Somalia

Somalia, tierra de nadie

Somalia

Somalia

Mogadiscio es la zona cero de Somalia, un estado fallido y un paraíso de piratas y terroristas. Sin embargo, al norte, la escindida región de Somaliland goza de paz y estabilidad. ¿Cómo se explica?

Mohamed acude al faro todas las tardes. No es un refugio evidente. Levantado hace casi un siglo, el faro italiano lleva años abandonado. La escalera de caracol está medio en ruinas. Las salas saqueadas huelen a podredumbre salada y orines. Con las piernas cruzadas sobre los escombros, los muchachos pasan horas mascando qat, una planta cuyas hojas tienen efecto estimulante, y probando suerte con un juego de dados llamado ladu. Algunos fuman hachís apretujados en un rincón. Parecen fantasmas en una urbe abandonada a los muertos. Pero el faro es tranquilo y seguro, si es que en Mogadiscio algún lugar lo es.

Mohammed, de 18 años, viene por las vistas. Desde lo alto del faro domina las ruinas de su barrio, en el antaño próspero distrito de Hamar­weyne. Alcanza a ver los restos de la antigua em­­bajada estadounidense, el lujoso hotel Uruba, el distrito de Shangaani, antaño hervidero de comercios de oro y perfumes: todo reducido a cascotes. Una cabra se para en medio de la avenida, flanqueada por casas centenarias en lenta desintegración que de vez en cuando sepultan vivos a sus ocupantes ilegales. Mohammed también puede distinguir, al pie del faro, el pequeño arenal donde a veces improvisa con otros chicos un partido de fútbol, y contemplar cómo los niños juegan desnudos entre las olas, asidos a trozos de poliestireno desechado. Con sólo bajar la vista tiene a su alcance la paradójica dosis diaria de alegría y destrucción. Pero prefiere posar la mirada en la lejanía, sobre la alfombra de serenidad que es el océano Índico. «Me paso el día mirando al mar –dice–, porque sé que es mi fuente de sustento.»

Mohammed es pescador. Todos los días, a las cinco de la mañana, se hace a la mar en una barquichuela cargada de redes. Lleva todo cuanto pesca al mercado, en una carretilla. Cuando el viento matutino no es demasiado peligroso, la captura le reporta dos o incluso tres dólares, lo cual significa que él, sus padres y sus dos hermanos pequeños ese día tendrán para comer. Hace años que una granada de mortero dejó inválido al padre, y Mohammed está a cargo de toda su familia desde que cumplió los 14. No puede pagar los diez dólares mensuales que cuesta el colegio. De todos modos, ya no queda ninguno de sus antiguos compañeros. La mayoría se ha unido a Al-Shabaab, la milicia extremista islámica que, en el último capítulo de la desventura somalí, se ha enzarzado en una enconada disputa por el poder con el Gobierno Federal de Transición (TFG), una frágil alianza apoyada por la ONU. Para Mohammed y otros jóvenes como él, Al-Shabaab es una tentadora forma de escapar a la impotencia. Por otro lado, muchos de sus antiguos compañeros de juegos han muerto.

Mohammed se crió en un país desmoronado. Era un recién nacido cuando derrocaron al último presidente somalí, un déspota arrollador de nombre Mohamed Siad Barre, y el país se hundió en décadas de anarquía. Forma parte de una generación que no tiene la más remota idea de lo que significa vivir en una república estable.

La costa norte de Somalia, en la confluencia del golfo de Adén y el océano Índico, es base de piratas que viven del tráfico marítimo entre Eu­­ropa y Oriente. Cuando el año pasado estuve allí, decenas de barcos cayeron en las redes de la piratería frente a esas costas. Descubrí, sin embargo, que el interior del país era aún más volátil. Desde entonces se han recrudecido los violentos enfrentamientos entre insurgentes y tropas gubernamentales a raíz de la retirada (en enero de 2009) de las fuerzas etíopes, que habían invadido Somalia a finales de 2006 para deponer un efímero gobierno islámico y apuntalar el TFG. El caos ha atraído una nueva remesa de combatientes extranjeros a Somalia, convertida en refugio de terroristas que se sienten parte de una yihad mundial. El Fondo por la Paz lleva dos años situando Somalia en la cabeza de la lista de estados fallidos. (Véase «Por qué todo se desmorona», página 68.) Tal distinción se queda corta a la hora de expresar la tragedia que vive el país. La incapacidad de ofrecer seguridad, sustento, servicios y esperanza es, desde hace 18 años, lo que los somalíes llaman hogar.

