Los nuevos europeos

La oleada migratoria pone a prueba la tolerancia y la identidad cultural en el viejo continente

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MM8472 160312 046937. Refugiados en Berlín

Refugiados en Berlín

«Vivimos aquí, nacimos aquí, hemos crecido aquí. Pero el lugar que siento en mi corazón es Turquía», dice Ali Tecimen, de 34 años (de pie, con cazadora azul). Sus abuelos (sentados) llegaron a Alemania en la década de 1970 como trabajadores invitados, cuando su madre (de pie, a la derecha) era solo una niña. La familia, incluida su mujer (de pie, a la izquierda) y dos hijos, vive en Berlín.

Robin Hammond

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MM8472 160322 059243. Acogida en Suecia

Acogida en Suecia

En mayo de 2015, Isra Ali Saalad, de 10 años, se trasladó con su madre y dos hermanos a Malmö desde Mogadiscio. «Vinimos a este país porque es seguro», dice su hermana, Samsam, de 19 años. La experiencia de Samsam en Suecia ha sido buena en todos los sentidos. «En lo único que voy algo retrasada es en aprender el idioma», confiesa.

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MM8472 151215 010413. "Mi hogar es Turquía"

"Mi hogar es Turquía"

Soy turco y vivo como un turco. Mi hogar es Turquía. Para mí Alemania es solo un lugar donde vivir. Si fuera por mí, regresaría mañana", dice Ali Riza Durmus, de 72 años, dueño de una tienda de comestibles en Little Istanbul, el barrio berlinés de Kreuzberg. Ha vivido en la misma casa desde 1970.

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MM8472 160310 044397. Retenidos en Grecia

Retenidos en Grecia

«Así es cómo cargué con mi hija durante el viaje», dice Mohammad Jumma, antiguo conserje en Damasco, fotografiado con Farah, de 10 años. Cuando se tomó esta fotografía en Berlín, su mujer y su hijo estaban retenidos en Grecia. Jumma anhela una «vida sencilla y normal. Y que esta pesadilla se acabe».

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MM8472 151215 011290. Turca y alemana

Turca y alemana

«Me siento turca y alemana y humana y lesbiana. Tengo muchas culturas dentro de mí», dice la disc jockey Ipek Ipekcioglu, quien creció en Berlín y donde vive actualmente. Alemania sigue teniendo problemas en aceptar a los hijos y nietos de los trabajadores invitados turcos, señala: «Estamos en ello».

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MM8472 151213 008094. Retrato de familia

Retrato de familia

"Vivimos aquí, nacimos aquí, hemos crecido aquí. Pero el lugar que siento en mi corazón es Turquía", dice Ali Tecimen, de 34 años (de pie, con cazadora azul). Sus abuelos (sentados) llegaron a Alemania en la década de 1970 como trabajadores invitados, cuando su madre (de pie, a la derecha) era solo una niña. La familia, incluida su  mujer (de pie, a la izquierda) y dos hijos, vive en Berlín.

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MM8472 151212 006712. Cruce de culturas

Cruce de culturas

Las culturas se cruzan y en ocasiones se encuentran en una cafetería situada en el Kottbusser Tor de Kreuzberg, un barrio berlinés que desde la década de 1960 ha sido el refugio de los inmigrantes turcos. Alemania no hizo mucho por darles la bienvenida, pero ahora que el país se enfrenta a una nueva oleada de inmigración, "hemos aprendido la lección", dice el ministro alemán de Asuntos Europeos Michcel Roth.

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MM8472 160207 017107. En busca de una nueva vida

En busca de una nueva vida

«Estoy aquí porque mi Sardarji vino de la India para ofrecer a nuestros hijos una educación», cuenta Nichattar Pal, de 92 años, en referencia a su marido. Desde que llegó en 1970, su familia londinense ha crecido. Entre los miembros que la forman está su nieta Sharanjit. «Soy feliz aquí, muy feliz.»

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MM8472 160219 026855. Azotados por la discriminación

Azotados por la discriminación

«La discriminación empezó en el colegio; tenía seis o siete años. Fue durante la guerra argelina», explica la escritora Patricia Fatima Houiche, de 66 años. Su madre era francesa, su padre (en la fotografía), un líder de la independencia argelina. Ella ha vivido la mayor parte de su vida en Francia. Sus hijos también están allí. Pero espera que la entierren en Argelia.

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MM8472 160322 059450. Hospitalidad

Hospitalidad

«Una de las razones por las que me gusta este país es por su hospitalidad. Acogen a los refugiados con los brazos abiertos», dice Mohamed Ali Osman, de 32 años, quien se reunió con su mujer en Suecia en 2012. Pero, añade: «En este país es duro no tener un empleo, y el principal obstáculo para encontrar trabajo es la barrera del idioma».

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MM8472 160207 017278. "Soy una auténtica londinense"

"Soy una auténtica londinense"

«He nacido aquí. Soy una auténtica londinense. Siempre me he sentido aceptada; incluso diría que mi herencia cultural me ha otorgado mayor respeto», afirma Sharanjit Padda, maestra de 26 años. Quiere que los inmigrantes sean aceptados, pero también que acepten la cultura británica: «Se trata de un toma y daca».

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MM8472 160222 030227. Sentirse a salvo

Sentirse a salvo

"No llevo el velo todo el tiempo. Me lo pongo cuando salgo de la universidad camino a casa", dice Ikram Chahmi-Cheidene, de 23 años de edad. Su familia llegó a París huyendo del terrorismo en Argelia. Ahora se siente en casa y a salvo, pero también preocupada, a medida que crecen los recelos hacia los inmigrantes.

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MM8472 160310 044043. "No puedes cambiar el lugar al que perteneces"

"No puedes cambiar el lugar al que perteneces"

«Los rusos atacan hacia el mediodía; la coalición [EE UU y aliados] lo hace de noche», cuenta Yasser, de 36 años. Su familia, segura en Berlín, se oculta de la cámara, con miedo porque un pariente suyo se ha unido al EI. Pero Yasser tiene la esperanza de volver a casa: «No puedes cambiar el lugar al que perteneces».

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MM8472 160308 041382. Vivir en libertad

Vivir en libertad

«Aquí la gente vive en libertad de verdad; eso lo veo y me alegro por ellos», declara Akram Koujer, de 53 años. Koujer, de la minoría étnica kurda, abandonó su hogar y su fábrica de tejanos en Siria para irse a vivir a Alemania porque «mi familia y yo estábamos amenazados. Mi hijo era soldado, por lo que estaba obligado a matar o a ser matado».

