La calma antes de la ola

Tiempo de huir

Japón sabe qué hacer cuando el agua se retira de repente. La población no siempre sigue las recomendaciones.

27 de enero de 2012

Hace poco encontré los diarios que escribí de pequeña en un viaje que hice con mi madre por Japón. Están escritos en japonés a lápiz, y cada entrada va acompañada de un dibujo. En uno de ellos, una niña (yo) se baña en una playa. En otro, una mujer (mi madre) lleva una sombrilla en la mano, y una niña cargada a la espalda. El agua azul le llega por las rodillas. Un ejército de coléricas gotas de lluvia llena el cielo. El día anterior habíamos estado en el Nebuta Matsuri de Aomori, una fiesta local en la que grandes carrozas iluminadas con figuras de dioses y héroes recorren las calurosas callejas en verano. Al día siguiente llovió tanto que hubo una inundación, y aunque mi madre reía mientras cargaba conmigo para resguardarnos, teníamos miedo. ¿Y si la lluvia no paraba? En otro dibujo aparezco yo bajo unos enormes adornos callejeros colgantes en Sendai; las calles de la ciudad se engalanan para celebrar el famoso festival de Tanabata, en el que dos amantes le­­gendarios, representados por las estrellas Vega y Altair, se reúnen por una sola noche.

Esas ciudades tienen playa. Cuando las visitá­bamos, mi madre siempre me preguntaba: «¿Qué tienes que hacer si el agua se retira de repente?».

«Correr», le contestaba yo.

«¿Por qué?»

Cuando crecí, la pregunta empezó a cansarme. Me parecía que mi madre dramatizaba en exceso. Nacida en Japón, se había formado como cantante de ópera en Europa, donde conoció a mi padre, estadounidense. Ambos tenían cierta tenden­cia a comportarse como si estuvieran actuando. A veces era como si yo estuviera en el escenario con ellos, y otras, como si fuera su público. No era fácil saber cuándo tomarlos en serio.

«A ver, dime. ¿Por qué?», repetía.

«Porque significa que vendrá un tsunami.»

Ya de mayor, a veces miraba el mar e imaginaba cómo sería si de pronto se retirara. ¿Hasta dónde lo haría? ¿Cómo sería cuando volviese? ¿Qué era exactamente un tsunami? Mi madre no había visto ninguno, ni tampoco nadie que yo conociera en Japón. Todos temían mucho más a los tifones o a los terremotos.

Las palabras e instrucciones de mi madre volvieron a mi mente el 11 de marzo, cuando me desperté y oí la horrible noticia. Algunos lugares de la región de Tohoku que yo había visitado en aquel viaje de mi infancia habían sufrido los efectos del terremoto y el tsunami.

Gracias al trabajo de cientos de fotógrafos aficionados japoneses, sabemos muy bien el aspecto que tiene el mar cuando avanza con toda su violencia. Más difícil me resulta imaginar cómo es cuando se retira.

Viajando por Japón varios meses después del desastre, me impresionó la forma en que los supervivientes hablan de su viejo amigo el océano. Muchos habitantes de Tohoku viven del mar; para ellos fue desconcertante ver que unas aguas tan familiares pudieran transformarse tanto.

Los periódicos están llenos de historias de gente que tuvo 15 o 30 minutos para huir a un terreno elevado. Parece suficiente. Sin embargo, ¿qué habrá sido de los que, como yo, habían sido educados para huir pero sintieron curiosidad por ver a la mítica bestia? Muchos supervivientes me contaron historias de personas que volvieron a sus casas tras la retirada de la primera ola. Un hombre se acercó a la costa para «ver» el tsunami después de «habérselo perdido» la primera vez. Su madre le suplicó que no fuera, pero él insistió, y ella lo acompañó. Los dos murieron.

El mundo alabó el carácter paciente y estoico de los japoneses mientras limpiaban los restos de la catástrofe y cuidaban unos de otros. Pero esas cualidades ya existían antes del desastre. Es doloroso para una cultura que se precia de cultivar la armonía, y una compasión indisociable del budismo, preguntarse qué más se podría haber hecho para prevenir 16.000 muertes. Ryoko Mita, de 60 años, que vive en Iwaki y está casada con un primo de mi madre, se lamentaba: «El tsunami reveló nuestra yudan [negligencia] y nuestro ogori [exceso de confianza]».

Piedras de varios siglos de antigüedad inscritas con advertencias de pasados tsunamis jalonan el litoral nororiental de Japón. Pero del mismo modo que las recomendaciones de mi madre despertaban en mí cierta ambivalencia, parece fácil ignorar los mensajes urgentes del pasado. A diferencia de los terremotos, que sa­­cuden Japón a diario, los tsunamis a menudo se saltan una generación, lo que les otorga un poder oculto e impredecible.

«¿Ahora ves el mar de otra manera?», le pregunto a Rumi Sakuyama, quien vive en la costa nordeste de Japón. «Que un mar tan apacible haya hecho algo así… –responde, con la mirada perdida en el agua ahora serena–. Es probable que no vuelva a ver un tsunami como este en mi vida.» Ahí precisamente reside el peligro.