Oro tibetano

El comercio de un hongo medicinal muy apreciado en China está generando una auténtica fiebre del oro en la meseta del Tíbet

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Este cliente pagó una fortuna por unas larvas infectadas por un hongo. Algunas cuestan 16 euros la pieza.

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Con el rostro protegido del sol y una pala en la mano, las familias tibetanas pueden pasar el día entero buscando las larvas, llamadas yartsa gunbu. Algunos tallos apenas asoman medio centímetro del suelo.

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Una niña sostiene en su mano esta curiosidad biológica cubierta de tierra: el yartsa gunbu, la combinación de una larva de polilla y un hongo parásito. Se dice que estos «gusanos», como se conoce a estas larvas colonizadas que alcanzan precios prohibitivos, lo curan todo, desde la alopecia hasta la hepatitis.

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En la época de recolección, cada día llegan vendedores tibetanos a Serxu con su remesa de gusanos. Los secan en una de las dos calles de la ciudad (arriba), seleccionándolos uno a uno. ¿Está intacto y tiene buen tamaño? ¿Presenta el tono amarillo deseado? Los gusanos de Serxu son famosos por su calidad.

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La compraventa sigue un ritual predecible: los compradores, como el hombre de la izquierda, se burlan de la calidad de los gusanos; los vendedores ofrecen el género a muchos clientes antes de cerrar el trato.

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Serxu vive una edad de oro gracias al pujante comercio del yartsa gunbu. Muchos recolectores tibetanos llegan a la feria en motocicletas que han adquirido con los beneficios de los gusanos.

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Las mujeres clasifican, limpian y preparan para su venta las larvas parasitadas en una tienda de Chengdu. Por 1.500 gusanos de calidad (cerca de un kilo), la empresa podría embolsarse hasta 80.000 euros.

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Esta familia puede recolectar más de 60 gusanos en un día bueno y ganar alrededor de 500 euros. Se protegen el rostro con crema solar, y las herramientas que utilizan les permiten extraer los gusanos intactos.

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Este tallo de yartsa gunbu asoma apenas un centímetro entre las resistentes hierbas de los prados tibetanos. Para encontrar los tallos es necesario tener buena vista y una gran dosis de paciencia.

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El comercio del yartsa gunbu ha traído dinero y comodidades a los tibetanos, pero no ha transformado la vida de la mayoría de las mujeres nómadas. Na Mo Yong Zhou se levanta antes que su marido para atender a la yak y a su cría. Ordeña la yak para preparar té con mantequilla.

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En Xining, el mercado más grande de China de yartsa gunbu, los comerciantes negocian una compraventa de estos valiosos gusanos mediante señales que hacen con los dedos debajo de un paño. Cuando se utiliza la calculadora solar (en primer término) para cuadrar el precio final, se introduce debajo del paño. El intercambio de dinero también se hace de ese modo.

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Un grupo de mujeres tibetanas inspecciona y limpia yartsa gunbu en una localidad que llaman Jyekundo. Las larvas proceden de ciudades más pequeñas y su destino son las tiendas en las grandes ciudades de China. Esta región quedó arrasada por un terremoto en 2010, por lo que sus habitantes viven en tiendas de campaña.

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El comercio de un hongo medicinal muy apreciado en China está generando una auténtica fiebre del oro en la meseta del Tíbet

Lo que Silang está buscando a cuatro patas en la meseta del Tibet, a 4.700 metros de altitud, es una rareza extraordinaria. Lo único que de ella asoma en el suelo, a escasos centímetros de la tierra lodosa, es un minúsculo hongo sin sombrero: tan solo un tallo de color pardo, delgado como un palillo. Desde princi­pios de mayo hasta finales de junio, Silang Yang­­pi, su esposa y un nutrido grupo de familiares y amigos se pasan 11 horas diarias arrastrándose por las laderas de las montañas, entre una maraña de hierbas, ramitas, flores silvestres y juncias, en busca de ese esquivo tallo.

Cuando Silang localiza uno, grita de alegría. Su mujer, Yangjin Namo, se acerca corriendo. Con una pala, Silang cava alrededor del tallo y extrae un terrón con sumo cuidado. Al retirar el exceso de tierra, en la palma de su mano aparece algo semejante a una oruga de color amarillo brillante, inerte. Unido a la cabeza se distingue el finísimo hongo marrón. Silang se saca del bolsillo una bolsa de plástico roja e introduce su hallazgo. Tiene 25 años, y su mujer, 21. Son pa­­dres de una niña de meses. El «hongo oruga» representa buena parte de sus ingresos anuales.

