Planeta sediento: África sin agua

Si los millones de mujeres africanas que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.

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pesosed01. Educar para sobrevivir

Educar para sobrevivir

La maestra Hiruut Nigusee se ríe al mostrar el dibujo de un hombre defecando en la clase de higiene que imparte cerca de la ciudad etíope de Ticho. Al principio los alumnos se sentían incómodos, pero ahora usan la letrina, se lavan las manos y sufren menos brotes de diarrea.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed02. «Todo lo podemos»

«Todo lo podemos»

«Todo lo podemos», cantan los aldeanos mientras cavan una zanja para tender tuberías cerca de Ticho. Con la ayuda de WaterAid, sus esfuerzos pronto se materializarán en agua corriente.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed03. Addis Abeba, Etiopía

Addis Abeba, Etiopía

En una lavandería callejera de un barrio de chabolas de Addis Abeba, Muntaha Umer gana un dólar al día lavando ropa de hombre (sólo ellos pueden permitírselo) en un agua inmunda.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed04. Río Arayo, Etiopía

Río Arayo, Etiopía

En la estación seca, el río Arayo de Etiopía es un rezumadero lodoso en el que las mujeres «escarban» en busca de agua. Gracias al dique de arena construido río arriba, con las próximas lluvias se acumulará agua limpia en un depósito subterráneo provisto de bomba manual.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed05. Carreteras de esperanza y desesperanza

Carreteras de esperanza y desesperanza

En una nueva carretera construida por una empresa china, que unirá el norte de Kenya con Etiopía, un camión con hombres armados pasa a toda velocidad junto a una mujer que acarrea hierba para su ganado. Las medidas de seguridad se han reforzado en esta zona afectada por la sequía después de que un ingeniero chino fuera asesinado por unos lugareños.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed06. Rendille, Kenia

Rendille, Kenia

Los vecinos de Rendille, una aldea del norte de Kenya, extraen hasta la última gota de un depósito de agua que un camión cisterna del gobierno llenó la noche anterior. En un día el nivel ha bajado tanto que ya no alcanza la espita, y el camión no volverá hasta la semana que viene.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed07. ¿Quién bebe primero?

¿Quién bebe primero?

Haciendo equilibrios en una escala improvisada, nueve mujeres, una por encima de la otra, se pasan de mano en mano la preciada agua desde el fondo de un pozo en la región de Marsabit, en el norte de Kenya. Luego se la disputarán con los hombres por el sediento ganado.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed08. El poder del agua

El poder del agua

Si los millones de mujeres que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed09. Foro, Etiopía

Foro, Etiopía

Unas jóvenes adolescentes y unos niños suben por un sendero empinado del pueblo de Foro, en Etiopía, cada uno de ellos cargado con seis galones de agua turbia de río que utilizarán para beber y cocinar. Varias veces al día recorren el trayecto de unas dos o tres horas. Cuando los niños varones alcanzan la edad de 7 o 8 años se les exhime de esta tarea. Pero las mujeres dedican la mayor parte de su vida a acarrear agua.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed10. Konso, Etiopía

Konso, Etiopía

Unos niños afortunados por poder acceder a la educación gracias a las donaciones muestran con orgullo sus cartillas de evaluación en la escuela Mechello de Konso, en Etiopía. El agua potable y la higiene protegen a los niños de la enfermedad y les permiten asistir a clase.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed11. Hasta la última gota

Hasta la última gota

En un poblado de Kenya, el agua sale con lentitud del grifo de un tanque casi vacío. Un camión del gobierno llenó el tanque la noche anterior, pero los habitantes del poblado lo dejaron prácticamente seco en poco tiempo, y las disputas no se hicieron esperar.
 

Foto: Lynn Johnson

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pesosed12. Marsabit, Kenya

Marsabit, Kenya

Cerca de Marsabit, Kenya, los habitantes del poblado y los asnos se inclinan para acceder al agua del «pozo cantarín», llamado así porque la gente canta en las colas que se forman, mientras los bidones llenos corren de mano en mano. Cada individuo puede llenar sólo un bidón al día y, a menudo, las mujeres tienen que esperar a que los animales hayan saciado su sed.

