Tierras nativas de los indios americanos

En Estados Unidos, los nativos americanos han puesto coto a años de deterioro medioambiental. Sus tierras son hoy un ejemplo de recuperación del medio ambiente. Mira las fotografías de Jack Dykinga.

1 / 17

1 / 17

territorioindio01

territorioindio01

Santa Clara Pueblo, Nuevo México
La sequía que se abatió sobre esta tierra hacia 1580 expulsó a los habitantes del acantilado de Puye, en Nuevo México. Sus descendientes, los indios pueblo de Santa Clara, están restaurando la cuenca fluvial cercana.

Jack Dykinga

2 / 17

territorioindio02

territorioindio02

Santa Clara Pueblo, Nuevo México
Goat Rock
 

Jack Dykinga

3 / 17

territorioindio03

territorioindio03

Reserva Big Cypress, Florida
En la superficie de una ciénaga, las lentejas de agua forman una especie de galaxias removidas por lentas corrientes de agua. Los indios seminola de Florida llaman «el Jurásico» a esta parte del humedal.

Jack Dykinga

4 / 17

territorioindio04

territorioindio04

Reserva Big Cypress, Florida
Palmito aserrado

Jack Dykinga

5 / 17

territorioindio05

territorioindio05

Espacio Natural Intertribal de Sinkyone, California
Las diez tribus que integran el consejo de este espacio natural son los celosos guardianes de un bosque lluvioso templado donde abundan los litocarpos tapizados de musgo y las secuoyas de la costa.

Jack Dykinga

6 / 17

territorioindio06

territorioindio06

Espacio Natural Intertribal de Sinkyone, California
Este «ecosistema sagrado», como lo denomina Hawk Rosales, director ejecutivo del consejo, está surcado por corrientes como el Wolf Creek, punto central de un proyecto de recuperación del hábitat del salmón.

Jack Dykinga

7 / 17

territorioindio07

territorioindio07

Espacio Natural Tribal de los Montes Mission, Montana
Este espacio natural alberga la vertiente occidental de la Montana's Mission Range, con cimas que van desde los 900 metros a los 3.000, antiguos territorios de las tribus salish y Kootenai.

Jack Dykinga

8 / 17

territorioindio08

territorioindio08

Espacio Natural Tribal de los Montes Mission, Montana
El Post Creek hace un descenso escalonado a través de la Zona de Gestión del Grizzly, una sección de 4.450 hectáreas del Espacio Natural Tribal de los Montes Mission, que en verano se cierra a los visitantes para que los osos puedan alimentarse de euxoas. En 1979 la Confederación de Tribus Salish y Kootenai declaró espacio natural un territorio de 37.230 hectáreas, pero el camino había sido abierto años antes. En 1974, cuando una venta de madera amenazaba el bosque primario, tres ancianas, o yayas, se presentaron en la reunión del consejo tribal. Según un testigo, «se arreglaron los chales, expresaron su preocupación por las generaciones futuras y dijeron que no se irían hasta que el consejo prohibiera la tala». Así lo hizo.

Jack Dykinga

9 / 17

territorioindio09

territorioindio09

Área sin carreteras del río Wind, Wyoming
Ninguna señal indica el camino. Sólo las artríticas ramas de un pino gesticulan hacia un cielo infinito. Es el territorio más salvaje, una tierra arañada por los glaciares, azotada por el viento y sin carreteras, en plena divisoria continental. Esta reserva de los arapajós septentrionales y los shoshón orientales fue creada en 1937, mucho antes de que Estados Unidos aprobara la Ley de Espacios Naturales, en 1964.

Jack Dykinga

10 / 17

territorioindio10

territorioindio10

Reserva de Fort Peck, Montana

A salvo y en su refugio, el bisonte pace en las laderas de la Reserva de Fort Peck. El apoyo de los Defensores de la Vida Salvaje contribuyó a añadir más de 1.600 hectáreas a las 2.000 que los assiniboine y los sioux lograron convertir en reserva en el año 2000. El lugar alberga 200 bisontes, y podrían haber más si el consejo tribal puede comprar o arrendar más terreno.

