Tras los restos de la batalla de Trafalgar

Los arqueólogos buscan en la costa gaditana los restos del navío francés Fougueux. Una galería fotográfica de Pedro Saura

Camposoto es una playa de unos seis kilómetros de longitud prácticamente virgen. Un milagro en una costa andaluza sepultada por bloques de cemento. Pertenece al municipio gaditano de San Fernando y presume de sus arenales dorados, sus mareas escandalosas y unas aguas impolutas. Pero todo eso, que no es poco, no es lo que hace único a este litoral tan a salvo de los humanos y tan expuesto a los vientos. En los años noventa, el instructor de buceo Juan Domingo Mayo se topó, durante una de sus múltiples inmersiones, con un enorme túmulo en forma de huso que, dadas sus características, bien podía albergar en su interior los restos arqueológicos de un navío hundido. El supuesto pecio se encontraba a tan sólo nueve metros de profundidad y estaba protegido por una visibilidad muy deficiente. Mayo dio parte oficial del hallazgo inmediatamente, y las primeras prospecciones confirmaron sus sos­pechas, además de evidenciar que más de un cazador de tesoros se había hecho ilegalmente con algunas piezas.

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Con este descubrimiento en cierto modo azaroso empieza una nueva historia para la playa de Camposoto. Una emocionante historia de investigación, intervenciones arqueológicas y análisis de las fuentes documentales destinada a identificar el pecio, conocido popularmente como de Las Morenas. Un relato minucioso y vibrante que, línea a línea, campaña a campaña, ha escrito a lo largo de 20 años el Centro de Arqueología Subacuática (CAS), organismo dependiente del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía con sede en Cádiz.

«Las primeras noticias sobre la presencia de un pecio frente a las costas de Camposoto hacen referencia a la concentración, en torno a un gran bloque concrecionado en forma de túmulo fusiforme de unos 22 metros de largo por ocho de ancho, de cañones de hierro de gran tamaño, un ancla de grandes dimensiones, parte del maderamen de un barco y gran cantidad de elementos concrecionados que se encuadran en época moderna», afirma Nuria Rodríguez Mariscal, arqueóloga submarina del CAS y miembro del equipo de investigación.

La primera sospecha apuntaba directamente a una fecha, una batalla y un escenario: Trafalgar, 21 de octubre de 1805. Horas después de la de­­rrota de la escuadra combinada francoespañola, un temporal huracanado se ceba con furia en unos buques ya desarbolados y devastados a resultas del durísimo combate contra la Armada británica, y 15 navíos zozobran y van a dar con sus huesos en el fondo del océano. Son los franceses Achille, Aigle, Berwick, Bucentaure, In­­domptable, Intrepide, Redoutable y Fougueux, y los españoles Argonauta, Monarca, Neptuno, Rayo, San Agustín, San Francisco de Asís y Santísima Trinidad, la joya de la Corona, el mayor navío de la época. De todos ellos, según las fuentes históricas, tan sólo uno, el Fougueux, naufragó en aguas de la zona de Sancti Petri, es decir, frente a Camposoto.

La dimensión de la catástrofe, ampliamente documentada, fue descomunal: la brutal contienda se saldó con más de 4.000 muertos, más de 3.000 heridos, 15 buques de la flota combinada hundidos y otros cinco capturados por los ingleses y remolcados hacia Gibraltar, una debacle sin precedentes que supuso, entre otras cosas, el fin del poderío naval de España.

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En la madrugada del 22 de octubre de 1805, el Fougueux fue zarandeado, despedazado y finalmente hundido en las costas de Camposoto por la violenta tormenta desatada después de la batalla. Para entonces, la victoria de la Armada británica estaba más que confirmada. Los muertos a manos del huracán se sumaban a los causados por la artillería enemiga, y vencedores y vencidos lloraban y velaban a sus hombres más ilustres y valientes. En el sollado del H.M.S. Victory, el buque insignia de la flota británica, Horacio Nelson, el almirante de los almirantes, agonizaba justo al acabar la batalla, desangrado por una bala de mosquete, mientras el capitán Cosme Damián Churruca moría a bordo del San Juan Nepomuceno tras perder la pierna de un cañonazo. En el Bahama, otro proyectil había volado la cabeza del capitán Alcalá Galiano. El almirante Federico Gravina, aunque gravemente herido, había logrado gobernar su buque Príncipe de Asturias y refugiarse en Cádiz, pero tardó apenas unos meses en morir a consecuencia de las lesiones sufridas en el combate. También los altos mandos franceses sufrieron muchas y valiosas bajas. Pierre Charles de Villeneuve, el almirante al mando de la flota combinada y el gran responsable de la derrota, fue hecho prisionero y conducido a Gibraltar y luego a Inglaterra para, de regreso en Francia, aca­­bar suicidándose en un modesto hotel de Rennes.

