Shaolín

Shaolín, el alma del kung-fu

shaolinarticulo

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A la sombra del legendario templo chino, los discípulos de un anciano maestro de kung-fu afrontan grandes cambios en el mundo de las artes marciales.

El maestro vivió su último día envuelto en una colcha confeccionada por su esposa, en una pequeña habitación en la que sólo se oía su débil respiración. A lo largo de aquel día de primavera, un alud de visitantes fue llegando a la ciudad de Yanshi, en las estribaciones de los montes Song, para presentar sus respetos ante la agonía de Yang Guiwu, su maestro de kung-fu. Algunos vestían el hábito monacal budista e impartían bendiciones al entrar en la pequeña vivienda de ladrillo. Otros, con vaqueros y mo­­casines, apagaban el cigarrillo antes de cruzar el umbral. La mujer del maestro, con su cabellera blanca cuidadosamente peinada, abrazaba a cada recién llegado como si fuese de su sangre y lo conducía a través de la cocina para que se sumase a los parientes y condiscípulos congregados en torno al lecho de su marido.

La esposa se acercó al moribundo para anunciar la llegada de una visita, el último discípulo que el maestro había aceptado en su familia de kung-fu 15 años antes. «Es Hu Zhengsheng», le dijo. Con un chándal Nike y las zapatillas de tela tradicionales, Hu, convertido a sus 33 años en un hombre de espaldas anchas, se inclinó sobre el anciano. «Shifu –se dirigió a él en voz baja, respetuoso, llamándole maestro en mandarín–. ¿Me oís?» Los párpados de Yang Guiwu temblaron, pálidos y finos como papel de arroz. Por un instante sus pupilas parecieron fijarse en el rostro del joven, pero pronto se perdieron.

Muchas veces el maestro había relatado a Hu los sueños en los que recibía la visita de sus predecesores en el desarrollo de las artes marciales, monjes del templo de Shaolín muertos mucho tiempo atrás. Éstos le revelaban la sabiduría acumulada a lo largo de los siglos por generaciones de hombres cuyos pies habían desgastado las losas de la sala de entrenamiento del templo, y cuyos huesos yacían enterrados extramuros, en el Bosque de las Pagodas. Monjes que consagraron sus vidas a perfeccionar estilos de kung-fu con nombres tan evocadores como Puño de la Flor de Ciruelo o Palma del Pato Mandarín. Cada uno de ellos era una sinfonía de movimientos en constante cambio y perfeccionamiento que invariablemente llevaba los músculos y huesos del cuerpo humano al límite. Hu pensó que tal vez aquellos ancestros estuviesen ahora reunidos junto a la cabecera de su maestro.

A los discípulos más avanzados les parecía una ironía del destino que el anciano se hubiera visto finalmente traicionado por sus pulmones. Le habría hecho gracia aquella paradoja de la vida, una última lección de humildad para un hombre que había inculcado la importancia fundamental de la respiración para aprovechar el qi, o energía vital. Era lo primero que les enseñaba: inspira por el ombligo, espira por la nariz. Una respiración lenta, controlada, en armonía con el corazón y el pulso de los demás órganos. Aprender a respirar como es debido, les decía, es el primer paso del arduo camino que conduce al manantial del qi, y a la llave de una de las puertas secretas del universo.

Ahora Yang Guiwu aguardaba ante otra de las puertas secretas del cosmos. Los discípulos escuchaban su respiración para ver cómo reunía toda su fuerza vital para el viaje que tenía por delante.

A unos 19 kilómetros del lecho del anciano maestro, en un valle al pie de los montes Song, los autobuses turísticos se disponen a soltar el cargamento diario de visitantes en el monasterio de Shaolín. Vienen de todos los rincones de la República Popular con el deseo de ver dónde nació la mayor leyenda del kung-fu de China.

Aquí, según la mitología popular, un místico del siglo V d.C. procedente de la India enseñó a los monjes del recién fundado templo de Shaolín una serie de ejercicios, o movimientos, que imitaban los de algunos animales. Los monjes adaptaron esos movimientos para usarlos como autodefensa y posteriormente los modificaron para el combate y la guerra. Sus descendientes perfeccionaron esas «artes marciales» y durante los 14 siglos siguientes las utilizaron en innumerables batallas para derrocar tiranos, sofocar rebeliones y repeler invasores. Muchas de esas hazañas están registradas en estelas de piedra que adornan el templo e idealizadas en narraciones que se remontan a la dinastía Ming.