Jack Dykinga

11 / 17

territorioindio11

territorioindio11

Reserva de Fort Peck, Montana

A salvo y en su refugio, el bisonte pace en las laderas de la Reserva de Fort Peck. El apoyo de los Defensores de la Vida Salvaje contribuyó a añadir más de 1.600 hectáreas a las 2.000 que los assiniboine y los sioux lograron convertir en reserva en el año 2000. El lugar alberga 200 bisontes, y podrían haber más si el consejo tribal puede comprar o arrendar más terreno.

Jack Dykinga

12 / 17

territorioindio12

territorioindio12

Tierras Valiosas de los Nez Percé, Oregón
«Durante un breve período vivimos tranquilos; pero no podía durar», dijo Joseph, jefe de los nez percé. En 1877 el gobierno federal expulsó a los nez percé de las laderas pobladas de abetos del valle del Wallowa, en Oregón. Joseph pasó sus últimos años en el exilio hasta que, según su médico, murió de tristeza. Con la ayuda del Trust for Public Land, la tribu ha recuperado 6.590 hectáreas de
sus «valiosas tierras», como muy apropiadamente las llaman. Han empezado a plantar gramíneas autóctonas, ya se ha visto el ágil vuelo del vencejo gorgiblanco, y el calocorto maculado despliega sus pétalos color lavanda. La renovación está en el aire; no sólo la tierra se recupera, sino también el espíritu.

Jack Dykinga

13 / 17

territorioindio13

territorioindio13

Tierras valiosas de los Nez Percé, Oregon
La suave luz del amanecer ilumina el Joseph Canyon en Oregon, una parte del Área de Gestión de la Vida Salvaje de las Tierras Valiosas de los Nez Perce. En 1996, los nez percé compraron algunas de las tierras ancestrales que el ejército estadounidense hizo que abandonaran en 1877. La restauración está ahora en curso, eliminando las especies invasoras y plantando otras autóctonas. "Nuestra relación tradicional con la tierra era algo más que reverencia. Era la certeza de que cada ser viviente había sido colocado aquí por el Creador, y que todos manteníamos una relación sagrada˝, dijo en una ocasión Elsie Maynard, una anciana nez percé.

Jack Dykinga

14 / 17

territorioindio14

territorioindio14

Reserva de Fort Apache, Arizona
Las flores de sotol realzan el paisaje en el Salt River Canyon, en la Reserva de Fort Apache, en el estado de Arizona. La tribu controla las poblaciones de peces en el Salt River, calibrando las consecuencias en el caudal fluvial del incendio que en verano de 2002 consumió más de 2.000 hectáreas de reseva forestal.

Jack Dykinga

15 / 17

territorioindio15

territorioindio15

Reserva de Fort Apache, Arizona
Las aguas de Pacheta Falls se desploman procedentes del Mogollon Rim, en el territorio apache de la Montaña Blanca, en el este de Arizona. Estás aguas albergan la trucha apache, una de las dos especies de trucha autóctonas de Arizona. Los esfuerzos por parte de la tribu apache de la Montaña Blanca, así como de la agencia federal y de algunos grupos conservacionistas, han logrado evitar la extinción de la especie y recuperar su población hasta alcanzar niveles históricos.

Jack Dykinga

16 / 17

territorioindio16

territorioindio16

Reserva Red Lake, Minnesota
El Red Lake, en el norte de Minnesota –Miskwagamiiwiizagaiganing para los Chippewa, que lo consideran sagrado– fue sometido a tan altos niveles de sobrepesca que en 1997 los jefes tribales desmantelaron su pesquería de percas. Las instituciones federales y del estado, la Universidad de  Minnesota, y la tribu Chippewa de Red Lake unieron esfuerzos para poner en marcha un plan de acción. En menos de diez años, la perca se ha recuperado; el lago, que los chippewa llaman "el supermercado", ha sido abierto de nuevo a la pesca comercial. 

