Parque Nacional Peneda-Gerês: la joya del norte de Portugal

Naturaleza y civilización en el Parque Nacional Pereda-Gerês: una galería fotográfica de Peter Essick

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Mezcla de naturaleza virgen y civilización, el Parque Nacional Peneda-Gerês de Portugal se enfrenta a un difícil reto: proteger el medio natural y a la vez integrar en él a la población humana.

Peter Essick

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En el valle del río Homem florece este bosque de robles, cubierto de musgo y de plantas epifitas. En Peneda-Gerês hay tres zonas climáticas claramente diferenciadas, que corresponden a los diversos hábitats naturales, desde cimas rocosas hasta valles llenos de verdor.

Peter Essick

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Las aguas frías y cristalinas del río Homem y de otras zonas de baño atraen a miles de visitantes a Peneda-Gerês durante los fines de semana de verano. Estas invasiones estacionales son todo un reto para las personas y los animales que viven en el parque todo el año. 

Peter Essick

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El castillo Lindoso fue clave durante las luchas del siglo XVII que desembocaron en la independencia portuguesa de España.

Peter Essick

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Las ruinas de un antiguo pueblo sumergido tras la construcción de una presa hidroeléctrica emergen cuando el agua alcanza niveles muy bajos. La huella humana en el parque incluye castillos medievales, centros de peregrinación y algunos hoteles modernos. 

Peter Essick

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El agua es una presencia constante en el parque. En contraste con el soleado sur de Portugal, algunas zonas de Peneda-Gerês reciben lluvia más de cien días al año.

Peter Essick

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Construidos sobre unas columnas de piedra para mantener su contenido a salvo de los ratones, los tradicionales espigueiros (como se denominan los hórreos en Portugal) y las eras han sido el centro de la vida agrícola desde el siglo XVII, poco después de que los exploradores portugueses y españoles trajeran el maíz del Nuevo Mundo.

Peter Essick

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Hewing to the old ways, some farmers in Peneda-Gerês still plow behind a team of longhorns, but they are a vanishing breed. Many of the park's traditional villages are dwindling as young people choose jobs in distant cities rather than the hard work and harsh weather endured by their forebears.

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Endémicas de la península Ibérica, algunas rarezas botánicas como este lirio de Gerês hallan refugio en los rincones más remotos del parque. Peneda-Gerês es también el hogar del lobo ibérico y el águila real, dos especies amenazadas.

Peter Essick

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Este reino de cascadas y escarpadas gargantas rocosas que se extiende a ambos lados de la frontera entre el norte de Portugal y España ha sido recolonizado por la cabra montés. Los primeros ejemplares cruzaron la frontera desde un parque contiguo en España hace unos diez años, y hoy ya hay un centenar de animales.

Peter Essick

1 de julio de 2011

Al anochecer, el biólogo Francisco Álvares atraviesa el pueblo de Pitões das Júnias, en el norte de Portugal, mientras saluda a viejos amigos. Dos viudas vestidas de negro le tocan el brazo con amabilidad cuando pasa por la esquina donde ellas están sentadas charlando al fresco. Con un movimiento de ca­­beza, Álvares saluda a una adolescente de cabello rubio que acaba de encorralar las 200 cabras de su padre, e intercambia unas palabras de broma con un vaquero que regresa del campo con sus vacas cachenas.Cuando llega al final del pueblo se detiene y mira hacia el oeste, donde el mosaico de campos desaparece para dar paso a un espeso bosque de robles, al final del cual se yerguen escarpados picos de granito. Juntando las manos en forma de cazoleta sobre la boca, respira profundamente y emite un sonido que empieza como un débil y triste gemido y crece hasta convertirse en un aullido. Repite su llamada dos veces, y finalmente llega una respuesta, sorprendentemente cercana, el mismo sonido triste que se convierte en grito triunfal: el aullido de un lobo. Álvares sonríe y se adentra en la oscuridad de los árboles.

