Población mundial

Pronto seremos 7.000 millones

7millonesarticulo

7millonesarticulo

Se calcula que para 2045 la población mundial alcanzará los 9.000 millones. ¿Podrá resistirlo el planeta?

Un día de otoño de 1677, Antoni van Leeuwenhoek, comerciante de telas de Delft de quien se dice fue el modelo de dos cuadros de Johannes Vermeer (El astrónomo y El geógrafo), interrumpió de repente lo que estaba haciendo con su mujer y corrió a su mesa de trabajo. Los paños eran su negocio, pero la microscopia era su pasión. Ya había tenido cinco hijos con su primera esposa (aunque cuatro habían muerto de niños), y no pensaba en la paternidad.

«Antes de que el pulso me latiera seis veces», escribió más adelante a la Royal Society de Londres, Leeuwenhoek se puso a examinar su perecedera muestra a través de una diminuta lente de aumento. No más grande que una gota de lluvia, su lente aumentaba los objetos cientos de veces. Él mismo la había fabricado, y nadie más disponía de una lente tan potente. Los sabios de Londres aún estaban tratando de verificar la anterior afirmación de Leeuwenhoek: que en una sola gota de agua de un lago e incluso de una copa de vino francés había millones de «animálculos» inapreciables a simple vista. Pero ahora tenía algo más delicado que revelarles: el semen humano también contenía animálculos. «A veces más de un millar –escribió–, en una muestra del tamaño de un grano de arena.» Con el ojo pegado a la lente como un joyero, Leeuwenhoek veía sus propios animálculos, que nadaban y agitaban la larga cola.

A partir de ese momento, Leeuwenhoek se obsesionó un poco. Aunque su diminuto mirador le ofrecía acceso privilegiado a un universo microscópico antes desconocido, empezó a de­­dicar un tiempo desmesurado a la observación de los espermatozoides, como hoy los llamamos. Curiosamente, la idea de calcular cuántas personas pueden vivir en la Tierra se le ocurrió un día, casi por casualidad, al examinar el líquido seminal extraído de un bacalao.

En aquella época se habían hecho pocos censos y nadie sabía realmente cuánta gente había en el mundo. Leeuwenhoek partió de un cálculo estimativo de alrededor de un millón de habitantes para Holanda. Aplicando la geometría esférica a los mapas, calculó que la superficie habitada del planeta era 13.385 veces mayor que la de Holanda. Era difícil imaginar que todo el planeta estuviera tan densamente poblado como Holanda, que para entonces ya estaba muy habitada. Así pues, Leeuwenhoek llegó a la triunfal conclusión de que en el mundo no podía haber más de 13.385 millones de habitantes, ¡un número reducido comparado con los 150.000 millones de espermatozoides presentes en el interior de un solo bacalao! Ese cálculo optimista, apunta el biólogo de poblaciones Joel Cohen en su libro How Many People Can the Earth Support?, fue quizás el primer intento de hallar una respuesta cuantitativa a una pregunta que hoy se ha hecho mucho más acuciante que en el siglo XVII. En estos tiempos la mayoría de las respuestas distan mucho de ser optimistas.

Ahora los historiadores calculan que en la época de Leeuwenhoek la Tierra tenía apenas unos 500 millones de habitantes. Después de una lenta progresión de varios milenios, la población estaba empezando a despegar. Un siglo y medio después, cuando otro científico informó del descubrimiento de los óvulos humanos, la población mundial se había duplicado hasta superar los 1.000 millones. Un siglo más tarde, en torno a 1930, la cifra se había vuelto a duplicar hasta alcanzar los 2.000 millones. Desde entonces el ritmo de crecimiento ha sido vertiginoso. Antes del siglo XX, ninguna persona había visto duplicarse la población mundial en el transcurso de su vida, pero actualmente hay gente que la ha visto triplicarse. En algún mo­­mento hacia finales de 2011, según la División de Población de la ONU, seremos 7.000 millones.

Si bien la explosión demográfica se está ralentizando, está lejos de haber terminado. La gente no sólo vive más, sino que hay tantas mujeres en el mundo en edad fértil (1.800 millones) que la población seguirá aumentando durante varias décadas más, aunque hoy una mujer tiene menos hijos de los que habría tenido hace una generación. Para el año 2050 la cifra total podría ser de 10.500 millones, o detenerse en 8.000 millones; la diferencia es más o menos de un hijo por mujer. Los demógrafos de la ONU consideran que lo más probable es que se quede en un término medio: prevén que la población alcance los 9.000 millones antes de 2050, en 2045. La cifra final dependerá de las decisiones de las parejas cuando practiquen el más íntimo de los actos humanos, el que Leeuwenhoek interrumpió con despreocupación en nombre de la ciencia.