Jack Dykinga

17 / 17

territorioindio17

territorioindio17

Reserva Red Lake, Minnesota
Arde el crepúsculo sobre el lago Thunder, uno de los 14 pequeños lagos de la reserva gestionados por el departamento tribal de pesca. Está conectado con el lago Red, sagrado para los indios chippewa y una vez más repleto de percas de ojos dorados, muy apreciadas por su carne nívea y dulce. En 1966, décadas de sobrepesca habían diezmado la población de peces del lago Red. Las autoridades tribales, estatales y federales, así como la Universidad de Minnesota, colaboraron para instaurar un plan de gestión. La pesca se suspendió y se introdujeron alevines de perca de ojos dorados. En menos de diez años la población de peces pasó de 200.000 a ocho millones, y la tribu pudo practicar una vez más la pesca comercial.

Jack Dykinga

29 de julio de 2010

Entre Los Álamos, la ciudad de Nuevo México que vio nacer la bomba atómica, y un valle del Río Grande hoy jalonado de casinos indios, algo nuevo está surgiendo bajo el sol: las cosas tal como eran. Allí, en el cañón de Santa Clara, una tri­­­bu de nativos americanos está restaurando su tierra an­­­­ces­­tral. En un risco volcánico a 60 metros de altura sobre el río Santa Clara se encuentran las casas del acantilado de Puye (las Puye Cliff Dwellings), cientos de habitáculos construidos con bloques de piedra y otras 700 viviendas talladas más abajo en la toba blanda de la propia pared rocosa del acantilado. Están abandonadas desde hace cinco siglos. El asentamiento debió de surgir en una época de buenas lluvias; después, hacia 1580, la sequía lo dejó desierto. Los descendientes de sus antiguos habitantes viven actualmente en Santa Clara Pueblo, una reserva india situada 13 kilómetros río abajo, a orillas del Río Grande. La tribu está intentando devolver toda la cuenca del Santa Clara a su estado original. Cuando lo consiga, miles de hectáreas volverán a poblarse de plantas autóctonas, castores y truchas.

Estados Unidos crea el área natural protegida más grande del mundo

Más información

Estados Unidos crea el área natural protegida más grande del mundo

Entre las 564 tribus reconocidas por la Oficina de Asuntos Indios (BIA), son cada vez más las que intentan recuperar una tierra arruinada por generaciones de uso humano. Las reservas indias ocupan 22 millones de hectáreas (para hacernos una idea de lo que esta cifra supone, el Servicio de Parques Nacionales administra 34 millones de hectáreas), aunque la mayor parte de ese territorio no se gestiona como espacio natural protegido ni como reserva de vida salvaje. Aun así, algo extraordinario está sucediendo en territorio indio. Aquellos a quienes les fue arrebatada la tierra, los mismos que antaño sufrieron la dominación a menudo brutal del Gobierno de Estados Unidos, están dando ejemplo de buena gestión del medio ambiente.

La Confederación de Tribus Salish y Kootenai, de Montana, fue la primera del país en declarar como espacio natural protegido una parte de las tierras tribales: 37.000 hectáreas de montañas y prados de la Reserva Flathead. Sucedió en 1979, y desde entonces los nez percé han adquirido 6.590 hectáreas de su territorio ancestral en el nordeste de Oregón para dedicarlas únicamente a la protección de la pesca y la vida salvaje. Las tribus assiniboine y siux del nordeste de Montana intentan reintroducir el bisonte en la Reserva Fort Peck. En Minnesota, los chippewa, también llamados ojibwa, han recuperado la población de percas de ojos dorados en el lago Red. Y en la Reserva Fort Apache, en Arizona, la amenazada trucha apache ha encontrado un nuevo hogar, y el bosque ya no se gestiona pensando sólo en la madera, sino también en la ecología.

El programa de conservación de Santa Clara Pueblo tuvo un comienzo bastante inverosímil. Una noche de mayo del año 2000, una quema programada para eliminar la maleza en el cercano Monumento Nacional Bandelier se descontroló. El que sería conocido como incendio del Cerro Grande devoró 235 viviendas en las localidades de Los Álamos y White Rock, y devastó más de 19.000 hectáreas, incluido el tramo superior del cañón de Santa Clara. El incendio llegó a afectar el Laboratorio Nacional de Los Álamos, aunque no se informó de ninguna fuga de radiactividad de las instalaciones nucleares. Cuando el humo se disipó, el consejo tribal de Santa Clara Pueblo cerró el cañón, que durante mucho tiempo había sido una atracción turística, y anunció que relevaría a la BIA en la gestión de su territorio.

