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Cómo está Sudán del Sur

El armisticio de 2005 puso fin en Sudán a una sangrienta guerra civil y colocó al país ante un nuevo desafío: el tratado otorgó a la región autónoma del sur la mitad de los ingresos del petróleo y el derecho a la independencia, que ha sido ratificada tras el reciente referéndum. Una mirada del fotógrafo George Steinmetz al Sudán de hoy... y de mañana

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El paso a la edad adulta queda literalmente grabado en el rostro de Majiek Gai Chan. Las guerras civiles sudanesas se han cobrado la vida de tantos varones, que la edad de escarificación en la etnia nuer se ha adelantado de los 15-18 años a los 12.

George Steinmetz

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En septiembre de 2009 unos nuer atacaron la aldea dinka de Duk Padiet. Hubo al menos 167 muertos, entre civiles y soldados, una nueva cifra que se suma al saldo de vidas segadas por la violencia pese al
tratado de 2005 que puso fin a la última guerra civil.
Un helicóptero de la ONU evacuó a los heridos.

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Los restos saqueados de una excavadora se oxidan en la zanja del canal de Jonglei. En 1976 los gobiernos de El Cairo y Jartum iniciaron las obras del canal para desviar las aguas del Nilo hacia el norte, evitando la región pantanosa del Sudd, y abastecer así la creciente demanda de Egipto. Pero el proyecto enfureció a las tribus sureñas, que no fueron consultadas sobre el proyecto y cuyas vidas se habrían visto afectadas. En 1984, después de que estallara la guerra civil, el Ejército de Liberación del pueblo de Sudán atacó la central de obras del canal y el proyecto quedó en suspenso.

George Steinmetz

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El ganado, piedra angular de la economía dinka, motea una pradera inundable en un campamento próximo a un ramal del Nilo durante la estación seca. Los animales se encorralan de noche para defenderlos de los cuatreros y de día se sacan a pacer.

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Los vecinos abandonaron Nyiek durante la guerra civil. Años después, tras el acuerdo de paz, volvieron y se encontraron sus hogares ocupados por los obreros de una petrolera, así que se instalaron un poco más lejos. Los beneficios del crudo no les llegan: la aldea carece de electricidad y agua corriente.

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El sombrero negro con el que Salva Kiir suele dejarse ver es un regalo que George W. Bush le hizo durante una cumbre. Presidente de la región autónoma de Sudán del Sur desde 2005, Kiir ha conducido su país al reciente referéndum de autodeterminación, en cuyas urnas ha triunfado la secesión.

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Las faenas femeninas de Namorupus, una aldea de la etnia toposa, incluyen techar un granero con materiales naturales, como hierba seca. Las tareas agrícolas recaen casi siempre sobre las mujeres, mientras que a los hombres les corresponde cuidar el ganado y conducirlo a los pastos estacionales.

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En la Royal Junior School de Bor, los estudiantes dan clase hasta que llega el maestro. A pesar de lo básico que es este centro de enseñanza privado, ofrece una alternativa mejor que muchas de las escuelas públicas de Sudán del Sur.

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Los camiones cisterna se abastecen directamente del Nilo para suministrar agua sin filtrar a la población cada vez más numerosa de Juba, la capital de Sudán del Sur. Antiguo puesto avanzado, con carreteras pésimas y sin suministro municipal de agua ni sistema de alcantarillado o eléctrico, Juba deberá ahora esforzarse para desarrollar sus infrastructuras.

George Steinmetz

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El armazón recién soldado de una tienda recorre las calles de Bentiu. La ciudad se enclava entre los campos petrolíferos del estado de Unity, gobernado por el sur desde el fin de la guerra civil. Al carecer de infraestructura propia, el sur debe enviar su petróleo por un oleoducto del norte hasta el mar Rojo.

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Con un flujo constante de buscavidas y obreros atraídos por las promesas de empleo y paz, Juba guiña el ojo a todos los recién llegados como una ciudad de la fiebre del oro. Triplicada en tamaño desde 2005, la turbulenta capital de Sudán del Sur difícilmente consigue prestar servicios urbanos básicos a sus habitantes.

