Serbia: una nación dividida

En este país se mira a Kosovo con recelo, y a Europa con esperanza. Fotografías de Christopher Anderson.

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Serbios de la derecha nacionalista se manifiestan en Belgrado portando el retrato de Radovan Karadzic, acusado de crímenes de guerra. Los serbios de hoy se debaten entre el anhelo, arraigado en su historia, de unir a su pueblo disperso y el deseo de entrar en Europa, aceptando la realidad de una Serbia mermada.

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En la Serbia rural todavía es habitual que la gente recoja la cosecha a mano. En su día república dominante de la Yugoslavia socialista, Serbia conserva intacta la tradición de la agricultura familiar porque, a diferencia de la mayor parte de los territorios con un régimen comunista, prácticamente no fue objeto de la colectivización.

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Bloques de viviendas se yerguen altos y grises en Nueva Belgrado, un distrito de la capital construido después de la segunda guerra mundial para albergar a una población en su mayoría procedente del campo.

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En Velika Hoca, pueblo de mayoría serbia y centro cultural de Kosovo, un monje recita al amanecer la liturgia ortodoxa serbia en una capilla que alberga iconos medievales. La mayoría albanesa de Kosovo se declaró independiente de Serbia en 2008. Ambas nacionalidades se disputan el legítimo derecho a poseer el territorio.

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La mayoría albanesa de Kosovo declaró la independencia de Serbia en 2008. Las dos nacionalidades sostienen que el país es legítimamente suyo. En Mitrovica, ciudad dividida, las fuerzas de paz francesas combaten el aburrimiento cerca de unas casas en ruinas a raíz del conflicto interétnico.

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Los turcos otomanos construyeron la Torre de las Calaveras después de una sangrienta batalla, en 1809, y la adornaron con cabezas cortadas de soldados serbios que se rebelaron contra el dominio turco. Rodeada por una capilla, cerca de la ciudad de Nis, al sudeste de Serbia, la estructura se yergue actualmente como un recordatorio del odio de los serbios a toda dominación extranjera.

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Dragan Tanic (derecha) es serbobosnio. Su mujer, Sanja, es de ascendencia mixta, croata y musulmana. Les preocupa formar una familia en Bosnia-Herzegovina, un país desgarrado por la guerra, que en las clases de religión e historia separa a los niños según sus antecedentes étnicos. «Si tenemos hijos —se pregunta Sanja–, ¿cuál será su sitio?».

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Una mujer y una niña atraviesan apresuradamente un paso subterráneo cubierto de pintadas, en el centro de Belgrado. Con 1,6 millones de habitantes, la que fuera la cosmopolita capital de la Yugoslavia de Tito intenta recuperar el empuje económico y cultural, después de la guerra y de años de penurias.

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Un abarrotado trolebús de Belgrado pasa por delante del Cuartel General del Ejército Yugoslavo, en ruinas desde que fue alcanzado por la OTAN en la guerra de Kosovo de 1999. Aunque las encuestas revelan que la población apoyaría la integración en la Unión Europea, estampas como ésta, con edificios bombardeados, hacen que muchos serbios cuestionen la reciente deriva prooccidental de su país.

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La rivalidad futbolística suele acabar en violencia cuando se enfrentan los dos equipos de Belgrado, el Partizan y el Estrella Roja. Fuera, el estadio está pertrechado de policía. La descontenta juventud serbia ve sus opciones muy limitadas en la situación de aislamiento político y económico que vive el país desde los años noventa.

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Protegidos con cascos, unos agentes de las fuerzas antidisturbios se preparan para controlar al sector más violento de los aficionados al fútbol, cuando está a punto de terminar un partido entre dos equipos rivales de Belgrado. La presencia policial suele ser notable en las calles de la capital, donde a menudo resuena el alboroto de las manifestaciones políticas.