Sonora desde el aire

Más información

Sonora desde el aire

Hoy el aroma a pino y enebro impregna el aire matutino bajo un cielo despejado. El valle despliega una verde lengua arbolada que acaba en un angosto y aserrado cañón, que marca el camino hacia Valles Caldera. La tribu ha limpiado 263 hectáreas a orillas del Río Grande de especies invasoras (el exótico tamarisco, el olmo de Siberia y el árbol del paraíso) y ha recuperado 30 hectáreas de humedales. En la zona quemada por encima del cañón, han plantado 1,7 millones de árboles de especies autóctonas, entre ellas pino ponderosa, abeto de Douglas, pícea azul, pícea de Engelmann y abeto de Colorado. Donde el Turkey Creek se une a la corriente principal, los signos de los uapitíes están por doquier (la corteza de los álamos derribados por el viento mordisqueada, excrementos sobre la nieve), y los viejos diques de los castores se desmoronan bajo la vegetación joven. Hace 15 años que no se ven castores en el cañón. Ahora la tribu espera que la recuperación de la vegetación de ribera vuelva a atraerlos, y empiece un nuevo ciclo de diques, estanques y, con el tiempo, prados, siguiendo un ritmo tan antiguo como las montañas.

Stanley Tafoya, director de actividades de ocio de la reserva, dice simplemente: «Lo que intentamos es recuperar nuestros recursos. Los mayores quieren que sus nietos disfruten del cañón tal como ellos lo conocieron».

Muchos de los esfuerzos de conservación con resultados positivos están siendo financiados por casinos y otras empresas. Los indios pueblo de Santa Clara, por ejemplo, son propietarios y gerentes de un hotel con casino, un club de golf (el Black Mesa Golf Club) y un cine (el Dreamcatcher Cinema) en la cercana localidad de Española. Por supuesto, algunos nativos americanos tienen tan poca relación con la tierra como el típico urbanita estadounidense. Conducen camionetas gigantescas y matan el tiempo viendo películas en DVD. Sin embargo, la suya es una cultura que ha vivido durante siglos en contacto con la tierra, y sus mayores cuentan historias de un tiempo que la civilización industrial ni siquiera puede imaginar. Los indios norteamericanos aún conservan la esperanza de redescubrir la tierra donde sus antepasados sabían hablar con los dioses.

Vermillion Cliffs, o la historia escrita en la roca

Más información

Vermillion Cliffs, o la historia escrita en la roca

En un brumoso tramo de costa, 320 kilómetros al norte de San Francisco, menos del 2 % de los bosques primarios de secuoyas de la costa sobrevivió a la tala de hace unas décadas. Pero los árboles salieron mejor parados que la población humana, perseguida y ma­­sacrada durante el frenesí que siguió a la fiebre del oro en el siglo XIX. Con el tiempo su tierra cayó en manos de las compañías madereras. Ahora las tribus han formado un consorcio para proteger la tierra, y trabajan juntas para gestionar y recuperar 1.578 hectáreas del espacio natural de Sinkyone, junto a la Costa Perdida, así llamada porque el terreno accidentado obliga a la Autopista 1 a apartarse del litoral. Sinkyone ha sentado un precedente. Es un espacio natural intertribal donde los árboles nunca volverán a explotarse comercialmente.

El suelo es un mar de hojas secas. Los árboles son enormes y todo está en penumbra. Durante mucho tiempo la Costa Perdida estuvo realmente «perdida» para los europeos. Las tormentas cerraron el paso a los primeros exploradores españoles, incapaces de encontrar un puerto seguro. Antes de que llegaran los colonos, los indios sinkyone poblaban los valles, a lo largo de los cuales construyeron sus aldeas; vaciaban los troncos de las secuoyas para fabricar canoas, que adornaban con corazones y pulmones tallados en la madera, y se hacían a la mar para capturar leones marinos y otros animales. Para ellos, los árboles gigantes eran miembros de la comunidad, y el cóndor, un mensajero de las alturas. Todos los años celebran una serie de ceremonias para «arreglar el mundo». Según una de sus leyendas, el ser supremo creó el mundo y lo dejó en orden, pero «unos hombres malos e insatisfechos lo destrozaron todo: la orilla del mar, los árboles y las montañas». Desde entonces todos los años los sinkyone tienen que cantar y danzar para que todo vuelva a estar en orden.

