 veces y he tomado miles de imágenes detrás de la fachada. Entiéndaseme bien: no tengo libertad de movimiento, no puedo fotografiar reactores nucleares ni campos de prisioneros, pero nadie censura mi trabajo. Muchos espectáculos son como puestas en escena, pero los participantes son personas reales. He aprendido a ver a los norcoreanos como gente normal, no como meros actores sobre un escenario geopolítico. Mi objetivo es que quienes vean mi trabajo hagan el mismo viaje. En un mundo en el que apenas queda nada nuevo por fotografiar, mi tarea es tratar de revelar cómo se vive dentro de esta sociedad hermética.

En el interior de la hipercontrolada sociedad norcoreana, la verdad tiene muchas aristas.

A lo largo de mi carrera he trabajado en lugares plagados de fotógrafos extranjeros; pero en Corea del Norte suelo ser el único. Por eso siento que tengo una responsabilidad: si no tomo determinada fotografía, nadie la verá. Durante décadas las únicas imágenes que teníamos del país eran estampas propagandísticas, por eso la gente cree que Corea del Norte es un escenario de cartón piedra donde todo está amañado y nada es real. Así lo creía yo cuando fui por primera vez, el año 2000. Pero desde que en 2012 Associated Press abrió una oficina en Pyongyang, he estado 25 veces y he tomado miles de imágenes detrás de la fachada. Entiéndaseme bien: no tengo libertad de movimiento, no puedo fotografiar reactores nucleares ni campos de prisioneros, pero nadie censura mi trabajo. Muchos espectáculos son como puestas en escena, pero los participantes son personas reales. He aprendido a ver a los norcoreanos como gente normal, no como meros actores sobre un escenario geopolítico. Mi objetivo es que quienes vean mi trabajo hagan el mismo viaje. En un mundo en el que apenas queda nada nuevo por fotografiar, mi tarea es tratar de revelar cómo se vive dentro de esta sociedad hermética.

Los monjes nos siguieron hasta la zona de aparcamiento. Era una fresca mañana de otoño y el silencio reinaba en el templo de Ryongthong, un complejo de santuarios bu­­distas situado en las colinas que hay a las afueras de la ciudad norcoreana de Kaesong. Hace siglos Kaesong fue residencia de los reyes coreanos, y Ryongthong, un bullicioso centro religioso. Pero esa mañana el templo estaba vacío. No se oían campanilleos, ningún devoto encendía incienso; solo se veían dos monjes con túnica gris paseando tranquilamente. En la ciudad, los altavoces de la desierta calle principal difundían canciones en alabanza de Kim Jong Un, el joven que hoy los norcoreanos llaman Líder Supremo.

El fotógrafo David Guttenfelder y yo habíamos acudido al templo con nuestros «guardianes», los funcionarios del Gobierno que acompañan y «vigilan» a todo reportero extranjero allá donde vaya. Hice una breve entrevista a un monje y anoté un par de notas banales en mi cuaderno. «El budismo ayuda al pueblo a ser transparente, puro y honrado», sentenció.

Se diría que un templo budista norcoreano es el marco perfecto para que un periodista pregunte sobre la libertad de culto. Según los investigadores, 60 años de dictadura hereditaria se han traducido en la destrucción absoluta de la religión organizada. Pero si preguntase al respecto y alguno de los monjes llegase a insinuar el menor malestar con el régimen, me consta que iría directo a prisión y desaparecería en un gulag oculto que según los cálculos de las asociaciones pro derechos humanos alberga entre 150.000 y 200.000 internos. Así que me guardé la pregunta y enseguida nos marchamos.

Sin embargo, cuando ya estábamos en el aparcamiento deslizando la puerta de la furgoneta que nos llevaba a todas partes, los monjes reaparecieron. Los acompañaba un guardián. Unos y otro nos miraban expectantes. Entonces habló el monje de más edad. «Sé qué pregunta desea hacernos», dijo Zang Hye Myong.

De pronto se hizo evidente por qué nos habían seguido los monjes. Los guardianes no dejan que los periodistas hablen con los disidentes, y Ryongthong no era un punto crítico con la política oficial. Era, como debí imaginar desde un principio, un templo a la falsedad totalitaria, un plató en cuyos escalones de piedra e historiadas puertas de madera apenas se apreciaba desgaste. Los monjes eran los actores de una obra teatral sobre la libertad religiosa en Corea del Norte.