Los expertos consideran que buena parte de esas historias son leyendas mezcladas con pinceladas de realidad. Las artes marciales sin armas existían en China mucho antes del siglo V, y seguramente llegaron a Shaolín de la mano de antiguos soldados en busca de refugio. Durante gran parte de su historia, el monasterio fue en esencia un feudo próspero con un ejército propio bien adiestrado. Cuanto más luchaban los monjes, mayor era su destreza, y más lejos llegaba su fama. Pero no eran invencibles. El templo fue saqueado muchas veces. El ataque más devastador se produjo en 1928, cuando la venganza de un jefe local lo destruyó casi en su totalidad, incluida la biblioteca. Ardieron siglos de volúmenes que detallaban la teoría y la práctica del kung-fu, así como tratados de medicina china y escritos budistas, y el legado del kung-fu shaolín empezó a transmitirse de maestro a alumno a través de hombres como Yang Guiwu.

Hoy, sin embargo, la dirección del templo pa­­rece más interesada en promocionar la marca Shaolín que en restaurar su espíritu. En la última década, Shi Yongxin, maestro susperior del templo, ha levantado un emporio mercantil internacional (con compañías de kung-fu en gira permanente, proyectos cinematográficos y televisivos, una tienda online que vende jabón y té) y ha creado franquicias del templo en el extranjero, entre ellas la que está prevista construir en Australia junto a un complejo de golf. Súmese a todo lo anterior que muchos de los hombres que atienden las numerosas cajas registradoras del templo, con el cráneo rasurado y el hábito monacal, confiesan no ser monjes sino empleados que interpretan su papel a cambio de un salario.

Tomando un té en su despacho del templo, Yongxin, de 45 años, alega que todos esos es­­fuerzos redundan en beneficio del budismo. «Al registrar la marca Shaolín en otros países y promover las tradiciones del monasterio, entre ellas el kung-fu, hacemos que gente de todo el mundo conozca y crea en el budismo zen.»

Éste es un argumento que ha expuesto muchas veces ante la prensa, tanto china como extranjera. Y sin embargo, tanto si es una voluntad de difundir conocimiento como si es una fuente de beneficios, Shaolín ha ayudado a fomentar el innegable renacimiento del kung-fu en un momento en que la propia China se consolida como potencia mundial. Para rendirse a la evidencia no hay mejor lugar que Dengfeng, una ciudad de 650.000 habitantes a sólo 10 kilómetros del templo. En los últimos 20 años allí han surgido unas 60 academias de artes marciales que cuentan con más de 50.000 alumnos. Se parecen a los casinos de Las Vegas, con sus altísimas residencias decoradas con murales de luchadores de kung-fu, tigres y dragones. Estas escuelas se llenan de niños, y cada vez más niñas, procedentes de todas las provincias y clases sociales, con edades comprendidas entre cinco y veintitantos años. Algunos llegan con la esperanza de convertirse en estrellas de cine o alcanzar la gloria en el mundo del kickboxing. Otros desean ad­­quirir una formación que les garantice un puesto en el ejército, la policía o la seguridad privada. A unos pocos los envían sus padres para que aprendan lo que es la disciplina y el trabajo duro.

Seis días a la semana, 11 meses al año, las es­­cuelas inician su actividad al amanecer con legiones de estudiantes vestidos con idéntico chándal: cientos de niños nacidos en la nueva China, alineados en filas perfectas, practicando kung-fu. La mirada al frente, la espalda rígida, lanzan el puño y el pie al unísono, cortando el aire matutino mientras repiten los pasos de sus monitores.

Unos días antes de visitar a su maestro en el lecho de muerte, Hu Zhengsheng recibió la llamada telefónica que muchos esperan toda su vida: un productor de Hong Kong le ofrecía el papel protagonista en una película de kung-fu. El porqué salta a la vista: Hu es guapo e irradia la confianza adquirida tras años de entrenamiento físico y mental. Aun así, todavía no sabe si aceptará la oferta. No le gusta la imagen que el cine suele dar del kung-fu, una absurda exhibición de violencia que hace caso omiso de los principios fundamentales de ética y respeto por el adversario. También le preocupa perder la consideración de los otros discípulos de Yang Guiwu. Y le inquieta todo lo que la fama conlleva. Su maestro le aconsejó que no perdiera la humildad, incluso cuando destacaba entre todos sus compañeros. La humildad vence al orgullo, le inculcó. El orgullo vence al hombre.