Sally Bell tenía diez años cuando una mañana de hace 150 años unos hombres blancos llegaron a su casa, cerca de Needle Rock. Después de matar a su familia, le arrancaron el corazón a su hermana pequeña y lo arrojaron a los matorrales donde Sally estaba escondida. «No sabía qué hacer. Estaba tan asustada, que me quedé quieta mucho rato con el corazón de mi hermanita en las manos.» Cuando sus palabras quedaron registradas para la posteridad a finales de los años veinte, el antropólogo que la entrevistó la describió así: «ciega y aquejada de demencia senil; ve espíritus».

Más información

¿Qué pasará cuando superemos los 7.000 millones de habitantes en la Tierra?

El nombre de Sally Bell se convirtió en consigna en la década de 1980, cuando la compañía maderera Georgia-Pacific intentó talar algunas de las secuoyas de la costa más antiguas que se conservaban en un bosquecillo de 36 hectáreas que hoy rinde homenaje a la memoria de la superviviente. Los ecologistas se encadenaron a los árboles, la tala se detuvo, y entonces algo cambió en la Costa Perdida. En 1985 una sentencia judicial puso fin a la corta a tala rasa en 2.875 hectáreas de territorio maderero, la mitad del cual fue anexado al Parque Estatal de Vida Salvaje de Sinkyone. Indígenas, madereros y ecologistas se reunieron luego para decidir qué hacer con la otra mitad. El acuerdo inicial establecía que algunas áreas fueran reservas y que el resto pudiera explotarse después de unos decenios de reposo. Pero las tribus tenían otro plan.

Priscilla Hunter, una de las fundadoras del Consejo Intertribal del Espacio Natural de Sinkyone, no dio su brazo a torcer e insistió en que los bosques no volvieran a explotarse, una postura que a punto estuvo de impedir el acuerdo y generó mucho malestar. Tras años de reuniones y con una buena dosis de obstinación, el consejo se puso al frente de los esfuerzos de varios parques estatales y asociaciones sin ánimo de lucro para proteger ciertas áreas con el fin de promover la recuperación de los bosques históricos.

En 1997, después de más de un siglo de expolio, el consejo adquirió 1.578 hectáreas de territorio sinkyone y las convirtió en el primer espacio natural intertribal del país. «Ya era hora de que nuestro pueblo recuperara la tierra para poder protegerla –dice Hunter–. La costa y los bosques de secuoyas son sagrados para las tribus, pues proporcionan alimentos y medicinas a nuestra gente. Las montañas son un lugar ceremonial donde sentimos el poder de la Madre Tierra. Las viejas secuoyas tienen un gran poder espiritual para nosotros.»

En colaboración con los Parques Estatales de California, el consejo está recuperando un arroyo conocido como Wolf Creek, que atraviesa la aldea maderera abandonada de Wheeler. Su esperanza es que vuelvan los salmones. Las viejas sendas madereras han sido eliminadas y la tierra está empezando a sanar. En una cadena de montes bajos las secuoyas se contorsionan, con sus ramas modeladas por el viento marino, como un coro de madera cuyas canciones lentamente se fueran haciendo audibles para los humanos modernos.

Cómo proteger al tigre: llanto por los felinos asiáticos

Más información

Cómo proteger al tigre: llanto por los felinos asiáticos

Al otro lado del continente, en el sur de Florida, otra tribu que estuvo al borde del exterminio intenta algo similar. Durante el siglo XX, más o menos la mitad del humedal de Big Cypress y de los cercanos Everglades desapareció ante el avance de las ciudades y las granjas. Árboles invasores como el niaulí (Melaleuca quinquenervia) y el pimentero de Brasil amenazan lo que aún queda. Un plan federal y estatal aprobado como ley en 2000 prometía un vasto esfuerzo por devolver la vida a los humedales mediante la recuperación de más flujos naturales de agua; pero hasta hace poco el plan estaba parado por falta de fondos. Así pues, los seminola pusieron en marcha su propia iniciativa para los Everglades, a la que han dedicado 850 hectáreas de tierras de la Reserva Big Cypress. Allí han erradicado las especies invasoras, han inundado los terrenos más o menos hasta el nivel original y han recuperado parte del espacio natural.