Y nosotros éramos el público.

Así que solté a regañadientes la pregunta que esperaban: «¿Son libres de practicar su religión?».
El monje adoptó una expresión triunfante. «Los occidentales creen que en mi país está prohibida la fe religiosa –dijo, sacudiendo la cabeza con tristeza–. Eso es una falacia.» Él era una prueba viva de la libertad que el «Gran Líder» Kim Il Sung había dado a los coreanos y que actualmente estaba protegiendo su nieto Kim Jong Un, añadió. Me miró fijamente para poner el remache al discurso, como si fuese una frase ensayada: «Quiero que cuente la verdad al mundo».

Pero en Corea del Norte la verdad tiene mu­­chas aristas. ¿Cómo conciliar que el dirigente de un país abrace a Dennis Rodman, exestrella de la NBA, y una semana más tarde amenace con lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos? En este país la realidad de la vida cotidiana se oculta tras fachadas meticulosamente confeccionadas, y la mayoría de sus visitantes no ven más que unas pocas carreteras perfectamente asfaltadas y un puñado de monumentos a la familia –padre, hijo y ahora nieto– que lleva 65 años rigiendo los destinos de Corea del Norte.
Es un país donde ejercer el periodismo a me­­nudo se parece a librar una serie de extrañas batallas incruentas. A veces –como esa mañana en Ryongthong– gana el Gobierno. Pero si prolongas tu estancia lo suficiente y escudriñas como es debido, algunos días descubrirás más de lo esperado. Por eso volvemos una y otra vez.

Durante el año pasado David y yo formamos parte del reducido equipo de periodistas de Associated Press a quienes se ha permitido viajar a Corea del Norte con regularidad. Hemos visitado granjas colectivas, asistido a incontables actos políticos y recorrido los locales de moda de Pyongyang, como la bolera Gold Lane, donde la élite de la capital lanza maltrechas bolas de fabricación estadounidense. En un país en el que la espartana indumentaria de inspiración soviética ha sido la norma, las novias de los militares se pasean por Gold Lane en tacones y minifalda, gracias a la todavía exigua pero en alza economía de consumo de la capital.

Aun así, casi todo lo que vemos es lo que nuestros guardianes –y las poderosas instancias gubernamentales que vigilan silenciosamente desde arriba– permiten que veamos. Los guardianes nos recogen en el aeropuerto cuando llegamos y nos dejan en él cuando nos vamos. Todas las mañanas nos esperan en el vestíbulo de los hoteles donde nos alojamos, mastodontes de lujo relativo construidos para los extranjeros. El huésped puede estar seguro de que tendrá calefacción, luz e Internet, pero a cambio de pasar los días perdido en hectáreas de deteriorados suelos de mármol y pisos y pisos de habitaciones vacías.

Nuestro guardián principal es un hombre agradable, aunque deliberadamente distante, llamado Ho Yong Il. Nos acompaña a los Grandes Almacenes Infantiles y a los actos de la plaza Kim Il Sung. Entra con nosotros en restaurantes y fábricas. El señor Ho (nunca llego a tutearlo) es nuestro intérprete, nuestro guía y el encargado de no perdernos de vista ni un segundo. Si intentásemos darle esquinazo –algo que jamás se nos ha ocurrido hacer–, es seguro que nos cancelarían el visado. Pese a que una y otra vez intenté que se abriera un poco, lo único que sé de él es lo siguiente: estudió inglés; un día vio un trozo de Lo que el viento se llevó; le gusta Charles Dickens; su mujer es ama de casa.

También es un patriota. Aunque le interesa el resto del mundo, y siente curiosidad por los coloquialismos estadounidenses y por el trabajo de David y el mío, es obvio que venera su país. Convivir con el señor Ho es ver Corea del Norte a través de los ojos de un creyente. Salta a la vista que disfruta hablando de la historia de su país, de sus líderes y sus monumentos, pero si se le solicita ver algo diferente, como visitar un con­cesionario de automóviles o asistir a una clase universitaria de historia, el señor Ho suele responder con una advertencia: «Quizá no sea fácil». Casi siempre eso significa que no, aunque rara vez queda claro quién lo decide realmente.