Y lo están abandonando en masa. Los más afortunados emigran de la zona de conflicto y emprenden el atroz viaje que los llevará a los cam­pos de refugiados de Kenya o de Yemen, o a So­­maliland, la república escindida que antaño formaba la franja norte de Somalia. Los menos afortunados, más de un millón, han acabado en campos internos. Pero muchos eligen quedarse en Mogadiscio, que a primera vista se antoja una de tantas ciudades africanas: calles agujereadas donde reina un frenesí de coches desvencijados, carros de mulas y cabras que pasean a sus anchas; mercados rebosantes de mangos y plátanos; mujeres tocadas con el velo musulmán, niños que patean balones de fútbol, hombres que mascan qat.

Sin embargo, entre los esqueletos de bancos, catedrales y hoteles de lujo asomados a una costa resplandeciente, surcada en otro tiempo por yates de recreo, despunta una verdad terrorífica. Mogadiscio nunca fue una de tantas ciudades africanas. Fue una ciudad espectacular. Incluso desfigurada, conserva su belleza, sobre todo en el espectral Hamarweyne, donde el fotógrafo Pascal Maitre y yo perdemos la vista en el mar desde el bulevar desierto hasta que la llamada a la oración de una mezquita cercana nos recuerda que son casi las cinco de la tarde, el fin de toda actividad exterior. Andar por las calles de Mogadiscio al anochecer es buscarse un disgusto.

Antes de marcharnos nos acercamos al faro, donde conocemos a Mohammed. Nos ve (somos dos gaalo, o infieles, acompañados de guardias) y al principio se oculta entre las sombras. Luego sale a la luz, más hablador. «No queremos huir de nuestra patria –me dice–. Yo no quiero ser un refugiado. Estamos dispuestos a morir aquí.»

 

Es un país abonado al conflicto. Sus casi 650.000 kilómetros cuadrados son mayoritariamente desérticos. Los habitantes de Somalia se han disputado sin cesar los escasos recursos (el agua y los pastos) desde la Antigüedad. Según I. M. Lewis, el etnógrafo por antonomasia del pueblo somalí, los ocupantes de esta tierra «constituyen uno de los bloques étnicos más amplios de África». Por tradición son pastores de ganado caprino, bovino y camellar que comparten la fe islámica y el idioma somalí, y hasta la era colonial de finales del siglo XIX ocuparon buena parte del Cuerno de África, incluido el actual Djibouti, el nordeste de Kenya y la parte oriental de Etiopía. La psique somalí conjuga un nacionalismo exaltado con el individualismo igualmente ardoroso propio de los pueblos de pastores. No va con ellos pretender que el gobierno les dé soluciones.

El factor que cohesionó, y en ocasiones dividió, Somalia fue su complejo sistema de clanes. Las cinco familias principales, los clanes de Darod, Dir, Isaaq (considerado a veces subclán de Dir), Hawiye y Rahanweyn, han dominado desde hace mucho tiempo zonas específicas del territorio. Dentro de cada clan hay subclanes y subsubclanes. Algunos conviven en paz (incluso se registran matrimonios mixtos); otros protagonizan escaramuzas esporádicas. «En Somalia siempre ha existido una sociedad nómada propensa al conflicto, desde la era precolonial –apunta Andre LeSage, de la Universidad de Defensa Nacional de Washington, D.C.–. Siempre ha habido robos tribales de ganado, pero los llevaban a cabo grupos organizados de jóvenes bajo el mando de un anciano del clan. Decían “Ahora es el momento de hacerlo”, y algunos perecían en batallas campales. Pero por lo general se respetaba la vida de mujeres y niños, y no se saqueaban los poblados. No hay que idealizar demasiado aquella época: la mutilación genital femenina estaba a la orden del día y la sociedad obviamente carecía de las ventajas de una sanidad moderna. Pero no tenía nada de anárquica. Estaba hiperregulada.»

La dinámica de clanes empezó a desbaratarse con la llegada de los europeos. Los británicos de Somaliland gobernaron con más indulgencia que los italianos del sur. Aunque Mogadiscio adquirió todas las comodidades urbanas bajo el dominio colonial, los italianos politizaron la jerarquía de clanes recompensando a los ancianos leales, castigando a los desafectos y controlando el comercio. Los mecanismos autóctonos de resolución de conflictos sufrieron un grave deterioro.

