Paisajes después del tsunami en Fukushima

Entra en la zona nuclear de Japón junto al fotógrafo David Guttenfelder

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Tras la catástrofe del 11 de marzo, decenas de miles de personas fueron evacuadas de sus hogares en las proximidades de la central nuclear afectada. Sus huellas están impresas en el barro seco.

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Dos perros se pelean en las calles desiertas de Okuma. Los primeros días después del desastre, pululaban por la zona de exclusión un sinfín de animales domésticos: vacas, cerdos, cabras, perros, gatos, incluso avestruces. Había voluntarios que, desafiando las patrullas y los controles de la policía, recogían animales, los descontaminaban y los devolvían a sus dueños, y daban de comer a otros. Pero a mediados de verano muchas mascotas habían muerto de hambre o enfermedad.

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Los futones se suelen doblar y guardar en un armario por la mañana. Pero aquel día fatídico la gente no tuvo tiempo de ordenar la casa antes del precipitado éxodo, derivado de las órdenes de evacuación difundidas por televisión la madrugada del 12 de marzo. Este dormitorio está en Okuma, a menos de cinco kilómetros de la central nuclear afectada. Las autoridades municipales han acusado a la compañía eléctrica Tepco de incumplir su deber de advertir a la población de la crisis inminente.

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Los ensayos de evacuación son muy frecuentes en las zonas de Japón con actividad sísmica. Por eso, cuando en marzo se produjo el desastre real, los niños sabían lo que tenían que hacer, y actuaron según lo previsto pensando en volver al colegio unos días después. Pero han pasado meses desde que se marcharon, y en las taquillas todavía siguen las mochilas de piel que los escolares usan en Japón, que cuestan varios cientos de euros y son una de sus más preciadas posesiones. Es probable que nadie las reclame nunca.

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Un solitario defensor de los derechos de los animales camina por la costa de Fukushima. La central nuclear está al otro lado de la cuesta, a menos de un kilómetro de distancia. Cuando otras regiones afectadas por el tsunami hacía semanas que habían sido despejadas de escombros, las brigadas de limpieza aún no habían llegado a esta área a causa de los niveles de radiación. Pese a las estrictas sanciones por entrar en la zona, algunos desafiaron las restricciones para ayudar a los animales domésticos que quedaron abandonados.

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Meses después del tsunami, la hierba había crecido en este vehículo tragado por las aguas en la costa cercana a Namie. Los escombros se esparcieron por el litoral de Fukushima a consecuencia del desastre. El miedo a la radiación desaconsejó la limpieza inmediata.

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No se previno la evacuación del ganado de la zona irradiada y muchos animales fueron abandonados.

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Un cerdo deambulando por las calles desiertas del centro de Namie descubrió este supermercado, en el que se atracó de lo lindo y luego se echó una siesta.

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Policías con mascarillas protectoras hacen guardia en un control de la carretera que lleva a la ciudad de Minami-Soma. El cartel dice: «Manténgase alejado».

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En un gimnasio de Hirono, residentes de la zona de exclusión vestidos con trajes protectores reciben instrucciones el 8 de junio antes de ser conducidos a sus hogares para recuperar efectos personales pequeños (en el autobús no hay sitio para los grandes.) En los viajes de ida los controles eran estrictos, dice un funcionario municipal, pero el proceso de descontaminación a la vuelta (recogida de trajes, gorros y mascarillas, y medición de los niveles de radiación) era mucho menos riguroso.

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Nobuko Sanpei, de 74 años, cena en su casa de cartón en el centro de congresos Big Palette de Fukushima, en la ciudad de Koriyama. «Recorté un agujero a modo de ventana porque el calor era sofocante», explica. Meses después del desastre nuclear, miles de refugiados vivían en «casas» de cartón instaladas en albergues, escuelas y otros espacios públicos. Sanpei, que luego se mudó a un apartamento, añora los arrozales que cuidaba con su marido en Tomioka, al sur de la central nuclear.

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Una evacuada descansa en la «vivienda» que ha improvisado en el recinto del centro de congresos Big Palette. En los reducidos alojamientos de emergencia no hay intimidad, y las enfermedades pueden propagarse rápidamente. Las personas mayores, que han pasado su vida en comunidades rurales con gran cohesión social, son las más reacias a trasladarse lejos de la familia y los amigos. Los trabajadores sociales intentan prevenir una oleada de kodoku-shi («muerte solitaria») entre los mayores.

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Toyoo Ide, un hombre de 69 años con la espalda tatuada, es uno de los que aprovechan los baños instalados por los militares a las puertas de Big Palette, que se ha convertido en un centro de evacuados. Ide, que ha trabajado toda su vida en la central nuclear, se define a sí mismo como una persona bromista y con buen humor, pero echa mucho de menos su casa. «Ahora no hay agua ni electricidad, pero si las hubiera, yo regresaría a mi hogar, con radiactividad o sin ella. Volvería hoy mismo. No puedo vivir en una ciudad extraña.»

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El agua estropeó un álbum de fotos abandonado en la costa de Fukushima asolada por el tsunami. En las fotos, los niños y niñas aparecen ataviados con kimonos con motivo de una ceremonia tradicional en la que celebran el tercer, quinto y séptimo cumpleaños.

