El paso de niño a hombre en distintas culturas en el siglo XXI

Peleas, circuncisión, cacerías, honor... así es el paso de niño a adulto en diversas sociedades alrededor del mundo

16 de febrero de 2017

La cita de Shadrack Nyongesa con el cuchillo se acordó para después del alba. Desde la mañana de la víspera, este muchacho incircunciso de 14 años, miembro de la comunidad bukusu, del oeste de Kenia, hacía sonar dos cencerros engalanados con plumas contra los metales que llevaba anillados a las muñecas.

Mientras agitaba los brazos y bailaba al pie de un mango en el patio de tierra de la casa de su padre, familiares y amigos de más edad desfilaban en torno a él sa­­cudiendo palos y ramas de guayabo y entonando canciones sobre el coraje, las mujeres y el alcohol.

Por la tarde Shadrack y su séquito hicieron una visita ritual a la casa de un tío materno que le dio una vaca, no sin antes abofetearlo y decirle a gritos que parecía una nenaza, no un muchacho preparado para convertirse en un hombre.

El chico, que había solicitado someterse al sikhebo –la ceremonia bukusu de circuncisión–, no pudo contener las lágrimas. Pero parecía más airado que temeroso, y cuando regresó a casa de su padre, agitó las campanillas chinyimba y danzó con renovado ímpetu y brío.

Al caer la noche los asistentes ya superaban la cincuentena. Sentados en las cabañas alumbradas con quinqués, los hombres sumergían largas pajitas en un recipiente común de busaa, la cerveza de maíz fermentada expresamente para la ocasión.

A las nueve y media de la noche el grupo se arremolinó alrededor de las entrañas de una vaca recién sacrificada. Uno de los tíos paternos de Shadrack blandió un cuchillo y rebanó el estómago hinchado de la res. Cortó dos tiras de carne, extrajo un puñado de alimento verdoso semidigerido y fue hacia su sobrino con el brazo en alto.

«¡En nuestra familia jamás ha habido cobardes! –gritó–. ¡Ponte derecho!». Varias linternas enfocaron el rostro de Shadrack, cuya mirada se perdía en el vacío con el estoicismo compungido de un alumno recién matriculado en una academia militar.

Y entonces el tío lanzó aquella masa he­dionda contra el pecho del sobrino y empezó a untársela con afán por la cara y la cabeza. Colocó el collar de tripa de vaca al cuello de Shadrack y le propinó una sonora bofetada en cada mejilla.

«Como te muevas o grites, no vuelvas por aquí –dijo el tío–. Cruza el río y no te pares. Ahora eres un soldado. Si te meten el dedo en el ojo, ¡ni parpadees!». Para el omusinde –el incircunciso– ya no había marcha atrás.

Esa noche Shadrack bailó durante horas en el epicentro de una jarana regada de busaa, la llamada khuminya.

Le dieron consejos sobre lo que significa ser un hombre, explicándole preceptos morales, inculcándole la importancia de respetar a sus mayores y a las mujeres, brindándole recomendaciones prácticas tales como no acercarse ni de lejos a las chicas casadas. Le regalaron harina, pollos y pequeñas sumas de dinero.

Se burlaron de su valía, cuestionaron su determinación. Hacia la medianoche le permitieron descansar un poco.

¿Hueles el cuchillo?

Se levantó a las dos de la mañana. Una hora después estaba otra vez agitando las chinyimbas y danzando. Los amigos y familiares, algunos más que achispados por efecto de la cerveza casera, cantaban: «¡Empieza a despuntar el día! ¿Hueles el cuchillo? ¡Ya pronto amanecerá!».

Allí de pie, aguardando a que sol se elevase sobre el Gran Rift Valley y a que la transición de paso a la edad adulta de Shadrack llegase a su punto culminante –una ceremonia crucial para William, su padre, que se jugaba en ella su propia reputación– me vino a la mente mi propio padre, fallecido en junio a los 91 años, y mi hijo Oliver, de 17 años, que en ese momento dormiría en Nueva York, a 12.000 kilómetros.

Aunque seguramente no dormía. Lo más probable era que estuviese en la cama con el portátil, viendo documentales sobre deportes o películas de Hollywood.


Imposible imaginar dos caminos más distintos para un par de chicos que en esencia viajaban hacia el mismo destino. Tanto Shadrack como Oliver se habían masculinizado en el útero por efecto de un baño prenatal de testosterona.