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Cuando la lluvia reverdezca la tierra en el condado de Burgilo, los hombres de la tribu pari desandarán junto con sus vacas los 12 kilómetros que separan su hogar de los pastos estacionales. Ese hogar estaba al pie del monte Lafon (esquina superior, derecha), hasta que los soldados lo saquearon en la guerra civil.

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De acuerdo con un programa de desarme civil de Sudán del Sur, soldados del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán encontraron 762 rifles y un mortero de 60 milímetros en la aldea de Kuda y alrededores. En noviembre de habían recopilado 35.000 armas en el sur.
 

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Después de un brutal ataque de incursores nuer, y tras esperar un día entero a que llegara un helicóptero, unos dinka de la aldea de Duk Padiet llevan a un hombre herido a una camioneta que lo trasladará al hospital más cercano.
 

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Miembros del servicio de seguridad de Sudán del Sur entierran a dos colegas tras el atroz enfrentamiento tribal de Duk Padiet. El año pasado los conflictos en el sur se cobraron 2.500 vidas y desplazaron a 350.000 personas. Los sureños acusaron al gobierno de Jartum de fomentar la violencia para desestabilizar la región.

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Con los brazos en alto, Jacob Mawich celebra la victoria en las elecciones a la presidencia de una asociación juvenil nuer en Juba, capital del nuevo Sudán del Sur. Los electores no quisieron emplear las papeletas de rigor y votaron a la antigua usanza, situándose detrás de su candidato preferido.

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El vínculo de un dinka con su vaca es profundo; forma parte de su identidad personal. La identidad nacional sursudanesa abre ahora un nuevo capítulo tras independizarse del norte musulmán. Dinka, nuer y otras tribus rivales deberán hallar una nueva forma de convivencia en un futuro inmediato.

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El armisticio de 2005 puso fin en Sudán a una sangrienta guerra civil y colocó al país ante un nuevo desafío: el tratado otorgó a la región autónoma del sur la mitad de los ingresos del petróleo y el derecho a la independencia, que ha sido ratificada tras el reciente referéndum. Una mirada del fotógrafo George Steinmetz al Sudán de hoy... y de mañana

Hace unos años, antes de que la última guerra civil comenzase en toda regla, un niño sudanés de nombre Logocho se asomó al interior de la cabaña de paja familiar. Su padre se levantó de un brinco y lo agarró, y con ayuda de otro chico algo mayor, lo inmovilizó contra el suelo.

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Era un niño raro, Logocho. Sobre él, los hombros y el torso paternos se abultaban con escarificaciones tribales. Un mensaje en morse de puntos y rayas le cruzaba el rostro y la frente, una advertencia a posibles incursores (los dinka, los nuer) de que él, como murle que era, defendería su ganado con lanza, cuchillo, puños y dientes.

Pero su hijo no quería saber nada de las tradiciones. Mientras que otros niños, entre ellos su propio hermano, se habían sometido a uno de los primeros ritos de tránsito de los murle, él había corrido a ocultarse entre la hierba. Ahora su cuerpo temblaba y se arqueaba en la tierra, sin marcas que lo identificasen como murle.

Y lo peor de todo: a los nueve años no tenía ningún interés por el ganado. Igual que su hermano, Logocho se acuclillaba para mamar de las ubres de las vacas, pero para él no eran más que una fuente de leche. Desde hacía incontables generaciones los hombres murle (y sus rivales en todo el sur de Sudán) vivían cuerpo a cuerpo con sus vacas. Les ponían nombre, las adornaban, dormían junto a ellas. Les componían canciones, bailaban en su honor. Las amaban. Los hombres compraban a sus esposas con reses; ellas parían hijos, que cuidaban de más vacas.

¿Qué pretendes?, preguntó el padre a Logocho. Mientras hombres y bestias migraban en pos del agua, Logocho prefería quedarse con su abuela en la retaguardia. La anciana arañaba líneas en la tierra despiadada para cultivar sorgo, habas, maíz y calabazas. El niño la ayudaba a sembrar, cuidar de los cultivos y recoger la cosecha. Ella lo defendía del padre. Eres especial, le decía.