Foto: Lynn Johnson

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pesosed13. Manchas de vida

Manchas de vida

Hace algunos años, estos lugareños descubrieron una mancha húmeda en una llanura árida y pedregosa del norte de Kenya y cavaron un pozo poco profundo al que acuden regularmente. La mujer de la derecha espera agachada junto al pozo a que salga el agua.

Foto: Lynn Johnson

22 de marzo de 2010

Sus pies conocen el camino de memoria. Aylito Binayo es capaz de bajar hasta el río a las cuatro de la madrugada por la ladera pedregosa sin más luz que la de las estrellas y subirla de nuevo hasta la aldea cargada con 23 litros de agua a la espalda. Lleva haciendo ese trayecto tres veces al día desde hace casi 25 años, los mismos que ha cumplido, al igual que las demás mujeres de Foro, una aldea del distrito de Konso, en el sudoeste de Etiopía. Binayo dejó la escuela a los ocho años, en parte porque tenía que ayudar a su madre a acarrear agua del río Toiro. Es un agua sucia y no apta para el consumo; cada año que se prolonga la actual sequía, el que fuera un río caudaloso se agota más y más. Pero Foro nunca ha conocido más agua que esa.

La tarea de ir a por agua define la vida de Binayo. También debe ayudar a su marido a cultivar mandioca y legumbres en los campos que poseen, apañar hierba para las cabras, secar el grano y llevarlo al molino para obtener harina, preparar la comida, limpiar la vivienda familiar (un recinto cercado con varias tiendas en su interior) y atender a sus tres niños. Ninguna de estas ocupaciones es tan importante ni tan absorbente como las aproximadamente ocho horas diarias que dedica cada día a ir a por agua.

Ocho horas diarias para ir a por agua

En las regiones ricas del mundo, la gente abre un grifo y tiene agua limpia. Pero casi 900 millones de personas carecen de acceso al agua limpia, y 2.500 no tienen un modo seguro de deshacerse de los excrementos: muchos defecan en campos abiertos o cerca de los mismos ríos de los que beben. El agua sucia y la falta de retretes y de una higiene adecuada se cobran en el mundo 3,3 millones de vidas todos los años, en su mayoría de niños menores de cinco años. Aquí, en el sur de Etiopía y el norte de Kenya, la ausencia de lluvias de los últimos años ha hecho que hasta incluso el agua sucia sea difícil de encontrar.

En los lugares donde más escasa es el agua limpia, ir en su busca es casi siempre trabajo de las mujeres. En Konso un hombre sólo se ocupa de esta tarea cuando la mujer ha dado a luz, y sólo durante las primeras semanas después del parto. Los niños pequeños también colaboran, pero sólo hasta los siete u ocho años. La regla se aplica con mano dura, tanto por parte de ellos como de ellas. «Si los niños ya son mayorcitos, la gente murmura y llama holgazana a la mujer», dice Binayo. La reputación de una konsense, explica, se basa en el trabajo duro: «Si me quedo sentada en casa sin hacer nada, todos me despreciarán, pero si corro arriba y abajo para traer agua, dirán que soy lista y trabajadora».

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En buena parte del mundo en vías de desarrollo, la falta de agua es el meollo de un círculo vicioso de desigualdad. Algunas mujeres de Foro bajan al río cinco veces al día, una o dos para hacerse con el agua necesaria para preparar a sus maridos una especie de cerveza casera. Cuando llegué a Foro por primera vez, me topé con unos 60 hombres sentados a la sombra de un edificio, bebiendo y charlando. Era por la ma­­ñana. Las mujeres, insiste Binayo, «no tienen ni cinco segundos para sentarse a descansar».

