Pompeya

Pompeya, la ciudad y sus sombras

Fue sepultada hace 2.000 años por las cenizas del Vesubio. Hoy, entre sus ruinas milenarias, saltan las alarmas. ¿Cómo salvarla de la degradación?

pompeyaimagenes

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28 de septiembre de 2010

Pompeya entera está en obras. En muchas domus y edificios públicos, como el templo de Venus o el Capitolio, los trabajos de reparación no cesan. En casa de Julio Polibio la preciosa vajilla ha sido amontonada junto a una escultura del dios Apolo para dejar espacio a quienes han venido a realizar las tareas de reconstrucción. Pero desde hace unos días, la tierra vuelve a temblar. De repente, todo se detiene. A la hora del almuerzo, de la cima del Vesubio se eleva una densa nube de humo negro que oscurece el cielo por completo. Porque hoy es 24 de agosto del año 79.

Uno de los muchos mitos que rodean Pompeya es el de una ciudad que emergió de las excavaciones (iniciadas hace 260 años por Carlos III, rey de España) intacta, congelada en el tiempo, tal como era hace 2.000 años. Y que el estado de desidia en que hoy se halla es, probablemente, fruto del abandono de estos últimos dos siglos y medio. «Sin embargo–explica Annamaria Ciarallo, directora del Laboratorio de Investiga­ciones Aplicadas de Pompeya–, lo que surgió de aquellas primeras excavaciones no era una ciudad bien conservada, sino destruida no sólo por una erupción de hace 2.000 años sino también por un terremoto acaecido pocos años antes y que ya había provocado grandes destrozos.»

El seísmo (tal vez hubo más de uno), del que hablan Séneca y Tácito, ocurrió en el año 62 d.C. (o 63) y provocó daños hasta en Nápoles y Nu­­ceria. En el momento de la erupción, si bien ya habían pasado unos 17 años del terremoto, en Pompeya aún se estaban construyendo nuevos edificios, como el templo de los Lares Públicos o el grandioso complejo de las termas centrales. No sabemos cuál fue la razón de tal lentitud en aquellos trabajos, pero es probable que la secuen­cia de terremotos se sucediera a lo largo de años. Suetonio, por ejemplo, narra una sacudida que asoló Nápoles en el año 64 d.C., durante el debut del emperador Nerón como cantante. Estos mo­­vimientos telúricos acaecían, escribe Plinio el Joven, «sin que se les diera excesiva importancia, dado que en la región de Campania son muy frecuentes». No obstante, a pesar de estar acostumbrados a los seísmos, parece que la mayoría de los pompeyanos advirtió el peligro de la erupción poniéndose a salvo, aunque no se sabe con certeza cuántos fueron los afortunados. Lo que sí sabemos es que la ciudad quedó convertida en ruinas. Más o menos como está ahora.

Hoy, una nueva situación «de grave peligro» se cierne sobre Pompeya. Así lo manifestó en 2008 un informe del Gobierno italiano, que disponía «medidas urgentes de protección civil». El motivo es la terrible situación de degradación, que ha sido objeto de encendidas campañas en la prensa italiana, en la que se encuentra el yacimiento arqueológico: hundimientos, vastas áreas cerradas al público, jaurías de perros vagabundos que merodean por las excavaciones atemorizando a los turistas, guías que sonsacan cifras abusivas a los visitantes y un auténtico bazar de baratijas que rodea las antiguas ruinas. «¿Ha venido a comprobar en persona la catástrofe?», me pregunta con ironía Pietro Giovanni Guzzo, soprintendente (o director estatal) del recinto arqueológico de Pompeya entre 1994 y 2009. Guzzo es un arqueólogo de fama internacional cuyos méritos científicos nunca han sido cuestionados ni siquiera por sus más encarnizados detractores, quienes, pese a la larga permanencia de Guzzo en el cargo y a sus reiteradas denuncias de los problemas de Pompeya, lo consideran el principal responsable del «desastre».

Desde los años noventa el yacimiento es gestionado por una entidad autónoma. Esto significa que los ingresos procedentes de Pompeya (billetes, derechos fotográficos, libros, merchandising y demás) van a las arcas de la Soprinten­denza, que rinde cuentas al Ministerio de Bienes Culturales. En los últimos años el presupuesto asignado a Pompeya por el Estado italiano se ha visto menguado: unos 20 millones de euros el año pasado. ¿Suficiente? «En absoluto –responde Guzzo–. Para restaurar Pompeya serían necesarios 270 millones de euros a distribuir en un período de 10 años. La ciudad antigua abarca un área de 66 hectáreas, de las cuales 44 (las dos terceras partes) ya han sido excavadas. De estas cuarenta y tantas hectáreas sólo están abiertas al público el 35 %. ¿Poco? En 1995 era el 14 %.»

