El arca de las semillas: cómo alimentar a un mundo superpoblado

Para dar de comer a una población cada día más numerosa, tendremos que duplicar la producción de alimentos. Pero el rendimiento de las cosechas no aumenta con suficiente rapidez, y el cambio climático y las nuevas plagas amenazan las pocas variedades de las que dependen nuestras despensas. Afortunadamente, aún tenemos las semillas y las razas animales para asegurar nuestro abastecimiento futuro; pero debemos mantenerlas a salvo.

1 de julio de 2011

A nueve kilómetros y medio de la localidad de Decorah, en Iowa, una finca de 360 hectáreas de bosques y campos ondulados llamada Heritage Farm está dejando que sus cultivos den en grana. Parece un contrasentido, pero todo en la granja contrasta con las hectáreas circundantes de campos de maíz y de soja pulcramente alineados, característicos de la agricultura moderna. Heritage Farm se dedica a coleccionar semillas más que a producirlas. Es la sede del Seed Savers Exchange (Intercambio de los Conservadores de Semillas), uno de los mayores bancos privados de semillas de Estados Unidos.

En 1975, Diane Ott Whealy recibió en herencia las plantas de semillero de dos variedades tradicionales que su bisabuelo había llevado a América desde Baviera en 1870: la campanilla Grandpa Ott y un tipo de tomate rosa alemán. Deseosos de preservar tan singulares variedades, Diane y su marido, Kent, decidieron crear un lugar donde la gente pudiera almacenar e intercambiar las semillas de su patrimonio familiar. El banco tiene ahora más de 13.000 miembros y guarda en sus enormes neveras, congeladores y bodegas las simientes de muchos miles de variedades tradicionales. La granja produce una gloriosa profusión de verduras, hierbas y flores selectas alrededor de un viejo granero rojo con las paredes cubiertas de campanillas Grandpa Ott de un intenso color morado.

«Todos los años nuestros miembros publican aquí la lista de sus semillas», dice Diane, mientras me entrega un ejemplar del anuario Seed Savers Exchange 2010 Yearbook. Grueso como una guía telefónica, en sus páginas se suceden las variedades menos comunes de judías, ajos, patatas, pimientos, manzanas, peras y ciruelas, cada una con su propio nombre, su historia y sus rasgos distintivos. Hay una manzana llamada Beautiful Arcade («hermosos soportales»), un «fruto amarillo salpicado de rojo»; otra, Prairie Spy («espía de la pradera»), descrita como «precoz», y otra conocida como Sops of Wine («remojones de vino»), que se remonta a la Edad Media. Hay un tomate cherry amarillo de Estonia enviado por «una anciana rusa»; una judía hallada por arqueólogos que buscaban fósiles de elefantes pigmeos en Nuevo México, y un ajo Persian Star procedente de «un bazar de Samarcanda».

Las plantas tradicionales se pusieron de moda en Estados Unidos y Europa durante la pasada década, impulsadas por una corriente gastronómica que valora los productos locales y pretende conservar el sabor y la singularidad de las diferentes variedades. Se encuentran sobre todo en mercados rurales y fruterías selectas, ya que han sido desterradas de las grandes superficies, donde se imponen las modernas frutas y verduras de variedad única, cultivadas por su aspecto uniforme y la facilidad de su transporte y no por su sabor. Pero el movimiento para conservar las variedades tradicionales es algo más que un re­­novado idilio con los sabrosos alimentos de producción local y las innumerables variedades de tomates. Es también una campaña para proteger el futuro abastecimiento mundial de alimentos.

Se habla o se hace muy poco sobre la simultánea erosión de la diversidad genética de los alimentos que consumimos.

La mayoría de los que vivimos en las regiones bien alimentadas del mundo no pensamos en la procedencia de la comida ni en el modo de producirla. Empujamos el carrito de la compra por los pasillos del supermercado sin darnos cuenta de que esa aparente abundancia es un escenario levantado sobre unos andamios cada vez más endebles. Hace mucho que oímos hablar de la extinción de la flora y la fauna en los bosques lluviosos. Sin embargo, se habla o se hace muy poco sobre la simultánea erosión de la diversidad genética de los alimentos que consumimos.