Una calurosa tarde la acompaño al río con un bidón vacío en la mano. El camino es empinado y resbaladizo a trechos. Pasamos con dificultad por encima de grandes piedras, junto a cactos y espinos. Al cabo de 50 minutos llegamos al río, o a lo que es un río en determinadas épocas del año. Hoy es una serie de pozas negras y lodosas, algunas de las cuales no son más que meros charcos. Las orillas y las piedras están manchadas de excrementos de burros y vacas. Hay unas 40 personas en el río, suficientes para que Binayo decida que vayamos río arriba para no tener que esperar tanto. Lo peor es a primera hora de la mañana, así que ella suele hacer el primer viaje antes del alba, dejando a su hijo Kumacho, un hombrecito de expresión seria que ni siquiera aparenta los cuatro años que tiene, al cuidado de sus hermanos pequeños.

Caminamos río arriba otros diez minutos has­ta que se hace con un puesto junto a una buena poza, alimentada no sólo por un charco sucio que hay justo arriba sino también por un arroyuelo más limpio que fluye al lado. Unos niños saltan en la orilla, chapoteando en el lodo y revolviendo el agua. «No saltéis –los regaña Binayo–. ¿No veis que ensuciáis más el agua?» Un burro se acerca a beber del charco que de­­semboca en la poza donde estamos. Cuando se marcha, las mujeres achican el agua más sucia, haciendo que vaya a parar hasta nuestra poza, y Binayo se lo echa en cara.

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A la media hora llega su turno. Toma el primer bidón y el cazo amarillo de plástico. Justo cuando sumerge el cazo, levanta la vista y ve que otro burro mete las pezuñas en la charca que comunica con la suya. Hace una mueca, pero no puede esperar más. No puede permitirse el lujo de perder tiempo.

Una hora después de llegar al río, ha logrado llenar dos bidones: uno lo transportará ella misma ladera arriba, el otro lo llevaré yo. Ata una correa alrededor de mi bidón y me lo pone a la espalda. Agradezco que sea de cuero blando; Binayo usa una cuerda basta. Aun así, las correas se me clavan en los hombros. El bidón de plástico está lleno a rebosar, y los 23 kilos de peso me golpean la columna a cada paso. Con dificultad, hago la mitad del camino. Pero cuando el sendero alcanza su máxima inclinación me es imposible continuar. Muerta de vergüenza, hago un intercambio de bidones con una niña de unos ocho años que lleva uno la mitad de grande que el mío. Se debate bajo el peso de su nueva carga, y cuando quedan unos diez minutos de pendiente ya no puede más. Binayo se lo quita y se lo echa ella misma a la espalda, encima del que ya llevaba. Nos lanza a ambas una mirada de hastío y continúa la ascensión, ahora con casi 45 litros de agua encima.

«Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura –me dice luego, sentada a la puerta de una de las cabañas de su vivienda, delante de la mandioca que está secando sobre una piel de cabra, sosteniendo a Kumacho en el regazo–. Es la cultura de Konso, y viene de muy atrás.» Ella nunca se ha cuestionado esa existencia, nunca ha esperado otra cosa. Pero dentro de poco las cosas van a cambiar por primera vez.

"Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura"

Cuando te pasas horas acarreando agua a distancias kilométricas, vigilas hasta la última gota. El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve. Convencer a la gente de que use el agua para lavarse es infinitamente más difícil cuando para disponer de esa agua hay que cargar con ella montaña arriba. Sin embargo, la limpieza y las medidas higiénicas son importantes: un simple lavado de manos puede reducir las enfermedades diarreicas alrededor de un 45 %. Binayo se lava las manos con agua «una vez al día, o así», dice. La ropa, una vez al año. «Si no nos llega para beber, ¿cómo vamos a lavar la ropa?», explica. El cuerpo se lo lava muy de vez en cuando. En 2007 un estudio reveló que ni un solo hogar de Konso disponía de agua y jabón, o ceniza (un limpiador bastante bueno), junto a las letrinas para lavarse las manos. La familia de Binayo abrió una letrina hace poco, pero no puede permitirse comprar jabón.

El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve

Buena parte del poco dinero que tienen se va en visitas al dispensario de la aldea (entre tres y seis euros cada vez) para curar a los niños de las diarreas bacterianas y parasitarias que padecen constantemente por la falta de higiene y por beber agua del río sin tratar. En el dispensario, el enfermero Israel Estiphanos me explicó que allí lo habitual es que el 70 % de los pacientes sufra enfermedades transmitidas por el agua. En ese momento había en la zona un brote especialmente severo, y al lado del dispensario habían levantado una tienda de campaña blanca para alojar a los enfermos con cuadro diarreico.