Los turistas no faltan: aunque Pompeya no es, como afirman algunos, el sitio arqueológico más visitado del mundo (hay quien dice que este récord lo ostenta el Coliseo romano), cada año se contabilizan unos dos millones de visitas. En 2008 se registró un descenso considerable, cerca de un 10 %: ¿a causa del efecto basura y de las alarmas sobre la degradación? «Seguramente estos dos factores han influido –contesta Guzzo–, pero también lo ha hecho la crisis económica. La gente renuncia primero a lo que considera más superfluo. Como una visita a Pompeya.» ¿Y los perros, y los puestecillos de venta ambulante? «Los perros vagabundos son competencia de la ASL («Azienda Sanitaria Locale», la Sanidad italiana). Si yo hubiera empleado los fondos concedidos en solventar este problema, el Tribu­nal de Cuentas se me habría echado encima. Y el mercadillo circundante es un problema del ayuntamiento. La verdadera degradación está fuera de las excavaciones, no dentro.»

Fuera está el municipio de Pompeya, la ciudad actual, cerca de 26.000 habitantes de los cuales sólo unos pocos tienen algo que ver con el área arqueológica. «Una gran parte de los beneficios turísticos proviene del santuario», precisa el alcalde, Claudio D’Alessio. El santuario de la Madonna del Rosario, erigido por su fundador Bartolo Longo hace 80 años, atrae cada año a más de tres millones de peregrinos. Pero también allí cuecen habas: el santuario es delegación pontificia y prelatura territorial. «Nuestro municipio es algo peculiar, conviven las tres entidades autónomas: el yacimiento arqueológico, el ayuntamiento y el santuario.» ¿Y hay diálogo? «Noso­tros hacemos lo que podemos, pero no siempre es fácil. La Soprintendenza es muy estricta. En cuanto a los perros, es cierto que deberían recogerlos los de la ASL, pero, ¿por qué no vallar las excavaciones?» Se reprocha a los turistas que llegan a Pompeya en autobús que, una vez acabada la visita, se van zumbando a la costa amalfitana porque aquí apenas hay infraestructura hotelera. «Estamos trabajando en ello, pero venimos de una situación complicada.»

Por si todo esto fuera poco, Pompeya es zona de influencia de la Camorra, y no es difícil imaginar que el intenso movimiento turístico que existe en la localidad atraiga al crimen organizado. En cuanto a la venta ambulante, algo ha cambiado. «Quienes desarrollan esta actividad comercial en la ciudad han comprendido que una normalización de la situación redundará en su propio beneficio. Ya se han constituido en asociación, y se están proyectando los nuevos puestecillos. Ahora todo está más ordenado.»

Hace un par de años, la Soprintendenza dio poderes extraordinarios «en materia de orden, seguridad pública y control sobre la actividad administrativa» al prefecto Renato Profili, un napolitano «volcánico» y diligente designado para desarrollar un plan de emergencia en Pompeya. Su permanencia en el cargo fue breve. Profili falleció en octubre del año pasado, pero logró solucionar algunos embrollos, como el desalojo de las ruinas del polémico restaurante que ocupaba algunos locales cercanos al área del Foro (algo que Guzzo había intentado en vano). El nuevo hombre del Gobierno, Marcello Fiori, a quien también le han llovido las críticas, tiene que lidiar con un elenco de temas pendientes, tales como el buen funcionamiento de las fuentes, la instalación de sanitarios químicos, la contratación de un servicio privado de vigilancia para garantizar la seguridad de las excavaciones y una mayor presencia de la policía local entre la Puerta Marina y la plaza Esedra para contener la prostitución.

Pero existe otra cara de Pompeya. «Desde el punto de vista de la investigación científica, es un remanso de paz. La degradación no afecta al parque arqueológico. El problema, en todo caso, está en su entorno.» Paolo Carafa es uno de los arqueólogos que en estos últimos 10 años han trabajado en Pompeya, primero con la Universidad La Sapienza de Roma y después con la de Calabria. A partir de mediados de los años noventa, la gestión de Guzzo abrió las puertas a universidades italianas y extranjeras con proyectos sobre Pompeya.