Estas criaturas han transformado la economía rural de punta a punta de la meseta del Tibet, prendiendo la mecha de una moderna fiebre del oro. De hecho, cuando el contenido de la bolsa de Silang llegue a los rutilantes comercios de Beijing, valdrá más de dos veces su peso en oro.

El hongo se llama yartsa gunbu, que en tibetano significa «hierba de verano, gusano de invierno», aunque técnicamente no es una hierba ni un gusano, sino la larva subterránea de una de las varias especies de la polilla fantasma que ha sido infectada por esporas del hongo parásito Ophiocordyceps sinensis. El hongo devora el cuerpo de la oruga y solo deja el exoesqueleto; después, al llegar la primavera, «florece» en forma de tallo de color pardo, llamado estroma, que brota de la cabeza de la oruga. Este proceso solo sucede en los fértiles prados de altura de la meseta del Tibet y el Himalaya. Todos los intentos de cultivarlo han fracasado.

Desde hace siglos se atribuyen al yartsa gunbu poderes milagrosos como medicamento y como afrodisíaco. Los yaks que lo ingieren al pacer, dice la leyenda, se hacen diez veces más fuertes. Una de las primeras descripciones del yartsa procede de un texto tibetano del siglo XV titulado «Un océano de cualidades afrodisíacas», donde se cantan las alabanzas del «tesoro sin mácula» que «concede ventajas inconcebibles» a quien lo ingiere. Basta con hacer una infusión con unos cuantos especímenes en una taza de té, cocerlos en una sopa o asarlos con un pato para ver curadas todas las enfermedades, o eso dicen.

Los gusanos, como se les llama coloquialmente, figuran en las recetas de los herbolarios como remedio para el dolor de espalda, la impotencia, la ictericia y la fatiga. También para bajar el colesterol, aumentar la energía y mejorar la vista. Para tratar la tuberculosis, el asma, la bronquitis, la hepatitis, la anemia y el enfisema. Se anuncian como antioxidante que previene de tumores y virus, tratamiento del VIH/sida y calmante posquirúrgico. Incluso pueden combatir la alopecia.

Conforme la economía china crece imparable, la demanda de yartsa aumenta: se ha convertido en símbolo de posición social en las cenas de postín y en el obsequio por excelencia de quien procura congraciarse con altos cargos políticos. En la década de 1970 medio kilo de gusanos costaba menos de dos euros. En los años noventa aún estaba a menos de 80 euros. Ahora medio kilo de yartsa de la mejor calidad puede alcanzar los 40.000 euros. Semejante volumen de demanda hace temer que la cosecha anual total, que ronda los 400 millones de ejemplares, mengüe por culpa de la recolección excesiva. Garantizar la sostenibilidad de la cosecha de gusanos pasa por dejar algunos tallos para que maduren e in­­fecten las larvas de la siguiente temporada, explica el ecólogo Daniel Winkler. Pero la mayoría de los lugareños recogen todos los tallos que encuentran, y luego se desplazan a zonas más altas.

Gracias a los ingresos extra que todos los años reporta el yartsa, miles de pastores de yaks tibetanos que antes vivían en la pobreza poseen hoy motocicletas, iPhones y televisores planos. Las peleas por las áreas de recolección –en la mayoría de ellas se permite trabajar únicamente a los residentes con licencia– se han traducido en reyertas violentas, siete de ellas con muertos en el norte de Nepal, de donde procede un pequeño porcentaje de todo el yartsa. En la ciudad de Chengdu, provincia de Sichuan, unos ladrones abrieron un túnel hasta una tienda de yartsa, de la que sustrajeron producto por valor de más de 1,2 millones de euros. La policía china ha instalado numerosos controles de carretera para impedir que los furtivos se cuelen en las colinas reservadas a las poblaciones autóctonas.

Ahora hay lugares como Serxu –la ciudad de Silang y su mujer– donde, en cuanto se calienta el suelo y brota la hierba, todo se deja de lado para ir en pos de los gusanos. Los niños, con su vista de lince y su baja estatura, suelen ser los mejores recolectores. Algunas escuelas han implantado las vacaciones del yartsa: un mes sin clases.