En 1960 los poderes coloniales partieron, y un nacionalismo idealizado se apoderó del pueblo somalí. Soñando con un país unificado, Somaliland y Somalia se confederaron. Pero el nacionalismo pronto se vio frustrado por divisiones entre clanes, agravadas ya en la época colonial. Las complejas hostilidades crearon un vacío de poder. Lo ocupó un dictador, el general Mohamed Siad Barre, en 1969. Barre, perteneciente al clan Darod, gobernó con brutalidad y astucia, y son muchos los somalíes que hablan con añoranza de la estabilidad de su reinado. De cara a la galería ilegalizó los clanes, fomentó el socialismo en detrimento del tribalismo y despojó a los ancianos de su autoridad jurídica; en la sombra emprendió una política divisionista que no hizo sino exacerbar las tensiones entre los clanes. Y, mientras tanto, trató de ganarse alternativamente el favor de la URSS y de Estados Unidos, lo que permitió a Somalia acumular ingentes reservas armamentísticas. Una imprudente guerra contra Etiopía debilitó la figura de Barre. En 1991, milicias del clan Hawiye lo expulsaron de Mogadiscio. El pueblo somalí, harto de ocupantes y caudillos, se dispuso a esperar el nuevo avatar gubernamental.

Dieciocho años después sigue esperando.

Mohammed era un bebé cuando la guerra civil entre milicias rivales se apoderó del distrito de Hamarweyne en 1991. «Cuatro meses de combates aquí mismo, en nuestro propio barrio –recuerda haber oído contar a sus padres–. No había forma de conseguir comida. Cundió el pánico.» Un día, una granada de mortero arrasó la casa contigua y mató a sus ocupantes. La metralla alcanzó la vivienda de Mohammed y se incrustó en el cuello y la caja torácica de su padre, policía de Barre. La familia buscó un vehículo que los llevase, junto con otros vecinos, a Hargeysa, en la norteña Somaliland, donde vivieron tres meses. Al volver a Mogadiscio se encontraron con un Hamarweyne reventado y el tejado de su casa inutilizado por enormes agujeros.

«Tuvimos que empezar de cero», recuerda Mohammed. Las heridas dejaron al padre incapacitado para encontrar empleo. Mohammed se echó a las calles para trabajar de limpiabotas, pero su madre insistió en que dejase de trabajar y em­­pezase a ir al colegio. Con la ayuda económica de una tía residente en Arabia Saudí, la familia iba tirando. Durante la estación lluviosa, el agua entraba por el tejado e inundaba la vivienda.

Hace unos años, el mejor amigo de Mohammed caminaba por la calle y una granada de mortero se lo llevó por delante. Mohammed no podía entrar en el aula sin acordarse del muchacho. Dejó el colegio y emprendió su actual oficio de pescador. A veces lleva la captura del día al enorme mercado de Bakaara, pese a que el barrio está en manos de la milicia de Al-Shabaab.

Quince días antes de mi llegada, el padre de Mohammed se despertó una mañana con la jaqueca habitual, una secuela permanente de sus lesiones. Se había presentado voluntario para unirse al grupo, mayoritariamente femenino, que iba a limpiar la carretera de Maka al-Mukarama (la vía principal de acceso al aeropuerto de Mogadiscio) a cambio de comida. Llegó una hora tarde, justo a tiempo de oír la explosión. Junto a la vía halló a los otros voluntarios, despedazados por una bomba, los rostros irreconocibles por el fuego. Un niño los contemplaba con mirada vidriosa. Llevaron al hospital a 44 mujeres. La mitad estaban muertas.