Con un ritmo de crecimiento poblacional de unos 80 millones de habitantes al año, es difícil no alarmarse. Los niveles freáticos están bajando en todo el mundo, la erosión del suelo va en aumento, los glaciares se derriten y las reservas pesqueras están desapareciendo. Cerca de mil millones de personas pasan hambre a diario. Dentro de unos decenios habrá 2.000 millones de bocas más que alimentar, la mayoría en países pobres. Habrá además miles de millones de personas que querrán y merecerán salir de la pobreza. Si siguen el ejemplo de los países ricos (tala de bosques, quema de combustibles fósiles y uso generoso de fertilizantes y plaguicidas), también serán una pesada carga para los recursos naturales del planeta. ¿Qué pasará entonces?

Es relativamente consolador saber que la preocupación por la población no es nueva. Desde el principio, según afirma el demógrafo francés Hervé Le Bras, la demografía ha estado impregnada de visiones apocalípticas. Algunos de los textos fundacionales de esta disciplina datan de unos pocos años después del descubrimiento de Leeuwenhoek y son obra de sir William Petty, uno de los padres de la Royal Society. Petty calculó que la población mundial se duplicaría seis veces antes del Juicio Final, que se esperaba tendría lugar 2.000 años después. En ese momento, sería de más de 20.000 millones de personas, más bocas de las que el planeta podía alimentar, en opinión de Petty. «Y entonces, según la predicción de las Escrituras, habrá guerras, grandes matanzas, etcétera», escribió.

Según Le Bras, cuando las predicciones religiosas del fin del mundo perdieron fuerza, el propio crecimiento de la población proporcionó un sucedáneo del Apocalipsis. «Cristalizaba el antiguo temor, y quizá la antigua esperanza, del fin de los tiempos», escribe. En 1798 Thomas Malthus, pastor anglicano y economista inglés, formuló su ley general de la población, según la cual la población crece más deprisa que la producción de alimentos, hasta que la guerra, la enfermedad y el hambre reducen el número de bocas. En realidad, las últimas epidemias con una magnitud suficiente como para tener efectos sobre la población mundial ya habían pasado cuando Malthus escribió su obra. Los historiadores creen que la población mundial no ha dis­minuido desde la epidemia de peste del siglo XIV.

En los dos siglos transcurridos desde que Malthus declaró que la población no podía seguir creciendo, esto es exactamente lo que ha sucedido. El proceso comenzó en lo que hoy llamamos países desarrollados, entonces todavía en desarrollo. La difusión de cultivos del Nuevo Mundo como el maíz y la patata, así como el descubrimiento de los fertilizantes químicos, contribuyó a desterrar el hambre de Europa. Las ciudades en crecimiento se convirtieron en viveros de enfermedades, pero a partir de mediados del siglo XIX, las alcantarillas empezaron a ca­­nalizar las aguas fecales y a separarlas del agua potable, que después fue sometida a procesos de filtrado y cloración, lo que redujo de forma espectacular la incidencia del cólera y el tifus.

Además, en 1798, el mismo año en que Mal­thus publicó su pesimista ensayo, su compatriota Edward Jenner descubrió una vacuna contra la viruela, la primera y más importante de una serie de vacunas y antibióticos que, junto con una mejor nutrición y un mayor saneamiento, duplicaron la esperanza de vida en los países industrializados de 35 años a los 77 de la actualidad. Hacía falta alguien muy pesimista para considerar funesta esa tendencia: «El desarrollo de la ciencia médica fue la gota que colmó el vaso», escribió en 1968 Paul Ehrlich, biólogo de poblaciones de la Universidad Stanford.

Con su libro La explosión demográfica, Ehrlich se convirtió en el más famoso de los malthusianos modernos. En los años setenta predijo que «cientos de millones de personas» iban a morir de hambre, y afirmó que era demasiado tarde para hacer algo al respecto. «El cáncer del crecimiento demográfico […] debe erradicarse –escribió–, y ha de hacerse de manera obligatoria si los métodos voluntarios fracasan.» Pese a sus planteamientos, o quizá por ellos, el libro fue un éxito de ventas, como lo había sido el de Mal­thus. Y tampoco esta vez llegó la sangre al río. La revolución verde (una combinación de semillas de alto rendimiento, técnicas de regadío, plaguicidas y fertilizantes que duplicó la producción de cereales) ya estaba en marcha. Actualmente hay mucha gente mal nutrida, pero la mortandad masiva por hambre es poco frecuente.