Cuesta distinguir cuánto de lo que nos permite ver el señor Ho es real. Un día nos lleva a conocer a unos recién casados de clase obrera de Pyongyang, que nos reciben en su flamante apartamento de tres dormitorios equipado con televisor plano de 42 pulgadas. El piso es parte de uno de los complejos residenciales que la ciudad muestra como escaparate. Estas torres de alto standing junto al río Taedong se construyeron para la minúscula élite del incombustible Partido de los Trabajadores de Corea, pero el señor Ho quiere demostrar que están al alcance de todos. La pareja, nos explican, ha recibido el apartamento porque la esposa, Mun Kang Sun, fue declarada Heroína de la República por su asombrosa productividad en una fábrica textil.

Mun, una mujer recatada de treinta y pocos años, guarda silencio mientras habla su marido. «Todos los habitantes de este país somos como una gran familia, y nuestros padres son los líderes», dice Kim Kyok, técnico de la misma fábrica. Explica cómo su piso demuestra que el régimen se preocupa por la población, aunque al decirlo se toquetea los dedos con nerviosismo. Están presentes dos guardianes y un hombre alto y con cara de pocos amigos que nadie tiene el detalle de presentarnos. En un país en el que reunirse con extranjeros sin autorización oficial es delito, la presión que soporta la pareja es inmensa.

Siempre hay preguntas que no puedo formular. ¿Viven de verdad en el apartamento? Si es así, ¿se les exige que lo tengan en constante estado de revista para mostrárselo a los extranjeros, como un diorama viviente de las promesas de Kim Jong Un de llevar prosperidad a un pueblo acostumbrado a la pobreza y la hambruna? ¿Pertenecen todos sus vecinos a la élite del Partido?

 

Si ejercer de periodistas en Corea del Norte a veces nos deja a David y a mí con tantas preguntas como respuestas, lo cierto es que también nos permite asomarnos a ese mundo aislado que creó la familia Kim. Pieza a pieza, reunimos un mosaico de momentos frágiles y a menudo confusos hasta conformar la imagen de un país que se esfuerza en hacerse difícil de entender.

Hemos aprendido que lo que vemos de camino suele ser más revelador que el propio destino al que nos dirigimos. Que desde la ventanilla de un autobús se pueden captar estampas espontáneas y que un imprevisto en el camino puede ofrecer detalles reveladores, como aquella vez en que por accidente nuestro autobús giró en una impoluta calle de Pyongyang y tomó una carretera estrecha, llena de baches y flanqueada por edificios sin luz, o aquella tarde en que vimos una mohosa torre de apartamentos, cada cuarto alumbrado por la luz de una solitaria bombilla desnu­da. Nos hemos aventurado fuera de la relativa prosperidad de Pyongyang para conocer ciudades sin edificios modernos en cuyos comercios mal iluminados hay estanterías medio vacías.

Hay que salir del país –ir a Corea del Sur, a Gran Bretaña o a China– para dar con los únicos norcoreanos capaces de hablar sin tapujos de las realidades de la vida bajo el totalitarismo. «Al mirar atrás, ahora me pregunto por qué teníamos que vivir una vida tan triste», dice un norcoreano que en 2006 dejó su trabajo en las minas de carbón y huyó a Seúl por ser hijo de un sospechoso político. Los refugiados retratan un sistema de castas oculto, basado en la extracción ideológica: como una persona sea condenada por un delito político, tres generaciones de su familia pueden acabar en la cárcel.

El exminero es uno de los 25.000 norcoreanos que han escapado a Corea del Sur desde la guerra, huyendo de la represión política, un estado policial asfixiante y una pobreza desesperada: la ONU calcula que un tercio de los niños norcoreanos padece malnutrición crónica. Sin embargo, el número de refugiados ha caído en picado desde fines de 2011, cuando Kim Jong Un redobló la seguridad en los 1.416 kilómetros de la antaño porosa frontera con China. En 2012 solo unas 1.500 personas hicieron el peligroso viaje.
El Gobierno, huelga decirlo, trabaja sin descanso para ofrecer la imagen de un país donde las escuelas están llenas de niños felices y bien alimentados, los comercios rebosan mercancías, y la lealtad a la familia Kim es universal. Los ciudadanos hablan a los periodistas con un surrealista discurso de hipérboles ensayadas, cantando las alabanzas de sus dirigentes. «Gracias al cálido amor del “Respetado General”, Kim Jong Un, hasta los campesinos podemos venir a disfrutar del minigolf», me dice un día Kim Jong Hui, un ama de casa de 51 años oriunda de la remota región nororiental, en el primer campo de minigolf del país, sito en Pyongyang.