A 26 kilómetros de allí, en el centro de salud del distrito de la capital de Konso, casi la mitad de los 500 pacientes que atendían diariamente sufrían también enfermedades transmitidas por el agua. Pese a ello, el propio centro carecía de agua limpia. En las paredes de las salas del personal, unos carteles listaban los principios del control de infecciones. Pero cada año, durante cuatro meses se quedaban sin agua corriente, según Birhane Borale, el enfermero jefe, y el go­­bierno les enviaba camiones cisterna con agua fluvial. «En ese caso sólo usamos el agua para que los pacientes beban o tomen la medicación –explicó–. Tenemos enfermos de VIH y hepatitis B. Sangran, y sus enfermedades son de fácil contagio; necesitamos agua para desinfectar, pero sólo podemos limpiar las salas una vez al mes.»

Ni siquiera el personal médico tenía la costumbre de lavarse las manos entre paciente y paciente, ya que sólo funcionaban unos pocos grifos en diferentes puntos del edificio. La enfermera Tsega Hagos me contó que se había salpicado de sangre al retirar una vía. «Me cambié el guante, sin más –dijo–. Las manos me las lavo cuando llego a casa después del trabajo.»

Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria.

Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria. Cuando una comunidad tiene acceso a agua limpia en abundancia, esa sociedad se transforma. Todas las horas que antes se invertían en acarrear agua pueden emplearse en cultivar más alimento, criar más animales o incluso emprender negocios que reporten ingresos. Las familias dejan de beber un agua infecta que es un caldo de microbios y consecuentemente pasan menos tiempo enfermos o cuidando unos de otros. Y lo más importante, liberarse de la esclavitud del agua significa que las niñas pueden ir a la escuela y aspirar a una vida mejor. La obligación de ir a buscar el agua para la familia o de cuidar de los hermanos mientras va la madre es la principal causa de que haya tan pocas konsenses escolarizadas.

El acceso al agua no es un problema exclusivamente rural. En todo el mundo en vías de de­­sarrollo, muchísimas personas que viven en los barrios de chabolas de las grandes ciudades pasan buena parte del día haciendo cola delante de una bomba de agua. Con todo, las dificultades de llevar agua a aldeas tan remotas como las de Konso son extraordinarias. Foro, la aldea de Binayo, está en lo alto de un monte. Muchas al­­deas tropicales se levantaron en las alturas: son más frescas, menos susceptibles a la malaria y más ventajosas para divisar al enemigo, pero no tienen fácil acceso al agua. La sequía y la deforestación se traducen en un descenso del nivel freático; en algunas zonas de Konso ya se encuentra a más de 120 metros de profundidad. Para algunas aldeas la mejor solución es abrir un pozo cerca del río. El agua sigue estando igual de lejos, pero al menos el suministro es fiable, resulta más fácil de extraer y es más probable que esté limpia.

Sin embargo, en muchos países pobres hay cantidad de aldeas que podrían disfrutar de un pozo y carecen de él. Abrir un pozo de barrena exige conocimientos en geología y una maquinaria pesada muy costosa. En muchos países, como es el caso de Etiopía, el agua es competencia de cada distrito, y sus autoridades carecen de conocimientos y de fondos. «Los habitantes de barrios de chabolas y de zonas rurales sin acceso a agua potable son los mismos que no tienen acceso a los políticos», afirma Paul Faeth, presidente de Global Water Challenge, un consorcio de 24 organizaciones no gubernamentales con sede en Washington, D.C. Por eso el esfuerzo de llevar agua limpia a la población recae en gran medida en colectivos filantrópicos, con resultados dispares.