Tras una larga jornada de recolección, Silang y Yangjin llevan sus gusanos al mercado local. En temporada alta la feria de Serxu se expande hasta ocupar las encharcadas aceras de la calle principal. Aquí, en este lugar de ambiente fronterizo, entre laderas peladas de árboles y salpicadas de tiendas de pastores y de banderas votivas, es costumbre arreglarse para ir al mercado.

Muchos visten los tradicionales abrigos tibetanos, de mangas tan largas que no necesitan guantes. Los hombres llevan sombreros vaqueros de ala ancha, botas de cuero y cuchillos envainados en la cintura. Se ven sonrisas con dientes de oro. Las mujeres lucen sus collares de cuentas de ámbar del tamaño de pelotas de golf. Algunas se peinan con trenzas tan largas que casi rozan la acera. No falta siquiera un par de monjes, envueltos en túnicas bermellonas. Su religión les prohíbe la recolección y el consumo de yartsa, pero no su compraventa.

Los tratantes de yartsa portan minúsculas balanzas doradas y calculadoras solares. Los gu­­sanos están amontonados en cajas de cartón y cestas de mimbre o expuestos sobre telas. Cuando a un comerciante se le acerca alguien como Silang (con las rodillas embarradas y una bolsa de yartsa recién llegada del campo), los gusanos son examinados con mil ojos. El precio depende de varios factores: tamaño, color, firmeza. El tratante los toma uno por uno, a menudo retira partículas de tierra adherida con un utensilio específico que recuerda a un cepillo de dientes grande. El público se congrega para observar.

También es costumbre que cuando el tratante de yartsa se disponga a hacer la transacción lance una lluvia constante de insultos suaves.

«En la vida he comprado gusanos tan malos.»

«El color es pésimo. Demasiado oscuro.»

«Con esto voy a perder dinero.»

Al final, cuando llega el momento de cerrar el trato, el tratante estira el brazo, con la manga del abrigo tibetano colgando. El proveedor in­­troduce la mano en ella. A continuación, valiéndose de señales que hacen con los dedos, uno y otro regatean ocultos de la mirada curiosa de la gente. Se hacen ofertas y contraofertas a toda velocidad, la tela del abrigo se estira y se enrolla. Cuando los dedos se detienen y se acuerda un precio, el dinero cambia de manos bajo el cobijo de la manga.

Silang y Yangjin se acercan a un tratante con quien ya han trabajado en otras ocasiones: Silang Yixi, de 33 años, que lleva ocho en el negocio. En su móvil lleva fotos de las mejores piezas. Los dos Silang ponen en práctica el ritual: el examen de los gusanos, los desprecios (en un momento dado el tratante devuelve los gusanos a la bolsa fingiendo que ya no le interesan) y el regateo. Al final Silang y Yangjin cobran por los 30 gusanos, que no dan la talla para cotizarse al precio máximo, 580 yuanes, unos 73 euros.

Zhaxicaiji baja del Toyota Sequoia Platinum que conduce su chófer, se cuelga al hombro el bolso de Prada y, caminando sobre sus altos tacones, entra en el establecimiento insignia de su imperio del yartsa gunbu. Es la fundadora y directora de Three Rivers Source Medicine Company, una de las marcas de yartsa más conocidas de China. Tiene 500 empleados y 20 tiendas, y unas ventas anuales que pueden superar los 48 millones de euros.

Tiene cuarenta y tantos años. De niña gateaba por las montañas recogiendo gusanos, como Silang y Yangjin. Su familia criaba yaks y ovejas y vivía en una tienda de pelo de yak. Fundó la empresa en 1998 con el equivalente a 96 euros de su propio bolsillo y se montó en el caballo desbocado del yartsa rumbo al éxito. Proyecta una expansión internacional, con exportaciones a países como Japón, Corea y Malaysia. En menos de diez años, afirma, sus gusanos se venderán en Estados Unidos.

La tienda de Lanzhou, en el centro de China, ocupa toda una manzana. Sobre la puerta de entrada hay una pantalla gigante donde se proyectan anuncios de sus gusanos. Dentro hay opulentas arañas de luces, una fuente de agua y guardas jurados. El yartsa está expuesto en decenas de vitrinas, dotadas de control higrotérmico.