Ehrlich no se equivocó, sin embargo, cuando predijo un crecimiento explosivo de la población a raíz de las muchas vidas que salvaba la ciencia médica. Tras la segunda guerra mundial los países en desarrollo recibieron una repentina transfusión de medicina preventiva, con la ayuda de instituciones como la OMS y UNICEF. La penicilina, la vacuna antivariólica y el DDT (que, a pesar de las posteriores controversias, evitó que millones de personas murieran de malaria) llegaron a la vez. En la India la esperanza de vida pasó de 38 años en 1952 a 64 en la actualidad; en China, de 41 a 73 años. En los países en vías de desarrollo, millones de personas que habrían muerto en la infancia vivieron y tuvieron hijos. La explosión demográfica se extendió a todo el planeta, porque se estaban salvando muchas vidas y porque, durante un tiempo, las mujeres siguieron teniendo muchos hijos. En la Europa del siglo XVIII, o a principios del siglo XX en Asia, cada mujer debía tener seis hijos para que se produjera el reemplazo de ella y su pareja en la siguiente generación, porque la mayoría de los niños no llegaba a la edad adulta. Cuando la mortalidad infantil decrece, las parejas acaban teniendo menos hijos, pero esa transición suele demorarse por lo menos una generación. Actualmente, en los países desarrollados, un promedio de 2,1 hijos por mujer sería suficiente para mantener estable la población; en los países en desarrollo, la «fecundidad de reemplazo» es un poco más alta. En el tiempo transcurrido hasta que la tasa de natalidad se equilibra con la tasa de mortalidad, se produce la explosión demográfica.

Los especialistas lo llaman transición demográfica. Todos los países pasan por esa fase en algún momento. Es un hito del progreso humano: los países que han completado esa transición han arrebatado a la naturaleza una parte del control sobre las muertes y los nacimientos. La explosión demográfica mundial es un efecto secundario inevitable, un efecto colosal que según algunos quizá nuestra civilización no pueda superar. Pero cuando Ehrlich dio la voz de alarma, la tasa de crecimiento había alcanzado su punto máximo. A comienzos de la década de 1970, las tasas de fecundidad habían empezado a disminuir en todo el mundo más deprisa de lo previsto. Desde entonces, el crecimiento de la población se ha reducido más de un 40%.

El descenso de la fecundidad que ahora se observa en todo el planeta empezó en diferentes momentos en diferentes países. Francia fue uno de los primeros. A comienzos del siglo XVIII, las aristócratas de la corte francesa conocían los placeres carnales sin tener más de dos hijos. Muchas confiaban en el mismo método que Leeuwenhoek utilizaba para sus estudios: la marcha atrás o coitus interruptus. Los registros de las parroquias rurales muestran que a finales del siglo XVIII la tendencia se había extendido a las campesinas, y ya en los últimos años del siglo XIX, la fecundidad en Francia había caído a tres hijos por mujer, sin la ayuda de los anticonceptivos modernos. La principal innovación fue conceptual, no anticonceptiva, según Gilles Pison, del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de París. Hasta la Ilustración, «el número de hijos lo decidía Dios. La gente no podía concebir que pudiera ser una decisión personal».

Con el tiempo, otros países de Occidente si­­guieron el mismo camino emprendido por Francia. Cuando estalló la segunda guerra mundial, la fecundidad había caído hasta acercarse al nivel de reemplazo en parte de Europa y Estados Unidos. Después, tras la sorprendente explosión conocida como baby boom, llegó el descenso, que volvió a pillar desprevenidos a los demógrafos. Ésos suponían que algún instinto impulsaría a las mujeres a seguir teniendo suficientes hijos para asegurar la supervivencia de la especie. Sin embargo, en uno tras otro de los países desarrollados, la fecundidad disminuyó por debajo del nivel de reemplazo. A finales de los años noventa, en Europa se situó en 1,4.

El fin de un baby boom puede tener dos grandes efectos económicos en un país. El primero es el de los «dividendos demográficos», traducidos en unas décadas de bonanza durante las cuales los hijos del baby boom pasan a engrosar la población activa y el número de personas dependientes, ya sean niños o ancianos, es relativamente bajo, por lo que sobra mucho dinero para otras cosas. El segundo efecto se manifiesta cuando los hijos del baby boom empiezan a jubilarse. Lo que parecía un orden demográfico perdurable se transforma en una fiesta que tiene que acabar. El encendido debate sobre la Seguridad Social en Estados Unidos y las huelgas del año pasado en Francia contra el aplazamiento de la edad de jubilación son reacciones a un problema presente en todo el mundo desarrollado: el de cómo mantener a una población cada vez más envejecida. «¿Habrá en 2050 suficiente gente trabajando para pagar las pensiones? –se pregunta Frans Willekens, director del Instituto Demográfico Interdisciplinario de los Países Bajos, en La Haya–. La respuesta es no.»