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Los apagones son frecuentes en Kosovo, donde la compañía eléctrica no siempre puede garantizar un suministro estable. Un farol ilumina una casa en Velika Hoca, enclave serbio en el sudoeste de Kosovo. Aunque los apagones afectan a todo el país, los serbios del lugar aseguran que ellos padecen cortes más frecuentes que los albaneses de las ciudades y pueblos cercanos.

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Milica Nikolic, serbobosnia ya entrada en años, vive cerca de la localidad de Srebrenica, uno de los rincones más castigados de Europa. Durante la guerra de Bosnia, a comienzos de la década de 1990, la ONU la declaró «área de seguridad», para los musulmanes expulsados de sus hogares por las fuerzas serbias. Pero Srebrenica fue además escenario de las incursiones de las tropas gubernamentales bosnias, durante las cuales se cree que fueron muertos varios cientos de serbios. Nikolic dice que su hijo y su nieta fueron asesinados durante un ataque, el día de Navidad de 1993. Los serbios pidieron venganza y, en julio de 1995, las fuerzas serbobosnias tomaron Srebrenica y mataron alrededor de 7.000 bosnios musulmanes, en su mayoría desarmados, ante la pasividad de las fuerzas de paz de la ONU. Los tribunales internacionales han declarado que la matanza de Srebrenica fue un acto de genocidio.

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En un contenedor de transporte reciclado como vivienda, la televisión hace que Radovan Peric y un joven vecino olviden por un rato su triste existencia de desplazados. Tras la guerra de Kosovo de 1999, unos 164.000 serbios huyeron. La violencia étnica obligó a otros a refugiarse en campamentos como éste, próximo a Pristina.

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Una pareja de musulmanes pasea en Sarajevo junto a un cementerio dedicado a los caídos del Ejército Bosnio. Entre 1992 y 1996, las fuerzas rebeldes serbobosnias ocuparon las colinas que rodean la ciudad y la sometieron al fuego de los francotiradores, dejando miles de muertos. Su pretensión era forjar un estado serbio en la Bosnia multiétnica.

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En el centro de Belgrado, una escalera en ruinas da acceso a un paso elevado para peatones. Sin embargo, la sombría decadencia poscomunista no es el único rostro que la ciudad muestra al mundo. En muchas zonas del casco antiguo de Belgrado hay calles elegantes, con fincas del siglo XIX rehabilitadas.

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Los habitantes de Belgrado acuden a los bien abastecidos comercios de la ciudad. Según el Banco Mundial, los ingresos en Serbia aumentaron considerablemente en los últimos años, mientras el crecimiento económico alcanzaba el 7 % anual. Aunque muchas familias aún tienen problemas para llegar a fin de mes, la cantidad de coches extranjeros de gama alta, televisores de pantalla plana y otros artículos de lujo va en aumento, a medida que arraiga el consumismo.

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Una familia del sur de Serbia pasa por delante de un cartel que les desea buen viaje: «Srecan put!». Quizá sea una despedida para el Zastava que conducen. La producción de estos automóviles se dio por concluida el otoño pasado, cuando la fábrica fue adquirida por Fiat. Muchos vieron en ello una recompensa de la Unión Europea a la elección serbia de un gobierno prooccidental.

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En este país se mira a Kosovo con recelo, y a Europa con esperanza. Fotografías de Christopher Anderson.

En Velika Hoca, un pueblo del sudoeste de Kosovo (nueva nación o provincia rebelde de Serbia, según a quién se le pregunte), la gente todavía sigue hablando de una reyerta ocurrida hace años. Fue después de la guerra de Kosovo, que enfrentó a las milicias albanesas separatistas y a las fuerzas serbias y que acabó cuando, en junio de 1999, la OTAN sometió a Serbia y a su hombre fuerte, el presidente Slobodan Milosevic, a fuerza de bombardeos. Occidente intervino para detener las atrocidades perpetradas contra los albanokosovares y evitar una crisis de refugiados, dando por hecho que reinaría la paz una vez fuesen vencidos el dictador y sus combatientes.