La extinción de variedades utilizadas para la alimentación se está produciendo en todo el mundo y a un ritmo acelerado. Se calcula que en Estados Unidos ha desaparecido el 90% de las variedades históricas de frutas y verduras. De las 7.000 variedades de manzanas cultivadas en el siglo XIX, quedan menos de un centenar. En Filipinas se cultivaban miles de variedades de arroz, de las que sólo han sobrevivido unas cien. En China, el 90% de las variedades de trigo cultivadas hace apenas un siglo ya no existen. Los expertos calculan que a lo largo del último siglo hemos perdido más de la mitad de las variedades de plantas cultivadas para la alimentación. En cuanto a las 8.000 razas conocidas de animales domésticos, 1.600 están en peligro de extinción o ya han desaparecido.

¿Por qué son un problema esas extinciones? Porque si las enfermedades o un futuro cambio climático diezmaran alguna de las pocas especies vegetales y animales de las que dependemos para alimentar la creciente población del planeta, podríamos necesitar desesperadamente una de las variedades que estamos perdiendo. La rá­­pida desaparición de la diversidad del trigo en el mundo es causa de particular inquietud. Una de sus enfermedades más antiguas, Puccinia graminis, un hongo conocido como roya negra del trigo, se está extendiendo por todo el globo. La actual versión de la plaga, una virulenta cepa llamada Ug99 que muta con rapidez, fue identificada por primera vez en Uganda en 1999. Desde allí se extendió a Kenya, Etiopía, Sudán y Yemen. En 2007 saltó el golfo Pérsico y apareció en Irán. Los científicos predicen que pronto se abrirá paso hasta los graneros de la India y Pakistán, para infiltrarse en Rusia, China y (si una sola espora viaja en avión pegada al zapato de un pasajero) el hemisferio Occidental.

El mundo se está volviendo cada vez más dependiente de soluciones tecnológicas y uniformizadas para todos sus problemas.

Alrededor del 90% del trigo del mundo está indefenso frente a la roya Ug99. Si el hongo llega a Estados Unidos, hasta mil millones de dólares en trigo podrían perderse. Los científicos prevén que sólo en Asia y África la cantidad de trigo en peligro inminente podría dejar a mil millones de personas sin la base de su alimentación, lo que haría imposible evitar una crisis humanitaria.

Se calcula que la población mundial podría alcanzar en 2045 los 9.000 millones. Algunos ex­­pertos afirman que será preciso duplicar la producción alimentaria para cubrir la demanda, teniendo en cuenta el consumo creciente de carne y lácteos en las economías emergentes. Si a este panorama se suman el cambio climático y las plagas con capacidad de mutación rápida como la Ug99, es evidente la urgencia de encontrar una manera de aumentar la producción de alimentos, sin exacerbar la anemia genética que convive con la ostensible abundancia de la agricultura industrializada. El mundo se está volviendo cada vez más dependiente de soluciones tecnológicas y uniformizadas para todos sus problemas. Sin embargo, la mejor esperanza para asegurar el futuro de la alimentación puede depender de nuestra capacidad para conservar los cultivos locales del pasado.

Fueron necesarios más de 10.000 años de domesticación de cultivos y animales para crear la enorme variedad genética en nuestra producción de alimentos, una biodiversidad que ahora estamos viendo desaparecer. La cría selectiva de especies vegetales y animales para favorecer determinados rasgos empezó como un azaroso proceso de ensayo y error motivado por el imperativo más antiguo: el hambre. En el trigo silvestre, por ejemplo, las espigas se abren y el grano cae al suelo para que la planta pueda propagarse. Los primeros agricultores seleccionaron las plantas que, debido a una mutación genética aleatoria, conservaban los granos en la espiga, lo cual los hacía ideales para la cosecha.