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Durante una breve visita a su hogar de Namie, Junko Shimizu hace la maleta de su marido antes de abandonar la zona.

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En esta casa, situada dentro de los límites de la zona de exclusión, el terremoto movió el retrato de un miembro de la familia e hizo añicos el cristal del marco. Muchos japoneses mantienen viva la memoria de sus antepasados colocando en su vivienda sombrías imágenes de patriarcas y matriarcas desaparecidos, que a menudo presiden el altar budista de la familia, donde se queman barritas de incienso y se reza por los muertos. En la actualidad los retratos presiden casas desiertas.

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23 de noviembre de 2011

Lo más desgarrador de la ciudad de Namie es que todo parece en orden. La hierba verdeazulada de los prados parece fresca. Los ríos Takase y Ukedo fluyen resplandecientes bajo el sol. La barbería, la estación de trenes y el restaurante de cerdo frito parecen a punto de abrir sus puertas, lejos del caos y la destrucción que se abatieron sobre las localidades costeras un poco más al norte. En las prefecturas de Miyagi e Iwate, los relojes que las olas devolvieron a la playa se habían parado hacia las 3.15 h de la tarde, la hora en que el tsunami devoró ciudades enteras. Pero en la humilde localidad pesquera de Namie, los relojes siguen funcionando.

Huellas impresas en el barro seco de las personas evacuadas por el tsunami, Fukushima, Japón

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Namie es uno de los nueve núcleos urbanos situados total o parcialmente dentro de un radio de 20 kilómetros de la central nuclear Daiichi de Fukushima, designado por las autoridades como zona de acceso prohibido. Al igual que las otras ciudades de la zona de exclusión, Namie ya no existe. De sus 21.000 habitantes, 7.500 se han dispersado por Japón. Los otros 13.500 viven en alojamientos provisionales en la región de Fukushima. Son parte de los más de 70.000 refugiados nucleares desplazados a raíz del peor accidente nuclear ocurrido desde Chernobil.

El fin de Namie comenzó en las caóticas horas que siguieron al terremoto del 11 de marzo. La ciudad se abre hacia el noroeste desde la central Daiichi. Sus habitantes, guiados por las noticias de televisión sobre el accidente nuclear y por las autoridades, se dirigieron hacia la zona más alta, en el centro de la ciudad. Subir a las colinas es un acto reflejo para los japoneses, condicionados por siglos de tsunamis, pero en este caso fue una decisión nefasta, porque se dieron de bruces con el penacho de aire cargado de residuos radiactivos. La gente se apiñó en refugios con escasas provisiones hasta el día 15, cuando otra explosión la obligó a desplazarse a Nihonmatsu.

En el número de julio, la popular revista Bungei Shunju llamaba a Namie «la ciudad olvidada», cuyos habitantes nunca recibieron órdenes oficiales de evacuación, ni cuando las explosiones de hidrógeno en las unidades 1 y 3 esparcían partículas tóxicas en toda el área de Fukushima.

Chernobil 30 años después de la catástrofe

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Provistos de máscaras y trajes protectores, los desplazados son a veces transportados en autobús a la ciudad para recuperar pequeños efectos personales y comprobar el estado de sus casas. Los viajes son breves (de dos a tres horas) para reducir al mínimo el riesgo de radiación. Junko y Yukichi Shimizu, que vivían con su hijo, su nuera y su nieto de dos años, parecen abrumados mientras se mueven lentamente por su vivienda. El 26 de julio los acompañé durante una hora en una de esas visitas a la ciudad abandonada.

Yukichi, de 62 años, sella las ventanas con cinta aislante mientras contempla su adorado jardín, ahora asilvestrado. Su mujer, Junko, de 59, limpia el altar budista de la familia y recoge los pocos objetos que pueden sacar de la zona de exclusión: fotos, hierbas medicinales chinas y el quimono de su hija. Deja atrás las tablillas conmemorativas budistas. «No hay nadie más para proteger la casa», explica. El ayuntamiento de Namie se ha instalado en unas oficinas improvisadas en Nihonmatsu. Sus funcionarios siguen expidiendo partidas de nacimiento, intentan tener localizados a los ciudadanos, que cada vez se van más lejos, y consultan a los expertos sobre el cesio radiactivo que ha vuelto inhabitables los 222 kilómetros cuadrados de Namie.

El próximo tsunami

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¿Dónde ocurrirá el próximo tsunami?

Muchos mantienen la esperanza de regresar cuando la central esté estabilizada. Pero la gente no podrá volver a sus casas en un futuro próximo, y el Gobierno empieza a considerar la posibilidad de comprar sus viviendas.

Mientras los suaves rayos del crepúsculo en­­vuelven el paisaje urbano en un cálido fulgor, la fresca brisa marina ondula nuestros sofocantes trajes protectores. Por un momento es posible olvidar que a pocos kilómetros, por la Ruta 6, el contador Geiger marca un nivel de radiactividad 600 veces superior al normal. Yukichi Shimizu, que cultivaba los arrozales y trabajaba en la construcción, observa su amada ciudad hoy sin vida: «¿De verdad sería peligroso vivir aquí?».