En los países industrializados hicieron falta generaciones para que la fecundidad cayera por debajo del nivel de reemplazo poblacional. Ahora que la misma transición se está produciendo en el resto del mundo, los demógrafos se sorprenden ante la rapidez del proceso. En China vive la quinta parte de la humanidad, y aunque su población sigue creciendo, su tasa de fecundidad ya está por debajo del nivel de reemplazo desde hace 20 años, en parte gracias a la política coercitiva del hijo único adoptada en 1979. Las mujeres chinas, que en 1965 tenían un promedio de seis hijos, tienen ahora 1,5. En Irán, con el apoyo del régimen islámico, la fecundidad ha disminuido más de un 70% desde principios de la década de 1980. En Brasil, católico y democrático, las mujeres han reducido la tasa de fe­­cundidad a la mitad en el mismo cuarto de siglo. «Todavía no entendemos por qué la fecundidad ha retrocedido tan deprisa en tantas sociedades, culturas y religiones. Es sencillamente asombroso», dice Hania Zlotnik, directora de la División de Población de la ONU.

«En este momento, por mucho que se diga que todavía hay un problema de fecundidad elevada, eso sólo afecta a un 16% de la población mundial, sobre todo en África», añade Zlotnik. Al sur del Sahara, el índice continúa siendo de cinco hijos por mujer, y en Níger es de siete. Aun así, 17 países de la región aún tienen esperanzas de vida de 50 años o menos, por lo que no han hecho más que empezar la transición demográfica. No obstante, en la mayor parte del mundo el tamaño de las familias se ha reducido de forma espectacular. La ONU tiene previsto que la fecundidad mundial se sitúe en el nivel de reemplazo poblacional para 2030. «La población en su conjunto está en vías de neutralizar la explosión demográfica, lo cual es bueno», dice Zlotnik.

Lo malo es que todavía faltan dos décadas para 2030 y que para entonces la generación de adolescentes más numerosa de la historia estará llegando a la edad de concebir. Aunque todas esas jóvenes tengan sólo dos hijos cada una, la población seguirá aumentando por su propia inercia durante un cuarto de siglo más. ¿Estaremos al borde de la catástrofe, o seremos capaces de vivir con sensatez y sin destruir el medio ambiente? Una de las pocas cosas seguras es que más o menos la sexta parte de la población mundial vivirá en la India.

Entendía lo que es la explosión demográfica, intelectualmente hablando, desde hacía tiempo, pero la entendí emocionalmente hace un par de años una noche de calor bochornoso en Delhi […].

El termómetro marcaba más de 40 grados y el aire era una neblina de polvo y humo. Las calles

bullían de gente. Gente que comía, lavaba, dormía. Gente que iba de visita, discutía, gritaba. Gente que metía las manos por las ventanas del taxi pidiendo limosna. Gente que defecaba y orinaba. Gente que viajaba con el cuerpo colgando por fuera de los autobuses. Gente que conducía rebaños

de animales. Gente, gente, gente. –Paul Ehrlich

En 1966, cuando Ehrlich hizo ese viaje en taxi, había alrededor de 500 millones de indios. Hoy son 1.200 millones. La población de Delhi ha crecido aún más deprisa, hasta unos 22 millones, por la llegada masiva de inmigrantes procedentes de ciudades y pueblos más pequeños que ahora se apiñan en barrios de chabolas cada vez más extensos. A principios del pasado mes de junio, el monzón de verano todavía no había llegado a la ciudad calurosa y fétida para lavarla del polvo que cubre las innumerables obras en construcción, un polvo que se suma al que arrastra el viento desde los desiertos de Rajastán. En las nuevas autovías que canalizan el tráfico humano hacia la ciudad sin planificar, carros de bueyes circulaban en dirección contraria por el carril rápido. Familias de cuatro miembros viajaban montadas en una motocicleta, con las pañoletas de las mujeres ondeando al viento y los niños pequeños en brazos. Algunas familias de doce miembros o más iban apiñadas en multicolores triciclos motorizados diseñados para dos pasajeros. En medio del atasco, hombres mutilados y niños demacrados pedían limosna a gritos. La Delhi actual es absolutamente diferente de la ciudad que visitó Ehrlich, pero en muchos aspectos continúa siendo la misma.