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Desde la península de Istria a los lagos de Plitvice

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Pero la realidad de la posguerra fue bien distinta. La mayoría albanesa se vio encumbrada; la minoría serbia, postergada. Continuaron las matanzas de civiles. Y un nuevo río de refugiados, esta vez serbios, huyó del montañoso Kosovo, una región donde los conflictos étnicos y el es­­tancamiento económico son males endémicos.

El día de la reyerta en Velika Hoca, donde va­­rios cientos de serbios vivían parapetados en un valle rocoso, un político local de nombre Bojan Nakalamic (veintitantos años, experiencia militar, físico fornido y andares arrogantes) hizo un flaco favor a la reputación y el orgullo serbios. Poco queda de ese orgullo en esta tierra que los serbios consideran su patria ancestral.

Según cuentan, unos jóvenes albaneses llegaron a Velika Hoca y empezaron a fijarse más de la cuenta en unas chicas del pueblo. Al final del día acabaron expulsados a palos del enclave serbio, y fue Nakalamic quien capitaneó el vapuleo. Para los vecinos, la historia demostraba que los serbios aún eran capaces de engendrar un campeón, un hombre temible. Para mí, la impresión de que Nakalamic era un matón nacionalista au­­mentaba cada vez que oía el relato de lo ocurrido.

Por eso fue una sorpresa cuando al conocerlo descubrí que el mismo tipo duro que había tundido a los albaneses por traspasar las líneas culturales es ahora su aliado político, al haberse integrado en el nuevo gobierno albanés, desafiando a Serbia al hacerlo. Su objetivo no es apoyar el nacionalismo albanés. Como miembro de un pueblo vencido que habita en tierra hostil, ha llegado a la conclusión de que recluirse en un gueto serbio es condenarse. «Si queremos sobrevivir en Kosovo, hemos de participar», me dijo.

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La bandera de la Iglesia Ortodoxa Serbia, custodia de la identidad serbia a lo largo de siglos de lucha, lleva como divisa «Sólo la unidad salvará a los serbios». Ondea sobre un pueblo profundamente marcado por el pasado. Las guerras y los caprichos de los imperios conquistadores han dispersado a los serbios, que suman más de diez millones: hacia el sur, concentrados en puntos de Kosovo (donde quedan 125.000) y Montenegro; a través de la Serbia central, donde hoy vive la mayoría; hacia el norte, a Hungría, y hacia el oeste, a Bosnia-Herzegovina y Croacia. Otros muchos han emigrado a Europa occidental y América del Norte. Llevan siglos luchando con fervor épico para reunir a su pueblo disperso, definir su territorio, preservar su singularidad.

Pero la búsqueda de unidad ha enfrentado a los serbios con sus vecinos del mosaico étnico balcánico y con el mundo entero. Hoy suelen ser considerados los principales culpables de las cruentas guerras que desmembraron Yugoslavia en la década de 1990. Con muchos de ellos im­­plicados en crímenes contra la humanidad (entre otros, limpieza étnica y genocidio en la guerra de Bosnia), los serbios se quejan de que Occidente los señala como los malos de la película y pasa por alto otros crímenes similares perpetrados contra ellos. Tienen ante sí un interrogante endiablado: ¿qué sentido puede tener la unidad serbia en la Europa del siglo XXI?

La pregunta causa tantas divisiones entre los serbios como inquietudes entre sus vecinos. Para Nakalamic, la respuesta pasa por ocuparse, ante todo, del pueblo en el que vive. Por eso ha aceptado una concejalía en el ayuntamiento de Rahovec (Orahovac), municipalidad de la que depende Velika Hoca. Es el único serbio de la corporación. El municipio pertenece a la República de Kosovo, país que, con un 90 % de población albanesa, se declaró independiente de Serbia en febrero de 2008 con el apoyo de Estados Unidos y casi toda Europa. Para muchos serbios, eso convierte a Nakalamic en un traidor.