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Las aldeas de Konso están plagadas de proyectos hídricos abandonados. En los muchos Konsos que hay en el mundo, el principal problema con los planes relacionados con el agua es que la mitad de las infraestructuras se estropean en cuanto los grupos que las han instalado se marchan del país. A veces se usan tecnologías que no pueden ser reparadas en la zona porque se requiere especialización, o se necesitan recambios que sólo se encuentran en la capital. También hay otras razones descorazonadoramente triviales: los aldeanos no tienen los tres dólares que cuesta una pieza, o no se fían de nadie para que la compre con el dinero reunido. El estudio de 2007 reveló que de los 35 proyectos desarrollados en Konso sólo seguían funcionando nueve.

WaterAid, organización radicada en el Reino Unido y una de las principales ONG del mundo dedicadas al agua y el saneamiento, se ha propuesto llevar agua a las aldeas más olvidadas de Konso. En las fechas de mi viaje, WaterAid ya había reparado cinco proyectos y constituido en las aldeas los comités que los gestionarían, y estaba trabajando para resucitar otros tres. En el centro de salud de la capital del distrito instalaba canalones en los tejados para conducir las aguas pluviales a una cisterna cubierta. Ahora esas aguas se tratan y se utilizan en el centro.WaterAid también trabaja en aldeas como Foro, en las que nunca antes se había concluido con éxito ningún proyecto para llevar agua. Su filosofía combina tecnologías de resistencia probada (como, por ejemplo, construir una presa de arena que represe y filtre una lluvia que de otro modo se perdería) e ideas novedosas, como la instalación de retretes que además generen me­­tano para alimentar una cocina colectiva. Pero la verdadera innovación es que WaterAid ve en la tecnología solamente una parte de la solución. Igual de importante es conseguir que la población local se implique en el diseño, la construcción y el mantenimiento de los nuevos proyectos hídricos. Antes de emprender un proyecto, WaterAid solicita a la comunidad que constituya un comité de siete miembros, cuatro de los cuales deben ser mujeres. Este comité de agua, saneamiento e higiene trabaja con WaterAid en la planificación de los proyectos e implica a la aldea en su materialización. A continuación mantiene y gestiona el proyecto.

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La gente de Konso, que cultiva en terrazas cavadas con laboriosidad en las laderas de las montañas, es famosa por su capacidad de trabajo, lo que supone una gran ventaja (una de las pocas de las que goza) a la hora de hablar de agua en esa parte del mundo. En la aldea de Orbesho, los propios vecinos construyeron una carretera para permitir el acceso a la maquinaria de perforación. El verano pasado estaban incorporando un motor a la bomba del río para que bombease agua a un nuevo depósito construido en lo alto de un monte cercano. Desde él, la gravedad conduciría el agua a las aldeas de la otra vertiente. Todos los vecinos de esas aldeas habían contribuido con unos céntimos a la financiación del proyecto, preparado cemento y recogido pie­dras para las estructuras, y en ese momento ya estaban cavando zanjas para tender las tuberías.

De lejos parecían una serpiente multicolor: 200 personas, en su mayoría mujeres, formando un sinuoso cordón ladera arriba desde la bomba hasta el depósito. Varios hombres ayudaban a colocar las gruesas tuberías en la zanja. La escena era casi una fiesta de bienvenida al progreso. Cientos de personas llevaban cuatro días dedicando las mañanas a cavar, y cada día que pasaba la serpiente avanzaba un poco más en su ascenso de la montaña, hacia el depósito.

Si instalar una bomba de agua es un reto tecnológico, fomentar la higiene es un desafío muy distinto. Wako Lemeta, uno de los dos promotores de la higiene que WaterAid ha formado en Foro, pasa por casa de Binayo y le pregunta a su marido, Guyo Jalto, si puede echar un vistazo a los bidones que utilizan. Jalto lo lleva a la cabaña donde los guardan. Lemeta destapa uno y lo olfatea. Asiente con aprobación; la familia usa WaterGuard, un producto que con sólo un tapón se potabiliza un bidón entero de agua. El gobierno empezó a repartirlo cuando se detectó el reciente brote diarreico. Lemeta también comprueba si disponen de letrina y explica a los vecinos las ventajas de hervir el agua de beber, lavarse las manos y bañarse dos veces por semana.

«Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”»

Muchos lugareños han adoptado las nuevas prácticas. Las encuestas indican que el uso de letrinas ha aumentado del 6 al 25 % en la zona desde que WaterAid emprendió su actividad en diciembre de 2007. Pero es una lucha constante. «Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”», cuenta Lemeta.

Son éstas las barreras que deben superarse si se pretende que los programas sigan en marcha cuando el equipo de cooperación acaba su trabajo y parte del lugar. WaterAid y otros grupos que también están obteniendo buenos resul­tados creen que cobrar una tasa de uso (por lo general un máximo de un céntimo de euro por bidón) es básico para mantener en marcha un proyecto. El comité de la aldea reúne las cuotas con las que se costearán repuestos y reparaciones. Pero los aldeanos consideran el agua un don de Dios. ¿Qué será lo siguiente, pagar por respirar?

Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada.

Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada. Es famoso el caso de Bolivia, que en 1999 dio a un consorcio multinacional una concesión de 40 años para el suministro de agua y la prestación de servicios de saneamiento a la ciudad de Cochabamba. Las protestas contra los elevados precios acabaron provocando la retirada de la empresa y atrajeron la atención internacional hacia el problema de la privatización del agua. Las multinacionales a las que se encomienda la gestión de sistemas hídricos públicos no consideran rentable llevar agua a los hogares rurales situados en lugares remotos, ni tampoco fijar unos precios asequibles para los pobres.

Pero el agua no puede ser gratis. Alguien tiene que pagar por ella. El agua nace de la tierra, pero las tuberías y las bombas, por desgracia, no. Por eso incluso los usuarios de sistemas pú­­blicos tienen que pagar por ella. Y a menudo el suministro más caro es para quien menos puede permitírselo: la gente que vive en aldeas remotas, apenas pobladas y azotadas por la sequía.

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«La pregunta clave es quién decide, los usuarios del agua o las grandes compañías –declara Faeth desde Global Water Challenge–. En Cochabamba nadie habló con los más pobres.» Instalar una bomba en un poblado rural, afirma, es otra historia. «A nivel local hay más conexión directa entre quienes ponen en práctica el programa y quienes obtienen acceso al agua.»

Los aldeanos de Konso, por ejemplo, poseen y gestionan sus propias bombas. Los comités electos fijan las cuotas para cubrir el mantenimiento. Nadie pretende obtener beneficios. Los propios vecinos me contaron que al cabo de unas semanas comprendieron que un céntimo por bidón es mucho más barato que invertir tantas horas en acarrear el agua… y que el tiempo, el dinero y las vidas que se cobran las enfermedades.

¿Cómo sería la vida de Aylito Binayo si no tuviese que ir al río a por agua? En el fondo de una garganta, muy lejos de Foro, hay un pozo. Tiene 120 metros de profundidad. Cuando lo visité no había mucho que ver: un rectángulo de cemento con un bidón boca abajo y una pirámide de espinos alrededor a modo de protección. Pero antes de marzo, un motor bombearía el agua montaña arriba hasta un depósito. La gravedad volvería a hacerla bajar hasta los grifos de las aldeas de la zona, entre ellas Foro, que entonces contaría con dos grifos comunitarios y unas duchas. Si todo salió bien, Binayo tendrá ahora un grifo de agua limpia a tres minutos de casa.

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Cuando le pido que imagine esa vida más có­­moda, cierra los ojos y recita una lista de tareas. Irá al campo para ayudar a su marido, recogerá hierba para las cabras, hará la comida para su familia, limpiará la casa, pasará tiempo con sus hijos. «No sé si dará resultado. Estamos en lo alto de la montaña, y el agua está allí abajo –dice–. Pero si funciona, voy a ser feliz, muy feliz.»

Le pregunto qué esperanzas tiene para su fa­­milia, y la modestia de su respuesta me conmueve por completo: resistir la nueva hambruna causada por la sequía, resistir el nuevo brote de enfermedad. Ella no sueña. Nunca ha osado confiar en que un día la vida podría cambiar a mejor, que pudiese existir una espita metálica de la que manase dignidad.