En el Hospital Lok Nayak, en el límite de la caótica maraña de callejas densamente pobladas que constituye la vieja Delhi, una marea humana irrumpe cada mañana por la puerta principal y abarrota el suelo del vestíbulo. «¿Quién podría ver esto y permanecer indiferente al problema de la población en la India? –pregunta una tarde Chandan Bortamuly, mientras se dirige hacia su clínica de vasectomías–. La población es nuestro mayor problema.» Tras retirar el candado de la puerta de la clínica, Bortamuly entra en un pe­­queño quirófano. Dentro hay dos hombres tumbados sobre sendas camillas.

Este cirujano está en el frente de una batalla que se libra en la India desde hace casi 60 años. En 1952, apenas cinco años después de independizarse de Gran Bretaña, la India se convirtió en el primer país que establecía una política de control de la natalidad. Desde entonces el Gobierno no ha dejado de formular ambiciosos objetivos, y en cada ocasión se ha quedado muy lejos de cumplirlos. Una política nacional adoptada en 2000 establecía como meta alcanzar la tasa de fecundidad de reemplazo, marcada en 2,1 hijos por mujer, antes de 2010. Pero tendrá que pasar otra década antes de que eso suceda. Según las proyecciones a medio plazo de la ONU, la población de la India superará la cifra de 1.600 millones de habitantes en 2050. «La India tendrá más población que China antes de 2030 –prevé A. R. Nanda, ex director de la Population Foundation de la India, una ONG constituida como grupo de presión–. Sólo una gran catástrofe, nuclear o de otro tipo, podría cambiar ese hecho.»

La esterilización es en la actualidad la forma dominante de control de la natalidad en la India, y la gran mayoría de las operaciones se practica en mujeres. El Gobierno está intentando que eso cambie, ya que una vasectomía sin bisturí es mucho menos costosa y más sencilla que una ligadura de trompas. En el quirófano, Bortamuly trabaja con rapidez. «Dicen que el pinchazo es como una picadura de hormiga –le explica a su paciente, cuando éste se sobresalta al ver la aguja de la anestesia–. Luego la operación es prácticamente indolora y nada sangrienta.» El cirujano practica una incisión en la piel del escroto y extrae un segmento del conducto seminal o de­­ferente (la vía por la que circula el semen desde el testículo hasta la próstata). Después lo corta por dos puntos y anuda cada uno de los dos extremos con hilo negro fino. Una vez extraído el segmento, introduce de nuevo el conducto en el escroto. En menos de siete minutos, el paciente sale por su propio pie, sin llevar ni siquiera una tirita. El Gobierno le pagará un incentivo de 1.100 rupias (unos 18 euros), lo que gana un jornalero en una semana.

El Gobierno de la India ya intentó fomentar la práctica de la vasectomía en los años setenta, cuando aumentó la preocupación por la explosión demográfica. La primera ministra Indira Gandhi y su hijo Sanjay recurrieron al estado de excepción para imponer medidas que determinaron un aumento espectacular de las esterilizaciones. Entre 1976 y 1977 se triplicó el número de operaciones y llegó a ser de más de ocho millones, de los cuales más de seis millones fueron vasectomías. Los funcionarios de planificación familiar recibieron presiones para cumplir ciertos objetivos; en algunos estados, la esterilización se convirtió en condición para recibir una vivienda u otros beneficios de la Administración. Se dieron casos en los que la policía simplemente hacía redadas de pobres y los llevaba a los «campamentos» de esterilización.

Los excesos dieron muy mala fama al concepto de planificación familiar. «Los gobiernos sucesivos evitaron tocar el asunto», explica Shailaja Chandra, ex directora del Fondo Nacional para la Estabilización de la Población (NPSF). Aun así, la fecundidad ha disminuido en la India, aunque no tan rápidamente como en China, donde ya estaba cayendo en picado incluso antes de que entrara en vigor la draconiana política del hijo único. El promedio nacional en la India es ahora de 2,6 hijos por mujer, menos de la mitad que cuando Ehrlich visitó el país. La mitad sur de la India y algunos estados del norte ya están en el nivel de reemplazo o incluso por debajo.

En Kerala, en la costa sudoccidental, las inversiones en salud y educación han contribuido a reducir la fecundidad a 1,7. La clave, aseguran los demógrafos, es el índice de alfabetización de las mujeres, que se sitúa en torno al 90% y es con diferencia el más alto de la India. Las niñas escolarizadas empiezan a tener hijos más tarde, están más dispuestas a adoptar medidas anticonceptivas y entienden mejor cuáles son sus opciones.