La violencia atenaza la psique de la ciudad, pero se muestra extrañamente esquiva con los visitantes. Sus estragos están a la vista, pero no lo asimilas hasta que, en un instante terrorífico, te la encuentras de cara. Y así, es posible despertarse a las seis de la mañana sacudido por una serie de explosiones, como me despierto yo el cuarto día de mi estancia en Mogadiscio, bajar al patio entoldado de nuestro hotel fortificado y hallar al posadero meciéndose en el balancín mientras saborea su café yemení, cuyos granos guarda escondidos en su dormitorio. Tomo asiento y me pregunta si me ha gustado el pescado que nos han servido para cenar. Hablamos de sus hijos, emigrados en los estados americanos de Carolina del Norte y Georgia. De la autoridad e inteligencia de Siad Barre («¡No hay nadie como él, y nunca lo habrá!»). De Barack Obama, de la excelente pasta que recuerda haber comido en la ciudad italiana de Bérgamo, del otro negocio que posee en Dubai… y sí, también de las explosiones matutinas, que resultaron ser fuego de mortero disparado por los insurgentes contra las tropas del TFG (aunque se cobraron vidas inocentes), seguido de un tiroteo en el centro. La violencia no entra en la conversación más que de pasada. Es una eventualidad sin consecuencia, ajena a la realidad.

Sólo que es real como la vida misma. Esa misma mañana vamos al hospital Medina, como todos los días desde que llegamos, macabro ritual donde los haya. Hace dos días visitamos a las víctimas de la bomba de la carretera de Maka al-Mukarama: mujeres quemadas, varias de ellas mutiladas, muchas en visible estado de gestación. La explosión cercana a nuestro hotel ha sumado otras 18 víctimas y puesto al hospital al borde del colapso. El suelo y las paredes están ensangrentados. Pacientes desfigurados descansan en camillas estacionadas en los pasillos y en el porche. Grupos de familiares esperan cerca, muy preocupados, sin duda, pero sin verter una sola lágrima.

Mientras silban las balas y caen los muertos, los cargos oficiales nos aseguran, sin el menor sonrojo, que todo está bajo control. «Sí, se están volviendo las tornas. La gente odia a Al-Shabaab por lo que han hecho», afirma Abdifitah Ibrahim Shaaweey, vicegobernador de seguridad en la región que circunda a Mogadiscio, un tipo con cara de niño que se pasea por la ciudad con una comitiva descomunal y cuyo predecesor, su propio padre, pereció en el conflicto hace dos años. «Por supuesto que en muchos lugares hay oposición al gobierno», expresa con diplomacia el jefe del ejército nacional somalí, Yusuf Dhumal. «Pero en muchas zonas del país lo apoyan», añade, y enumera varias, entre ellas la región semiautónoma nororiental de Puntland, feudo de piratas. Pero se les escapa de las manos por momentos. Esa tarde pretendemos cruzar en coche uno de los distritos «controlados» y nos topamos con la carretera cortada: un policía ha sido tiroteado.

El escepticismo sobre el futuro de Somalia experimentó un fugaz alivio a principios de 2009, cuando la retirada etíope permitió confiar en la desaparición de la insurgencia. Un acuerdo de coalición creó un TFG renovado, convertido hoy en un gobierno de amplio espectro, liderado por islamistas moderados y con fuerte apoyo internacional. Pero el nuevo gobierno se las ha visto y deseado para controlar el país a medida que Al-Shabaab y otra insurgencia islamista de línea dura, Hizbul Islam, se iban haciendo con gran parte del centro y el sur de Somalia. En junio las fuerzas leales al frágil gobierno sólo dominaban siete de los 18 distritos de Mogadiscio. Los últimos enfrentamientos han segado más de 200 vidas y desplazado a cientos de miles de somalíes.

¿Por qué la violencia es tan difícil de erradicar? En el norte, en Somaliland, hallamos un inmediato paradigma clarificador. No hay distinción externa entre el somalilandés y el somalí, pero a simple vista se aprecian sobradas diferencias entre ambas regiones. La capital de Somaliland, Hargeysa, es un tremebundo caos de calles le­­vantadas, tráfico anárquico, basura y campos de refugiados, pero tiene dos cosas que no se en­­cuentran en Mogadiscio. La primera es un boom de la construcción: hoteles, restaurantes, centros de negocios. La segunda, los puestos de cambio de divisas que se multiplican por las calles; las mujeres que los atienden están acompañadas por pilas de un metro de alto de shillings somalilandeses, no por guardias de seguridad.