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Pero en esa ocasión no pudo hacerlo. Su padre y el muchacho lo sujetaban con fuerza contra el suelo. «¿Naa? –gimió Logocho–. ¿Por qué?»

Cuando vio al «experto», supo la respuesta. El hombre se arrodilló y se inclinó sobre el rostro de Logocho; acto seguido sacó lo que parecía una fina lima metálica. Por la fuerza abrió la boca del niño e introdujo la hoja entre los dos incisivos centrales inferiores. La empujó hasta la encía y a continuación, con un movimiento del hombro, la giró. ¡Crac! Se quebró un diente, y la boca de Logocho se inundó de sangre. El experto recolocó la hoja y, ¡crac!, destrozó el otro incisivo central. Ahora ya pareces un murle.

En los meses siguientes, el caos se abatiría sobre Logocho y sobre su patria. Un mago de la aldea predeciría la perdición de su familia. En el sur de Sudán, la furia acumulada durante generaciones estallaría en 1983 en una guerra tan horrenda como invisible para el resto del mundo. En las dos décadas siguientes, más de cuatro millones de sudaneses del sur huirían de sus aldeas hacia el interior, las ciudades del norte y los países vecinos. Morirían dos millones.

La vida de Logocho compartiría trayectoria con el propio sur de Sudán. Pero ese día el padre lo soltó y se alejó con el experto. Logocho se tendió de lado para que la sangre cayese al suelo.

El origen de las tensiones en Sudán es tan geográfico, tan nítido, que podría distinguirse desde la mismísima Luna. El vasto marfil del Sahara del norte africano contrasta con el verde de la sabana y las selvas del centro del continente. Un enorme colmillo rodeado de hierba. Las poblaciones humanas pertenecen generalmente a uno u otro lado de esa frontera vegetal. Que estén en el norte o en el sur define en gran medida su cultura. Sudán se extiende a ambos lados de esa línea: abarca el árido desierto del norte y las praderas y los bosques lluviosos tropicales del sur… y las culturas contrapuestas de uno y otro lado.

En Sudán colisionan árabes y negros africanos. Los conquistadores islámicos del siglo VII encontraron ya cristianizados a muchos habitantes del territorio que entonces se llamaba Nubia. Los nubios se resistieron en un impasse que se prolongó más de un milenio, hasta que los invadió el gobernador otomano de El Cairo para explotar las tierras al sur de Egipto como fuente de marfil y seres humanos. En 1820 esclavizó a 30.000 personas de un pueblo conocido como los sudán, que significaba simplemente «los negros».

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Con el tiempo, la repulsa mundial de la esclavitud dejó sin negocio a los tratantes de seres humanos. Los otomanos se retiraron poco después de 1880, y en 1899, tras un breve período de independencia sudanesa, el Imperio britá­nico tomó el mando y las dos mitades (el norte, de mayoría árabe y religión musulmana, y el sur, negro y de religión cristiana o animista) fueron administradas como regiones diferentes. Como no podían llenar Sudán de cuarteles (es un país enorme), gobernaron desde Jartum y otorgaron poderes limitados a los jefes tribales de las provincias. Fomentaron el islam y el árabe en el norte y el cristianismo y el inglés en el sur. Invirtiendo trabajo y recursos en el norte, abandonaron el sur a su suerte. La pregunta que surge ante semejante panorama es: ¿por qué? ¿Qué sentido tenía entonces crear un solo Sudán?

Uno de los motivos vuelve a ser geográfico. En su curso hacia el norte, el Nilo une las diversas culturas de sus orillas en una relación marcada por la inestabilidad y a veces por el odio. El río define el comercio, el entorno, incluso la política, vinculando los asuntos del norte con los del sur. Cuando gobernaban los británicos, necesitaban controlar el canal de Suez, ya que unía Gran Bretaña con «la joya de la corona», la India. Y eso significaba controlar el Nilo.

No es de extrañar que cuando Gran Bretaña se retiró a mediados de la década de 1950, estallase el conflicto civil. Los rebeldes del sur combatieron al gobierno del norte con todas sus fuerzas durante la década de 1960. Medio millón de personas habían muerto cuando las dos partes firmaron el acuerdo de 1972. Pero el pacto no fue más que una pausa para que ambos grupos recuperasen fuerzas y se rearmasen de cara a una guerra que sería mucho más sangrienta.