Distinta fue la suerte del capitán de navío Louis Alexis Baudouin, al mando del Fougueux. Todas las crónicas hablan de su valor y arrojo, y es fácil imaginar su impotencia y desesperación al verse rodeado y embestido a cañonazos por los buques ingleses Téméraire, Mars y Belleisle. El testimonio del marino Manuel Vicente Ferrer, embarcado en el vecino navío Monarca, es elocuente: «Al Fogoso entonces se le prolongaron otros dos navíos, uno por cada costado, con los cuales sostuvo su fuego, también sucedió que el que lo batía por babor y lo hacía á nosotros por estribor, siguió la misma suerte que el primero, habiendo cesado por cortos intermedios el fuego que sufríamos por babor, que de nuevo se reprodujo por ambos costados, siendo los de estribor dirigidos por una real que al mismo tiempo batía también el de babor del Fogoso, mientras este recibía á la par los ataques de otro navío inglés por el costado opuesto».

Baudouin peleó hasta la muerte. Sólo tras ella y la de su segundo, el navío, desarbolado, abierto en múltiples vías de agua y a punto de zozobrar, se rindió. El testimonio del capitán Jean-Jacques Étienne Lucas, al mando del Redoutable, lo confirmó con estas palabras: «Tan sólo tras la muerte del bravo Baudouin y de su segundo pudo abordar el Fougueux la tripulación del navío inglés Téméraire».

Con el abordaje vino también la ayuda, y así fue intervenido de urgencia con las reparaciones más imprescindibles y remolcado para conducirlo a puerto. Pero lo que no habían conseguido los cañones enemigos lo hizo la violenta tempestad, que rompió con furia sus amarras con el Téméraire y en plena noche lo hundió en las aguas revueltas con más de 500 hombres a bordo. Sólo 21 tripulantes lograron alcanzar la playa de Camposoto, donde fueron rescatados por un destacamento del Ejército de Tierra español.

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Y hundido ha permanecido el navío más de 200 años, hasta nuestros días, en el pecio de Las Morenas, como han concluido los arqueólogos.

El estudio sistemático de la documentación histórica procedente de archivos españoles, franceses y británicos (informes militares, prensa del momento, cuadernos de bitácora de algunos navíos que participaron en la contienda y cartas, entre otros documentos) apuntaba a que el pecio investigado podía muy bien corresponder a los restos del navío francés Fougueux. Pero era necesaria una investigación directa de los distintos elementos del pecio. «La intervención arqueológica permitiría determinar la identidad del navío a través del análisis de su sistema constructivo, de su artillería y del resto de los materiales asociados al buque», afirma Rodríguez Mariscal.

Y a ello se lanzaron los arqueólogos.

Con todas las precauciones. Porque el CAS, siguiendo las recomendaciones internacionales de la Unesco, optó por el uso de técnicas de in­­vestigación no intrusivas, así como por el seguimiento de una estrategia de conservación in situ de los materiales hallados.

Para determinar el origen del navío a partir de sus peculiaridades constructivas, el CAS contó con la ayuda de dos expertos en arquitectura naval, Eric Rieth, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia y del Museo Nacional de la Marina de París, y Manuel Izaguirre, del Servicio de Patrimonio Histórico-Artístico y de la Diputación Foral de Guipúzcoa, quienes se desplazaron a Cádiz en distintos momentos de las actuaciones arqueológicas. La observación directa del casco, así como el estudio de las ca­­racterísticas arquitectónicas y los materiales del pecio, concluyeron que los restos correspondían a un navío francés, posiblemente el Fougueux.