Actualmente hay una veintena de grupos de investigación trabajando en el yacimiento, entre ellos, el del arqueólogo romano Andrea Carandi­ni, del que forma parte Carafa, las universidades de Stanford y Virginia, y el Instituto Paleológico de Kyoto, de Japón. «Las excavaciones están orientadas a descubrir el pasado de la ciudad antigua –explica Carafa–. Empezando por el subsuelo, hemos intentado reconstruir las transformaciones de este lugar, cuyas primeras ocupaciones se remontan a la edad del hierro, y tal vez a la del bronce. El conjunto de murallas es del siglo VI a.C., pero la ciudad no siempre fue tan monumental como la que quedó destruida por la erupción. El paisaje urbano se modificó profundamente a lo largo de los siglos, sobre todo entre el IV y el III a.C., época de la conquista romana, pero también hacia el siglo II a.C., aunque en este último caso los motivos históricos están menos claros. Sabemos, sin embargo, que el lugar ya fue víctima de una erupción muy an­­­terior a la del año 79 d.C., y que después se rea­nudó la ocupación.» Y prosigue el arqueólogo: «El mejor modo de proteger Pompeya es estudiándola, no encerrándola en una urna de cristal.

Y 10 años son pocos. ¡Hay tanto por descubrir! Es cierto, muchos lugares están cerrados al público, pero hay que tener en cuenta el proble­ma de seguridad de las estructuras y de los visitantes. Cuando se restaura como lo hizo Amedeo Maiuri (director de las excavaciones de 1924 a 1961), a base de hierro y cemento, se avanza muy deprisa, pero se termina por ocasionar más da­­ños que los de la propia erupción».

El laboratorio de Investigaciones Aplicadas de Pompeya está reconstruyendo una ciudad menos imponente, pero no por ello menos ex­­traordinaria desde el punto de vista histórico: la de la vida cotidiana de sus habitantes. Desde un estante, con las órbitas fijas en el vacío, los cráneos de la familia Polibio parecen observarlo todo: se trata de 13 individuos hallados en el interior de la Casa de Julio Polibio, que actualmente son objeto de estudio por parte de un equipo internacional. Ha sido posible extraer el ADN de 12 de ellos. «El decimotercero era un feto», explica Marilena Cipollaro, del Instituto de Biología Molecular de la Segunda Universidad de Nápoles, directora de la investigación. «A su lado fue hallada una mujer joven, probablemente su madre. Hasta ahora hemos determinado que existía parentesco entre seis de ellos. Estamos estudiando sus patologías. Dos de ellos estaban afectados de espina bífida. Y hemos detectado polimorfismos en el gen de la fibrosis quística.»

Otro estudio multidisciplinar a cargo de los investigadores Giuseppe Mastrolorenzo y Lucia Pappalardo, del Observatorio Vesubiano, y de los biólogos Pierpaolo Petrone y Fabio Guarino, de la Universidad Federico II de Nápoles, basado en el análisis de los depósitos volcánicos, la estructura de las cenizas y el ADN de las víctimas, así como en simulaciones digitales de la erupción, ha aportado recientemente datos sobre los efectos de la catástrofe del año 79: los pompeyanos murieron abrasados al instante.

«Contrariamente a lo que creían hasta hoy los expertos, las víctimas no sufrieron una larga agonía por asfixia, sino que perdieron la vida de forma fulminante por exposición a las altas temperaturas, de entre 300 y 600 °C –afirma Mastrolorenzo, uno de los autores del estudio–. En primer lugar hemos estudiado los niveles de cenizas en diversos puntos del área vesubiana. De los perfiles trazados, hemos deducido algunos parámetros, como la altura y la velocidad de la nube provocada por el derrumbe de la columna piroclástica, que en aquella erupción alcanzó, como ya sabíamos, 30 kilómetros de altura. A partir de la velocidad y la altura de la nube, hemos podido determinar su densidad, que resultó ser muy baja, y el tiempo transcurrido durante su paso sobre la ciudad de Pom­peya, que fue de poco más de un minuto.»

Los moldes de los cuerpos presentan lo que se conoce como espasmo cadavérico, una postura adoptada únicamente cuando la muerte es instantánea. «Después hemos analizado los restos óseos y, gracias a los análisis de ADN, hemos detectado cambios causados por las elevadas temperaturas –añade el investigador–. En el laboratorio, hemos sometido fragmentos óseos a niveles cada vez más elevados de temperatura y hemos observado las modificaciones que se producían. Estos fragmentos se han comparado posteriormente con los restos de las víctimas de Pompeya, y la conclusión final es que en aquella ciudad los cuerpos fueron expuestos a una temperatura cercana a los 300 °C. En Herculano se alcanzaron los 600 °C.»