Ambos estaban en plena transición, deviniendo –por un nuevo influjo de esa poderosa hormona– en hombres físicamente desarrollados: vello corporal, músculos definidos, sexualidad floreciente, querencia por el riesgo, niveles de agresividad potencialmente elevados…

Ambos estaban haciéndose a los patrones conductuales programados por millones de años de evolución. Pero Shadrack llegaba a la hombría en una cultura que todavía encasilla los roles de hombre y mujer con criterios tradicionales y guía a los chicos mediante un ritual de al menos 200 años de historia (y se remonta a épocas inmemoriales en otras tribus vecinas).


Oliver, en cambio, lo hace en una cultura que avanza poco a poco hacia la neutralidad de género en la sociedad y que se ha alejado de las definiciones de hombre y mujer basadas en la anatomía hasta tal punto que los departamentos de Justicia, Educación y Defensa estadounidenses implantaron en 2016 políticas antidiscriminación que reconocen la identidad de género autoasignada con independencia del sexo consignado en la partida de nacimiento.

A diferencia de Shadrack, Oliver no puede recurrir a los roles tradicionales de varón y mujer para aprender qué significa ser hombre. En nombre de la igualdad, los estereotipos de género se han subvertido o repudiado. Para él no hay nada sorprendente ni heterodoxo en que las mujeres sean policías y los hombres, enfermeros.

Tampoco hay en nuestro entorno rituales ni ritos de iniciación como tales destinados a marcar con claridad la transición de Oliver de niño a hombre. En otras palabras, él mismo tendrá que aprender por su cuenta qué significa ser un hombre.

A veces lo veo buscando pistas; por ejemplo, cuando me mira con recelo porque, según él, cruzo las piernas «como una chica». Y otras veces, cuando se ve en situaciones peliagudas, sufriendo la presión de saberse evaluado –exámenes, trabajos, boletines de notas, partidos de baloncesto–, también lo veo cultivando una especie de estoicismo que recuerda, aunque muy atenuado, al que inculcaron a Shadrack a bofetones.

Shadrack llegaba a la hombría en una cultura que todavía encasilla los roles de hombre y mujer con criterios tradicionales



Oliver es tímido y trata de no exteriorizar sus sentimientos por miedo a parecer poco viril. Dejó de ir a clase de flauta porque era el único chico de la clase. No cruza las piernas: apoya el tobillo en la otra rodilla. Sus iconos de masculinidad son Michael Jordan y George Clooney. Cuando cumplió 15 años pidió de regalo un traje.

La ciencia y la investigación no pueden ofrecer a Oliver –ni a nadie– demasiada claridad en este sentido. Las cuestiones acerca de la masculinidad y los conceptos afines de virilidad y hombría se entretejen desde hace siglos en debates influidos por la política sobre la cultura y la biología. Antropólogos y sociólogos suelen decantarse hacia el lado de la cultura, convencidos de que la masculinidad es un constructo social.

El hombre se hace, no se nace

El «hombre» se hace, no nace, sostiene Michael Kimmel, catedrático de Sociología en la Universidad de Stony Brook: «La hombría no es la manifestación de una esencia interior […]. No emerge en la consciencia procedente de nuestra constitución biológica; se crea en el seno de nuestra cultura. Es más, la búsqueda de una definición trascendente y atemporal de masculinidad constituye en sí misma un fenómeno sociológico: tendemos a buscar lo atemporal y externo […] cuando las definiciones antiguas ya no funcionan y las nuevas todavía no se han cimentado con solidez».

Algunos científicos e investigadores de cariz feminista han postulado que las diferencias de género son invenciones y que los denominados rasgos masculinos no son más intrínsecos a los niños que el bodi azul celeste que se les pone a los bebés varones en el hospital. Sin duda tienen razón si hablamos de un buen número de estereotipos de género referidos a supuestas diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a inteligencia, instinto de crianza, racionalidad, emociones…

Sin embargo, al igual que la mayoría de los padres que han criado a un hijo y a una hija, me pregunto si no habrá algo más que la socialización cultural detrás de las conductas surgidas aparentemente sin ningún tipo de fomento consciente, ni por parte de la madre, ni del padre, ni de nadie. Pienso, por ejemplo, en el precoz interés de Oliver por lanzar pelotas: pelotas de espuma, de tenis, de cinta de pintor estrujada por sus propias manitas…

En el mismo sentido, ¿habrá algo más profundo que la socialización cultural en la fascinación de su hermana, India, por poner voces a sus muñecos en elaboradas escenificaciones? Mucho antes de empezar la educación infantil, India tomaba una muñeca en cada mano y se pasaba horas susurrando diálogos cual intérprete de idiomas en plena negociación de un tratado.