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«El paso siguiente –dice la arqueóloga– era determinar la nacionalidad y la cronología del pecio mediante análisis comparativos de las piezas de artillería presentes en el yacimiento, con respecto a los reglamentos y ordenanzas por las que se reglaba la Marina francesa para la fundición oficial de su artillado.» El armamento del buque, en especial los cañones (se encontraron 31) y algunas piezas correspondientes a armas de fuego y armas blancas, reforzaron la hipótesis del Fougueux, pero no eran pruebas concluyentes que confirmaran la identificación del pecio.

El naufragio reveló también un tipo de materiales asociados al buque, en concreto los relacionados con la vida cotidiana y los objetos de la tripulación, que ofrecieron valiosa información sobre los hábitos a bordo de un buque de principios del siglo XIX. El menaje de cocina y comedor, como era de esperar para la época, era de procedencias muy diversas: francesa, la más abundante, española y, en menor número, inglesa, italiana y china. Las pesas, con sus marcas de flor de lis, se delataban por sí mismas, y el hallazgo de algunas piezas de instrumental médico y de una ficha de dominó fabricada con hueso contribuyeron a fijar la datación del pecio entre finales del siglo XVIII y principios del XIX.

La presencia de seis monedas, cinco de origen francés y una sin identificar debido a su mal estado, aportó nuevos datos en cuanto a la fijación de fechas y algunas curiosidades históricas dignas de mención. «Entre las monedas francesas recuperadas –prosigue Rodríguez Mariscal– había acuñaciones pertenecientes al Antiguo Régimen francés, es decir, al período monárquico de Luis XVI, último rey de Francia, decapitado en 1793 durante la Revolución Francesa, y otras de época republicana.» Hoy sabemos que la coexistencia de monedas monárquicas y republicanas en curso legal no se produjo hasta 1803. La fecha de 1805, cuando república y monarquía se igualan en el dinero, se hacía más y más posible.

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También se hallaron interesantes piezas de indumentaria, como hebillas y botones. Uno de éstos revestía especial interés en la tarea de identificación del navío. Y todo gracias a una feliz normativa de la Marina francesa según la cual la numeración de cada destacamento o regimiento militar debía aparecer en el centro de los botones de los uniformes militares. Los botones hallados durante las intervenciones arqueológicas presentaban distintas numeraciones, entre ellas la 79. Según recogen algunas fuentes francesas, «los destacamentos designados con el número 79 estaban compuestos por cinco compañías […] embarcadas en los navíos del almirante Villeneuve; la primera y la tercera a bordo del Redoutable, las otras sobre el Argonauta y el Fougueux». Los dos primeros, apresados por los ingleses, se hundieron en alta mar, en zona desconocida. Solamente el Fougueux naufragó en esta costa. El botón 79 se erigía en una prueba de vital importancia.

Pero las cautelas de la ciencia arqueológica son muchas, y las afirmaciones rotundas, poco aconsejables. La arqueóloga Carmen García Rivera, directora del CAS y al frente de la investigación desde sus inicios, insiste en que «no debemos magnificar el botón como la prueba concluyente y definitiva para la identificación del pecio. Se trata de un indicio más que se une a otros tanto o más relevantes, como pueden ser las monedas o ciertas piezas del armamento como la “llave de chispa”, un artilugio para encender la mecha de los cañones».

En consecuencia, las conclusiones que cierran el apasionante informe del CAS hacen gala de una prudencia exquisita: «El conjunto de datos arqueológicos unido a la información de las fuentes documentales nos permiten establecer finalmente, y con bastante certeza, un vínculo claro entre los restos materiales del yacimiento de Camposoto con el navío de línea Fougueux».

Hasta aquí las reservas. A partir de aquí, la emoción, el escalofrío de sentir bajo las aguas, junto al pecio, el estrépito infernal de una batalla, los gemidos de los heridos y el estruendo de los cañonazos, las carreras sobre las cubiertas, los chirridos de los mástiles. Luchar junto a Baudouin, el arrojado capitán francés, sufrir la de­­rrota, avistar los primeros nubarrones, padecer las sacudidas del oleaje furioso, vivir los últimos crujidos del navío. Morir un poco con él bajo las aguas atlánticas, cerca de las arenas doradas de la playa de Camposoto.