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Cuando Kosovo proclamó su independencia, los telespectadores de todo el mundo vieron cómo los nacionalistas radicales se echaban a las calles de Belgrado para romper escaparates e incendiar un símbolo de la arrogante injerencia extranjera, la embajada de Estados Unidos. El gobierno serbio ve en la independencia de Kosovo la desmembración ilegal de su territorio soberano. Ordenó a los serbokosovares (muchos de los cuales reciben de Serbia ayuda pecuniaria) boicotear las elecciones, y la mayoría obedeció. Sin el apoyo necesario en las urnas de su distrito, Nakalamic carece de voto en el gobierno local, lo que le impide participar en la elaboración de presupuestos y ordenanzas.

Con todo, muchos serbios parecen resignados a aceptar las nuevas fronteras y la perspectiva de una Serbia más pequeña y menos beligerante, en paz con sus vecinos. «La población sale a la calle y se manifiesta, pero nadie se cree de verdad que vayamos a recuperar Kosovo», me dijo Marina Alavanja, una joven a la que conocí una noche en Belgrado mientras ella y su prometido, un neoyorquino de origen caribeño, tomaban copas con los amigos en una calle de moda de la ca­pital. Alavanja, que estudia en Florencia, es el ejemplo de serbia liberal con sensibilidad internacional en quien cifran sus esperanzas los gobiernos occidentales. Tras la independencia de Kosovo y las revueltas subsiguientes, el electorado serbio sorprendió al mundo en la primavera de 2008 al llevar al poder un gobierno pro Unión Europea que prometía dar con el paradero de los criminales de guerra serbios, prueba evidente de la creencia generalizada de que la mayor esperanza de crecimiento económico y cultural del país pasa por Occidente.

Pero quienes lo vemos desde fuera no debemos confundir la resignación con la aceptación, insiste Alavanja. «Es el orgullo serbio –explica ella–. No podemos decir “Vale, quedaos con Kosovo. Hacednos lo que os dé la gana”. ¿Qué clase de pueblo seríamos?» Srdja Popovic, abogado especialista en derechos humanos dedicado a perseguir serbios imputados por crímenes de guerra, afirma que la brecha entre nacionalistas recalcitrantes y demócratas a la occidental (entre ellos el presidente de Serbia, Boris Tadic) no es tan abismal como parece desde fuera. Según Popovic, todos los partidos importantes abrazan en mayor o menor medida el ideal de unir los territorios de población serbia, una ambición catalizadora del conflicto de los Balcanes de los años noventa. «Sería inexacto decir que este país está dividido entre demócratas y nacionalistas –declara–. La realidad es que se impone el ideal nacionalista.»

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Costa Dálmata

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E igualmente se impone la obsesión por el pasado, que para los serbios es un relato de valor y sufrimiento nacional. «Los pueblos pequeños suelen ser víctimas de la injusticia», reflexiona Dragoljub Micunovic, una figura de la oposición durante los años de Milosevic y alto cargo de los demócratas en la actualidad. Micunovic trae a colación la anexión de Bosnia (hogar de muchos serbios) al Imperio austrohúngaro en 1908. A pesar de sentirse ultrajada, Serbia tuvo que acceder. Pero en 1914 el serbobosnio Gavrilo Princip se vengó asesinando al príncipe heredero austríaco en Sarajevo, magnicidio que desencadenó la primera guerra mundial. La mitad de la población masculina serbia en edad militar pereció en el conflicto, pero el imperio ofensor fue aniquilado, y en la Serbia de hoy Princip es un héroe.