La enésima vez que uno se topa con este tipo de discurso es fácil creerse la caricatura del norcoreano como robot estalinista. Lo difícil es lo­­calizar la realidad, tanto más esquiva cuanto más prosaica. A veces basta con dar por casualidad con un tema que los induzca a abrirse un poco.

Como Lo que el viento se llevó. La nación está obnubilada con esta novela escrita hace 77 años, pues encuentra ecos de sí misma en la historia de una guerra civil y una bella y resoluta mujer que jura no volver a pasar hambre. Se estima que la guerra de Corea se saldó con más de un millón de norcoreanos muertos o desaparecidos, a los que se suman los cientos de miles de fallecidos en la hambruna que atenazó el país en la década de 1990. El Gobierno, por razones que nunca ha explicado, decidió traducir la novela a mediados de los años noventa, cuando Corea del Norte tenía problemas para sobrevivir sin la ayuda soviética y la población empezaba a sufrir inanición.

En un país con pocas opciones de un ocio que haya escapado al control de la burocracia propagandista, la novela causó sensación en la
capital, donde hoy es difícil dar con un adulto que no la haya leído. Un guía del Gran Palacio de Estudios del Pueblo ve en el libro la prueba de que en Estados Unidos se trata mal a la mujer. Un burócrata de Kaesong lo considera una fábula moral marxista. Una mujer infeliz en su matrimonio me confiesa haber hallado fuerzas en la tenacidad de Escarlata O’Hara. El libro brinda entretenimiento, consuelo e inspiración. Es una oda a un pueblo que, como el norcoreano, siente un orgullo visceral al combatir a los yanquis.

Esa dureza norcoreana se puede ver en las mujeres de mediana edad que, pese al frío de la noche, se sientan en el suelo con sus baratos abrigos de algodón para contemplar un espectáculo pirotécnico. Y se puede ver el hambre de conocimiento en la capital, donde los apagones son frecuentes y un paseo nocturno por el centro revela decenas de ciudadanos apostados bajo las farolas con sus periódicos y deberes escolares. Sin embargo, a veces la verdad de la vida cotidiana se oculta justo detrás del cartón piedra.

Como ocurre con el baile. Lo vi por primera vez una tarde de domingo en Pyongyang, en un espectáculo de uniformidad y lealtad claramente orquestado, cuando casi 500 parejas comenzaron a bailar a los pies de tres puños de piedra que hendían el cielo. Cada puño sostenía una herramienta: un martillo, una hoz y una pluma, símbolos del Partido. Los hombres vestían camisa y corbata; las mujeres, vaporosos vestidos de poliéster. Giraban en círculos bien ensayados y entre canción y canción permanecían callados e inmóviles. Casi nadie sonreía. La mayoría de los rostros tenía esa expresión vacía que suele verse en las grandes concentraciones, una mezcla de aburrimiento, resignación y patriotismo. De aquí para allá corrían funcionarios que abroncaban a quien perdiese el paso. Esa noche fui incapaz de imaginar a nadie celebrando la vida con las envaradas danzas de aquel espectáculo estudiado.

Pero unos días después, a eso de las dos de la madrugada, abrí la ventana del hotel para contemplar la ciudad. Las calles estaban vacías, no había convoyes de seguridad ni movimiento de tropas. Oí música a lo lejos. Al asomarme vi unas luces brillantes en un pequeño edificio a un par de manzanas. Era una fiesta. Con unos prismáticos vi decenas de personas reunidas en el patio del edificio. Circulaban botellas. Reconocí el resplandor anaranjado de los cigarrillos. Muchos de los asistentes estaban bailando. Era la misma danza que había visto unos días antes, pero aderezada con el ritmo y la gracia de la diversión. ¿Era un cumpleaños? ¿Una boda? Nunca lo sabré. Pero sirvió para recordar lo que sucede cuando nadie sabe que hay un periodista observando.

«Somos gente normal –me dijo una vez un norcoreano que ahora vive en Seúl–. No lo olvide. La gente vive, compite por los puestos de trabajo, discute. Son los elementos básicos de la vida, igual que en Corea del Sur o en Estados Unidos.»
Y que en todas partes.