En el período de entreguerras, el gobierno de Jartum se asoció con Egipto para emprender un proyecto monumental en el sur. El lugar donde el Nilo se abre paso al sur de Sudán –la gran me­­seta– forma la región pantanosa del Sudd, uno de los humedales más extensos de África. Las inundaciones anuales del río reverdecen los pastos en los que las tribus sureñas pacen su ganado desde tiempo inmemorial. Los socios decidieron construir un canal de 360 kilómetros para desviar el río hacia el norte, evitando el Sudd, y abastecer así al sediento Egipto. Hasta allí llevaron una excavadora de ocho pisos, y las tribus presenciaron en silencio cómo destrozaban sus pastos.

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Los nuba

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Al inicio de la guerra de 1983 se formó un grupo rebelde, el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (ELPS), y una de sus primeras actuaciones fue atacar la central de obras del canal de Jonglei, lo cual dejó el proyecto en suspenso.

Siguieron años de derramamiento de sangre, hasta que en 2005 se firmó el Acuerdo General de Paz como culminación de unas maniobras diplomáticas extraordinarias. El pacto concedía al sur cierto grado de autonomía: una Constitución (basada en la separación entre religión y Estado), una moneda y un ejército propios. Hoy Sudán vacila entre la perspectiva de una paz duradera y el temor del regreso de la violencia. En virtud del tratado, la población de la hasta ahora región autónoma de Sudán del Sur ha de­­cidido en el referéndum del 9-15 de enero, por amplia mayoría (el 98,83%), escindirse del norte y constituir un estado independiente, el número 193 del mundo, con Juba como capital. Su proclamación oficial está prevista para el 9 de julio.

Las dos partes sonríen y ponen buena cara a los resultados, pero a la vez libran una guerra sumergida de acusaciones y antagonismos. La pregunta es: ante tal animadversión, ¿por qué el norte no dejó que el sur se escindiera sin más? Y de nuevo la respuesta la da la geografía. Una geografía que hoy los une con un vínculo nuevo: el petróleo. Gran parte del crudo está en el sur, pero el norte, donde se encuentran todas las refinerías, controla el reparto de los beneficios.

Logocho decepcionó a su padre cuando aún no había salido del útero materno. Por llegar cuando lo hizo. Dos años antes su madre había dado a luz gemelos, y uno de ellos murió antes de nacer Logocho. Según la tradición murle, él ocupó el lugar de su hermano muerto, junto a un gemelo que era más fuerte, más veloz, adoraba las vacas y se iba con su padre en la estación seca en vez de quedarse en la aldea con las mujeres.

Cuando Logocho tenía nueve años, un día su padre lo amenazó con privarle de la dote que por nacimiento le correspondía (unas vacas). «Mientras yo viva, tú no te casarás joven, porque no te gustan las vacas.» Una hermana de Logocho murió de malaria. Otra, de disentería. Una enfermedad se cebó en el ganado: la perdición vaticinada por el mago, pensaron los vecinos. Luego murió el padre. Sin ganado y sin marido, la ma­­dre de Logocho desesperaba. ¿Cómo iba a alimentar a sus hijos? Decidió enviar al niño con un tío que vivía a muchos kilómetros y que se echó las manos a la cabeza al ver la extraña criatura que le endosaban. ¿Quién era aquel chico inútil, incapaz de apacentar un rebaño de cabras, y no digamos de vacas? El tío gritaba amenazas e improperios y Logocho se encogía de miedo.

Y entonces ocurrió algo determinante. Había estallado la segunda guerra civil, y el ELPS había detenido la megaexcavadora de canales. Un día un soldado del ELPS llegó al campamento de Logocho buscando comida, y el chico le dio algo de carne. Los soldados ya habían pasado por allí, y Logocho recordaba el pánico en la voz de su tío al donarles un toro para alimentarlos. El soldado puso cinco balas en la mano de Logocho en agradecimiento a su ayuda. El niño entregó tres a su tío, pero se quedó con las otras dos, que más adelante disparó al cielo con un arma prestada. El poder que emanaba de la figura de aquel soldado (el uniforme le daba una identidad, y el fusil, una razón de ser) quedó grabado a fuego en la mente del niño, quien trazó un plan.