Agricultores y ganaderos desarrollaron con mucho esfuerzo razas de animales y variedades de plantas bien adaptadas a las peculiaridades de su clima y entorno. Cada semilla o raza do­­mesticada era la respuesta a un problema específico (como la sequía o una plaga) en un lugar concreto. Por ejemplo, la raza nativa de ovejas Gulf Coast Native, de América del Norte, tolera bien el calor y la humedad y es muy resistente a los parásitos. En las islas Orcadas, las ovejas de la raza North Ronaldsay pueden subsistir co­­miendo sólo algas. En Etiopía, la vaca pequeña, de cuernos cortos y sin joroba de la raza Sheko es una buena productora de leche que tolera las condiciones duras y tiene resistencia a la enfermedad del sueño.

Irónicamente, el peligroso retroceso de la diversidad en nuestro suministro de alimentos es el resultado imprevisto de un triunfo en la agricultura

Todos esos rasgos adaptativos tienen un valor incalculable no sólo para los granjeros locales, sino también para los criadores comerciales de todo el mundo. La oveja finesa, por ejemplo, que durante mucho tiempo sólo fue criada por un reducido grupo de campesinos de Finlandia, ha adquirido una importancia vital porque produce más de una cría en cada gestación. La gallina Fayoumi, una especie autóctona de Egipto cuyo origen se remonta a la época de los faraones, tiene gran demanda por ser una ponedora prodigiosa con alta tolerancia al calor y resistencia a muchas enfermedades. Del mismo modo, el extraño cerdo Taihu de China es codiciado por criadores de todo el mundo por su capacidad para engordar con forraje barato y por su inusual fertilidad (sus camadas suelen ser de 16 crías, frente a las 10 de las razas occidentales).

Irónicamente, el peligroso retroceso de la diversidad en nuestro suministro de alimentos es el resultado imprevisto de un triunfo en la agricultura. La historia es bien conocida. En 1944, el fitopatólogo Norman Borlaug, entonces de 30 años, viajó a México para participar en la lucha contra una plaga de roya negra del trigo que había causado una hambruna. Tras cruzar diferentes variedades de trigo de distintas regiones del mundo, consiguió un híbrido resistente a la roya y sumamente productivo con el que la India y Pakistán lograron casi duplicar su producción de trigo y así salvar del hambre a miles de millones de personas. La llamada revolución verde contribuyó a difundir la moderna agricultura industrializada en el mundo en desarrollo.

Pero la revolución verde también tuvo efectos negativos. Con el tiempo, los agricultores empezaron a depender mucho de variedades de alto rendimiento, adaptadas a todo tipo de clima, y dejaron de cultivar las plantas mejor adaptadas a las condiciones locales. El monocultivo a gran escala con semillas genéticamente uniformes ha aumentado la productividad y satisfecho las necesidades más inmediatas. Sin embargo, las variedades de alto rendimiento son plantas ge­­néticamente más débiles que necesitan fertilizantes químicos caros y plaguicidas tóxicos. Lo mismo puede decirse de las razas de animales de alto rendimiento, que a menudo requieren piensos caros y atención veterinaria para sobrevivir en otros climas. El afán de aumentar la producción está desplazando a las variedades locales, y reduciendo la diversidad genética del ganado. Como resultado, el abastecimiento mundial de alimentos depende de una lista cada vez más reducida de razas seleccionadas por su máximo rendimiento, como la gallina roja de Rhode Island, el cerdo Large White y la vaca Holstein. En pocas palabras, en nuestro empeño por producir más alimentos, hemos aumentado el riesgo de padecer escasez en el futuro.

Una historia que debería servir de advertencia sobre los peligros de depender en exceso de una fuente homogénea de alimentación gira en torno a la humilde patata. En los Andes peruanos, donde fue domesticada por primera vez, los campesinos siguen cultivando miles de variedades de aspecto extraño. A finales del siglo XVI, los galeones españoles llevaron el tubérculo a Europa, donde a principios del siglo XIX se había convertido en un excelente sustituto de los cereales, sobre todo en la fría y húmeda Irlanda. En poco tiempo los irlandeses pasaron a depender casi exclusivamente de la patata como base de su alimentación. Plantaban principalmente una variedad muy productiva, la patata Lumper, cuya debilidad genética quedaría cruelmente patente por la acción de Phytophthora infestans. En 1845 empezaron a extenderse por el país las esporas del destructivo hongo, que acabó prácticamente con todas las patatas Lumper que encontró a su paso. La hambruna resultante mató u obligó a emigrar a millones de irlandeses.