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«Hace al menos diez años que una manada de lobos tiene su guarida en las colinas sobre el pueblo –dice en voz baja mientras caminamos–. Siempre que pueden atacan a alguno de nuestros perros, cabras o terneros. Hace unos años entraron de madrugada en manada, rodearon a un asno que no estaba atado, lo condujeron a las afueras del pueblo y lo mataron.»

Pitões das Júnias está dentro de Peneda-Gerês, el primer y único parque nacional de Portugal. Sólo mide 700 kilómetros cuadrados, pero dentro de sus fronteras hay una espléndida mezcla de vida salvaje y vida civilizada. Cuarenta lobos ibéricos en peligro de extinción comparten territorio con unas 11.000 personas, que viven en más de 80 asentamientos surgidos mucho antes de que se estableciese el parque en 1971. De hecho, aquí conviven personas y animales salvajes desde la edad de piedra. Hoy su convivencia se de­­sarrolla en un delicado equilibrio, o bajo una tensión constante, según a quién se pregunte.

Situado en un agreste rincón del norte de Portugal colindante con la frontera española, Peneda-Gerês está compuesto de sierras, ríos, cañones, desfiladeros y arroyos. La mayor parte de los pueblos se encuentra en los valles, donde el clima es más benigno, y la tierra, más benevolente con las personas y el ganado. La zona más silvestre del parque está en las tierras altas, un reino de accidentados macizos de granito, páramos azotados por el viento y mesetas peladas con trozos cubiertos de enormes acebos.

Álvares y yo nos adentramos en el bosque a medida que anochece envueltos en el olor del musgo, los helechos y la arcilla, y el sonido del agua, siempre presente en Peneda-Gerês. Aquí llueve más de cien días al año, y en las tierras altas se forman numerosos manantiales, que luego quedan absorbidos por las turberas o fluyen en multiplicidad de riachuelos, ríos y cascadas.

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El paisaje lleva también la huella del ser hu­­mano, habitante de esta tierra desde el neolítico, como atestiguan los enormes dólmenes esparcidos por los páramos. Una calzada romana cruza el bosque, y castillos medievales coronan las cimas rocosas. Elaborados bancales trepan por las colinas, donde los agricultores llevan siglos plantando trigo y maíz. Siguiendo el curso serpenteante de un río es fácil encontrarse con algún monasterio abandonado, o con una ermita que sigue atrayendo peregrinos. Muchas de estas estructuras, cubiertas a trozos por líquenes y con piedras erosionadas por siglos de lluvias, se integran tan bien en el paisaje que parecen haber brotado del suelo de forma natural.

Este equilibrio entre paisaje e historia, vida salvaje y civilización, se ha visto amenazado en las últimas décadas por la construcción de residencias de verano y presas hidroeléctricas dentro del parque, y por uno de los parques eólicos más grandes de Europa justo fuera del límite occidental del parque. Si Peneda-Gerês podrá sobrevivir a esta avalancha de modernidad es una cuestión muy debatida en los bares locales, aunque recibe poca atención por parte de Lisboa.

Ya bajo la oscuridad de la noche, seguimos adentrándonos en el monte. Tras 20 minutos de subida, llegamos a la sierra granítica. Álvares repite el aullido, pero no hay señal de los lobos.

Extendemos los sacos de dormir en un trozo de hierba que hay entre las rocas. El cielo estrellado brilla como el del desierto. Tres o cuatro veces durante la noche el viento sopla fuerte, la niebla nos envuelve y cae una ligera llovizna.

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Por la mañana nos despierta el sonido de unas pezuñas. Un caballo garrano semisalvaje nos está mirando mientras su manada pasta detrás de él. Bajo el brillo anaranjado del alba los contornos se aprecian con una nitidez extraordinaria: los peñascos que nos rodean, los picos hacia el oeste, los bosques del este y del sur, e incluso las lejanas turbinas del parque eólico.

Muchos parques son reductos de naturaleza en estado puro, pero Peneda-Gerês destaca por sus yuxtaposiciones: guaridas de lobos a la vista de los asentamientos humanos, aldeas antiquísimas a la sombra de las turbinas eólicas. Si algún día se destruye el delicado equilibrio de este parque, el mundo perderá un tesoro.