Ese enfoque, tomado internacionalmente como modelo, no ha calado hasta ahora en los estados más pobres del norte de la India, en el llamado «cinturón hindi», que se extiende a través del país al sur de Delhi. Casi la mitad del crecimiento demográfico de la India se concentra en Rajastán, Madhya Pradesh, Bihar y Uttar Pradesh, donde las tasas de fecundidad se mantienen en torno a los tres o cuatro hijos por mujer. Más de la mitad de las mujeres del cinturón hindi son analfabetas, y muchas se casan bastante antes de cumplir los 18 años, la edad mínima legal. Al tener hijos ganan estatus social, y normalmente no paran hasta tener al menos un varón.

Como alternativa al modelo de Kerala, algunos señalan el estado meridional de Andhra Pradesh, donde en los años setenta empezaron a funcionar los «campamentos de esterilización» (quirófanos provisionales a menudo instalados en escuelas) y donde los índices de esterilización se han mantenido altos, ya que los campamentos han sido reemplazados por hospitales mejor equipados. En una sola década, desde principios de 1990, la tasa de fecundidad cayó de unos tres hijos a menos de dos. A diferencia de Kerala, la mitad de las mujeres de Andhra Pradesh siguen siendo analfabetas.

Amarjit Singh, director ejecutivo del NPSF, calcula que si los cuatro estados más grandes del cinturón hindi hubieran adoptado el modelo de Andhra Pradesh, se habrían evitado 40 millones de nacimientos, y mucho sufrimiento. «Nacieron 40 millones de niños, por lo que murieron 2,5 millones», afirma. En su opinión, si toda la India adoptara programas de calidad para fo­­mentar las esterilizaciones, en hospitales y no en campamentos, podría haber 1.400 millones de habitantes para 2050, en lugar de 1.600 millones.

Los críticos del modelo de Andhra Pradesh, como Nanda, de la Population Foundation, sostienen que la India necesita mejor atención sanitaria, especialmente en las zonas rurales. Son contrarios a las metas numéricas, que suponen una presión para los funcionarios que deben esterilizar a la población, y están en contra de los incentivos económicos, que distorsionan la decisión de las parejas respecto al tamaño de sus familias. «Es una decisión personal», dice Nanda.

En las ciudades indias de hoy muchas parejas están tomando las mismas decisiones que las parejas europeas o estadounidenses. Sonalde Desai, miembro del Consejo Nacional de Investigación Económica Aplicada de Nueva Delhi, me presentó a cuatro mujeres trabajadoras de Delhi que gastaban la mayor parte de sus salarios en pagar la escuela privada y los profesores particulares de sus hijos. Tenían uno o dos hijos cada una y no pensaban tener más. En un estudio nacional de 41.554 hogares, el equipo de Desai observó un grupo pequeño pero creciente de familias urbanas con un solo hijo. «Nos impresionó mucho la importancia que daban los padres a la educación de sus hijos –comenta–. De pronto, comprendimos que ésa era la razón del descenso de la natalidad.» Por término medio, los niños indios tienen una formación muy superior a la de sus padres.

Esto no siempre es así en las zonas rurales. Fui con el equipo de Desai a Palanpur, una aldea de Uttar Pradesh, estado del cinturón hindi con la misma población que Brasil. En la entrada del pueblo había una torre de telefonía móvil, pero en las callejuelas flanqueadas de casas de la­drillo había riachuelos de aguas residuales sin tratar. Bajo un árbol de mangos, el dueño del huerto dijo que no veía razón para mandar a sus tres hijas a la escuela. En el centro del pueblo pregunté a una docena de agricultores qué creían que era lo que podría mejorar más sus vidas. «Sería muy bueno tener un poco de dinero», bromeó uno de ellos.

Según Almas Ali, de la Population Foundation, la reducción de la fecundidad o de la población no debería ser el objetivo en la India. «El objetivo debería ser que las aldeas sean habitables –me dijo cuando conversé con él unos días después–. Cada vez que hablamos de población en la India pensamos sólo en números que van en aumento, y los contemplamos con temor. Esa fobia ha calado tan hondo que toda la atención se centra en reducir las cifras. El interés por las personas ha pasado a un segundo plano.»