Cuando el tío le mandó que saliera con los animales, Logocho, que tenía 12 años, y cinco amigos se alejaron con la excusa de desollar un búfalo muerto que habían visto en el bush (formación vegetal propia de la región, con matorral bajo y árboles aislados). Se lanzaron a una huida de carreras y hambre que terminó cuando se toparon con una partida de caza compuesta por cuatro soldados del ELPS. Dos semanas después llegaban a un campamento del ejército sedicioso en la zona rural de Boma y se sumaban a otros reclutas deseosos de participar en la rebelión. En el campamento había unos cuantos soldados adultos, medio muertos de hambre y a la espera de órdenes. Durante un mes el grupo sobrevivió con lo que cazaba. Entonces los comandantes del ELPS dieron la orden: todos a Etiopía. A pie.

Hacia la misma época, a mediados de 1986, un estadounidense llamado Roger Winter aterrizó en Etiopía para entrevistarse con el carismático dirigente del ELPS, John Garang. Winter, de cuarenta y pocos años, tenía experiencia con víctimas de conflictos armados. Durante la administración Carter aceptó un puesto para trabajar como puente humano para los refugiados que huían de estados opresores. En la época en que viajó a Etiopía dirigía la Comisión Estadounidense para los Refugiados, y se volcaba personalmente en los estados africanos en proceso de desintegración, como Ruanda, Etiopía… y Sudán.

El americano se llevó una buena impresión de Garang. Una personalidad compleja, con una sonrisa chispeante y un doctorado en económicas. Leía a Marx y la Biblia. Su ejército reclutaba niños soldado, pero él se había forjado una visión de un «Nuevo Sudán» en unidad, con el norte y el sur en paz. Y quería saber una cosa: ¿ayudaría Estados Unidos a los sudaneses del sur?

En Sudán, Winter se sintió arrastrado por el caótico corazón del país africano. Se consideraba un activista pro derechos humanos con la responsabilidad de advertir al mundo de catástrofes inminentes. Y allí se encontró con lo que denominó «una guerra atroz», una guerra que forzaba a cualquier observador serio a implicarse.

En el puesto avanzado del ELPS, Logocho y los otros reclutas formaron en línea flanqueados por la docena de soldados y echaron a andar en dirección a Etiopía. Los chicos dependían totalmente de los militares para comer y beber. Mientras caminaban, otros se sumaron a sus filas, y pronto el grupo superaba el centenar y se extendía un buen kilómetro.

No llevaban mucho camino recorrido cuando el hambre apretó y se detuvieron junto a un río. Varios soldados se apostaron en fila en la orilla, los fusiles en posición. Uno lanzó un pitido con un silbato, y varios animales sacaron la cabeza del agua. Los tiradores dispararon y abatieron cuatro hipopótamos. Logocho observaba. La im­­presión de aquellas muertes quedaba amortiguada por los rugidos de su estómago. El grupo comió parte de la carne cazada y secó el resto. Luego retomaron la marcha hacia el norte, hacia la frontera.

Tras varias comidas a base de hipopótamo, a Logocho se le contrajo el estómago y se le aflojaron las tripas. Recordó a la hermana muerta de disentería. La diarrea le produjo convulsiones durante horas hasta dejarlo agotado y deshidratado. Al final se tumbó al borde del camino, viendo pasar las siluetas de los caminantes. Algunos se detenían, pero otros lo azuzaban. «Déjalo.»

Tirado al sol, pensó que iba a morir.

Un joven llamado Jowang, pariente suyo, lo vio. «Voy a por agua y vuelvo», le dijo. Luego apareció alguien con agua, y Logocho se la echó a la boca. Al cabo de un rato se puso en pie y siguió andando. Se aferraba a la esperanza de lo que encontraría en Etiopía. Comida, agua y descanso.