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MM8472 160221 029829. Cien por cien francés y argelino

Cien por cien francés y argelino

«Siento que puedo ser cien por cien francés y cien por cien argelino», asegura Massyle Mouzaoui, de 10 años (a la derecha). Su hermano Ilyas, de ocho, está de acuerdo. Viven en un cómodo barrio parisino con su madre, francesa, y su padre, argelino con nacionalidad francesa, quien dice estar «ayudando a construir este país».

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MM8472 160312 046600. Lejos de la familia

Lejos de la familia

«A algunas personas [de aquí] les gustamos y a otras no. Como dicen los neonazis, no quieren árabes», explica Obadah (a la izquierda), de 11 años, fotografiado con su hermana Bailasan, de ocho, y su hermano Amer, de 10. A Bailasan le gusta su escuela en Berlín. Pero su padre continúa en Siria, y lo echa de menos.

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MM8472 160302 034205. Acogidos en un hangar

Acogidos en un hangar

En invierno pasado, unos 2.000 refugiados procedentes de Oriente Próximo -entre ellos Zainab, de 55 años, una siria de etnia kurda que viajaba con su hijo- fueron acogidos en un hangar de Tempelhof, un aeropuerto de Berlín que cerró en 2008. Muchos refugiados han pasado meses en centros de acogida de este tipo, esperando para pedir asilo.

Robin Hammond

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Hace más de un año que los europeos, y sobre todo los alemanes, viven inmersos en un inquietante debate público sobre el significado de su identidad, y sobre cómo las personas nacidas en otras sociedades encajan en la suya propia. A finales de agosto de 2015, la tensión causada por la afluencia de refugiados procedentes de Oriente Próximo había llegado a sus límites. Setenta y una personas fueron halladas muertas en Austria, abandonadas por unos traficantes dentro de un camión cerrado con llave. En Alemania, un grupo de neonazis atacó a la policía frente a un centro de acogida en Heidenau, cerca de Dresde.

Cuando la canciller alema­na Angela Merkel visitó el centro para mostrar su apoyo a los refugiados, los manifestantes enfurecidos la recibieron con gritos de: «¡El pueblo somos nosotros!». La llamaron «puta», «zorra estúpida» y «Volksverräter», un epíteto de la época nazi que significa «traidora al pueblo».

Más de un millón de refugiados en 2015 en Alemania


Cinco días después, el 31 de agosto, Merkel celebró su anual rueda de prensa estival en Berlín. Justo en aquellos momentos, multitud de refugiados sirios en Budapest abarrotaban los trenes con destino a Alemania. Como de costumbre, Merkel se mostró imperturbable. Su Gobierno, dijo, calculaba la llegada de 800.000 refugiados en 2015. (Acabaron siendo más de un millón).

Ella le recordó a la prensa que la Constitución alemana garantiza el derecho al asilo político y que el primer artículo dice: «La dignidad humana es inviolable». Y de hecho eran muchos más los alemanes que honraban esas promesas y ayudaban a los refugiados que los que lanzaban piedras e insultos. «Alemania es un país fuerte –declaró la canciller–. Hemos logrado muchísimo. ¡Podemos hacerlo!»

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Puede que un día esas palabras –«Wir schaffen das!»– se graben en su lápida. Mientras tanto, han ayudado a convertir Alemania en el escenario más convincente de un drama mundial. Durante décadas la emigración internacional ha crecido a mayor velocidad que la población. En 2015, según Naciones Unidas, en el mundo había 244 millones de inmigrantes, personas que viven en un país en el que no han nacido. La cantidad de refugiados que se han visto forzados a abandonar su patria, 21 millones, se situaba en su punto más alto desde la Segunda Guerra Mundial.

Los científicos vaticinan que el cambio climático aumentará esas cifras, pues cada vez serán más frecuentes las sequías y la subida del nivel del mar; algunos dicen que estos factores ya han contribuido a la guerra civil en Siria, que ha desencadenado el actual éxodo a Europa.

Los refugiados llegan a un continente que desde la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en hogar de una tercera parte de los inmigrantes del mundo. Los principales países europeos, que antaño enviaban a sus masas hacinadas a Estados Unidos, ahora tienen una población nacida en el extranjero comparable a la de Estados Unidos. Pero solo se hacen cargo de esta realidad algunos europeos, y lo hacen más a nivel intelectual que emocional.

Incluso en Estados Unidos, «una nación de inmigrantes», como la llamó John F. Kennedy, la inmigración provoca divisiones, y siempre ha sido así. En la década de 1750 a Benjamin Franklin le preocupaba que demasiados alemanes acudiesen a Pennsylvania. Decía que tenían una «tez morena».

Los alemanes tienen una palabra para describir eso que temía Franklin: Überfremdung, literalmente «sobreextranjerización». Se trata del miedo de que el propio hogar se vuelva irreconocible por haber demasiados extranjeros que hablan otros idiomas y se comportan de manera diferente.

Alemania es el país europeo que más refugiados ha acogido, y el que más ha tenido que luchar contra el impacto que eso ha supuesto en la agricultura


Es el sentimiento que durante el último año se ha visto tan exaltado en el país germano. En mítines nocturnos se ha escuchado mucha retórica hostil por parte de los oradores de derechas en Dresde y Erfurt. Ha habido cientos de ataques a centros de acogida, la mayoría aún vacíos, aunque pocos días antes de la rueda de prensa de Merkel una panda de gamberros borrachos lanzó un cóctel Molotov dentro de la habitación donde se encontraba un niño en un centro de acogida cerca de Hanover.

Y sin embargo, de forma más silenciosa pero no menos viva, también se han hecho evidentes las intenciones más nobles de la gente luchando contra el trasfondo de su propia historia. Hace 75 años los alemanes despachaban trenes llenos de judíos a los campos de concentración del Este; ahora, en la estación de tren de Múnich, daban la bienvenida a los trenes llenos de refugiados musulmanes con comida, bebida, ropa, juguetes y sonrisas.

En un podcast alemán que empecé a escuchar el otoño pasado, oí a una periodista del periódico semanal Die Zeit decir a los oyentes que no era malo sentirse «embriagado» de placer ante tal transformación, a lo que otro reportero contestó: «ya llegará la resaca».

«La Unión Europea se encuentra en un estado muy, muy frágil –me dijo el pasado mes de abril Michael Roth, el ministro alemán de Asuntos Europeos–. Espero que la gente se dé cuenta de ello».