Los actuales esfuerzos por incrementar la producción de alimentos en los países en vías de desarrollo (especialmente en África, donde la revolución verde pasó de largo) podrían no hacer otra cosa sino acelerar el ritmo de desaparición de las razas de ganado y las variedades de plantas de cultivo en los próximos años.

En los puntos de África donde se han introducido semillas y razas de alto rendimiento, los resultados han sido desiguales, en el mejor de los casos. Países como Zimbabwe, Zambia y Malawi han sacrificado gran parte de la diversidad de sus plantas para practicar el monocultivo de variedades importadas de alto rendimiento, subvencionadas por los Gobiernos y suministradas por las ONG. Los pequeños agricultores y ganaderos se han endeudado para pagar los fertilizantes, plaguicidas, medicinas y piensos de elevado con­tenido proteico necesarios para que esas plantas y animales prosperen en condiciones climáticas diferentes de las originales. Son como adictos, enganchados a un hábito que no pueden permitirse, ni en términos económicos ni ecológicos.

Una respuesta ante el rápido retroceso de la biodiversidad en nuestros campos es guardar en lugar seguro las semillas de tantas variedades agrícolas como sea posible antes de que desaparezcan para siempre. La idea fue concebida por el botánico ruso Nikolái Vavílov, quien en 1926 tuvo una de las revelaciones científicas menos alabadas de la era moderna. Hijo de un comerciante de Moscú que había crecido en una aldea pobre y abrumada por la pérdida recurrente de las cosechas y por la escasez de alimentos, Vavílov se obsesionó desde muy joven con la idea de acabar con el hambre tanto en Rusia como en el resto del mundo. Durante las décadas de 1920 y 1930 recorrió los cinco continentes recogiendo semillas de los parientes silvestres y las variedades menos conocidas de las plantas que consumimos, con el fin de preservar los genes que confieren características tan importantes como la resistencia a las enfermedades y las plagas y la capacidad de soportar condiciones climáticas extremas. También fue director de un instituto (hoy llamado Instituto de Investigación de Industria Vegetal, en San Petersburgo), encargado de conservar su creciente colección, considerada el primer banco mundial de semillas.

Durante una expedición a Abisinia (actual Etiopía) en 1926, Vavílov tuvo una visión en la que subía a una cima desde la que se podía dominar todo el planeta para ver los lugares donde los antepasados silvestres de nuestras plantas cultivadas habían sido domesticados. Tras aquella visión señaló en el mapa los siete «centros de origen de las plantas cultivadas» y los describió como las antiguas cunas de la agricultura: «Allí podemos ser testigos del destacado papel desempeñado por el hombre en la selección de las formas cultivadas mejor adaptadas a cada región».

La vida de Vavílov no tuvo un final feliz. En 1943, este experto en potenciales remedios contra las hambrunas murió de inanición en un campo de prisioneros a orillas del Volga, víctima del régimen de Stalin, que consideraba «ciencia burguesa» sus esfuerzos de recolección de semillas. En esa época, el ejército de Hitler asediaba San Petersburgo (entonces Leningrado), donde habían muerto más de 700.000 personas. El Go­­bierno soviético había ordenado la evacuación de las obras de arte del Ermitage, convencido de que Hitler pretendía apropiarse de los fondos del museo, pero no había hecho nada para salvaguardar las 400.000 semillas, raíces y frutos almacenados en el mayor banco de semillas del mundo. Así pues, un grupo de científicos del Instituto Vavílov guardó en cajas una muestra representativa de las semillas, las llevó al sótano y estableció turnos para vigilarlas. Documentos históricos revelaron posteriormente que Hitler había encargado a una unidad la misión de apoderarse del banco de semillas, quizá con la esperanza de do­­minar un día el suministro mundial de alimentos. Aunque pasaron hambre, los vigilantes de las semillas se negaron a comer lo que consideraban el futuro de su país. De hecho, al final del asedio, en la primavera de 1944, nueve de los guardianes voluntarios habían muerto de inanición.