Al término de otra jornada, un soldado anunció que tenían por delante un gran bosque en el que no había agua. Para llegar al otro lado caminarían toda la noche, con una temperatura más baja. Se internaron entre los árboles cuando ya oscurecía, con los niños en el centro de la fila.

Salieron del bosque al amanecer, exhaustos, y echaron a correr al ver un río más adelante. Un soldado levantó la mano a modo de advertencia. Él y otros dispararon al agua, y unos cuantos cocodrilos se alejaron. Los muchachos se agruparon y vadearon la corriente mientras los soldados seguían disparando a su alrededor. Con alivio alcanzaron la orilla opuesta.

Sólo un poquito más.

«Eres pequeño y tienes que quedarte aquí un tiempo», dijeron los soldados a Logocho cuando puso los pies en Etiopía tras una penosa marcha de 12 días. En aquel campamento próximo a Gambela se había concentrado gente de todo el sur de Sudán. Era un campamento de refugiados, pero el ELPS lo usaba como cuartel de reclutamiento, donde seleccionaba niños y hombres en función de su edad, fortaleza y resistencia.

más adelante, en su gira por los campamentos etíopes, Roger Winter contempló los rostros de esos niños con profunda tristeza. Tenían las piernas como palillos, algunos con la dentadura prominente bajo las mejillas consumidas, otros con los ojos desorbitados, ciegos de hambre y enfermedad. Se preguntó si llegaría a ver a alguno de ellos convertido en un adulto.

Muchos chicos estaban desnutridos porque el gobierno sudanés del norte había aprendido a usar el alimento como arma. Al principio, la población de las aldeas del sur se concentraba en las zonas abiertas cuando oían aviones, sabedores de que en ellos llegaban los cargamentos de comida. El gobierno empezó entonces a enviar una segunda oleada de aviones, con orden de bombardear. El efecto fue doblemente devastador: por un lado con un par de bombas aniquilaban una muchedumbre, y por otro enseñaban a la población a temer el alimento caído del cielo. Por no exponerse, morían de hambre.

Una crueldad parecida perpetrada en Darfur le valdría al presidente de Sudán, Omar al-Bashir, una orden de detención en marzo de 2009 del Tribunal Penal Internacional de La Haya por crímenes de guerra y de lesa humanidad. En julio de 2010 se le sumó una imputación de genocidio y se emitió una segunda orden de detención.

Logocho quería unirse a las fuerzas combatientes, pero no era capaz de sostener un AK-47 el tiempo suficiente para apuntar a un blanco. Así que estuvo seis meses en el campamento de instrucción de Bonga para adquirir otras habilidades tácticas, desde el avance cuerpo a tierra hasta la protección de secretos. Cuando se presentó John Garang para dirigirse en persona a los reclutas, pronunció un discurso enardecedor, repartió uniformes y los dividió en dos grupos. Los chicos más corpulentos y los hombres podían entrar en combate; Logocho y los otros muchachos más pequeños debían formarse en la escuela del campo de refugiados de Dima, teniendo siempre el uniforme a mano.

Cuando cumplió 15 años, Logocho tenía por fin la fuerza necesaria para sostener un fusil, y así emprendió una marcha de tres semanas con otras tropas hacia Kapoeta, un bastión del ELPS cercano a la frontera entre Uganda y Kenya. Había ansiado con impaciencia el momento de convertirse en soldado, pues recordaba el poder que ese rango había ejercido sobre el déspota de su tío. Poco después de llegar al frente, los avisaron de un tiroteo en un pozo cercano. Logocho y otro joven fueron a investigar y se encontraron a dos compañeros abatidos por francotiradores. Mientras ayudaba a trasladar uno de los cadáveres, lo comprendió: la guerra no era su razón de ser. Él no era así.

Durante los años siguientes Logocho combatió como un rebelde y disparó su fusil con diligencia, pero nunca fue capaz de apuntar a otro ser humano. Cuando sus amigos localizaban árabes heridos en el campo de batalla, los mataban con indiferencia. Logocho no era capaz.