Oleada de refugiados

Una de las principales razones de esa fragilidad es la sobrecarga que supone la oleada de refugiados, junto con la incapacidad de Alema­nia de convencer al resto del continente de que siga su ejemplo de recibir a miles de inmigrantes con los brazos abiertos; el mundo se dio cuenta de ello el 23 de junio, cuando los ingleses votaron su salida de la UE en un referéndum nacional.

Los refugiados no eran directamente el tema de discusión –Gran Bretaña ha acogido muy pocos–, pero las encuestas mostraban que reducir la inmigración, de dentro y de fuera de la UE, era el motivo principal para votar a favor del «Brexit». Lo que ha ocurrido en Gran Bretaña, y la creciente oposición populista a la inmigración en otros países, no ha hecho más que elevar las apuestas sobre lo que pasará en Alemania. ¿Serán capaces los alemanes de superar su oneroso pa­sado y convertirse en una Willkommenskultur, una cultura que acoge al otro? Si lo logran, quizás entonces haya esperanza para todos en este mundo con un número creciente de inmigrantes y de xenófobos.

A mediados de la década de 1970, cuando yo estudiaba en la Escuela Alemana de Bruselas, tuve un profesor de estudios sociales que se llamaba Volker Damm. (Soy estadounidense, pero mi padre era militar y estuvo mucho tiempo destinado en Europa, por lo que fui a colegios alemanes hasta que llegué a la universidad.)

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El profesor Damm era alto y tenía el pelo rubio y rizado, con incipientes entradas en las sienes; su cara angulosa enmascaraba un carácter amable y empático. Era uno de los mejores profesores de la Escuela. En sus clases entendí por primera vez lo que había sido el Holocausto; recuerdo una memorable sesión en la que nos leyó en voz alta relatos explícitos de testimonios de los campos de concentración. Nacido en 1939, Damm solo tenía seis años cuando acabó la guerra. Su padre, también maestro, había sido líder del partido nazi en un pequeño pueblo del estado de Hesse, pero entonces yo no sabía todo eso.

Hacía casi 40 años que no sabía nada de Damm, pero no fue difícil encontrarlo; un periódico local había publicado una noticia sobre su trabajo como voluntario a favor de las víctimas de crímenes. Empezamos a escribirnos. Me contó que estaba jubilado, pero trabajaba como tutor de adolescentes refugiados, decenas de miles de los cuales habían llegado solos a Alemania. Me invitó a visitar Rotenburg an der Fulda, un pueblo hesiano de más de 13.000 habitantes del centro del país, donde había pa­sado la mayor parte de su carrera en la enseñanza. Hasta ese momento, me dijo, el pueblo estaba lidiando con la situación de los refugiados bastante bien.

Levantar el pueblo gracias a los refugiados

El invierno pasado, una mañana lluviosa Damm y yo subimos por las desgastadas escaleras de madera del edificio del ayuntamiento, del siglo XVI, hasta la oficina de otro de sus antiguos alumnos: el alcalde, Christian Grunwald. Rotenburg es un pueblo precioso en el que antiguas casas de entramado de madera se apiñan alrededor de la plaza del mercado y a lo largo del río Fulda, junto al palacio y su parque.

Desde las altas ventanas del despacho de Grunwald se veían las campanas de la iglesia protestante, que en ese momento confirmaban nuestra puntual llegada a las nueve. Al sudeste del pueblo, en la Alheimer Kaserne, una base militar situada por encima del plácido valle, 719 sirios, afganos, iraquíes y demás refugiados comenzaban un nuevo día.

Nadie quiso "que lo enviasen a pensar al rincón de los nazis" explica Grunwald

Grunwald tiene 39 años, es locuaz y atento, de constitución delgada; lleva gafas de pasta negras y siempre sonríe. Desde que fue elegido alcalde hace cinco años, trata de levantar el pueblo económicamente. Pero nunca imaginó que lo haría precisamente con los refugiados. A principios de julio de 2015 el estado de Hesse le informó de que el 3 de agosto llegarían cientos de refugiados. «Aquella noticia explotó como una bomba», nos explicó Grunwald.

Unas 700 personas llenaron el auditorio de un colegio para una reunión municipal. Las autoridades estatales explicaron que Alheimer Kaserne, en la que el Ejército se había gastado 40 millones de euros en restaurar y que luego había decidido cerrar, pronto se convertiría en un Erstaufnahmeeinrichtung, una instalación que acogería a refugiados durante los primeros meses de su estancia en Alemania, mientras esperaban para tramitar su solicitud de asilo y alojamiento permanente. Los oficiales dijeron que la principal instalación de Hesse, en Giessen, estaba abarrotada, con gente durmiendo en tiendas de campaña en el exterior.

Dentro de la sala de Rotenburg se palpaba un ambiente irascible. ¿Quién pagará todo esto?, preguntó alguien. ¿Los refugiados podrán salir de la base?, inquirió otro. ¿Son contagiosos? «Se palpaba el miedo en el aire –detalló Grunwald–. Pero nadie se atrevía a levantarse y decir: tengo miedo, ¡no quiero esto!» Nadie, añadió utilizando una expresión alemana muy habitual, quiso «que lo enviasen a pensar al rincón de los nazis».

Thomas Baader, director de la agencia estatal que supervisa los cuidados de enfermería, recibió una llamada del Ministerio de Asuntos Sociales de Hesse a finales de julio, pidiéndole que dirigiera la nueva instalación para refugiados. Llegó el miércoles 29 de julio y, en lugar de una oficina, le entregaron un móvil.

Llegada de refugiados

Estaba previsto que los primeros refugiados llegaran el lunes. Baader llamó a Grunwald, quien le envió dos trabajadores; luego se presentó él mismo. Entre los cuatro montaron y limpiaron las mesas y las sillas del comedor. «Dos días después aparecieron frente a la base 600 personas», dice Baader.

Tuvimos un ajetreo desenfrenado. Sin embargo, todo salió sorprendentemente bien. En otros lugares las cosas fueron más duras. «Nadie estaba preparado, nadie en Alemania», me explicó Anselm Sprandel, el coordinador de refugiados de Hamburgo. La ciudad tuvo que acomodar a 35.000 personas el año pasado, la mitad de todos los que acoge Estados Unidos en un año.

La ciudad tuvo que acomodar a 35.000 personas el año pasado, la mitad de todos los que acoge Estados Unidos en un año

«No llegamos a tener problemas de masas de gente durmiendo en la calle, pero casi». El equipo de Sprandel ubicó a la gente en establecimientos comerciales cerrados por bancarrota, en módulos apilables construidos con contenedores de transporte y en tiendas de campaña con calefacción.