Por otro lado, un papel en la película reportaría publicidad e ingresos, muy necesarios para la pequeña escuela de kung-fu de Hu. Con el beneplácito de su maestro, fundó la academia hace ocho años en unos cuantos edificios de ladrillo de la periferia de Dengfeng. A diferencia de los grandes colegios de kung-fu, que hacen hincapié en las acrobacias y el kickboxing, Hu enseña a sus alumnos (200 niños y unas pocas niñas) el kung-fu shaolín tradicional que él aprendió de Yang Guiwu.

Pero la lucha no es la lección más importante del kung-fu, explica Hu, sino el honor. Las enseñanzas que imparte a sus discípulos conllevan una gran responsabilidad. En cada niño inculca el respeto y la disposición a «tragar hiel», a aprender a recibir las penalidades con los brazos abiertos, a usarlas para disciplinar la voluntad y forjar el carácter.

Sus alumnos duermen en habitaciones sin calefacción. Se entrenan al aire libre, a menudo antes del amanecer, sin importar cuál sea la temperatura en el exterior. Golpean troncos para curtirse las manos y hacen sentadillas con un compañero al hombro para fortalecer las piernas. Durante las clases, los entrenadores utilizan varas de bambú para golpear los tendones del niño que no esté adoptando la postura perfecta o esforzándose lo suficiente. Cuando pregunto si un tratamiento tan severo no propicia la ira de los alumnos, Hu sonríe. «Hay que tragar hiel. Ellos comprenden que les ayuda a mejorar.»

El problema de Hu es la dificultad de captar nuevas matrículas para hacer frente a los gastos de la escuela. Muchos niños proceden de familias pobres, y Hu sólo les cobra la manutención. Y se niega a comprar taxistas que acechen en la estación de autobús de Dengfeng a la caza de posibles alumnos. Con el tiempo, sin embargo, ha aceptado las nuevas tendencias docentes y hoy imparte algunas materias de kickboxing y kung-fu acrobático, confiando en atraer estudiantes y orientarlos luego a las formas tradicionales.

Sabe por experiencia que el concepto que un niño tiene del kung-fu puede cambiar conforme madura. Cuando él era pequeño, tenía verdadera obsesión por las películas de kung-fu; se sabía de memoria las actuaciones de Bruce Lee y Jet Li y soñaba con vengarse de los matones de su aldea. A los 11 años logró entrar en el templo de Shaolín, donde se colocó de criado del entrenador de una de las compañías de espectáculo. Más adelante el entrenador le presentaría a Yang Guiwu.

«Cuando conocí al Shifu, ya había memorizado muchos movimientos tradicionales –dice Hu–, pero él me enseñó la teoría que hay detrás de ellos. Por qué hay que mover la mano de una determinada manera. Por qué hay que concentrar el peso en una zona concreta del pie.» Se incorpora para demostrarlo. El puñetazo, explica, se asesta como un movimiento de ajedrez, anticipándote a un abanico de posibles contraa­taques. «Da igual cómo responda mi oponente: yo estoy preparado para bloquearlo y asestar el segundo, tercero y cuarto golpe, dirigido cada uno contra un punto vulnerable –dice, ejecutando los movimientos a cámara lenta–. Un alumno puede aprender esto en un año. Pero para hacerlo así –sus manos y codos se convierten en una mancha borrosa cuando repite el movimiento a toda velocidad–, hacen falta muchos años.» La diferencia radica en interiorizar los movimientos, convertirlos en instintivos, con precisión y la máxima potencia sin sacrificar el equilibrio.

«No hay patadas voladoras ni acrobacias», dice. Tales movimientos dejan zonas del cuerpo al descubierto. «El kung-fu shaolín se creó para combatir, no para entretener al público –afirma–. Es difícil convencer a un niño de que dedique muchos años al aprendizaje de algo que no le reportará riqueza ni fama.» El pensamiento parece dejarlo sin fuerzas. «Me preocupa que eso conduzca a la desaparición de los estilos tradicionales.»

