El Parque de Adirondack, al norte de Nueva York

El fotógrafo Michael Melford nos acompaña en un recorrido visual por los montes del norte de Nueva York.

Desde mi casa, a dos horas al norte de la ciudad de Nueva York, percibo el magnetismo de los montes Adirondack, a otras dos horas en dirección noroeste. La atracción es tan intensa como la que ejerce Manhattan pero en sentido contrario: el reclamo de un territorio con pocas carreteras y poca gente. Aquí, el mundo exterior parece desvanecerse tras el abrazo de las montañas, aisladas por ríos y lagos. Ascienda hasta lo más alto de los High Peaks, y a su alrededor no verá otra cosa que los Adirondack.

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Desde mediados del XIX no han dejado de llegar visitantes a estas montañas. Hoy puede accederse a los Adirondack tomando una salida de la autopista Albany-Montreal, lo cual no im­­pide que uno tenga la sensación de ser engullido por el paisaje más remoto del mundo.

Si se llega desde el sur, el suelo cambia de un kilómetro a otro. Pronto te encuentras rodeado de un oscuro muro arbóreo (píceas rojas, abetos del bálsamo, hayas, tsugas), y de repente se im­­pone un paisaje pétreo: estás ascendiendo a la cúpula de los Adirondack, un roquedo de épocas antiguas que quiebra la superficie del suelo para descollar sobre todo cuanto lo rodea. Luego llega el agua, a veces visible, pero casi siempre oculta y recóndita: charcas, lagos, arroyos, ríos y unas ciénagas tan saturadas de agua que sólo un castor o un animal de un peso similar pueden atravesarlas. Como escribió el filósofo William James hace más de un siglo, éste es un lugar donde «aspirar a lo esencial de la vida».

Para James, al igual que para tantos visitantes de entonces y de hoy, aspirar a lo esencial de la vida significaba escalar a lo más alto, como hizo en 1898, cuando subió los montes Marcy, Gothics y Basin en un mismo día memorable. Para otros significa descender a las profundidades del Área de Piragüismo de Saint Regis para deslizarse en canoa bajo un rayo de luz dejando tras de sí una estela muda. En esos momentos es posible imaginar un viaje al pasado, retroceder mucho más allá de 1898, hasta 1609, cuando el explorador, geógrafo y navegante francés Samuel de Champlain posó la mirada sobre estas montañas.

Es fácil creer, incluso hoy, que casi nada ha cambiado en lo que James llamó el «bosque primitivo», pero salvo contadas excepciones, casi todo ha cambiado en los Adirondack. Este parque es quizás el más complejo del planeta.

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Una simple pregunta puede ayudarnos a comprender esa complejidad: ¿cómo se crea un parque? En el caso de Yellowstone (el primer parque nacional del mundo) se reservó una única porción de tierra casi virgen. Pero cuando el Congreso protegió Yellowstone en 1872, partes de los Adirondack llevaban más de medio siglo convertidas en zonas industriales, sobre todo en las márgenes de los afluentes del río Hudson y el lago Champlain. Se talaba el bosque para obtener el carbón que calentaba las forjas donde se trabajaba el hierro de las minas de Adirondack, la corteza de tsuga utilizada en las curtidurías locales y los troncos que flotaban río abajo rumbo a las serrerías. Ésa era la industria maderera legendaria, previa a la mecanización: tocones de metro y medio al paso de leñadores que manejaban sierras de través, troncos arrastrados por caballos, ríos regulados como «vías públicas» para transportar la madera.

Ya en 1890, según el New York Times, existía el temor general de que fuese «demasiado tarde para conservar los bosques de Adirondack». La llegada del ferrocarril trajo turismo, pero también permitió un mayor acceso a los madereros. Había «pocos árboles vivos a la vista» a lo largo del trazado de las líneas férreas, y los viajeros atravesaban un país «todavía ennegrecido por los incendios que lo han recorrido».

Parte del milagro de los Adirondack es la rapidez con que sus maltratadas tierras se recuperaron. Apenas unos decenios antes, en la década de 1870, el estado de Nueva York había comenzado a expropiar parcelas taladas a propietarios que no cumplían con sus obligaciones fiscales. En 1892 las convirtió en parque. La frontera original abarcaba una superficie de 1,1 millones de hectáreas, de las cuales sólo la mitad pertenecía al estado. (Hoy cerca de la mitad del parque sigue siendo propiedad privada.) Nueva York incluyó la vasta reserva forestal en la Constitución estatal, que protegía el parque público para que fuera «siempre virgen».