En Berlín muchos refugiados fueron alojados en los gimnasios de las escuelas o en un hangar del aeropuerto Tempelhof. Únicamente unos paneles de plástico separaban una familia de otra.

En Rotenburg, Baader me acompañó por los largos e impolutos pasillos de los barracones de tres pisos; pasamos por delante de las habitaciones que en otro tiempo habían compartido los soldados y ahora eran ocupadas por familias. Aunque a cada refugiado se le asigna una instalación y se le transporta al lugar –Hesse recibe el 7,35890% de todos ellos, de acuerdo con la fórmula federal que establece la distribución de responsabilidades–, el día anterior a mi visita una familia iraquí de seis personas había aparecido por su cuenta en la base de Rotenburg. «Ha corrido la voz de que por aquí las cosas están muy bien», apuntó Baader.

Los refugiados se han convertido en una imagen habitual en las calles de Rotenburg. Se los puede ver subiendo con esfuerzo la colina hacia la base militar, empujando carritos y bicicletas viejas y cargando con bolsas de plástico. Además de alojamiento, comida, ropa y otros productos, reciben una prestación mensual que puede ser de hasta 112 euros por adulto y 63 por niño.

«El dinero que reciben se lo gastan aquí, en el pueblo –explica Frank Ziegenbein, propietario del hotel Landhaus Silbertanne–. Si no fuera por eso, Rotenburg estaría acabado.» Quizá sea un tanto exagerado, pero el alcalde Grunwald me confirmó que los refugiados han supuesto para el lugar una ventaja económica.

Eso no impide que algunos habitantes del pueblo se quejen, sobre todo en Facebook. Grun­wald me recitó de un tirón las situaciones en las que los refugiados contravienen el estricto sentido del orden germánico: dejan basura en el parque, van en bicicleta por las aceras, y un largo etcétera.

Y luego está el delicado tema de la higiene en los inodoros: a muchos refugiados, acostumbrados a la placa turca con un agujero en el suelo propia de los lavabos orientales, no les gusta sentarse. En un centro de refugiados en Hamburgo me topé con un par de trabajadores de mantenimiento acarreando tapas de inodoro y quejándose de que las rompían constantemente.

En la base de Rotenburg, todos los baños los limpian empresas contratistas alemanas; para asegurarse de que se haga bien, dijo Baader. Vi a los miembros de una brigada de limpieza cómo se subían la cremallera de sus trajes desechables de cuerpo entero, con capucha y máscara incluidas, para entrar a limpiar un jardín de infancia.

Los servicios sociales alemanes

En el tema de los lavabos y en otros muchos, alemanes y refugiados se enfrentan a una laguna cultural que por ahora sigue sin puentes por falta de un lenguaje común. «En lo que se refiere a entender las emociones y los pensamientos del otro, aún estamos en pañales –dijo Grunwald–. Si lográsemos una mejor comunicación, estoy convencido de que podríamos conseguir algo histórico.» Hasta entonces él no había sido un gran fan de Merkel, y no había compartido sus decisiones. Pero ahora se sentía plenamente implicado en el problema.

Salvo algunas excepciones evidentes, los servicios sociales de Alemania han respondido ante la crisis como era de esperar, es decir, bien. Lo que ha resultado ser más sorprendente es constatar cuántos alemanes han elegido involucrarse personalmente en la ayuda a los refugiados.

Los servicios sociales de Alemania han respondido ante la crisis como era de esperar, es decir, bien

En el pueblo de Duderstadt, en la Baja Sajonia, conocí a un artista gráfico y ocasional disc jockey, Olaf Knauft, que el año pasado acogió a dos adolescentes de Eritrea. Un día, me explicó, conoció por casualidad a una mujer de la agencia local para la juventud, quien le habló de la falta de fa­­milias de acogida para la cantidad de menores que llegaban solos. Knauft tenía 51 años, y sus dos hijos ya se habían ido de casa.

Le causaba reparo la idea de vivir con un extranjero –y de cómo se interpretaría que un hombre soltero acogiese a un joven–, pero decidió arriesgarse con Desbele, un chaval eritreo de 18 años, cristiano copto.

Se entendieron desde el principio; tanto es así que tres semanas después de su llegada en mayo, Desbele le reveló que tenía un hermano de 16 años, Yoisef, atrapado en Libia. Desbele mante­-nía contacto con los traficantes. Necesitaba 2.500 euros para traerlo a Alemania. Knauft le dio el dinero. En julio recogieron a Yoisef en una autopista de las afueras de Múnich, donde lo habían soltado los traficantes.

Ahora Knauft tiene dos adolescentes a su cargo. Y aunque a veces tiene que protestar para que apaguen la luz por la noche, laven los platos y acepten sus órdenes, no se arrepiente. Se refiere a Desbele y a Yoisef como «mis hijos». Unos días antes de que yo lo conociera, supo que Yoisef tiene un hermano gemelo en la cárcel, en Eritrea. Pagó los 1.500 euros para sacarlo de la prisión y llevarlo a Sudán, donde esperaría para cruzar el Sahara. Este sería definitivamente el último hermano, me aseguró Knauft.

Estábamos los dos con Karin Schulte, una profesora retirada que desinteresadamente da clases de alemán a Desbele y Yoisef tres veces por semana. Los chicos asisten a una clase especial para inmigrantes en una escuela de formación profesional, y después van a casa de Schulte y se sientan en su cocina. Ella les da café y galletas, pues el café de la tarde forma parte de la costumbre alemana. Un día, después de muchas vacilaciones, se atrevió a decirles que en su país no es costumbre hacer ruido al sorber el café. Yoisef admitió que según su abuela tampoco lo era en Eritrea.

En Rotenburg, un grupo de maestros jubilados de la Jakob-Grimm-Schule, donde Damm dio clases durante años, ha organizado cursos de alemán en el Erstaufnahmeeinrichtung. Una mañana pasé un par de horas ahí con Gottfried Wackerbarth, un hombre afable de larga barba blanca. Dado que la población de la base cambia cada mes o dos, no tenía ni idea de quiénes le tocarían como alumnos ese día. De entre un mar de rostros expectantes, se le habían asignado cinco hombres afganos de entre 12 y 35 años. Wackerbarth les iba a enseñar el alfabeto con pictogramas: B de Banane, E de Elefant…

El primer contacto con el alemán

A mi lado estaba sentado Sariel, de 35 años. Enseguida nos dimos cuenta de que era analfabeto, incluso en dari. El resto de los chicos pronto lo avanzaron en los ejercicios. Mientras lo observaba copiando las letras trazo a trazo, como si fueran dibujos; mientras lo ayudaba a deletrear «mamá» y «papá»; mientras me imaginaba tener que aprender los ininteligibles garabatos del dari que uno de los chicos escribía sobre la pizarra, sentí todo el cansancio de Sariel, no tanto por su largo camino desde Afganistán sino por el más largo que aún tenía por delante.