Las ideas de Vavílov han sufrido algunas mo­­dificaciones desde entonces. Actualmente, las regiones que él señaló como centros de origen son consideradas por los científicos como centros de diversidad, porque no se sabe con certeza si fue allí donde se produjeron las primeras domesticaciones. Aun así, el botánico ruso fue muy clarividente al expresar la idea de que esas regiones conservan la diversidad genética de la que depende el futuro de nuestra alimentación.

En la actualidad hay 1.400 bancos de semillas en el mundo. El más ambicioso de ellos es la nueva Cámara Mundial de Semillas de Svalbard, instalada en el permafrost de una montaña de arenisca en la isla noruega de Spitsbergen, a 1.125 kilómetros del polo Norte. Creada por Cary Fowler en colaboración con el Grupo Consultor sobre Investigación Agrícola Internacional, la hoy apodada «cámara del día del fin del mundo» es una especie de backup de todos los demás bancos de semillas que hay en el planeta. La cámara conserva copias de sus colecciones en una zona permanentemente helada y libre de terremotos, a 122 metros sobre el nivel del mar, lo que garantiza que las simientes estarán en seco incluso si se derriten los casquetes polares.

El Global Crop Diversity Trust de Fowler ha anunciado recientemente que en breve lanzará lo que parece la continuación de las expediciones de Vavílov: un proyecto de diez años para rastrear el planeta en busca de los últimos parientes silvestres del trigo, el arroz, la cebada, las lentejas y los garbanzos con el fin de «proporcionar armas a la agricultura contra el cambio climático». La esperanza es que esa recolección apresurada permita a los científicos transmitir a nuestras vulnerables variedades domésticas los rasgos vitales de sus parientes más agrestes, como la tolerancia a las sequías y las inundaciones.

Aun así, crear bancos de semillas para prevenir futuras calamidades es sólo una solución a me­­dias. Igualmente dignos de conservación son los conocimientos reunidos con gran esfuerzo por los agricultores del mundo, que a lo largo de las generaciones crearon las semillas y las razas que hoy tanto apreciamos. Quizás el recurso más valioso y amenazado sea la sabiduría almacenada en la mente de los campesinos.

Jemal Mohammed, de 40 años, es propietario de una granja de dos hectáreas en las colinas que rodean el pequeño caserío de Fontanina, en la región de Welo, en las tierras altas del norte de Etiopía. Está en el corazón mismo de uno de los centros de diversidad que Nikolái Vavílov visitó en su expedición de 1926.

Entrar en la finca de Mohammed es como retroceder en el tiempo hasta una época en que la tierra se araba a la manera antigua. Su choza circular con techumbre de paja y paredes de adobe es el mismo tipo de vivienda que se ve desde hace siglos en las zonas rurales de Etiopía. Una pareja de bueyes descansa a la derecha de la choza a la sombra de un jacarandá. Tres o cuatro gallinas se pavonean por el patio delantero. Los campos de Mohammed, labrados con arado de bueyes y sembrados a mano, presentan una mezcla de cultivos: tomates, cebollas, ajos, cilantro, calabazas, sorgo, trigo, cebada, garbanzos y tef, un cereal con el que se elabora el injera, una especie de pan ácimo.

La imagen de la vida del pequeño agricultor tradicional es de sencillez. Y sin embargo, comparado con las operaciones mecanizadas de la agricultura moderna, el trabajo de Mohammed es un acto de constante malabarismo, dinámico y lleno de matices, frente a amenazas tales como la sequía, las inoportunas lluvias torrenciales y las plagas. Planta juntos las legumbres y los cereales para aprovechar al máximo el espacio, pero de ese modo también fertiliza la tierra de manera natural, ya que las legumbres que crecen debajo del sorgo añaden nitrógeno al suelo.

En especial quienes vivimos en países bien alimentados, que hemos olvidado de dónde viene la comida

Welo fue una de las regiones más afectadas por la devastadora hambruna de 1984 de Etiopía, que segó la vida de cientos de miles de personas. El recuerdo ha quedado marcado a fuego en la memoria de Mohammed, que me muestra una colección de calabazas vaciadas, llenas hasta el borde de algo parecido a piedrecitas de co­­lores. «Guardo estas reservas por si acaso», dice, y entonces comprendo que son semillas. Tiene semillas de todas las plantas que crecen en sus campos. Su mujer les ha frotado ceniza para protegerlas del gorgojo. «Si perdemos todas las cosechas por culpa de la sequía o de las inundaciones –me dice Mohammed–, al menos podré volver a sembrar mis campos.»