Lo que prácticamente no se ve en Hargeysa es violencia. Las armas de Somaliland vieron la calle por última vez en 1996, tres años después de la legendaria conferencia de paz de Borama. Depuesto Barre, los jefes rivales se enfrentaron al sur en una guerra civil que amenazaba la estabilidad del norte. Borama congregó a un grupo de ancianos para reconducir los conflictos de clanes en lo que un participante llama «una conferencia de récord Guinness: meses de conversaciones y por fin la firma de una carta de constitución de gobierno. Y mientras sosteníamos esas conversaciones, en pleno campo, todo el mundo dejó las armas bajo un árbol». La incipiente democracia ha confiado amplia autoridad a ancianos y jeques, y la paz perdura en gran medida. Somaliland se ha beneficiado de una mayor homogeneidad de clanes y de la presencia de un puerto, Berbera, liberado de la piratería que azota la costa somalí.

Así y todo no goza de una verdadera prosperidad. En la vía comercial que une Etiopía con Hargeysa y el puerto de Berbera hay más cabras y camellos en el arcén que vehículos en el asfalto. La ciudad somalilandesa de Burco es un febril conglomerado de pequeños puestos de mercado, de marcado espíritu islámico. La autopista que une Hargeysa y Burco con Ceerigaabo, capital administrativa de la región de Sanaag, desaparece sin más a unos cientos de kilómetros de su destino, convirtiendo el resto del viaje en ocho horas de conducción a través del desierto. Y el impresionante dosel de acacias que antaño se extendía hacia el norte, tras los picos de la región de Sanaag, ha sido drásticamente depredado (como todos los bosques de Somalia). Queman la madera para obtener carbón, y lo embarcan rumbo al golfo Pérsico. «Son gente pobre que tiene que dar de comer a sus hijos –reconoce el alcalde de Ceerigaabo–. Pero es un error. Ojalá las organizaciones internacionales colaborasen trayendo otros medios de vida.»

Ese sentimiento encuentra expresión en toda Somaliland, a la que ningún gobierno reconoce estatus de nación soberana. En Somalia puede dar la impresión de que el mundo ha abandonado al país, pero desde la perspectiva de Somaliland, su vecino sureño ha acaparado la atención mundial. «Cuando viajo a Europa y Estados Unidos formulo la siguiente pregunta –dice el presidente somalilandés, Daahir Rayaale Kaahin–: ¿por qué Somaliland, con todos sus éxitos, no tiene el apoyo de la comunidad internacional, y en cambio Somalia recibe enormes ayudas, si nunca consigue nada? Nadie me da respuesta.» La reivindicación del presidente Rayaale empieza a cosechar simpatías en algunos países, pero el deseo general parece pasar por que Somaliland siga unida a Somalia y ayude así a rescatarla.

El presidente Rayaale ve en ello una estrategia errónea. «Descartemos el sueño de la Gran Somalia –dice–. Limitémonos a ser un buen vecino, un Estado funcional contiguo al suyo. Que se sienten como nos sentamos nosotros, bajo los árboles.»

Pero si invitamos a los somalíes a sentarse bajo los árboles, ¿depondrán las armas?

El terrorista despacha refrescos y hielo en su puesto de venta del sur de Mogadiscio. Tiene 22 años. Es alto y huesudo, con unos ojos preciosos y una sonrisa dulce. Nos lanzó un saludo furtivo cuando pasamos con el coche delante de él. Se reunió con nosotros al día siguiente, tras pasar la velada con sus tenientes, rezando en grupo y montando explosivos.

El muchacho es emir de Al-Shabaab, que na­­ció como milicia juvenil de la Unión de Tribunales Islámicos (ICU), una alianza de tribunales de aplicación de la sharia que se unieron para hacerse con el sur de Somalia entre el verano y el otoño de 2006. La progresiva radicalización de la ICU y su pretensión de instaurar un califato somalí impelió a Etiopía (respaldada por Estados Unidos) a invadir Somalia, derrotar a la ICU y colocar al TFG en el poder ese mismo año. El fugaz reinado de la ICU fue en general pacífico, pero su vástago, la milicia de Al-Shabaab, ha demostrado tener un apetito de violencia mucho más voraz; hoy se la relaciona con Al-Qaeda.

Nuestro joven emir llegó a tener 120 mujaidines bajo su mando. «Ahora tengo 60 o 70 –nos contó cuando hablamos con él el año pasado–. Los otros se han ido del país. O están en el paraíso.» Con voz serena, casi efímera, explicó que el objetivo de Al-Shabaab era «recuperar el país e instaurar un Estado islámico. Hasta que la última de nuestras hijas pierda la vida, seguiremos luchando. No queremos democracias. Si nos dejan en paz con nuestra dignidad, sabremos gobernar Somalia».