«La mente de las mujeres y la de los hombres no son intercambiables», apunta Steven Pinker, profesor de psicología de Harvard, en su libro La tabla rasa. En consonancia con la presión selectiva de tener que competir por los recursos y las parejas sexuales, los estudios sugieren desde hace décadas que los varones obtienen mejores resultados en las tareas mentales que implican rotar un objeto.

(Las chicas los aventajan en otras habilidades de resolución de problemas). Los chicos tienden a ser más agresivos en el plano físico. Joe Herbert, profesor emérito de neurociencia de la Universidad de Cambridge, dice que los niños también juegan con muñecas, pero lo más probable es que estas acaben involucradas en una pelea.

Parte de esas conductas agresivas quizás estén ligadas a los niveles de testosterona, que desde los 10 años más o menos –y con un pico cerca de los 20– suelen ser más de 10 veces superiores en el sexo masculino que en el femenino. Un estudio publicado en 2013 en el Journal of Cognitive Neuroscience halló una correlación entre la asunción de riesgos y el nivel de testosterona en adolescentes de ambos sexos.

A los sujetos del estudio se les daba la posibilidad de ganar dinero a cambio de activar una bomba que inflaba globos. Pero si el globo explotaba –y estaba programado que ocurriese aleatoriamente–, los jugadores perdían todo lo ganado. Los investigadores descubrieron que a mayor nivel de testosterona, más se arriesgaban los adolescentes, tanto chicos como chicas. Pero ellos preferían la emoción de ver y oír cómo explotaba el globo, aunque eso supusiese perder dinero, mientras que las chicas arriesgadas con niveles de testosterona relativamente elevados ponían más interés en la ganancia monetaria.


Uno de los ejemplos más claros de que la biología está detrás de muchos elementos de la masculinidad –y de que por tanto constituye un factor más de la construcción cultural de la hombría– quizá lo encontremos en un raro trastorno genético llamado síndrome de insensibilidad a los andrógenos. El bebé nace con un cromosoma Y, lo que significa que biológicamente es varón, pero su organismo es incapaz de procesar la testosterona y por consiguiente se estanca en el fenotipo femenino.

La persona presenta características y rasgos de mujer –piel lampiña, mínimo olor corporal, vagina rudimentaria– y se siente mujer, pero al tener testículos internos en vez de ovarios y útero, no puede gestar. Este síndrome, apunta Herbert en su libro Testosterone, es «la demostración palmaria de que la testosterona es el origen de lo que llamamos “masculinidad”».


Los investigadores descubrieron que a mayor nivel de testosterona, más se arriesgaban los adolescentes, tanto chicos como chicas

Y así, con las primeras luces, espoleado por los imperativos culturales de los bukusu y por lo que la ciencia identifica como los más de 1.200 nanogramos de testosterona por decilitro que recorren las venas de un varón adolescente, Shadrack echó a andar hacia el río Chwele.

Lo acompañaban unos 30 hombres y muchachos, y alguna que otra chica intrépida a quien todavía no habían ahuyentado de allí. Entre cánticos, el séquito trotaba por los caminos de arcilla rojiza y los campos de maíz y caña de azúcar. A las siete menos cuarto le retiraron los cencerros y los brazaletes de metal. El chico se quitó el pantalón. Descendió desnudo por la orilla herbosa. Su tío lo siguió.

Oculto tras los juncos, Shadrack se lavó la porquería de vaca y salió cubierto de barro. Pegado en la cabeza llevaba un ramillete de una hierba especial; parecía el penacho de una avefría.

El grupo puso entonces rumbo al sur y regresó a la casa del padre de Shadrack, esa vez casi a galope y por un camino diferente para frustrar cualquier eventual intento de brujería por parte de individuos malévolos. Entonaban el himno de los bukusu, la famosa sioyayo, la canción de la circuncisión que insulta a la tribu rival de los luo, cuyo ritual tradicional de paso a la edad adulta consiste en extraer una pieza dental al chico en vez de extirparle el prepucio. «Quien tema la circuncisión que se vaya con los luo».

La circuncisión del joven

Un gran gentío –hombres, mujeres, niños, niñas– aguardaba en las cabañas de la familia. Shadrack entró en el patio y se puso de pie sobre un cartón mirando al oeste, para contemplar simbólicamente el ocaso de su niñez. Luego, todavía con pose teatral, puso la mano izquierda en la cadera y estiró el brazo derecho por encima de la cabeza. El hombre destinado a circuncidarlo se acuclilló ante él.

La intervención duró apenas unos segundos. Shadrack no parpadeó, ni se estremeció, ni exteriorizó el menor dolor. De hecho, cuando el circuncisor tocó un silbato para anunciar que daba por concluida la operación, y su madre, su tía y demás mujeres comenzaron a ulular de júbilo, Shadrack empezó a pavonearse.