En esta clase los estudiantes entraban en contacto por primera vez con la lengua alemana, y también era su primera experiencia con un nativo simpático. «Cuando me los cruzo por el pueblo, me saludan: “¡Hola, profesor!”, y les hace mucha ilusión que los reconozca», decía Wackerbarth. En Rotenburg conocí a un hombre sirio de 43 años que llevaba dos años en Alemania y había acabado un curso de lengua de seis meses. Sentados en el salón de su casa, comiéndonos un pastel hecho por su mujer, teníamos que hablar a través de un intérprete árabe. A su edad, admitía, no era el mejor estudiante.

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Ahmad, tal como lo llamaré (al igual que mu­chos refugiados, tiene miedo de que revelar su apellido suponga problemas para los parientes que siguen en su país), había sido electricista en Damasco. En Egipto, adonde su familia huyó en primer lugar, se habían sentido rechazados. Alemania les había dado asilo, prestaciones sociales y un apartamento en el centro de Rotenburg. Estaba profundamente agradecido. Pero después de dos años seguía sin trabajo, y eso era casi insoportable.

«Voy al supermercado, llevo a mi hijo a la escuela; aparte de eso, no salgo de casa –dijo–. Me daría vergüenza si alguien me preguntara qué hago. Muchas veces barro la calle delante de casa, por hacer algo.» Me preguntó si yo creía que un hogar de ancianos que había cerca le dejaría hacer la limpieza gratis. Sus tres hijos nos escuchaban atentamente; tenían 16, 14 y ocho años. Llevaban año y medio en escuelas alemanas; los dos mayores asistían al Jakob-Grimm-Schule. Hablaban bien alemán.

El mayor llevaba una camiseta con la palabra «París» en francés y en árabe, como muestra de solidaridad con las víctimas de los ataques de noviembre de 2015. Su ilusión era ser peluquero y ya estaba haciendo prácticas con un barbero. El de 14 años dijo que seguiría estudiando; su profesor le había dicho que escribía mejor que muchos alemanes.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Alemania ha recibido aproximadamente 50 millones de inmigrantes. Una de cada ocho personas que actualmente vive en el país nació en un país extranjero. Y sin embargo, cuando Angela Merkel dijo públicamente, el 1 de junio de 2015, que Alemania era un Einwanderungsland –un «país de inmigración»– el diario Frankfurter Allgemeine definió la declaración de «histórica».

Durante décadas el partido de Merkel, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), había rechazado esta descripción, aferrándose a la Alemania de sus sueños. «Éramos un país de inmigrantes viviendo en la negación», declaró Martin Lauterbach, director de un programa de integración de la Oficina Federal de Migración y Refugiados, conocida por su acrónimo alemán, BAMF.

Desde la segunda guerra mundial, Alemania ha recibido aproximadamente 50 millones de inmigrantes. Una de cada ocho personas que actualmente vive en el país nació en un país extranjero.


Los primeros inmigrantes eran miembros de minorías alemanas residentes en otros países europeos, unos 12 millones. Expulsados de Europa del Este a finales de la guerra, llegaron a un país desamparado, destrozado por las bombas. Alemanes o no, a menudo no eran bienvenidos. Erika Steinbach, representante de la CDU por Frankfurt en el Parlamento nacional, me relató cómo ella, su madre y su hermana pequeña huyeron de lo que hoy es Polonia y llegaron a una granja en Schleswig-Holstein. «Cuando mi madre fue a pedir leche para mi hermana, el granjero le dijo: “sois peores que las cucarachas” –recuerda–. No encontramos precisamente calidez.»

La amabilidad era incluso más esquiva aún para los turcos. En las décadas de 1950 y 1960, con una economía en plena expansión, Alemania Occidental necesitaba trabajadores. Primero los reclutó en Italia; después, en Grecia y en España, pero la mayor parte procedieron de Turquía. Casi todos eran hombres que llegaban solos al país para trabajar en fábricas o en la construcción. Compartían habitación en barracones o en dormitorios colectivos. Al principio no había ex­­pectativas, por ninguna de las dos partes, de que se quedaran en el país: eran Gastarbeiter, trabajadores invitados, no inmigrantes. Regresaban a Turquía al cabo de uno o dos años con los ahorros y eran remplazados por otros «invitados».

Esa era la idea, pero los patronos no querían perder a los trabajadores que habían formado. Y estos, para no estar tan solos, se traían a sus familias. Eso hizo el padre de Fatih Evren con su mujer y sus tres hijos; él ya nació en Alemania. «Al cabo de un tiempo mi padre se había asentado por completo en Alemania», dijo. Evren es ahora secretario del centro social islámico turco de Bebra, una pequeña ciudad de clase obrera a ocho kilómetros de Rotenburg, y de la mezquita que su padre ayudó a fundar en 1983.

El programa de trabajadores invitados llegó a su fin en 1973, cuando el embargo al petróleo árabe desencadenó una recesión. Pero en la actualidad hay casi tres millones de personas de ascendencia turca viviendo en Alemania. Solo la mitad tiene la ciudadanía alemana. Algunos han logrado cierta preeminencia, como Cem Özdemir, colíder del partido de Los Verdes. Lo que más me sorprendió de las conversaciones que mantuve con los turcos, sin embargo, fue el constante tono de ambivalencia hacia Alemania.

«Ser “invitado” de un país durante décadas es una locura», expuso Ayşe Köse Küçük, una asistenta social en Kreuzberg, el barrio berlinés donde se han asentado muchos turcos. Llegó a Berlín con 11 años y lleva viviendo aquí 36. Sigue sin sentirse aceptada, y sus hijos tampoco. «Mis hijos, a quienes jamás he dicho: “sois turcos”, empezaron a decir: “somos turcos” después de cuarto de primaria –cuenta–. Porque fueron excluidos. Eso me duele.» Y sin embargo, Kreuzberg es su amado hogar.

