Parque Nacional de Kaziranga, el reino de la pradera india

La mayor reserva de la India, alberga tigres, búfalos y rinocerontes. Mira las fotografías de Steve Winter.

Un rinoceronte indio (Rhinoceros unicornis, el que parece llevar el cuerpo acorazado) pesa lo mismo que un todoterreno. Sólo el rinoceronte blanco, de África, lo aventaja en tamaño. Y en cuanto a peligro de extinción, sólo los rinocerontes de Sumatra (con apenas 350 ejemplares) y de Java (no más de 50), en situación de peligro crítico, están peor que él. Antaño especie común desde Pakistán hasta Myanmar, R. unicornis cuenta actualmente con menos de 2.700 individuos, un 25 % de los cuales está confinado en diez pequeñas reservas del norte de la India y el vecino Nepal. El resto (unos 2.000 ejemplares en el último recuento) vive en el Parque Nacional de Kaziranga, una reserva de 860 kilómetros cuadrados que abarca 80 kilómetros de curso del río Brahmaputra con sus islas arenosas, unas pocas zonas al norte, y una parte mucho mayor de llanura de inundación hacia el sur. Sin contar el río, hay un promedio de cuatro rinocerontes (antediluvianos, acorazados, enojadizos) por kilómetro cuadrado de parque.Hace un siglo quedaban menos de 200 en el estado de Assam, en el norte de la India. La agricultura se había adueñado de casi todos los fértiles valles fluviales de los que depende la especie, y los supervivientes sufrían el implacable acoso de cazadores de trofeos y furtivos. Kaziranga pasó a ser un espacio protegido en 1908 con el objetivo primordial de salvar a los rinocerontes. Había una docena de ellos, a lo sumo. Pero con los años la reserva fue ampliándose; en 1974 recibió la calificación de parque nacional y en 1985 fue declarada Patrimonio de la Humanidad. A finales de los años noventa volvió a ampliarse y duplicó su tamaño (aunque aún hay cuestiones legales pendientes). Convertido hoy en el principal santuario de rinocerontes de Asia, y en un filón para el repoblamiento de otras reservas, Kaziranga es la clave del futuro de R. unicornis.

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La guerra del rinoceronte

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Clamoroso éxito conservacionista, el parque también da refugio a casi 1.300 elefantes asiáticos, 1.800 búfalos de agua (la mayor población que queda en el mundo), tal vez 9.000 ciervos porcinos, 800 barasingas, o ciervos de los pantanos (es un enclave importante de esta especie en extinción), decenas de sambares y cientos de jabalíes. Eso son millones de kilos de carne de presa, aunque ni lobos ni cuones vagan por aquí. Los osos bezudos que habitan el parque se alimentan de termitas y plantas, mientras que los leopardos prefieren cazar en los bosques de las colinas circundantes. Cuando los ciervos porcinos resoplan alarmados o los búfalos giran sus cuernos al unísono para escudriñar la misma parcela de hierba, suele ser porque algo de color naranja, con rayas y unas zarpas enormes se acerca.

Lo que me alertó fueron las colas de los ciervos, que se alzaban de repente: tigre a la vista. Un ejemplar había entrado en el claro que ro­­deaba un lago semiseco, a tiro de piedra de donde yo estaba. Lo primero que vi fueron las patas. Luego me vi delante de un felino que superaba en altura al ciervo más alto, pesaba 225 kilos y parecía estar hecho de fuego. Entonces, de pronto, el cazador y las presas se habían esfumado, y me quedé mirando fijamente los tallos que por un segundo habían enmarcado la silueta del tigre.

La deforestación y la caza furtiva generalizadas han acabado con la mayoría de los tigres de la India en los últimos 25 años. En Kaziranga, en cambio, parece que prosperan. El cálculo oficial los cifra entre 90 y 100 ejemplares, tal vez la mayor concentración por metro cuadrado del mundo.

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La guerra del rinoceronte: combatiendo la caza furtiva

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¿Qué cualidad extraordinaria tiene el parque para concentrar tal cantidad de grandes mamíferos en una zona reducida? La respuesta está en el río. El Brahmaputra nace en las alturas del Tibet, discurre en dirección este a lo largo de unos 1.100 kilómetros, recogiendo las aguas de la cara norte del Himalaya antes de describir un cambio de dirección y continuar otros 800 kilómetros a través de la India y Bangladesh. Cuando el monzón estival añade las aguas de las lluvias torrenciales a la cuenca, el río se desborda sobre el valle. Cuando la crecida retrocede, la llanura queda cubierta por una capa de limo, rico en nutrientes, de la que brota una exuberante profusión de cárices y hierbas altas que convierten la luz solar en tejidos no leñosos cargados de almidón; es decir, en vastos campos de alimento superenergético que alcanzan los seis metros de altura.

Solemos pensar que los bosques son las zonas subtropicales con la fauna más notable y la necesidad de conservación más acuciante, pero las praderas de hierbas altas de las llanuras aluviales son más ricas en grandes animales nativos y muchísimo menos comunes. El parque también incluye prados de hierbas cortas, y la abundancia de criaturas que se ven en esas sabanas abiertas nada tiene que envidiar a las estampas de los parques africanos más famosos.