Las fuerzas norteñas los superaban con creces en equipamiento y en armamento. Se valían de aviones a reacción para bombardear los tanques de combustible y las tropas del sur, de manera que el ELPS libraba una guerra de guerrillas en el bush. Cada vez que la unidad de Logocho se internaba en un territorio nuevo, cada soldado cavaba una trinchera individual. Cuando oían el rugido de los bombarderos, se lanzaban a ellas y cruzaban los dedos. Más de una vez Logocho respiró boca abajo el olor de la tierra batida mientras sus amigos morían a su alrededor.

Un amigo cristiano le había mostrado una Biblia, y ahora comprendía una de sus historias. «¡Ay, tierra de susurro de alas, la de allende los ríos de Kush [Etiopía]!», exclamaba Isaías en referencia al lugar que hoy llamamos Sudán.

Los bombarderos sobrevolaban en círculo como langostas. Roger Winter sabía que había cruzado una línea. Otros activistas pro derechos humanos habían ido todavía más lejos en su implicación en aquel drama, pero los dirigentes sursudaneses hallaron en él ayuda e inspiración.

En 1994 los líderes del brazo político del ELPS, el Movimiento de Liberación del Pueblo de Su­­dán (MLPS), celebraban su primera convención nacional, bajo el palio de la jungla próxima a la frontera ugandesa. Jartum estaba sobre aviso de la reunión y envió sus bombarderos.

Hacía tiempo que los jefes sureños habían abandonado ciudades y carreteras, blancos fáciles para las bombas, y optado por el entorno rural. Hombres como Garang y su segundo de a bordo, Salva Kiir, crecieron en asentamientos pecuarios y se sentían cómodos en el cobijo que les ofrecía el campo. Más de 500 personas procedentes de todo Sudán asistieron a la reunión, y los soldados del ELPS se movían entre la hierba alta que rodeaba el escenario, levantando los tallos pisoteados para que los bombarderos no pudieran distinguirlos. Los organizadores habían excavado gradas en las laderas, y en ese anfiteatro se sentó la gente a escuchar a los oradores, entre ellos Winter, que habló de democracia. Tras esa primera convención política, el MLPS formó un gobierno propio, con Garang como presidente.

En enero me entrevisté con Salva Kiir, quien accedió a la presidencia de la región autónoma de Sudán del Sur en 2005 tras la muerte de Garang en un accidente de helicóptero. Parecía incómodo en el cargo presidencial, rodeado por el oropel del poder político centroafricano. Llevaba un sombrero negro de vaquero, regalo de George W. Bush, y estaba repantingado en un historiado sofá como si el asiento se le quedara pequeño. Su puesto de poder también lo constreñía, en sentido figurado. Nunca había imaginado que se vería obligado a ocupar la presidencia, declaró, y cuando pensaba en el futuro de Sudán del Sur se veía relevado de sus funciones. «Una transferencia pacífica del poder es el fundamento de una buena democracia», dijo.

En los años posteriores a la asamblea de la jungla, Winter mantuvo su preocupación por aquel rincón de África, esforzándose por explicar Sudán a Estados Unidos y viceversa. En Sudán del Sur la gente apenas sabía nada de la política de Occidente; solían llamarle «senador Roger». Menos aún sabían los estadounidenses sobre el país africano. En 2001 Winter estaba trabajando en la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, y la guerra sudanesa lo consumía. La mañana del 11 de septiembre estaba celebrando en Washington, D.C., una reunión para tratar un posible cese de hostilidades en los montes Nuba. En mitad de la sesión llegó la no­­ticia del atentado terrorista y la orden de evacuar las instalaciones federales. Yo de aquí no me muevo, pensó Winter. Con lo cerca que estamos. Tenía pensado desplazarse en coche a la embajada sudanesa, pero la paralización del tráfico lo impedía. Se pasó el día negociando por teléfono.

En los primeros años de la guerra civil, los únicos americanos que seguían de cerca las tribulaciones de Sudán del Sur eran algunos fieles de iglesias cristianas. Veían la guerra como un conflicto religioso entre agresores islámicos y víctimas no musulmanas. El 11-S reforzó esa in­­terpretación. Las figuras eclesiásticas y sus feligreses presionaron al gobierno de Washington para que interviniera en Sudán del Sur.