Desde entonces el parque se ha expandido hasta casi los 2,5 millones de hectáreas actuales, el más grande de la geografía estadounidense exceptuando Alaska y Hawai. Engloba todas las categorías territoriales posibles: reserva natural, bosque virgen, área primitiva, tierras cuya propiedad pertenece a grupos de inversión y clubes privados, suelo industrial, terrenos públicos gestionados por organizaciones medioambientales y tierra privada con servidumbre pública o sin ella, además de 103 municipios incluidos dentro del parque. El resultado es un intrincado mosaico de tierras y colectivos humanos que influyen en la gestión y dirección del propio parque.

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Es un cálido fin de semana de agosto. En los puntos de partida de las rutas (unas cortas, otras largas), aficionados al senderismo se ponen en marcha de buena mañana. Los escaladores preparan el equipo con impaciencia, ansiosos por llegar a las paredes rocosas. Los ciclistas pasan a su lado, pedaleando a toda velocidad. En las instalaciones del Museo Adirondack y en los márgenes de la carretera que conduce a Blue Mountain Lake se exponen antigüedades y objetos de artesanía. El humo del desayuno delata a los acampados en el interior del bosque. Canoas y kayaks avanzan entre percas por las aguas someras del lago Lower Saint Regis. Y probablemente alguien estará paladeando un café delante del portátil en un moderno albergue construido a la manera de los grandes «campamentos» de los Adirondack: vastas mansiones de troncos que en su día fueron el no va más del lujo rústico.

Aunque estos signos de civilización logran penetrar hasta la médula del parque, en los Adirondack uno tiene siempre la sensación de que a muy poca distancia comienza la tierra virgen, o muchas tierras vírgenes distintas. Lo que fascina de los Adirondack no es la tentadora promesa de un panorama todavía oculto a la vista, aunque el parque sea una cadena infinita de nuevas perspectivas. Es la ausencia de vistas, la densa cerrazón del bosque en la parte oriental, la profundidad del suelo que pisas al internarte en las sombras. La sensación irracional de que los árboles se cierran a tu paso, como si el bosque te aislara del presente. Pero la atracción que sientes –el impulso de caminar sobre la roca y el musgo, de salvar los arroyos en los que se abre la luz, de saltar los troncos caídos, de internarte en la oscuridad de los bosques de tsugas– es por la virginidad que ha recobrado el lugar.

«Los Adirondack son el paraíso de la recuperación –dice Bill McKibben, escritor, experto en medio ambiente y residente veterano de estos montes–. Seguramente no existe en la Tierra un lugar que haya reverdecido con tanta fuerza en el siglo XX. En muchos rincones del parque tienes que ser ingeniero forestal para advertir que no estás en un bosque virgen. Casi todas las especies originales se han recuperado.»

Cuando el Parque de los Adirondack se creó en el año 1892, la intención era que fuese una reserva natural, no un experimento. Pero con el tiempo se ha convertido en un laboratorio improvisado en el que se puede estudiar la coexistencia de una reserva natural con una población residente de unos 130.000 habitantes y con millones de visitantes en verano. El experimento, desde un punto de vista biológico, ha sido un éxito rotundo (la biodiversidad está recuperándose), pero los aspectos socioeconómicos están por ver.

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Este experimento está siendo supervisado por la Agencia del Parque de los Adirondack, creada en 1971. Su misión es planificar y gestionar un parque que ocupa una quinta parte del estado y constituye un desquiciante rompecabezas de tipos y usos del suelo.

«Prácticamente no hay nada prohibido en el parque –explica Curt Stiles, director de la agencia–. Es cuestión de hallar el sitio adecuado para cada iniciativa.» En algún lugar del parque existe la posibilidad, en virtud de la calificación del terreno y de los estudios de impacto ambiental, de llevar a cabo casi cualquier tipo de actividad humana, desde la industria hasta el disfrute de la naturaleza salvaje. A juzgar por la temperatura política actual registrada, existe un equilibrio tolerable (quizás incluso sostenible) entre protección y uso, pero la balanza exige reajustes en respuesta a las condiciones cambiantes.

Hay pruebas concluyentes de que el cambio climático se está manifestando en el parque: la temperatura media del verano ha aumentado en torno a un grado en los últimos cien años; la del invierno, unos dos y medio. Los lagos se congelan más tarde y la primavera llega antes. El parque es el límite meridional de algunas plantas, y las raras especies alpinas que antes prosperaban en los High Peaks hoy corren el riesgo de desaparecer.

Me imagino contemplando una película acelerada de los cambios del pasado de estas montañas y de su futuro: tala, minería e incendios, la iniciativa de proteger los últimos vestigios de bosque virgen, el reverdecimiento del paisaje. El recuerdo es reconfortante. Hace decenios que los gestores de este parque buscan el equilibrio. Y, por lo visto, casi siempre lo encuentran.