Observo los rostros graves de Mohammed y su familia, y después miro las semillas cubiertas de ceniza: la quintaesencia del comienzo, nódulos de un reconcentrado impulso de crecer que no dejan traslucir los siglos de selección que tienen tras de sí ni permiten imaginar los sustanciosos alimentos en que se convertirán algún día. Son el banco de semillas de Mohammed.

Ésta es la fascinante paradoja de las semillas. Pese a su importancia, es fácil no prestarles atención, en especial quienes vivimos en países bien alimentados, que hemos olvidado de dónde viene la comida. Mohammed me lleva a otra granja donde su vecino y él levantan una losa del suelo para dejar al descubierto una cámara de tierra de dos metros de profundidad por otros dos de ancho: una despensa subterránea de emergencia. En unas semanas, cuando hayan terminado la cosecha, tapizarán de paja las paredes de la cámara, la llenarán de grano y la taparán con la losa. El frío de la tierra la mantendrá fresca.

Cuando les pregunto de cuánto les sirvió su almacén de emergencia durante la hambruna de 1984, los dos hombres bajan la cabeza y murmuran una respuesta antes de guardar silencio, con los ojos llenos de lágrimas. Mi intérprete me indica con un gesto que no siga preguntando. Es muy duro para ellos recordar aquellos tiempos, me explica. Habían vendido todo el grano almacenado; nunca imaginaron que pudiera llegar una sequía repentina. Las cosas se pusieron tan mal que tuvieron que comerse todas las reservas. Algunos de sus familiares murieron de hambre. Se quedaron sin nada, excepto las semillas. Las condiciones eran tan nefastas que se plantearon lo impensable: comerse las simientes, que eran todo su futuro.

Las montañas centrales de Etiopía fueron en el pasado uno de los lugares con mayor diversidad botánica del mundo, pero en la década de 1970 los agricultores cultivaban solamente tef y unas pocas variedades de trigo, que les habían sido suministradas por su elevado rendimiento. Hoy la región ha sufrido una transformación: las variedades locales de legumbres y trigo crecen de nuevo en los campos. Dada la imagen que se tiene de Etiopía como un país propenso a las hambrunas, resulta asombroso conducir durante una hora hacia el nordeste de Addis Abeba y ver extensos campos de un tupido trigo duro con la semilla violácea, una variedad que sólo se en­­cuentra allí y que se está plantando con éxito en todo el país. Usado para elaborar pasta, el trigo duro es relativamente resistente a la roya negra. En un campo crece otra variedad local autóctona llamada setakuri, que significa «el orgullo de las mujeres», porque hace que el pan salga dulce. Es aún más inmune a la roya negra del trigo.

El cambio en Etiopía puede atribuirse en parte a los esfuerzos del fitogenetista Melaku Worede, quien tras doctorarse por la Universidad de Nebraska en 1972, regresó a Etiopía con el objetivo de conservar (y recuperar) la gran biodiversidad del país. Worede y su equipo del Centro de Recursos Fitogenéticos de Addis Abeba formaron a una nueva generación de fitogenetistas y emprendieron la tarea de reunir las plantas y semillas autóctonas de todo el país. En 1989, Worede inició el programa Semillas de Supervivencia, una red de bancos que guardan y redistribuyen las simientes de los campesinos locales.

Worede confía en que los nuevos esfuerzos por aumentar la producción de alimentos (como la Alianza por la Revolución Verde en África, de la Fundación Gates) no repitan los errores del pasado. De hecho, se está intentando que los agricultores locales participen en las decisiones. «Los responsables de la planificación son conscientes de que la primera revolución verde fracasó con el paso del tiempo. Tienen algunas ideas buenas –dice Worede–, pero siguen insistiendo demasiado en unas pocas variedades. ¿Qué hay del resto? Las perderemos. No estoy en contra de la ciencia, créame. Soy científico. Pero hay que contextualizarla. Hay que combinar la ciencia con los conocimientos locales, con la ciencia del campesino.»