Tardamos cuatro horas en volver a Dehli por carretera desde Palanpur, un domingo al anochecer. El tráfico era muy intenso en todos los pueblos con mercado, que bullían de una actividad que a veces amenazaba con tragarse nuestro vehículo. Vi un hombre empujando un carro por una empinada colina, con la carga apilada hasta taparle la vista, y recordé la «revelación» que tuvo Ehrlich durante su viaje en taxi, varias décadas atrás. Gente, gente, gente, gente. Sí, pero también una abrumadora sensación de energía, esfuerzos y aspiraciones.

La reunión anual de la Population Association of America (PAA) es una de las citas más importantes de los demógrafos del mundo. El pasado abril, la explosión demográfica mundial no estaba en el orden del día. «No es un problema muy actual», dice Hervé Le Bras. En general, los de­­mógrafos creen que hacia la segunda mitad del presente siglo estaremos poniendo fin a una era singular de la historia (la explosión demográfica) para entrar en otra, durante la cual la población se mantendrá constante o incluso disminuirá.

¿Pero no seremos demasiados? En la reunión de la PAA en Dallas me enteré de que la población actual del planeta cabría en el estado de Texas, donde la densidad sería tan elevada como la de Nueva York. La comparación me hizo pensar en Leeuwenhoek. Si para el año 2045 hay 9.000 millones de habitantes distribuidos en los cinco continentes habitables, la densidad de po­­blación será poco más de la mitad que la de Francia en la actualidad. Francia no se considera un lugar infernal. ¿Será infernal el mundo?

Algunas partes del mismo pueden llegar a serlo; otras ya lo son ahora. En la actualidad hay 21 ciudades con una población de más de 10 mi­­llones de habitantes, y para 2050 habrá muchas más. Delhi recibe cientos de miles de inmigrantes todos los años, pero según Shailaja Chandra, la ciudad no tiene «planes para el suministro de agua, el saneamiento o la vivienda». Dacca, en Bangladesh, y Kinshasa, en la República Democrática del Congo, son 40 veces más grandes hoy que en 1950. Sus suburbios de chabolas están llenos de gente absolutamente pobre que ha huido de una pobreza mayor en las zonas rurales.

Bangladesh es uno de los países con mayor densidad demográfica del mundo y uno de los más directamente amenazados por el cambio climático, ya que el aumento del nivel del mar podría desplazar a decenas de millones de bangladesíes. Ruanda es un caso igualmente alarmante. En su libro Colapso, Jared Diamond sostiene que el genocidio de 800.000 ruandeses en 1994 fue resultado no sólo del odio étnico, sino también de varios factores, entre ellos la superpoblación: demasiados agricultores dividiéndose el mismo trozo de tierra en parcelas cada vez más pequeñas que llegaron a ser insuficientes para mantener a una familia. «A veces, la peores previsiones de Malthus pueden cumplirse», fue la conclusión de Diamond.

A muchos les preocupa, y con razón, que los pronósticos de Malthus se cumplan a escala mundial, es decir, que el planeta no sea capaz de alimentar a 9.000 millones de habitantes. Lester Brown, actual director del Earth Policy Institute, en Washington, D.C., cree que la escasez de alimentos podría causar un colapso de la civilización mundial. En su opinión, estamos gastando el capital de la naturaleza: erosionamos el suelo y consumimos el agua subterránea más deprisa de lo que suelo y acuíferos pueden recuperarse. Todo eso se traducirá muy pronto en una disminución de la producción de alimentos. El «plan B» de Brown para salvar la civilización consistiría en imponer al mundo entero una economía de guerra, como la de Estados Unidos después de Pearl Harbor, para estabilizar el clima y reparar el daño ecológico. «Superar las deficiencias en planificación familiar es quizás el punto más urgente en el orden del día mundial», ha escrito, por lo que si no mantenemos la población mundial por debajo de los 8.000 mi­­llones mediante la reducción de la fecundidad, es posible que en su lugar aumente la tasa de mortalidad.

Ocho mil millones es la proyección más conservadora de la ONU para 2050. En ese escenario optimista, Bangladesh tiene una tasa de fecundidad de 1,35, pero así y todo su población ha aumentado en 25 millones con respecto a la actual. La tasa de fecundidad de Ruanda también es inferior al nivel de reemplazo, pero su población sigue creciendo hasta duplicar las cifras anteriores al genocidio. Podríamos pensar que si ésa es la proyección optimista, entonces el futuro no es muy halagüeño.