Describió su riguroso adiestramiento y relató cómo un alto mando de Al-Shabaab, Aden Hashi Ayro (que posteriormente moriría en un ataque aéreo estadounidense por sus lazos con Al-Qaeda), le enseñó personalmente a fabricar minas terrestres. Cuando le pregunté de dónde sacaba Al-Shabaab la munición, me contestó que buena parte de ella procedía de Kenya. Pero añadió: «En el pasado ya recibimos cierto apoyo de Eritrea, con armas de gran calibre y munición, y ahora están dispuestos a seguir ayudando, sólo que no hay forma de recibir el armamento por vía terrestre». La solución, explicó, era capturar la ciudad de Kismaayo, en la costa sur, zona de intensos conflictos entre el gobierno y los extremistas. «Si la ocupamos –me dijo–, tendremos puerto propio y podremos recibir todo cuanto necesitemos.»

Menos de una hora después de despedirnos, nuestro contacto recibió una llamada. Al-Shabaab acababa de tomar Kismaayo. Pronto los extremistas tendrían todo el armamento que deseasen.

Te pagamos 150 dólares. Unos integrantes de Al-Shabaab se acercaron a Mohammed y ofrecieron al joven pescador un anticipo en dólares por entrar en su organización. Todos los meses recibirás otro tanto por tus servicios, le dijeron. Mohammed no dijo que sí, pero tampoco que no.

Expuso el asunto a su familia. Llevaban años subsistiendo a base de pescado y maíz. Semejante sueldo supondría un cambio enorme. Cuando tu ciudad se ha convertido en un infierno, Al-Shabaab es el mejor patrón, y te ofrece guía en la incertidumbre cotidiana. La familia se pasó semanas enteras debatiendo los pros y contras. Mohammed estaba angustiado. La mayoría de los amigos que había visto integrarse en Al-Shabaab habían acabado deportados, detenidos o muertos. Ese dato, y no tanto un argumento moral, lo ayudó a decidirse. En palabras del padre de Mohammed, «cuando entras, ya no puedes salir. Los compañeros que entraron nunca volvieron a casa. Mejor que salga a pescar al mar».

El alimento es poder en Somalia. Durante la época de recolección las milicias descienden a las tierras cultivables del centro del país para apoderarse de las cosechas. Los piratas del Índico han abordado decenas de buques extranjeros cargados de ayuda alimentaria. Los precios de la comida ya eran altos antes de la escalada mundial del año pasado, elevados por la sequía, el cierre de carreteras por parte de las milicias y la devaluación de la moneda. Como consecuencia, millones de personas dependen hoy de la ayuda alimentaria. El nuevo conflicto armado empuja al país a una crisis humanitaria sin precedentes.

La violencia desplaza a la población de sus hogares, lo que intensifica la afluencia a los centros de distribución de alimentos de Mogadiscio. Antes de que abran a mediodía, ya hay colas. Los hambrientos esperan con el cuenco en la mano, charlando, con esa dignidad que se diría propia de todo somalí. Dentro, empleados pagados por donaciones occidentales y de la ONU remueven grandes ollas de mijo con verduras.

Cuando se abren las puertas correderas, entra una mujer de la cola, me ve y le susurra algo a un empleado del centro: «Dile que rezamos por los gaalo porque nos dan de comer. Los yihadistas ya no nos alimentan. Ahora nos matan».

Las matanzas nos rodean por doquier. Pero el peligro no nos sale al paso hasta el octavo día de nuestra estancia en Somalia. El sábado por la mañana nos ponemos en marcha en dos todoterrenos llenos de guardias armados. Vamos al sur, a la italianizada ciudad costera de Marka. Prácticamente los 100 kilómetros de carretera que unen ambas ciudades están controlados por Al-Shabaab. (En meses posteriores, Al-Shabaab tomará la propia Marka y casi todas las ciudades del centro y sur somalíes.) Por este motivo nuestra excursión de un solo día es fruto de dilatadas negociaciones entre nuestro contacto y los insurgentes. Se ha acordado que, en cuanto salgamos del término de Mogadiscio, nuestros guardias autorizados por el TFG se apearán del vehículo y serán sustituidos por guardias de la milicia. Tales precauciones cuestan dinero, del que por suerte disponemos. Un par de kilómetros por detrás de nosotros avanza un coche ocupado por dos periodistas con peor fortuna.