«Vinimos aquí como trabajadores, y como trabajadores nos integramos, pero no como vecinos ni como conciudadanos», señaló Ahmet Sözen, de 44 años, nacido en Berlín. Él no puede integrarse del todo en una sociedad a la que no pertenece su padre, me dijo. En cambio, en Bebra se conoce todo el mundo, y los turcos celebran un festival cultural anual en la plaza del pueblo, me contó Fatih Evren; la integración ha funcionado. Pero aunque él nació en Alemania y tiene muchos amigos alemanes, espera ser enterrado en Turquía.

Sentirse plenamente aceptado en Alemania nunca ha sido fácil, incluso para algunos alemanes. Los abuelos maternos de Christian Grun-wald eran refugiados alemanes procedentes del norte de Serbia que acabaron en Rotenburg des­pués de la guerra. Una tarde su madre me contó la historia en la Alheimer Kaserne. Estábamos rodeados de celdas llenas de ropa donada; Gisela Grunwald coordina la operación de la Cruz Roja que hoy proporciona ropa a los refugiados.

Antepasados alemanes

Ahora la madre de Gisela está en un geriátrico. Sus antepasados son alemanes, ella ha vivido en Rotenburg durante 65 años, su nieto es el alcalde, y muy popular, pero incluso así, me contó Gisela, no hace muchos días alguien se le acercó y le dijo: «Tú no eres alemana». Parece ser que no le ha desaparecido del todo el acento que trajo consigo de Serbia.

Alemania ha aprendido de su experiencia con los turcos y otros inmigrantes. Durante los pasados 16 años ha relajado sus leyes de ciudadanía. Hasta el año 2000 era imprescindible tener sangre alemana –había que tener por lo menos un progenitor alemán– para ser ciudadano alemán. Ahora, si has sido residente legal durante ocho años o si has nacido de un padre que lo ha sido, puedes conseguir la ciudadanía.

El Gobierno ofrece cursos de integración a los asilados legales y a quienes están a punto de serlo

Además, por una ley aprobada en 2005, el Gobierno ofrece cursos de integración –un mínimo de 600 horas de instrucción en la lengua y 60 horas sobre la vida en Alemania– a los asilados legales y a quienes están a punto de serlo. Actualmente la BAMF está contratando a miles de personas para procesar los casos pendientes de cientos de miles de solicitudes de asilo, y este año invertirá más de medio millón de euros en programas de integración. La agencia calcula que 546.000 personas asistirán a los cursos en 2016.

La política alemana ha entendido que el país necesita inmigrantes. Las defunciones exceden los nacimientos en casi 200.000 al año, y la cifra está subiendo. Sin inmigración, la población menguaría. La ONG Instituto Berlín para la Población y el Desarrollo, un laboratorio de ideas, estima que para mantener una población constante en edad laboral –que financie las pensiones del creciente número de jubilados–, Alemania necesitará un flujo de inmigración de medio millón de personas al año hasta 2050.

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El problema es que muchos refugiados no pertenecen a la fuerza de trabajo preparada que el país necesita, ni siquiera pueden ingresar en los célebres programas de formación. Se calcula que alrededor del 15 % son analfabetos, y la mayor parte del resto no tiene la preparación que exigen los estándares alemanes.

En una escuela de formación profesional de Bad Hersfeld, cerca de Rotenburg, visité cuatro aulas de inmigrantes que recibían dos años de clases para aprender el idioma y los conocimientos necesarios para obtener un diploma de instituto, que luego podría llevarlos a una formación superior. Casi todos eran ya mayorcitos para estar en la escuela secundaria. En una de las clases reconocí a Mustafá, un afgano de 17 años con expresión triste al que había conocido el día anterior en el centro para jóvenes refugiados, donde es tutor Damm. Mustafá me explicó lo contento que está de vivir en Alemania, no solo porque ahora se encuentra a salvo, sino también porque puede ir a la escuela; en su aldea cuidaba cabras y solo le enseñaban el Corán.

La mayoría de los inmigrantes en la escuela de Bad Hersfeld «ve la posibilidad de aprender como un regalo. Muchos alemanes se lo toman como una obligación, y las obligaciones son siempre fastidiosas», me dijo su director, Dirk Beulshausen. Pero hay un límite a lo que se puede lograr, incluso cuando muestran una gran disposición a estudiar. Una trabajadora social, Joanna Metz, vaticinó que casi la mitad de los inmigrantes del programa fracasarían en su intento de conseguir un diploma: «El problema es que tienen que estudiar muchísimo para ponerse al día. Necesitan días de 48 horas».

¿Un futuro por delante?

Los que son lo bastante jóvenes como para adaptarse con rapidez, como los hijos de Ahmad, seguramente supondrán un beneficio económico neto para Alemania. En cuanto a la población de refugiados en su conjunto, es demasiado pronto para saberlo. La Agencia Federal de Empleo calcula que la mitad de los refugiados seguirán desempleados cinco años después de llegar al país, y una cuarta parte, 12 años después.

Pero el argumento para acogerlos era humanitario, no económico. Gran parte del público sigue sin estar convencido. Las pocas personas dispuestas a tirar un cóctel Molotov a los centros de acogida o a gritar obscenidades a la canciller solo son la punta de un iceberg de alemanes, en su mayor parte pacíficos y tranquilos, que en su fuero interno no quieren tantos inmigrantes en casa, sobre todo tantos musulmanes.

Una gran mayoría de alemanes acepta la inmigración y el islam a nivel intelectual, afirma Naika Foroutan, politóloga del Instituto Berlinés de Investigación sobre Migración e Integración; pero en el plano emocional, no hay tantos que lo hagan. El equipo de Foroutan entrevistó a 8.270 residentes en 2014, antes de los ataques de París y Bruselas y de la actual oleada de refugiados. Casi el 40 % creía que no se puede ser alemán si se lleva un pañuelo en la cabeza.

Más del 60 % prohibiría la circuncisión, un ritual esencial tanto en el islam como en la religión judía

El mismo porcentaje limitaría la construcción de mezquitas visibles. Más del 60 % prohibiría la circuncisión, un ritual esencial tanto en el islam como en la religión judía. Finalmente, cerca del 40 % creía que para ser alemán tienes que hablar alemán sin acento extranjero. (Seguramente fue alguien dentro de ese 40 % con quien se topó la madre de Gisela Grunwald.)

Incluso antes de los ataques terroristas, e incluso antes de la extraña serie de agresiones a mujeres registradas en la estación de trenes de Colonia durante la Nochevieja, cuando unos inmigrantes, más de la mitad procedentes del norte de África, acosaron y abusaron sexualmente de cientos de mujeres, muchos alemanes ya percibían a los musulmanes como una amenaza. Ese sentimiento ha alimentado el resurgimiento de la derecha política.