La actual zona cero del sacrificio nacionalista serbio es Kosovo. Para los serbios derechistas, los políticos que, como los demócratas, se niegan a defenderlo con uñas y dientes son unos judas. La metáfora religiosa del insulto es deliberada, porque muchos serbios consideran Kosovo su patria espiritual. Slobodan Milosevic explotó este sentimiento en los años ochenta. Llegó a la presidencia en parte por su promesa electoral de aniquilar el poder albanés en Kosovo, y cuando murió en 2006 estaba inmerso en el maratoniano proceso por crímenes de guerra contra civiles albanokosovares. Es difícil determinar si lo que mueve a algunos serbios a llamar a Ko­sovo su Jerusalén, y a otros, su Calvario, es una veneración cultural genuina o la persistencia de la ofensiva propagandística de Milosevic.

En la colina al oeste de Velika Hoca, a los pies de un puesto de observación ocupado desde hace casi un decenio por fuerzas de paz de la OTAN, se extiende un cementerio con vistas: junto a los viejos caseríos y las viñas en pendiente que abastecen la bodega del pueblo, propiedad del mo­­nasterio ortodoxo serbio, pequeñas ermitas salpican el valle. Algunas son tesoros medievales que albergan antiquísimos frescos de la vida de Cristo, iconos de santos, el Juicio Final. Nadie, ni siquiera el cura del pueblo, sabe explicar por qué una zona agrícola sin pretensiones se hizo acreedora, con el paso de los siglos, de una presencia sacra tan importante.

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Testimonio Kosovo

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Algunas iglesias, dice Bojan Nakalamic, fueron construidas en el siglo XIV, bajo el reinado de Stefan Dusan. Este monarca, el más poderoso que ha gobernado a los serbios, forjó un imperio que no ha tenido parangón. Kosovo ocupaba el centro de ese imperio cuando Dusan se proclamó «Emperador y Autócrata de los Serbios y los Griegos, los Búlgaros y los Albaneses».

Irónico, pero con la mano en el corazón, Nakalamic dice: «Por fuera soy un insignificante político de Kosovo, pero por dentro soy un Dusan».

En 1389, apenas unas décadas después de la muerte de Dusan, un ejército de unos 25.000 serbios se enfrentó a la fuerza superior de los otomanos en Kosovo Polje (una llanura conocida como el Campo de los Mirlos) y sucumbió en la que muchos serbios consideran una derrota gloriosa. Serbia perdió músculo ante un Imperio otomano en expansión, que en poco más de un siglo la borraría del mapa, pero la batalla de Kosovo pervivió en la literatura serbia como símbolo de la lucha contra la dominación extranjera.

Serbia recobró la independencia en el siglo XIX y recuperó Kosovo en el XX, durante el hundimiento del Imperio otomano. Con todo, varios siglos de dominación turca no sólo conformaron el sentimiento de persecución que experimentan los serbios, sino que también los dispersó por los Balcanes occidentales. En las postrimerías del siglo XX, la marea de la historia cambió de nuevo con el desmembramiento de Yugoslavia. Muchos descendientes de los huidos del dominio otomano regresaron en masa, añadiendo un nuevo capítulo a la historia del sufrimiento serbio.

El sufrimiento infligido por los serbios es, en cambio, el que mejor recuerda el mundo. En el antiguo zoco turco de la capital bosnia, Sarajevo, Dragan Tanic me agarró del brazo y me hizo contemplar las colinas que se yerguen al sur. «Si durante la guerra te parabas aquí diez segundos… pum –con un dedo me tocó en el pecho para indicar que acababa de ser alcanzado por un francotirador–. Te mataba el serbio de la montaña. Eso era un día normal en Sarajevo.»

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La espléndida Liubliana

La espléndida Liubliana

La sorpresa (quizá los lectores familiarizados con los nombres de pila eslavos lo hayan adivinado) es que el propio Tanic es serbio. Como varios miles de serbobosnios de Sarajevo, Tanic se alzó en armas contra las fuerzas serbias que sitiaron la ciudad poco después de que Bosnia declarase su independencia de Yugoslavia en 1992. En aquellas circunstancias, importaba más quién le disparaba que el legado religioso. «Estaban atacando mi hogar y yo lo defendía.»