Antes de que un gusano llegue a esta tienda, puede cambiar de manos media docena de veces, si no más. Los tratantes de las ferias fronterizas venden a mercados medianos, cuyos comerciantes suelen apuntar al mercado de yartsa más grande de China, que opera los 365 días del año, animado y ruidoso como el parqué de una bolsa, y ocupa un distrito entero de Xining, una ciudad situada justo al oeste del cuartel general de Zhaxicaiji. Muchos de los gusanos más grandes, más firmes, más cercanos al tono dorado ideal, acaban en manos de clientes de Zhaxicaiji. Antes de exponerlos, los radiografían: se ha puesto de moda camuflar en los gusanos trocitos de hilo de plomo para que pesen más.

Un Mercedes negro aparca frente a la tienda de Zhaxicaiji y cuatro hombres de mediana edad toman asiento delante de una de las vitrinas. Rápidamente son atendidos por unas jóvenes con falda oscura, blusa blanca y guantes de algodón. Los clientes toman infusión de yartsa mientras van seleccionando. Elegido el género, les preparan los gusanos en cajitas de madera granates con el interior forrado de fieltro y cierres de latón, transformando un producto nada atractivo (una oruga con un ligero olor a pescado y una extraña protuberancia en la cabeza) en un objeto casi regio. En diez minutos han gastado 24.000 euros.

En el quinto piso de una moderna torre de apartamentos de la zona este de Beijing, Yu Jian, de 40 años, descansa en el sofá flanqueada por sus bichones de pelo rizado mientras paladea una infusión de yartsa gunbu recién preparada. Hasta hace poco era ejecutiva de una empresa de comida sana, pero en octubre de 2010 le diagnosticaron un cáncer de útero.

Se sometió a un tratamiento moderno que incluía largas sesiones de quimioterapia, pero decidió consultar también a un experto en fitoterapia tradicional china. Le recetó yartsa. Lleva consumiéndolo unos seis meses.

Cada tarde pone dos gusanos en un vaso de agua y los deja reposar toda la noche. A la mañana siguiente hierve el agua con unos dátiles secos. Primero se bebe la infusión y luego ingiere los gusanos. Yu solo adquiere yartsa de primera calidad, el que vende la compañía farmacéutica Tongrentang, una de las pocas marcas que supera en fama, y en precio, a la de Zhaxicaiji. Una bolsa de 24 gusanos de tamaño mediano, la dosis para unos 15 días, le cuesta más de 450 euros. «Creo que vale la pena intentarlo», dice, aunque es consciente de que su eficacia no se ha probado.

Hay estudios, realizados principalmente en China, que confirman la presencia de un modulador del sistema inmunitario conocido como beta-glucano y de un agente antivírico llamado cordicepina. Unos pocos ensayos clínicos sugieren que puede ayudar a aliviar muchas de las afecciones para las que se prescribe tradicionalmente (entre ellas, bronquitis, asma, diabetes, hepatitis, hipercolesterolemia y disfunción eréctil), pero sus detractores tildan los estudios de reducidos, y la metodología, de sospechosa.

«Hasta que se haga un ensayo clínico a gran escala con un producto de primera calidad, los datos científicos no son indicativos de ningún efecto significativo», dice Brent Bauer, director del Programa de Medicina Complementaria e Integradora de la Clínica Mayo de Minnesota y gran conocedor de los fitofármacos.

Más aún, apunta el micólogo Paul Stamets: el yartsa silvestre puede estar contaminado por quién sabe cuántos mohos no identificados, algunos de los cuales podrían resultar nocivos. «La gente podría envenenarse –afirma Stamets–. Para un profano, es como jugar a la ruleta rusa.» Tanto si los gusanos son un potente elixir como un mito de precio exorbitante, la fiebre del oro yartsa no amaina. Por poco convincentes que sean las pruebas acerca de sus propiedades, la fe en ellos es generalizada.

Yu Jian asegura que puede sentir los efectos del gusano, tanto física como psicológicamente. Dice que le sube el ánimo y restaura su «energía vital», lo que en China se conoce como qi.

Aunque está bastante delgada, Yu tiene buen color y una vitalidad que se hace palpable. Cuando tiene un día bueno es fácil atribuir el mérito a los gusanos. Otras días son un recordatorio de que todos los remedios, antiguos y modernos, tienen sus límites. Sin embargo en la última revisión, recuerda, el médico se quedó asombrado ante la rapidez de su mejoría.