«No creo que tal masa de gente se pueda integrar», ha declarado Björn Höcke, del partido populista xenófobo Alternati­va para Alemania (AfD), que desde las elecciones de marzo ya tiene representación en la mitad de los Parlamentos de los estados federados de Alemania. Höcke lidera el partido en el estado oriental de Turingia. En su opinión, la inmigración ha menoscabado la «comunidad de confianza» que antes existía en Alemania. La AfD, señaló en un tono un tanto amenazador, es «la última oportunidad pacífica que tiene nuestro país».

Höcke asusta y desagrada a muchos alemanes. «¡Por Dios!», exclamó Damm cuando le mencioné que iba a ir a verle. En persona, resulta muy cerebral y casi apacible; hace unos años era profesor de historia. Pero cuando toca la fibra mística del nacionalismo en los mítines de la AfD en Erfurt, la capital de Turingia, cuando lidera a las masas en la plaza de la catedral con cantos de Wir sind das Volk –«Nosotros somos el pueblo», es decir, somos esos alemanes que Merkel está supuestamente intentando «abolir» con la inmigración–, a muchos les recuerda a los nazis. «Sportpalast, 1943», dijo Christian Grunwald, refiriéndose a un discurso tristemente célebre de Joseph Goebbels.

Avalancha de ataques

Sin embargo, muchos alemanes comparten al menos un poco del malestar que expresa Höcke, y la avalancha de ataques cometidos este verano por refugiados en suelo alemán solo ha hecho que incrementarlo. En las elecciones locales del Land de Hesse del pasado mes de marzo, uno de cada ochos votantes de Rotenburg optó por la AfD; en las elecciones legislativas de Sajonia-Anhalt celebradas la semana siguiente, fueron uno de cada cuatro. Sería difícil mandar a toda esa gente al «rincón de los nazis». ¿Qué es lo que temen?

Para responder a esa pregunta en una palabra: Parallelgesellschaften, o «sociedades paralelas». Parafraseando a Höcke: «Las partes de las ciudades en las que no sabrías que te encuentras en Alemania». Este término es casi un tabú incluso entre los alemanes más moderados. Puede que a un estadounidense le evoque una imagen más benigna: un Chinatown o un Little Italy, o incluso uno de los cientos de Little Germanys que en épocas pasadas existieron en Estados Unidos. ¿Por qué no pueden los alemanes acoger ahora a los inmigrantes con ese mismo espíritu? Le hice esta pregunta a Erika Steinbach, quien, pese a ser ella misma una antigua refugiada, ha criticado duramente las políticas de Merkel desde el flanco derecho de la CDU.

«No quiero eso –dijo, simplemente–. Deberíamos conservar nuestra identidad.» Steinbach describió la amenaza con anécdotas. En Berlín, su secretaria había sido manoseada en la estación de trenes por un hombre que ella «sabía» que era un refugiado. En Frankfurt, el hijo de su peluquera era uno de los dos únicos alemanes nativos de su clase en la escuela primaria. Un empleado de la CDU dijo que las bandas de inmigrantes se pasean por la principal calle comercial de Frankfurt eructando en la cara de la gente. «Dios mío –exclamó–, ¿dónde irá a parar todo esto?»

Cuando hablé con ella, yo ya había conocido algunas de las caras de la nueva Alemania: Ahmad, barriendo frente a su puerta en Rotenburg; los dos niños de un centro de acogida en Berlín, quienes, según me contó su padre, Mohamad, se van a dormir llorando todas las noches que no pueden hablar con su madre, que sigue en Damasco; Sharif, dueño de un restaurante de Alepo, que veía Alemania como la última oportunidad; sus hijos no habían asistido a la escuela desde que empezó el conflicto en 2011.

Y en el mismo gimnasio de Berlín, una angustiada joven de 20 años, visiblemente embarazada, cuyo rostro dulce y ovalado enmarcaba un pañuelo blanco. Al poco de empezar a hablar estalló en lágrimas, por lo mucho que añoraba a su familia en Siria, por lo amables que eran los alemanes, pero también por el miedo que había pasado una noche en la que una muchedumbre enfurecida se concentró en la calle de enfrente. Si pudiese, dijo, les diría a todos aquellos alemanes que ella no había venido para quitarles nada.

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El odio es abominable, aunque entiendo el recelo que sienten muchos alemanes. Incluso Ahmad lo puede entender. «Es lógico que les preocupe su país –me dijo–. Alemania está acostumbrada a la seguridad y al orden. La gente teme que eso cambie.» Pero encontrarme con él y con los demás me había afectado. Le pregunté a Steinbach si ella había tenido algún contacto personal con los refugiados.
«No», me contestó.

La hostilidad hacia los inmigrantes en el país germánico ha sido más fuerte en las zonas donde estos han llegado en menor número, en los estados de la antigua Alemania del Este. Estos territorios siguen siendo más pobres que Alemania occidental. La brecha creciente entre ricos y pobres en la totalidad del país también contribuye al sentimiento antiinmigración, aunque no exista una base real para esa angustia hacia los refugiados, según Naika Foroutan. La economía alemana es sólida, el desempleo es bajo y el Gobierno cerró el año con un excedente de 19.400 millones de euros. Alemania puede permitirse integrar a los refugiados y seguir in­virtiendo en una infraestructura que beneficie a todos los ciudadanos. «No se trata de un pánico real –dijo Foroutan–. Es un pánico cultural.»

Foroutan, de 44 años, de madre alemana y padre refugiado iraní, tiene puestas sus esperanzas en la educación. «Puedes educar a la gente para que vea la integración como algo obvio», me dijo. Es la misma estrategia que ha utilizado el país, aunque con éxito relativo, para erradicar el antisemitismo. Desde la Segunda Guerra Mundial ha muerto una generación de curtidos antisemitas, y las nuevas han crecido enfrentándose, por televisión y en el colegio, gracias a profesores como Damm, a lo que hicieron los nazis. El estudio de Foroutan sugiere que se está produciendo un cambio similar con respecto a los inmigrantes. Los alemanes jóvenes están mucho más dispuestos a aceptar la circuncisión y las mezquitas.

Pero los refugiados han llegado a un país que sigue devanándose los sesos en busca de una nueva identidad, de «un nuevo “nosotros” alemán», como lo llamó el presidente Joachim Gauck en un discurso de 2014. Ese «nosotros» más inclusivo, opina Foroutan, forma parte de lo que significa para Alemania ser moderno: abierto al mundo y al cambio. Sin embargo, los alemanes conservadores no son los únicos que se resisten a esa visión; muchos inmigrantes musulmanes no son precisamente ni abiertos ni modernos.