Pero su caso era minoritario. Otros serbobosnios, negándose a vivir en un país dominado por musulmanes bosnios, optaron por combatir la independencia bosnia. Se hicieron con el arsenal del Ejército Popular Yugoslavo y ocuparon el 70 % de Bosnia en los primeros meses de la guerra, expulsando a la población no serbia del te­­rritorio conquistado. La orden era limpiar la región de extensas minorías problemáticas no aptas para formar parte de una Serbia unificada.

En fases posteriores, la limpieza étnica derivaría en masacre pura y dura en la ciudad de Srebrenica. Allí las fuerzas serbobosnias mataron a unos 8.000 hombres y niños musulmanes bosnios, la mayoría civiles; a algunos los pusieron en fila y los ejecutaron; a otros los abatieron cuando trataban de escapar. Fue el episodio más cruento de la historia de Europa desde el fin de la segunda guerra mundial. La Corte Internacional de Justicia vio en esta matanza el primer caso europeo de genocidio desde el Holocausto.

Srebrenica marcó un hito en la historia moderna de los serbios. Aunque la Corte fallaría luego que Serbia no estuvo implicada directamente, los serbobosnios que llevaron a cabo la matanza contribuyeron a extender la idea de que todos los serbios eran unos asesinos sanguinarios, algo que perjudicó los intereses nacionales, tal vez más que ningún enemigo.

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Musulmanes paseando junto a un cementerio en Sarajevo

Musulmanes paseando junto a un cementerio en Sarajevo

Cuando en 1995 terminó la guerra y poco después llegaron a su fin los cuatro años del sitio de Sarajevo, Bosnia quedó dividida por criterios étnicos. Hoy, aunque la mayoría de los ciudadanos convive relativamente en paz pese a las circunstancias de su historia reciente, los líderes étnicos se enzarzan continuamente. Los políticos bosnios musulmanes arremeten contra el separatismo serbio y la libertad de la que aún gozan los criminales de guerra, mientras que los lí­deres de los serbios (el 37 % de la población de Bosnia) zahieren a aquéllos con su retórica secesionista. Casi todos los serbios han dejado la capital para trasladarse a las zonas del país en las que los suyos son mayoría, mientras que los musulmanes bosnios han hecho el viaje inverso. Sarajevo conserva una pátina multiétnica (Tanic y su mu­­jer, croata musulmana, son un ejemplo), pero en realidad se ha convertido en una ciudad prácticamente musulmana, muy distinta a la que Tanic recuerda de su infancia.

Dominando desde lo alto de Belgrado la confluencia del Danubio y el Sava se encuentra la colosal for­taleza Kalemegdan, ubicada sobre una colina donde los romanos, valiéndose de su situación estratégica, construyeron un campamento militar. Posteriores imperios extranjeros que gobernaron la región utilizaron el castillo como avanzada fronteriza. A sus pies se entrelazan las calles del casco viejo de Belgrado, en cuya decadencia se puede apreciar la elegancia de un tiempo pasado. De vez en cuando se distingue un edificio todavía en ruinas, recuerdo de los ataques aéreos de la OTAN durante la guerra de Kosovo hace un decenio. Hacia el oeste, cruzando el Sava, se ex­­tiende el Nuevo Belgrado, una vasta y anónima cuadrícula urbana levantada a toda prisa tras la segunda guerra mundial. Y en las afueras de la ciudad, un campamento pequeño y tranquilo (antiguo centro juvenil comunista) aloja a los refugiados serbios huidos de los nuevos países surgidos tras la desintegración de Yugoslavia.