El padre, el tío y otros hombres corrieron a inspeccionar el resultado de la operación. Temblando, quizás en estado de shock, Shadrack se sentó y las mujeres lo envolvieron en coloridos chales.

Los cuatro días siguientes serían de convalecencia. La tradición de su comunidad dicta que los iniciados pasen cuatro meses a solas con un tutor que les enseña a cazar, a construir una cabaña, a curtir una piel y a convertirse en guerreros lo bastante feroces para repeler los ataques de quien intente robar su ganado y para organizarse para robar ellos el ajeno.

Aunque algunos jóvenes bu­­kusu aún hoy adquieren esas destrezas, Shadrack pensaba reincorporarse a las clases cuando em­­pezase el curso en septiembre. «También puedes ser feroz en el colegio –dice Simiyu Wandibba, profesor bukusu de antropología en la Universidad de Nairobi–. Puedes reciclar las virtudes tradicionales para que se adapten a la vida actual».

Shadrack ya empezaba a ser acreedor de un respeto nuevo; ya tenía derecho a disfrutar de una serie de privilegios patriarcales. Ya nadie le mandaría ir a por agua, ni a por leña, ni a barrer el hogar familiar. Las mujeres que preparasen la comida tendrían en cuenta sus preferencias. Con una cabaña propia en el complejo familiar, ya no dormiría en casa de su madre ni se sentaría a sus pies a escuchar cuentos.

Y cuando llegase diciembre, de acuerdo con los usos y costumbres ancestrales, se celebraría la ceremonia de khukhwalukha para poner fin al período de transición de omusinde a omusani y el chico de 14 años sería presentado formalmente a la comunidad bukusu como un hombre hecho y derecho.

Es difícil presenciar una ceremonia de circuncisión bukusu sin pasar constantemente de la admiración a la consternación. Consternación porque los chavales que la protagonizan son… chavales. En una semana asistí a cinco circuncisiones; algunos de los omusinde eran aun más jóvenes y parecían menos preparados para lo que les esperaba que Shadrack.

¿Tiene un niño de 10 años, tentado por el disfrute de nuevos privilegios y ansioso por encajar en su comunidad, plena libertad para tomar la decisión de someterse a una intervención tan dolorosa y potencialmente peligrosa?

Cierto es que lo que han experimentado Shadrack y sus compañeros no es, ni de lejos, el rito más extremo ideado por una cultura para convertir a los niños en hombres. Los aborígenes mardudjara de Australia deben ingerir su propio prepucio tras la extirpación. Los satere mawe de la Amazonia brasileña introducen la mano en unos guantes llenos de hormigas bala (Paraponera clavata), cuya picadura neurotóxica se cuenta entre las más dolorosas de la naturaleza.

Cabe preguntarse: ¿por qué? La inquietante respuesta es, por supuesto, para prepararlos para la guerra. El antropólogo David Gilmore apunta que allí donde los recursos escasean y el bienestar colectivo es precario, «la ideología de género refleja las condiciones de vida materiales».

A los chicos se les «forja» y se les «curte» para que cumplan con los deberes clásicos de procrear, proveer y proteger que desde hace milenios recaen en los hombres. Bien sea para repeler la agresión de otros hombres o para aprovecharse de la debilidad ajena, la violencia es el leitmotiv de la hombría en incontables culturas.

A juzgar por los videojuegos, las películas de acción, las peleas que se producen en el hockey sobre hielo y las tasas de homicidios en Estados Unidos, la violencia sigue cautivando a los hombres aun cuando sus condiciones de vida materiales no sean desesperadas.

¿Qué podría romper el ciclo que vincula la masculinidad con la dureza y el estoicismo?¿Qué podría cambiar en los hombres que temiendo la violencia –o fascinados por ella– acaban precisamente fomentándola?

A los chicos se les «forja» y se les «curte» para que cumplan con los deberes clásicos de procrear, proveer y proteger

Al margen de la consternación, me costó trabajo no admirar a mi pesar una cultura que pone ante los chavales una ruta tan clara hacia la edad adulta. El camino no tiene pérdida. El cuchillo y el corte materializan la transición con total pragmatismo. «La sangre nos conecta con los antepasados», me dijo un tío de Shadrack.

Los privilegios masculinos a los que accede Shadrack significan que cenará lo que más le apetezca, pero a cambio tendrá también obligaciones y responsabilidades, y hay quien opina que la dura experiencia del maltrato vivido en el ritual puede enseñar a los chicos a no responder con la misma moneda. «Cuando te han echado encima mierda de vaca en el sentido literal, sabes que podrás soportar cualquier cosa que te eche encima la vida», dice el periodista bukusu Daniel Wesangula.