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Alrededor del 30 % de ellos, según una encuesta de 2013, son fundamentalistas: creen que el islam debería volver a sus raíces del siglo XVII y que sus leyes tienen prioridad sobre las seglares. En la mezquita Mevlana de Kreuzberg conocí a un joven profesor, Serkan Özalpay, que habló, como hacen tantos otros musulmanes, de la hostilidad que percibe por parte de los alemanes. A veces, cuando pasa por su lado con turbante y túnica hasta los pies, le escupen. Özalpay me sorprendió hablando igual que la AfD. «Los refugiados no pertenecen a este lugar –afirmó–. Los musulmanes no pertenecen a este país.» Les dice a los miembros de su congregación que vuelvan a Turquía si pueden, que es demasiado difícil vivir según el Corán en Alemania.

Un precepto que hace que los varones musulmanes tradicionales entren en conflicto con los alemanes, cuya Constitución garantiza la igualdad de derechos para las mujeres, es la prohi­bición de dar la mano a una mujer. Otro es su intolerancia para con los homosexuales. El día después de conocer a Özalpay, en un estudio del barrio de Neukölln estreché la mano de un musulmán muy distinto: una disc jockey abiertamente lesbiana, fumadora empedernida, llamada İpek İpekçioğlu. Creció en ese Berlín que Özalpay considera impío y a ella le encanta.

No siempre fue así para esta resuelta mujer. Cuando acabó el colegio no hablaba muy bien el alemán y no sentía vínculo emocional alguno con el país. Se fue a Londres a trabajar de au pair sin estar muy segura de cuándo volvería. Un día dio por casualidad con un libro de poemas de Goethe.

Se trataba del Diván de Oriente y Occidente en el que el poeta celebra el islam. Los poemas la impactaron. Recuerda que pensó: «Tío, sí que es un idioma precioso». Regresó a Berlín. Ahora actúa en salas de todo el mundo y a veces da charlas en el extranjero organizadas por el Goethe-Institut como una voz de la nueva Alemania.

"Si yo hubiera sido mayor de edad en aquel momento, estoy seguro de que habría estado en las SS"

La vieja Alemania tiene mucho a su favor –Goethe, por ejemplo–, asegura İpekçioğlu, pero «sigue teniendo un problema fundamental a la hora de abrirse y dejar que las cosas cambien». Hace poco, en una actuación en Leipzig con la pista a reventar, estaba pinchando su habitual estilo house con toques de Anatolia cuando se le acercó un chico exigiendo que pusiera música «alemana». Ella decidió exagerar aún más el estilo étnico. En el fondo quería que él –y toda Alemania– recibiese el mensaje: «Estamos aquí. No nos vamos a ir. Vamos a dar forma a la ciudad para que se adapte a nuestras vidas».

«Todos tenemos miedo al otro, no solo los alemanes», me dijo İpekçioğlu. Pero hace relativamente poco tiempo los alemanes llevaron ese miedo a su extremo más cruel. Como resultado, muchos de ellos aún son víctimas del miedo a sí mismos.

«Si yo hubiera sido mayor de edad en aquel momento, estoy seguro de que habría estado en las SS –me confesó Damm un día–. Espero que no como guardia de un campo de concentración».

«La capa de hielo es fina –dijo el analista político berlinés Gerd Rosenkranz respecto al giro derechista de la política alemana–. Aún podemos atravesarla. Por debajo están los viejos tiempos».

El 9 de noviembre de 1938, cuando la Kristall­nacht, o Noche de los Cristales Rotos, se extendió por Alemania, los linchamientos ya se habían producido en Rotenburg y en Bebra. Ahí las mu­chedumbres ya habían hecho añicos las ventanas y destrozado las casas de los judíos dos noches antes. El propio Goebbels alabó la región, explicó Heinrich Nuhn, antiguo profesor de historia y colega de Damm. Nuhn se ocupa de un pequeño museo dedicado a los judíos desaparecidos de Rotenburg, situado en una casa junto al Fulda que había sido la mikvé (el baño ritual) de las mujeres.

Una tarde fui con Damm al ayuntamiento de Bebra para visitar a Uli Rathmann, director del centro de educación preescolar de la ciudad y de los programas municipales para la juventud. Este hombre fornido de 56 años se crio en un pueblo cercano donde nunca vio un solo inmigrante –una «sociedad paralela», como la llama con ironía–. Cuando se convirtió en asistente social en Bebra, empezó a trabajar con inmigrantes. Ahora no le importaría que Bebra llegara a ser un 90 % extranjero.

Hacia el final de nuestra conversación, Rathmann me llevó a una ventana desde la que se veía el muro semicircular de ladrillos que divide la plaza de la ciudad en dos. Me señaló la placa de bronce en la que figuran los nombres de 82 judíos de Bebra que fueron asesinados en los campos. Una placa más pequeña conmemora la sinagoga desaparecida.

La voluntad de ayudar de los alemanes

«Es un momento apasionante para estar en Alemania –dijo, al volver al tema de los refugiados–. Tengo que decir que me ha impresionado la enorme voluntad de ayudar que han mostrado los alemanes. Y ese deseo aún no ha disminuido».

Damm, que había estado escuchando en silencio, añadió: «Es la primera vez en mi vida…», se detuvo, y pidió disculpas. Dirigí la mirada hacia mi antiguo profesor; tenía lágrimas en los ojos. «Es la primera vez en mi vida –prosiguió– que puedo decir que me siento orgulloso de Alemania».

Miré de nuevo a Rathmann. También él tenía los ojos vidriosos. Hablamos de lo difícil que había sido durante mucho tiempo para los alemanes tener un sano sentimiento de orgullo nacional, uno que trascendiera la Copa Mundial de Fútbol, pero que no pareciese petulante ni peligroso.

Quizá, comentó Rathmann, los alema­nes «se podrían enorgullecer de haber acogido a los refugiados». Y quizás el orgullo provenga de una «democracia vivida» que implica la participación personal, del sentimiento de que «este es mi país y voy a hacer algo por él».

Se giró hacia el ordenador para buscar el teléfono de alguien con quien pensó que yo debería hablar, un joven que le había ayudado a instalar el suelo del nuevo centro para los jóvenes. Era Fatih Evren, el turco cuyo padre había fundado la mezquita.