En un terreno algo más elevado, árboles como la margosa forman etéreos doseles de los que penden lianas. Un tropel de macacos Rhesus se mueven por los troncos. Cotorras y cálaos bicornes adornan las ramas. Si aguzas el oído, surgen de las sombras las voces de cientos de aves.

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Canales de desbordamiento convertidos en lagos someros, que las inundaciones periódicas recargan de agua y de peces, salpican el paisaje. Las aves acuáticas migratorias, desde ánsares índicos hasta tarros canelos, abarrotan los humedales de Kaziranga durante el invierno junto con pelícanos orientales y jabirúes asiáticos. Mientras los raros pigargos de Pallas pescan en las charcas (o bils), las nutrias, de cacería, saltan en el agua describiendo en el aire un arco más propio de un delfín. En el Brahmaputra incluso vi delfines del Ganges elevando sobre el agua sus cuerpos de dos metros. En peligro en la mayor parte de su territorio, estos mamíferos parecen resistir en el trecho del río que abarca el parque, a salvo de redes e intereses pesqueros.

Budheswar Konwar, mi guía, detuvo el jeep descubierto en el que viajábamos una calurosa tarde para retirar de la carretera secundaria una tortuga de agua rosácea. Los demás bajamos para estirar las piernas. Cuando me giré para curiosear en la otra dirección, quedé aterrado.

«¡Rinoceronte!» Muy cerca, y corriendo al galope ha­­cia nosotros.

Estos tanques de carne y hueso alcanzan velocidades de más de 40 kilómetros por hora. Los visitantes (todos los años Kaziranga recibe unos 70.000 turistas indios y otros 4.000 extranjeros) deben ir acompañados de un guarda armado del parque, y el requisito no es un mero formalismo. No había tiempo para montarnos en el coche y salir pitando, de modo que Ajit Hazarika abrió fuego. La bala levantó un cáustico roción de tierra a pocos centímetros de la pata delantera del atacante. Eso, y el estruendo del rifle, bastó para que el rinoceronte se echase a un lado dos segundos antes de embestirnos.

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Al cabo de diez minutos el jeep atravesaba un bosque por una pista elevada de tierra cuando se subió a la carretera una hembra de rinoceronte que acababa de darse un refrescante baño, seguida de una cría igual de embarrada. A la zaga apareció otro subadulto. Los tres descendieron por el otro lado de la carretera y se perdieron de vista.

Retomamos la marcha tras un rato de espera, sólo para descubrir que la madre rinoceronte venía a toda velocidad por entre los árboles para cargar directamente contra nosotros. No podíamos retroceder ni acelerar por la pista de tierra. Hazarika, que iba de copiloto, ni siquiera tuvo tiempo de disparar antes de que la hembra se estrellase contra el jeep, al que superaba ampliamente en tonelaje. La puerta de su lado se hundió. Me di cuenta de que la rinoceronte nos estaba empujando hacia el borde de la pista y poniéndonos sobre dos ruedas, y comprendí que sería mejor saltar antes de que volcásemos.

A diferencia de los rinocerontes africanos, los indios no cornean al enemigo: lo muerden con los incisivos inferiores, tan grandes como afilados. La dentadura de la hembra estaba dejando profundas muescas en la chapa del jeep. ¡Maldición!

Konwar había establecido una regla para Ka­­ziranga: «No apto para miedosos». Yo la infringí cuando él forzaba el motor, tratando de arrancar a la desesperada. Por fin el vehículo recobró la horizontalidad y se zafó con un derrape. Pero la hembra no dudó un segundo en perseguirnos, y hasta que no hubimos recorrido unos cien o doscientos metros en medio de una nube de polvo, estuvimos muy cerca de no contarlo.

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Grandes migraciones animales

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Nos dirigíamos al lugar en el que se había visto el rastro de dos tigres junto al cadáver, to­­davía fresco, de un rinoceronte. Los tigres se co­­bran hasta el 15 % de las crías de rinoceronte en Kaziranga. Aquellos restos indicaban que los tigres habían abatido un ejemplar adulto, una empresa muy arriesgada que no suele registrarse.

La peor amenaza de los rinocerontes es la predación humana, igual que hace un siglo. Por eso Kaziranga cuenta con casi 600 guardas a pie de campo, destacados entre los grandes animales y los cazadores furtivos. Operan desde 130 campamentos y patrullan en parejas o en tríos, a pie, a lomos de elefante o en bote. Las patrullas vespertinas se retiran cuando anochece. Los guardas inician el turno mucho antes del amanecer, no sin antes detenerse ante un modesto altar elevado a la diosa Kakoma para solicitarle una vez más regresar sanos y salvos. Cuando hay luna llena, los equipos pasan fuera toda la noche.

La misión nunca tiene fin. Cuando sorprenden a alguien pescando en el río o en los bils, le confiscan las redes y lo multan. Las vacas y cabras que pacen dentro del parque tienen que ser arreadas hacia los pastos de sus aldeas de origen. Más a menudo los guardas reciben aviso para devolver a Kaziranga la fauna salvaje que se ha adentrado en poblados y cultivos.