También está el apoyo de los bakoki, la hermandad de chicos que han sido circuncidados al mismo tiempo y que tienen la misma edad. «Son amigos para toda la vida –asegura Wesangula–. Cuando te mueres, llevan tu caja y cavan tu sepultura. Si te desvías por el mal camino, tus padres mandan a un bakoki para que te llame al orden».

Quizá sea por esa falta de sustanciosos rituales de hombría que el colegio de Oliver invitó hace poco a un grupo de teatro integrado por jóvenes para que representara una obra titulada Now that We’re Men («Ahora que somos hombres»).

En el programa se formulaban expresamente preguntas como: «¿Quién sale perjudicado cuando en los pasillos del instituto se profieren constantemente [insultos de carácter sexual]? ¿Cómo es formar parte de una cultura donde los videojuegos más populares del mercado asignan puntos a los jugadores (casi siempre chicos jóvenes) por violar y matar mujeres?».


Si mi hijo no tiene muy claro qué significa ser hombre, supongo que en parte es culpa mía por legarle la tradición de autodescubrimiento desestructurado que en su día yo heredé de mi padre, quien no me interceptó por el pasillo para darme embarazosas charlas sobre el milagro de la vida, ni me enseñó a acuchillar jabalíes, ni preparó un bar mitzvah en versión niño ateo de Connecticut.

Ignoro qué hizo las veces de ritual para que yo cruzase la puerta que separaba mi niñez de lo que quiera que soy en estos momentos, en que voy por la vida con una lista de competencias a medio adquirir y otra de cosas que sigo sin saber hacer.

La primavera pasada, cuando a mi padre le quedaban unos meses de vida, le pregunté si había intentado prepararme para ser hombre. Cuando me miró sin entender nada, le pregunté si creía que su padre había hecho alguna cosa para prepararlo a él. Me miró entendiendo todavía menos. Imagino que su forja había sido la Marina de Estados Unidos.

En sus últimos momentos no recordaba qué le habían hecho los médicos un cuarto de hora antes, pero sí a los compañeros del buque a bordo del cual había participado en la Segunda Guerra Mundial. A los 19 años cruzó el Pacífico en un remolcador oceánico. Navegó con sextante, boxeó con los demás marineros y, en las aguas de Okinawa, disparó a un kamikaze.

Atracó en la bahía de Hiroshima dos meses después de la bomba atómica y vio las consecuencias más extremas de la guerra entre los hombres, una experiencia que cristalizó en un poema que en octubre de 1945 le publicó el New York Herald Tribune. Se embolsó 12 dólares, la primera remuneración de la que sería una larga carrera como escritor. Proteger. Proveer.

A falta de ritos, supongo que en mi familia la hombría debe de ser un código de valores transmitidos mayoritariamente con el ejemplo. Un día mi padre explicó a un compañero mío de universidad, cuya familia tenía un rancho en Wyoming, por qué no necesitaba arma alguna para proteger a su familia.

Con una frase que hoy se me antoja no solo la síntesis de cierto tipo de idealismo liberal, sino el quid de lo que mi padre entendía por ser hombre, le dijo: «El día que eche mano de una pistola en vez de un abogado, ya no quedará nada que defender».

Hoy, en una época en la que tantos hombres-niño salen de casa con una pistola para asistir a sus clases en la Universidad de Texas, la frase resulta curiosa. Y me pregunto si existirá algún ritual de masculinidad tan ingenioso que logre transmitir los valores que mi padre veía en los dos artistas de los que mamó su sensatez, el humorista Robert Benchley y el gran trompetista Louis Armstrong, a quienes veneraba por su «sentido del humor, decencia y alegría de vivir».

Ignoro cuán útil es para Oliver saber que hay un millón de definiciones de lo que significa ser hombre y que tiene toda la libertad del mundo para escoger la suya propia, para averiguar por sí mismo qué requisitos tiene que cumplir un chico para convertirse en hombre.

Espero que entienda las responsabilidades que conlleva la hombría, que rechace las desigualdades que perpetúa, que comprenda qué parte es biológica y qué parte es cultural, qué parte es estimable y digna de preservarse y qué parte reclama a gritos un cambio.

Confío en que se convierta en el hombre que por fin haya conseguido definir y que no espere tener bula por encajar en esa visión de sí mismo. También él tiene detrás una estirpe de antepasados, ahí fuera, en el polvo. No estaría mal que decidiera poner en el norte de su brújula el sentido del humor, la decencia y la alegría de vivir.

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