Pero también podemos sacar una conclusión diferente y pensar que la obsesión por los números no es la mejor manera de encarar el futuro. La gente hacinada en barrios de chabolas necesita ayuda, pero el problema que requiere solución es la pobreza y la falta de infraestructuras, no la superpoblación. Proporcionar acceso a servicios de planificación familiar a todas las mujeres es una buena idea («la estrategia que más puede cambiar la vida de las mujeres», según Chandra). Pero ni el programa más enérgico de control de la natalidad salvará a Bangladesh de la subida del nivel del mar, ni a Ruanda de otro genocidio, ni al resto de nosotros de nuestros enormes problemas medioambientales.

El calentamiento planetario es un buen ejemplo. El país donde las emisiones de carbono por quema de combustibles fósiles aumentan con mayor rapidez es China, debido a su prolongado auge económico, pero allí la fecundidad ya está por debajo del nivel de reemplazo; no se puede hacer mucho más para controlar la natalidad. En el África subsahariana, donde la población aumenta con mayor velocidad, las emisiones por habitante son sólo una pequeña fracción de lo que son en Estados Unidos, por lo que el control de la población tendría pocos efectos sobre el clima. Brian O’Neill, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, ha calculado que si la población alcanzara 7.400 millones en 2050 en lugar de 8.900 millones, las emisiones se reducirían en un 15%. «Quienes afirman que todo el problema es la población se equivocan –apunta Joel Cohen–. Ni siquiera es el factor dominante.» Para frenar el calentamiento del planeta, tendremos que cambiar los combustibles fósiles por energías alternativas, independientemente del tamaño que alcance la población.

El número de habitantes es importante, por supuesto. Pero los hábitos de consumo lo son mu­­cho más. Algunos dejamos una huella ambiental mucho mayor que otros. El principal desafío para el futuro de la humanidad es encontrar la forma de sacar a más gente de la pobreza (los chabolistas de Delhi, los agricultores de subsistencia de Ruanda…) mientras reducimos el im­­pacto de cada uno de nosotros sobre el planeta.

Según previsiones del Banco Mundial, para 2030 más de mil millones de personas de los países en desarrollo integrarán la «clase media mundial», en lugar de los 400 millones de 2005. Es un buen dato, aunque será un grave problema para el planeta si esas personas comen carne y conducen coches de gasolina en la misma medida que los estadounidenses de hoy. Es tarde para evitar que nazca la nueva clase media de 2030, pero no lo es para cambiar la forma en que ellos y todos nosotros produciremos y consumiremos los alimentos y la energía. «Comer menos carne parece más razonable que decir a la gente que tenga menos hijos», afirma Le Bras.

¿Cuánta gente puede mantener el planeta? Cohen pasó años revisando toda la investigación. «Escribí el libro pensando que encontraría la respuesta –dice–, pero me di cuenta de que es imposible en el actual estado del conocimiento.» Lo que encontró, en cambio, fue una variedad enorme de «cifras, destinadas a convencer a la gente» de una cosa o de su contrario.

Los pesimistas llevan siglos lanzando advertencias apocalípticas a los optimistas congénitos, quienes por naturaleza confían que la humanidad encontrará la manera de salir adelante e incluso de prosperar. Hasta ahora, la historia en su conjunto ha dado la razón a los optimistas, pero la historia no es una guía infalible para el futuro. Tampoco lo es la ciencia, porque todos los datos (cuántos seremos y cómo viviremos) dependen de decisiones que aún no hemos tomado y de ideas que aún no hemos concebido. Podríamos, por ejemplo, «intentar que todos los niños estén bien nutridos para que aprendan en la escuela y reciban suficiente formación para solucionar los problemas que afrontrarán de adultos», dice Co­­hen. Eso cambiaría significativamente el futuro.

El debate estuvo presente desde la mismísima creación del alarmismo demográfico, en la persona de Thomas Malthus. Hacia el final del libro en el que formuló la implacable ley según la cual el crecimiento descontrolado de la población conduce al hambre, declaró que la ley era buena porque nos pone en movimiento y nos impulsa a conquistar el mundo. «El hombre –escribió, y seguramente se refería también a la mujer– es apático, perezoso y adverso al trabajo, a menos que lo fuerce la necesidad.» Pero la necesidad, añadía, abre las puertas a la esperanza:

«Los desvelos que el hombre encuentra necesarios para su sustento o el de su familia despiertan con frecuencia facultades que de otro modo habrían permanecido dormidas, y a menudo se ha observado que las situaciones nuevas suelen generar mentes adecuadas para superar las dificultades que tales situaciones implican.» Pronto seremos 7.000 millones, y 9.000 mi­­llones en 2045. Esperemos que Malthus tuviera razón respecto al ingenio humano.