Pero todo eso es pura rutina en comparación con lo que supone enfrentarse a los hombres armados que acosan a los rinocerontes. Los cuernos de estos animales (una aglutinación de fibras de queratina, la misma sustancia de los cascos y el pelo) son muy apreciados para confeccionar mangos de puñales en Oriente Medio, y aún más valorados en toda Asia por sus supuestas propiedades medicinales. Cuando un cuerno vale más de 25.000 euros en el mercado negro, se convierte en un artículo letal.

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Reparto de elefantes

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Entre 1985 y 2005, los cazadores ilegales abatieron 447 rinocerontes en Kaziranga, además de varios guardas; por su parte, éstos acabaron con la vida de 90 furtivos y arrestaron a 663. El número de rinocerontes cazados al año por los furtivos descendió a menos de nueve en 1998, pero subió a 18 en 2007. Cuando llegué al parque a principios de 2008 ya habían caído otros cinco. Uno era una cría, sacrificada por un diminuto cuerno. A la madre herida le arrancaron el suyo. Agonizó durante dos días, hasta que murió.

Una serie de detenciones ha aplacado el frenesí furtivo, aunque la experiencia indica que tarde o temprano aparecerán más desalmados. Pero el parque padece otro problema grave, un problema al que nadie puede poner freno.

Kaziranga depende de un territorio mucho mayor para mantener su espectacular vida salvaje. En época de inundaciones, cuando la tierra desaparece bajo las embarradas corrientes del Brahmaputra, los animales huyen de la reserva. Como han hecho siempre. Sólo que hoy, vayan donde vayan, se topan con otra inundación: la humana. Es fácil perderse en un mar de hierba hasta el límite sur de Kaziranga, pero a partir de ahí, dar un paso es encontrarse rodeado de niños, perros, gallinas, cabras y kilómetros de arrozales. Si avanzas un poco más, puedes encontrarte con un cobertizo en el que una vaca tumbada en el suelo exuda fluidos por la herida causada por un tigre, mientras Nijara Nath cuenta cómo descubrió al felino por la noche en la cuadra anexa a la casa. Cuando los cultivos empiezan a estar maduros, su marido, Indeswar, pasa muchas noches en la linde de su terreno tratando de espantar a los grandes herbívoros, desde ciervos de pezuña delicada hasta rinocerontes que abren un cráter en el arrozal a cada paso que dan. Los Nath no se oponen al parque, pero les gustaría que la burocracia, que en teoría ha de compensar a los paisanos por los estragos de la fauna salvaje, fuese más eficaz. «Unos años la pérdida es grande, otros es pequeña, pero siempre la hay», me dijo.

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Misión: salvar al tigre

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Los asentamientos humanos presionan aún más de cerca en el límite norte del parque. Desde la torre de vigilancia de uno de los campamentos, no vi más que animales domésticos paciendo en los humedales del parque. Pero en casi ningún punto de Assam hay tantos conflictos con los elefantes como en esta zona, situada en una ruta migratoria de manadas que siguen los últimos retazos de bosque entre Kaziranga y las estribaciones del Himalaya.

En época de crecidas los animales también emigran al sur, a los montes Karbi. Hace poco se añadieron al parque cinco corredores biológicos (pequeños, pero vitales) para facilitar ese viaje. En su camino, los animales se topan con la carretera nacional 37 (NH37), principal ruta de transporte este-oeste de Assam. Elefantes, rinocerontes, pitones y ciervos son atropellados casi todos los años. El proyecto de ampliar la vía a cuatro carriles preocupa a los conservacionistas.

«Si la nacional 37 se convierte en autopista, será la sentencia de muerte de Kaziranga –ad­­vierte Asad Rahmani, director de la Sociedad de Historia Natural de Bombay–. El Gobierno debería adquirir tierras para habilitar más corredores antes de que Kaziranga se quede aislado.»

Aunque se refuercen las conexiones con los montes Karbi, ¿qué hay de los montes en sí? ¿Y de las tierras altas que van ascendiendo hacia el Himalaya? Cada año que pasa, madereras, canteras, pastores y agricultores se adueñan de más porciones de las reservas forestales del Estado, transformando lo que era una cubierta arbórea continua en un paisaje de pendientes taladas, cuya maleza baja e irregular no lo protege de la erosión. Es positivo que la India haya habilitado en la zona la Reserva de Elefantes Kaziranga-Karbi Anglong, que se extiende hacia el sur, y la Reserva de Tigres Kaziranga, que abarca un buen número de kilómetros hacia el norte. Pero en este momento las reservas son poco más que líneas esperanzadoras trazadas en un mapa, y las zonas ajenas al parque no dejan de llenarse de población hambrienta de tierra cultivable.

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El reto es conectar el máximo de retazos posible. Si los obstáculos parecen insuperables, basta con pensar en los abnegados guardas, y en Budheswar Konwar y la regla del país del rinoceronte. No apto para miedosos.