Entre ellos está Maritsa Stula, una mujer me­­nuda de cincuenta y tantos años, carácter apacible y sonrisa distante. Ella vivía en Osijek, ciudad croata situada 160 kilómetros al noroeste de Belgrado, en una región en la cual, hace siglos, los gobernantes austríacos concedieron tierras y libertad religiosa a los serbios que huían del dominio otomano si se comprometían a proteger de los turcos la frontera militar. En la década de 1970, cuando Stula empezó a formar una familia en Osijek, ambos imperios llevaban mucho tiempo extinguidos, pero había más de 600.000 serbios ortodoxos viviendo en la Croacia católica (un 14 % de la población).

Por entonces, explica Stula, a nadie le importaba quién era croata y quién era serbio. Yugoslavia era fuerte y próspera, el mariscal Tito, presidente vitalicio, retenía el poder en sus hábiles manos, y todos los yugoslavos eran iguales.

Por eso a Stula le pareció inconcebible que sus vecinos prestasen atención cuando, en los últimos tiempos de Tito, comenzaron a sonar las trompetas del nacionalismo en Belgrado y en la capital croata, Zagreb. Los serbios hablaban de cómo, cincuenta años antes, los croatas filonazis los habían hacinado en campos de exterminio y ejecutado por cientos de miles. ¿Les aguardaba la amenaza de nuevas masacres? Los croatas hablaban de la persecución sufrida en Yugoslavia a manos de los comunistas serbios, que conspiraban para incorporar a la Gran Serbia miles de kilómetros cuadrados del corazón de Croacia. A medida que aumentaba el poder de los políticos nacionalistas en la tambaleante Yugoslavia, la vida en Osijek se envenenaba. En 1990 los serbios de Croacia declararon la independencia y expulsaron a los croatas de sus hogares en casi una tercera parte de la república. Al poco tiempo, en junio de 1991, Croacia votó en referéndum independizarse de Yugoslavia.

Al mes siguiente se presentó en casa de Stula un vecino croata; muy angustiado, le advirtió que unos hombres le habían ordenado fusilar a toda su familia si no se marchaban enseguida. Aquellos tipos duros no eran las buenas personas que siempre habían vivido en Osijek, sino gente llegada del campo, llena de rabia; quizás habían perdido su hogar, dice Stula. Ella se montó en un autobús con los tres niños y se fue al este, su marido la siguió poco después, y nunca más ha vuelto a ver su casa.

Stula fue parte de la primera oleada de refugiados; otros cientos de miles huyeron al término de la guerra por la independencia, cuando las fuerzas croatas se hicieron con las regiones serbias secesionistas con el apoyo logístico y aéreo de los países de la OTAN. Cientos de los que quedaron atrás, casi siempre los más ancianos, fueron asesinados tras la invasión.

En 2008 Serbia acogía a casi 320.000 personas desarraigadas procedentes de los confines más remotos de la antigua Yugoslavia. Alrededor de 200.000 eran de Kosovo, donde Milosevic había respondido a los bombardeos de la OTAN con el empeño de limpiar de albaneses grandes secciones de la provincia. Cuando Milosevic se replegó y más de 850.000 exiliados albaneses volvieron en masa de los campos extranjeros de refugiados, muchos serbios huyeron, sabiéndose objetivos prioritarios. Otros fueron expulsados más adelante, pese a la presencia de fuerzas de paz internacionales, que no siempre intervenían cuando las turbas enfurecidas atacaban a civiles inermes.

El resto llegó de Croacia, como Stula, o de Bosnia. Stula habla con nostalgia del hogar que perdió en Croacia, pero dice que las cosas pudieron ir peor. Se ha colocado de cocinera en Delta City, un nuevo centro comercial de lujo abierto en 2007 por el hombre más rico de Serbia. Gracias a las reformas económicas de los gobiernos posteriores a Milosevic, la economía serbia ha experimentado un fuerte repunte, con un crecimiento medio del 7 % en los últimos años. Las rentas de los ciudadanos ascienden con rapidez, y el centro comercial se llena todos los días. Sin lugar a dudas, Stula nunca ha tenido un sueldo mejor. Pero así y todo, si logra ahorrar el dinero necesario para conseguir los documentos que le permitan viajar a la Unión Europea, piensa irse de Serbia para siempre, quizás a Inglaterra, donde su hijo mayor ha conseguido matricularse en la universidad.