Son dos profesionales independientes, un australiano y una canadiense, jóvenes; acaban de llegar, y todo lo que les sobra de determinación les falta de experiencia y dinero. Han convencido a un acompañante local para que los conduzca a un campo de desplazados internos situado a unos 16 kilómetros de Mogadiscio por la misma carretera que recorremos nosotros. Han desembolsado dinero para contar con los guardias del TFG, pero no para que la milicia salve con ellos los últimos kilómetros que restan hasta el campo de refugiados. La apuesta resulta fatídica.

La autopista es un hormiguero de refugiados que deambulan sin rumbo y de convoyes que transportan montones de carbón vegetal. A la media hora de viaje, nuestro acompañante nos hace saber que está tratando de comunicarse con el otro coche y que no recibe respuesta. Telefonea a la escolta del TFG. Sí, el coche de los periodistas llegó al control que marca el límite de la ciudad. Telefonea al campo de refugiados. No, no han llegado. Cuando alcanzamos Marka, un miembro de Al-Shabaab llama para dar la noticia. Han secuestrado a los dos periodistas independientes. El rescate probablemente ascienda a un millón de dólares por cabeza. Se ha tomado buena nota de la presencia de los otros dos gaalo en el mismo trecho de autopista. ¿Qué pasará con nosotros? Se admiten apuestas.

Pasamos la noche en una pensión de Marka. No es seguro volver a Mogadiscio por el mismo camino, y no hay otro para regresar a la capital. Al final, un gerifalte de Marka se ofrece a cedernos su milicia, una docena de muchachos afiliados a Al-Shabaab, armados hasta los dientes. Nos escoltarán hasta los límites de la ciudad; desde allí, la unidad del TFG nos devolverá al hotel y a continuación nos conducirá al aeropuerto. Serán 500 dólares en efectivo. La ruta será la playa que recorre la costa índica.

A la mañana siguiente salimos de la pensión y cruzamos la ciudad en procesión: los dos to­­doterrenos más un camión con 12 muchachos equipados con M16, Kaláshnikovs, cintos de munición y una gigantesca ametralladora giratoria fijada al remolque plano. La población local escruta a los extranjeros con mirada avisada, pues se ha corrido la voz del secuestro. Atravesa­mos los mercados, dejamos atrás un montículo de caparazones de tortuga, y a partir de ahí no hay otra cosa más que playa. Las olas azotan los neumáticos. Los milicianos charlan animadamente, y cada vez que el camión se atora en la arena, cosa que ocurre cada par de kilómetros, saltan de nuestro coche para empujar. No dejo de pensar que nada les impediría quedarse con los 500 dólares y tomarnos como rehenes.

Cuando hemos salvado un cuarto del trayecto, la playa se acaba de improviso. Aparece una carretera de tierra que nos conduce a Gendershe, en su día un popular destino turístico. Ahora está en manos de militantes islámicos. La carretera se estrecha cuando entramos en el hermoso pueblo de piedra, y aparecen varios hombres. Ordenan a nuestra escolta apagar la música que suena en nuestro automóvil. Se quedan boquiabiertos al ver a los dos gaalo. Pero en el camión hay un par de hombres que conocen a los ancianos islámicos, y al cabo de unos minutos se nos indica que prosigamos hasta el otro extremo

de Gendershe, donde la barrera de un puesto de control se levanta para franquearnos el paso.

De regreso en el hotel, el personal nos abraza. Mohammed, el pescador, viene a despedirse con su padre. El aeropuerto de Mogadiscio está abarrotado; muchos pasajeros llevan voluminosos equipajes, señal de que también para ellos es un adiós definitivo. Todos miran a los gaalo. Uno a uno se nos acercan y nos estrechan la mano. Por medio de nuestro intérprete, nos hacen saber cuánto sienten lo de los otros periodistas. Cuánto agradecen que hayamos venido. Cuánto la­­mentan que las cosas sean así. Cuánto esperan que nosotros podamos contárselo al mundo.

Cuando este reportaje entra en imprenta, y pese a los esfuerzos diplomáticos, los dos periodistas siguen en manos de secuestradores que exigen un rescate. Y Somalia sigue esperando la paz.