Un niño ataviado con la túnica gris perla del colegio y calzado con zapatillas de deporte se asoma al despacho para comunicar que un alumno se ha torcido un tobillo. Cuando Hu llega, el lesionado ha retomado el adiestramiento y aprieta los dientes mientras patea un pesado saco. Hu asiente con la satisfacción del maestro. «Está aprendiendo a tragar hiel.»

La noticia de la muerte inminente del maestro Yang fue conocida por su alumno más enigmático cuando éste se hallaba en lo alto de la cumbre que domina el templo de Shaolín. Shi Dejian, un monje budista de 47 años, había soportado una semana difícil. Un equipo de televisión había recorrido a pie los vertiginosos vericuetos tallados en el granito de la montaña que conducen hasta el monasterio. Llevaban con ellos un profesional de luchas marciales combinadas a quien querían filmar poniendo a prueba sus destrezas en combate con los monjes. (Volvió a casa magullado.) Por su parte, un equipo de neurólogos de la Universidad de Hong Kong había acudido al monasterio para estudiar de qué modo afecta a la actividad cerebral el riguroso régimen de me­­ditación que sigue Dejian. Además, había pasado una agotadora noche en vela aplicando sus técnicas del qi para aliviar el dolor de un amigo enfermo. Por no hablar del alto cargo del Partido Comunista de Suzhou, que había entrado por la fuerza y exigido que curase la diabetes a su hermano. Para ser un hombre que busca la soledad, Dejian está rodeado de un mar de gente.

Tal desfile de desconocidos se debe a unos vídeos que lo muestran en Internet haciendo demostraciones de kung-fu shaolín tradicional, a menudo manteniendo el equilibrio al borde de un precipicio, sobre una aguja de roca o en el tejado inclinado de su pagoda, donde un paso en falso supondría despeñarse más de 100 metros. Los vídeos, casi todos filmados por turistas a lo largo de los años, han proliferado en las páginas web de kung-fu y de medicina china, llamando la atención sobre el postulado filosófico de que una vida sana se cimenta en los principios del chan (meditación zen), el wu (artes marciales) y el yi (hierbas medicinales). La filosofía del templo de Shaolín radica en los mismos principios, me explica el monje. Y aunque no lo diga, también son éstos los principios que los numerosos críticos del templo, tanto dentro como fuera de China, creen abandonados en favor de los beneficios comerciales y los dólares del turismo. El mensaje de los desafíos de Dejian a la muerte parece un mensaje de autenticidad: esto es posible si practicas el Chan Wu Yi verdadero.

En persona, Dejian parece una especie de elfo montaraz, con su metro sesenta de estatura y complexión robusta y musculada. Lleva una larga capa de lana y un gorro mongol que le protege el cráneo afeitado del frío. Prefiere conversar en movimiento, mientras trasplanta un cedro o re­­coge diente de león para preparar una ensalada.

El camino que lo llevó a este pico de los montes Song se inició en 1982, cuando a los 19 años el joven prodigio del kung-fu se despidió de su familia, no lejos de la frontera con Mongolia, y emprendió el peregrinaje al templo de Shaolín. Su búsqueda de maestros lo condujo a Yang Guiwu, y no tardó en convertirse en su mejor alumno. Cuanto más aprendía sobre el kung-fu, más le interesaba su vínculo con la meditación y la medicina china, y al final decidió tomar los votos monásticos en el templo de Shaolín.

Cuando a principios de la década de 1990 el turismo empezó a crecer, Dejian buscó cada vez más la soledad; a menudo se retiraba a una cumbre cercana al monasterio, junto a un pequeño templo en ruinas. Los monjes de más edad, preocupados ante la creciente aventura comercial de Shaolín, animaron a Dejian a convertir aquel viejo templo en un verdadero lugar de retiro consagrado al Chan Wu Yi. Contrató a los canteros de la zona para que extrajesen bloques de granito de las paredes rocosas y, ayudado por sus discípulos, llevó sacos de cemento y tejas hasta la cumbre. Poco a poco transformaron las ruinas en un complejo de pagodas que parece suspendido en la escarpada ladera.