Para los miembros de la tribu, el humedal de Big Cypress y los Everglades son valiosas reliquias de la tierra que una vez los salvó del genocidio. Cuando en 1513 los españoles llegaron a la Florida durante la expedición de Ponce de León, en la península habitaban 250.000 nativos, a los que los recién llegados llamaron cimarrones. En el siglo XVIII ya eran conocidos como seminola, y su presencia era un obstáculo para los intereses de los colonos. En 1819 Estados Unidos compró a España la península de Florida por cinco millones de dólares, y luego se gastó otros 30 en las guerras seminola. Cuando acabó la matanza, unos 4.000 indios fueron desterrados a la actual Oklahoma y otros 300 se escondieron en el humedal. Durante la mayor parte del siglo XX sus descendientes se ganaron la vida como atracciones turísticas en los alrededores de Miami o en los Everglades.

El punto de inflexión se produjo en 1988, cuando se permitió a los indios dirigir casinos. Actualmente todo hombre, mujer y niño de la tribu (unos 3.500 miembros) recibe un sustancioso porcentaje de los beneficios que deja el juego. En diciembre de 2006 la tribu cerró un acuerdo de 965 millones de dólares por el cual adquirió casi toda la cadena mundial de restaurantes y casinos del Hard Rock Café.

Desde Miami a los arrecifes

Más información

Desde Miami a los arrecifes

Esa prosperidad les está permitiendo salvar un fragmento del Big Cypress que nunca se explotó porque no era apto para la agricultura. El resto de la reserva está ocupado por bosques de cítricos, fincas ganaderas y campos de hortalizas. «Ahora podemos traer más animales y devolver a la tierra su aspecto original –dice Brian Zepeda, director del departamento de turismo seminola–. Antes los cipreses eran tan grandes y numerosos que formaban un fortín natural.»

Zepeda abre la marcha a través del humedal, con un machete para despejar el camino. Palmetos comunes, fresnos de Carolina y sauces comparten el espacio con los cipreses. Acaba de comenzar la estación seca, y el suelo bajo nuestros pies está firme, aunque sentimos que cede en los lugares más bajos y húmedos. Unos ciervos pasan corriendo por la linde del bosque, y una pequeña población del amenazado puma de Florida (quizás unos 20 ejemplares de un total de 100 en todo el estado) resiste en la Reserva Big Cypress.

Zepeda cuenta que él solía luchar con caimanes. «Pero envejecí y los caimanes siguieron siendo jóvenes», dice.

Ésa es la canción de Big Cypress y de los Everglades: el país ha envejecido, pero la tierra, que ahora resurge en torno a la aldea abandonada, evoca el mundo cuando era más joven.

El proyecto abarca poco más de 800 hectáreas, muy pocas en comparación con el millón y medio de extensión de los Everglades. Y no son los seminola quienes retiran las especies exóticas, sino que han contratado a trabajadores inmigrantes para que lo hagan. (Lo mismo sucede en Santa Clara Pueblo.) Sería fácil restar importancia a su esfuerzo diciendo que se trata sólo de un pequeño gesto. Pero no es pequeño para el caimán o el ciprés que vive gracias a su iniciativa.

Yellowstone, el emblemático parque norteamericano

Más información

Yellowstone, el emblemático parque norteamericano

En un canal que serpentea alrededor del área en recuperación, un caimán salta del agua iluminada por el sol y atrapa un pez. El canal forma parte de las obras de drenaje que destruyeron gran parte de los Everglades y es poco más que un desagüe industrial. Pero allí vive el caimán, un ejemplo de vida salvaje y palpitante en un mundo cada vez más lleno de hormigón, urbanizaciones y carreteras.