Winter sabía que la guerra civil sudanesa era mucho más que una batalla entre el islam y el cristianismo (buena parte del sur es un mosaico de tribus animistas que jamás han oído hablar de Cristo). Sabía que la lealtad étnica pesaba más que la religión, que existían factores económicos, y que el norte había coartado el desarrollo del sur. Quería que Estados Unidos, y sobre todo Washington, pensara más en Sudán, y para ello recurrió a periodistas y legisladores.

Allí donde árabes y africanos negros llevaban siglos disputándose los pastos, la lucha era ahora por el petróleo: nada menos que 3.000 millones de barriles, la mayor parte en una disputada zona fronteriza entre el norte y el sur, donde tribus y clanes se han enfrentado desde siempre.

El conflicto era complicado, pero Winter nunca descartó que la religión pudiese ejercer un efecto positivo. Lo había visto con sus propios ojos en 2002. En Itti, una aldea del sur de Sudán cerca de Etiopía, encontró una iglesia presbiteriana bajo cuya techumbre de paja se apretaban más de 300 personas todos los domingos. Tocaban tambores hechos con pieles de animales. Un día, el joven pastor, llamado Simon, a quien Winter conocía de vista, habló de «la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia», citando al apóstol san Pablo. La paz incluso con los árabes.

Winter pensó: es la sabiduría personificada.

Al acabar los oficios se acercó al consejo pa­­rroquial y preguntó qué podía hacer para ayudar a la congregación. Nuestro pastor, Simon, es un hombre inteligente, dijeron los miembros del consejo. Pero nunca se ha formado como es debido para ser pastor. ¿Podría ayudarle?

Winter se quedó atónito. Aquella gente apenas tenía qué llevarse a la boca, ¿y escogían un programa de estudios? En los años siguientes pagó de su bolsillo los estudios de Simon en una escuela de teología de Kampala (Uganda).

Y Winter redobló sus esfuerzos por la paz.

Una noche de 1991, mientras leía la Biblia de su amigo en un barracón del ELPS, Logocho comprendió una cosa. Sí, pensó. Ésta es mi razón de ser. Decidió que se haría pastor.

Poco después un ministro protestante lo bautizó y le preguntó si quería adoptar un nombre nuevo, una identidad nueva. «Sí –dijo–. Simon.» Dejó el fusil, abandonó el ELPS y se fue a estudiar a una escuela keniata para refugiados. Luego fue a una escuela de teología, y terminó en la iglesia de Itti, en la que un domingo entró un americano llamado Roger que se sentó en el suelo con los demás asistentes. El joven pastor pronunció un sermón sencillo que inspiró a uno de los principales arquitectos del nuevo estado africano.

Los años de tesón diplomático de Winter culminaron en el acuerdo suscrito en 2005 por el norte y el sur. El caos y las matanzas de la historia de Sudán hacen difícil predecir el futuro del nuevo equilibrio de la región alcanzado tras el referéndum. Pero Winter, y con él sus colegas estadounidenses y los negociadores de Kenya, Gran Bretaña, Noruega y demás países, obraron en Sudán algo que antaño parecía imposible: la paz. Una paz que ha resistido un lustro.

Hace poco Simon y yo paseamos por Itti. Él no tiene posición social alguna, puesto que carece de ganado, y parecía fuera de lugar con sus gafas y sus zapatos de vestir. Desde hace tres años, entre semana se gana la vida desempeñando actividades en beneficio de la comunidad para la Wild­life Conservation Society. En cierto sentido, son las antípodas de los campamentos ganaderos y las excursiones de caza de sus vecinos, pero lo saludaban con la mano y le prometían ir a verlo el domingo por la mañana. «¡Hola, jefe!», le decían. «De jefe, nada», contestaba él, riéndose.

Simon pudo haberse quedado en Uganda o en Kenya. O como los famosos niños perdidos, pudo haber emigrado a Estados Unidos, donde quizá viviría con más comodidades. ¿Por qué no? Sonrió y, como es costumbre en él, hizo un pequeño chasquido al retirar la lengua del hueco de su sonrisa. «No –dijo–. Mi sitio está aquí.»