Cuando se enteró de cuál es mi nacionalidad, Stula me consoló con unas palmaditas en el brazo. «América. Ne dobra. Ne dobra», dijo. Malo, malo. ¿Por qué, preguntó, los americanos echan a esa pobre gente de sus casas en Kosovo? «Clinton, ne dobra. Albright, Rice, ne dobra. Bush…»

Una noche, en una pequeña fiesta celebrada en Belgrado a bordo de una casa-barco en el río Sava, los reproches fueron menos delicados, y la sensación de agravio, más cruda. Dos jóvenes de pelo largo y tez enrojecida me invitaron a adivinar cuántas toneladas de munición con uranio empobrecido había lanzado Estados Unidos sobre su país en 1999 y cuántos casos de cáncer podrían causar. ¿Sabía que los bombardeos es­­tadounidenses de la guerra de Kosovo habían matado a civiles serbios?, me preguntó uno de ellos. Seguramente no, suponían, puesto que los medios estadounidenses ejercían una eficaz censura de toda información que no presentase a los serbios como unos nazis redivivos. Se remontaron todavía más, repasando las tragedias de las dos guerras mundiales. Uno de los dos (un chico de veintitantos años que hablaba inglés y que podía pasar por un urbanita de cualquier otro punto de Europa) parecía estar al borde del llanto. ¿Acaso tenía yo la más remota idea de lo que habían sufrido los serbios?

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Pero este sentimiento de nacionalismo agraviado, tan fuerte en muchos serbios, queda contrarrestado por un impulso que los lleva a mirar hacia el futuro, por el convencimiento de que el camino más seguro es dejar de lado las viejas diferencias y centrarse en asuntos prácticos.

En el oeste de Serbia hay un pueblo llamado Sljivovica, palabra que da nombre al aguardiente de ciruela conocido en el extranjero como slivovitz. Pertenece a la gama de destilados de frutas llamada rakija, un elemento fundamental en la vida social de los serbios y otros yugoslavos.

Con Serbia cada vez más cerca de acceder a la Unión Europea, ¿puede sobrevivir la rakija serbia? La producción de licores está estrictamente regulada en la UE, lo cual favorece a las grandes destiladoras, mientras que la rakija más preciada es casera. Sljivovica se me antojó un buen lugar para encontrar productores caseros de rakija que tal vez teman la adhesión a Europa. Junto a la última casa del camino, Ostoja Stanic, de 32 años, destilaba el tradicional slivovitz con un alambique ennegrecido. Le pregunté si la burocracia de la Unión Europea podría clausurar su minidestilería. Se pasó al inglés para dejar bien clara su opinión: «Nosotros queremos la UE». Su familia piensa ampliar el negocio. Conforme el país converja con el resto de Europa, dijo, se abrirán nuevos mercados, y la gente que sólo tiene acceso al slivovitz industrial podrá catar el genuino.

Su tío, Ostoja Stanic, de 80 años, habló de la guerra de su juventud y de los partisanos de Tito, para él los verdaderos héroes por emprender una heroica resistencia contra los alemanes. Pero yo sabía que a pocas horas de viaje encontraría otros ancianos que me relatarían las masacres de inocentes perpetradas por los seguidores de Tito. Era una ilustración perfecta de la historia serbia.

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Ahora, más que destilar las injusticias infligidas a los serbios, o las que los serbios han infligido a los otros, la prioridad de Milan es acceder a los mercados de la Europa occidental para vender el licor familiar. Cuando me disponía a regresar a Belgrado, Ostoja me entregó una botella de dos litros de slivovitz, me dio una palmadita en la espalda cuando quise pagársela, y añadió más leña al alambique humeante.