El desafío era probar que es posible aumentar la productividad sin sacrificar la diversidad

En opinión de Worede, es vital conservar la diversidad de la región, no sólo en los bancos de semillas sino sobre el terreno y en estrecha colaboración con los productores locales. Aunque el rendimiento es obviamente importante para los agricultores, aún lo es más mejorar sus probabilidades de evitar las hambrunas, distribuyendo los riesgos mediante el cultivo de numerosas variedades a lo largo de muchas estaciones y en muchos lugares diferentes. De ese modo, si un cultivo sufre los efectos de una plaga, o se pierde una cosecha por la sequía o un valle se inunda, habrá alternativas para salir adelante.

El desafío era probar que es posible aumentar la productividad sin sacrificar la diversidad. Worede quería demostrar que la decisión entre disponer de suficiente comida para hoy y conservar la biodiversidad futura era una falsa dis­yuntiva, y lo logró. Trabajando con las variedades seleccionadas por los agricultores por su capacidad de adaptación, ha averiguado cuáles son las más productivas. El uso de semillas locales de alto rendimiento, en combinación con fertilizantes naturales y técnicas como la de cultivos intercalados, ha mejorado el rendimiento hasta un 15% por encima de las variedades importadas, que requieren costosos productos químicos. Paralelamente se está realizando un trabajo similar con las razas locales de ganado. Keith Hammond, experto de la ONU en genética animal, afirma que en el 80% de las áreas rurales del mundo las razas autóctonas, adaptadas a las condiciones locales, son superiores a las importadas.

Aun así, un aumento del 15% está muy lejos de la duplicación de nuestro suministro de alimentos que, según los expertos, necesitaremos en las próximas décadas. La conservación de la diversidad de los alimentos es sólo una de las muchas estrategias necesarias para conseguirlo, pero es crucial. Mientras el clima se calienta y el ambiente se vuelve menos adecuado para las variedades de plantas y animales de las que actualmente dependemos para alimentarnos, es muy probable que necesitemos cada vez más los genes que permiten a las diferentes especies prosperar, por ejemplo, en el calor africano o bajo el acoso de enfermedades recurrentes. De hecho, Worede cree que quizá sea posible encontrar en los campos de Etiopía las variedades de trigo resistentes al Ug99 que buscan los científicos. «Aunque aparezca una nueva mutación de la enfermedad, no acabará con todas las variedades que hay aquí. Es la ventaja de la diversidad.»

Sin embargo, a Worede no le gusta la idea de que el mundo desarrollado considere Etiopía y los otros centros de Vavílov como bancos de se­­millas silvestres a los que ir a buscar ciertos rasgos cada vez que hay una plaga. Cita el brote de virus del enanismo amarillo de la cebada, a principios de los años setenta, que pudo haber acabado con la producción mundial de ese cereal. Casualmente, un científico estadounidense que había estado en Etiopía en los años sesenta había recogido unas muestras. Cuando comenzó la plaga, las entregó a uno de los investigadores que estaba intentando controlar el virus. Entre ellas había una variedad resistente a la enfermedad. «Eso lo cambió todo, y sin ningún coste para ellos –recuerda Worede–. No hizo falta ingeniería genética, sólo un gen natural resistente obtenido en la misma región de Etiopía donde se estaba padeciendo hambre.»

Aquella tarde, Mohammed y su vecino se quedaron en silencio junto a su reserva particular de semillas. Desde la hambruna de 1984, ni siquiera se plantean vender el cereal hasta estar seguros de lo que traerá la cosecha. Les pregunté si la abundancia que vi en sus campos los hacía sentirse algo más seguros y optimistas. «Será bueno tener un poco más de dinero –empezó Mohammed–, para poder mandar a nuestros hijos a la escuela con ropa buena, pe­­ro…» Hizo una pausa, miró a su vecino y me dio una respuesta que, según he llegado a pensar, describe perfectamente la actitud que todos deberíamos adoptar en lo referente a asegurar el futuro de nuestro abastecimiento de alimentos.

«Somos positivos –dijo–, pero también, muy conscientes de los riesgos.»

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