«Por otra parte –afirma Mastrolorenzo–, ni siquiera el tiempo de paso de la nube, entre uno y dos minutos, puede asociarse a una muerte por asfixia, que requiere un tiempo más largo. Por tanto, las posturas de los cuerpos de las víctimas que durante muchos años se consideraron la expresión de una larga agonía son en realidad la prueba de una muerte instantánea.»

El laboratorio alberga otros indicios acerca de quiénes eran, y sobre todo cómo vivían, los pompeyanos de hace 2.000 años. Antiguas semillas carbonizadas, vasijas de cristal y dibujos de los niños en las paredes nos cuentan qué comían, cómo se calentaban o en qué ambiente vivían. «Hemos tardado 20 años en eliminar las zarzas de las ruinas –dice Annamaria Ciarallo, paseando orgullosa por el exuberante jardín de la Casa del Fauno–. Y se han creado espacios verdes, como el del Foro, que no precisan irrigación.»

Hoy la ciudad antigua es muy verde, pero los estudios paleobotánicos describen una Pompeya muy distinta de la actual. «Seguramente más fría –afirma Ciarallo–. Aquí había hayas y abetos. Los niños de Pompeya dibujaban ciervos y jabalíes: eran los animales que veían. El combustible era el mayor problema. Calentarse y cocinar era muy difícil. Se ve, por ejemplo, en los hogares, que muestran ingeniosos sistemas de ahorro de combustible. La vida de los antiguos pompeyanos dependía de la economía: los recursos eran escasos y todo se reutilizaba. Seguramente debía de haber algún tipo de recogida selectiva de residuos: el vidrio, por supuesto, pues en algunas vasijas se aprecia cómo se utilizaba material reciclado. Hoy calificaríamos este tipo de economía de “ecosostenible”. La Pompeya de entonces tenía, sin duda, algo que enseñarnos.»

por ejemplo, cómo restaurar este lugar. Los trabajos en la ciudad antigua no acaban nunca, ni siquiera hoy, a juzgar por los trabajadores que cada día se ven circular entre las ruinas con su vestimenta de trabajo.

«Aquí hemos tenido que inventar una nueva forma de entender la restauración, única en el mundo como único es también este yacimiento –precisa Guzzo–. Ya no podemos pensar, por ejemplo, en restaurar una casa poniéndole un tejado, porque eso significaría desviar mucha más agua de lluvia hacia las casas contiguas, acelerando así su deterioro. En Pompeya la restauración se aplica a la insula entera.» Obviamen­te, el uso de esta metodología supone una intervención más larga y más compleja, y también menos apreciable a corto plazo. «En cualquier caso –prosigue el arqueólogo–, aquí ya se tomó una decisión hace 260 años, cuando se empezó a desenterrar el yacimiento, exponiéndolo a la acción de los agentes atmosféricos y al paso de visitantes. El Instituto Central de Restauración, en mi opinión la máxima autoridad en la materia, lo dice bien claro: el objetivo principal de la restauración es el de ralentizar el proceso de degradación. No de detenerlo. Como cualquier otra obra humana, Pompeya también está sujeta a un proceso de deterioro imparable.»

Pompeya nunca ha sido, y nunca podrá ser, un lugar congelado en el tiempo, como a veces sugiere la leyenda. Pero el tesoro de los valiosos conocimientos que contiene, como si de un cofre se tratara, es el verdadero patrimonio de la humanidad.

Porque Pompeya no es sólo una extensión de piedras antiguas, sino un lugar que estuvo vivo y donde se consumó una tragedia. Dan fe de ello los dramáticos moldes humanos conservados en el Antiquarium, y que inspiraron al escritor turinés Primo Levi palabras llenas de compasión hacia su Niña de Pompeya:

«Como la angustia ajena es también la nuestra / otra vez revivimos la tuya, muchacha delgada [...] han pasado siglos, las cenizas se han petrificado / aprisionando esos delicados miembros para siempre. Así has permanecido con nosotros, como un molde de yeso retorcido / una agonía sin término, testigo terrible / de lo mucho que nuestra orgullosa estirpe importa a los dioses».