Dejian y sus discípulos cuidan pequeños bosques de bambú y cultivan hortalizas y hierbas en las parcelas en terrazas. Siguen una dieta vegetariana y recogen flores silvestres, musgos y raíces para preparar medicinas que lo tratan todo, desde picaduras de insecto hasta problemas hepáticos. De toda China llegan personas en busca de consejo sobre diversas dolencias. «Normalmente sólo quieren tratarse los síntomas –cuenta Dejian–, pero el Chan Wu Yi trata a la persona en su conjunto. Si la persona está sana, los síntomas desaparecen.»

Suele levantarse a las tres y media de la madrugada. Primero medita, luego practica las técnicas de respiración destinadas a fortalecer el qi. Antes dedicaba seis horas al día a ejercitar los movimientos del kung-fu tradicional, pero hoy se lo impiden algunas de las mismas razones que, de la mano de la modernidad, están cambiando el templo de Shaolín: dar conferencias, recaudar dinero para completar la restauración, adiestrar a los discípulos y atender el alud de visitantes.

«Pero nunca dejo de practicar kung-fu», afirma. Me coge la mano y la posa sobre uno de sus inmensos cuádriceps. Puedo sentir la pulsación de su músculo. Luego lleva mi mano a una pantorrilla dura como una piedra. Más pulsación. «Hago esto todo el día», dice, y explica que incorpora movimientos del kung-fu a las actividades cotidianas, como subir la montaña o desherbar.

¿No es la violencia la base del kung-fu, le pregunto, y no entra en conflicto con los principios de no violencia del budismo? No, la esencia del kung-fu es transformar la energía en fuerza, dice. A falta de contrincante, la práctica consiste en una serie de movimientos. Las debilidades física y mental del practicante se convierten en su adversario. En realidad, entra en combate consigo mismo, y sale convertido en mejor persona.

A veces sí existe un adversario real. No todos los que suben a la montaña son amigos, y Dejian ha sobrevivido a más de un intento de homicidio. Hace unos años, cuatro individuos se le echaron encima y trataron de tirarlo por un barranco. Eran avezados practicantes de kung-fu, pero él se los quitó de encima en un abrir y cerrar de ojos. Es un tema del que prefiere no hablar, pero otros confirman el incidente. «Los montes Song son un nido de rivalidades entre adeptos del kung-fu –me explicó un cargo público de Deng-feng–, como lo han sido desde hace siglos.»

La última mañana que paso en su retiro, De­­jian me enseña su habitáculo privado, una diminuta cúpula de piedra encaramada en lo alto de un abrupto precipicio. Me conduce a una terraza desde la que se domina el valle, y de pronto se sube de un salto al murete que delimita el borde del precipicio; el viento hincha su capa de lana. «¿Tienes miedo? –me pregunta al ver la expresión de mi cara–. El kung-fu no se limita a entrenar el cuerpo; también enseña a dominar el miedo.» Salta ligero de un pie al otro, describe embates, golpes con el puño, giros sobre sí mismo, cada vez a menos centímetros de una caída terrorífica. «No puedes vencer a la muerte –afirma, y su voz se impone a la del viento. Lanza una patada sobre el abismo, en equilibrio sobre una pierna que más parece un tronco–. Pero sí puedes vencer tu miedo a la muerte.»

Poco después de la visita de Hu Zhengsheng, Yang Guiwu pasó a la otra vida. Decenas de antiguos alumnos se unieron a la familia en la casita de Yanshi, decorada con guirnaldas de papel de vivos colores. Shi Dejian se presentó con dos discípulos. Varios alumnos de Hu exhibieron un alto nivel de kung-fu. El aire se llenó de los silbidos y estallidos de los fuegos artificiales, una advertencia a los espíritus del viaje del maestro. Un trío de flautistas encabezó el cortejo fúnebre, que partió rumbo al campo de trigo familiar, donde el maestro recibiría sepultura junto a sus padres entre hileras de lustrosas espigas verdes.

Mientras caminaba detrás del féretro, Hu aún meditaba si aceptar o no el papel en la película. Sería una falta de respeto decir que sí con la muerte del maestro tan reciente. Pero lo había hablado con otros discípulos de más edad y lo habían animado a aceptar. De ese modo una parte de Yang Guiwu seguiría viviendo en la interpretación de Hu, y quizás inspirase a futuros estudiantes. Al fin y al cabo, le recordaron los discípulos, si el propio Hu había llegado a su maestro era gracias a las películas de kung-fu.

La rueda de la vida concluía una vuelta más, habría dicho el maestro.