Oleoducto en la Columbia Británica

El Bosque Lluvioso del Gran Oso, un lugar recóndito en peligro. Miembros de la Liga Internacional de Fotógrafos de Conservación ilustran la belleza sin igual del Bosque Lluvioso del Gran Oso.

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El proyecto de construcción de un oleoducto podría amenazar la riqueza biológica de las aguas de la costa rocosa de la Columbia Británica. En la imagen, la isla Campania.

Florian Schulz

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Estrellas de mar y plantas marinas prosperan en las ricas aguas que hay frente a las costas rocosas de lugares como la isla Campania, en la Columbia Británica.

Thomas P. Peschak

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Los picos nevados se yerguen a ambos lados de un angosto brazo del Cascade Inlet, en la costa de la Columbia Británica. A sólo 160 kilómetros está la ruta propuesta para petroleros, que conduciría los buques a través de un laberinto de fiordos y canales.

Paul Nicklen / Apoyo aéreo de Lighthawk

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Desde que se logró la protección legal en la década de 1970, los leones marinos de Steller que viven en la Columbia Británica y en aguas cercanas han triplicado su población hasta alcanzar unos 30.000 ejemplares en verano, durante la época de reproducción.

Thomas P. Peschak

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Con 65.000 kilómetros cuadrados, el Gran Oso representa una cuarta parte de los bosques lluviosos templados de la costa de América del Norte.

Jack Dykinga

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Los lobos grises suelen encontrar buenas zonas de caza en las zonas intermareales, donde persiguen por el agua a los ciervos mulos, pescan salmones metiendo el hocico en los riachuelos poco profundos, comen focas y buscan huevas de arenque.

Florian Schulz

1 de agosto de 2011

El Reina del Norte fue el orgullo de la flota de BC Ferries hasta la noche en que naufragó. El día 22 de marzo de 2006, durante uno de sus trayectos habituales desde Prince Rupert hasta Port Hardy, el transbordador salió del estrecho canal de Grenville, de 72 kilómetros, poco después de la medianoche. Entonces, algo falló. El oficial que estaba al timón, distraído por la conversación con otro miembro de la tripulación, no giró al salir del canal, que se estrecha aún más en la punta de la isla Gil.

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A las 00.20 horas, la proa chocó contra las rocas de la isla a una velocidad de 17,5 nudos, y se abrió una brecha en el casco. Una hora y 20 minutos después, el Reina estaba a 430 metros bajo el mar.

De las 101 personas que había a bordo, sobrevivieron 99, en gran parte gracias a los habitantes de Hartley Bay, que se echaron a la mar en sus barcas de pesca en medio de la noche tormentosa para rescatarlos. Hoy el Reina del Norte sigue en el mismo lugar donde se hundió, filtrando día a día al océano el combustible de sus tanques, que todavía contienen miles de litros de gasóleo.

Ahora, cuando los gitga’at (una de las tribus de las naciones indígenas que viven en la costa) de Hartley Bay discuten el proyecto Northern Ga­­teway, un oleoducto que podría convertir estas mismas aguas en una autopista de superpetroleros, siempre mencionan el Reina. El accidente les ha enseñado dos cosas, dicen. No importa lo seguro que sea un barco, pues el error humano más trivial puede hundirlo. Y si ocurre un desastre, tendrán que solucionarlo ellos solos.

Por eso son escépticos respecto al oleoducto y los cerca de 220 petroleros que atraería cada año. El Gobierno ya ha aprobado que una flota de buques cisterna de gas natural licuado (GNL) pueda atracar en Kitimat en 2015. Los petroleros serían incluso más grandes que estos buques.

Cameron Hill, miembro del Consejo Tribal de Hartley Bay y profesor de matemáticas en una escuela local, dice: «Si yo tuviese que expresar el Reina del Norte como un exponente, diría que es un desastre al cuadrado –dice–. El daño potencial de esos petroleros es de x elevado a 100».

Con la propuesta del Northern Gateway, los gitga’at y el bosque lluvioso que los rodea se han visto implicados en un gran juego geopolítico en torno al petróleo. Northern Gateway no es sólo un oleoducto. Es el intento de Canadá por convertirse en una pieza importante en el mercado mundial del petróleo. Las reservas probadas de las arenas bituminosas de Alberta son las más importantes después de los campos petrolíferos de Arabia Saudí, pero en la actualidad Estados Unidos es prácticamente el único mercado receptor del crudo de estas arenas. Enbridge, una empresa canadiense, quiere construir un oleoducto de 5.500 millones de dólares canadienses (unos 3.800 millones de euros) para transportar el petróleo desde Alberta hasta Kitimat, una distancia de 1.177 kilómetros. El oleoducto de doble tubería llevaría crudo hacia el oeste y condensado (un líquido utilizado para diluir el crudo pesado y permitir que fluya) hacia el este, a Alberta. Los gigantescos petroleros, cargados de condensado o de hasta 2,15 millones de barriles de crudo, pasarían por un laberinto de islas en sus trayectos de ida y vuelta a Kitimat.

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Un puerto petrolero en la costa oeste abriría las arenas bituminosas de Alberta a los mercados asiáticos, entre ellos el chino. La compañía pe­­trolera estatal china Sinopec figura entre las refinerías asiáticas y empresas petroleras canadienses que han invertido alrededor de 72 millones de euros para que se apruebe el oleoducto Northern Gateway y se consigan los permisos necesarios.

«Tener una segunda salida para nuestro crudo representa un importante tema de interés nacional para Canadá», dice el director ejecutivo de Enbridge, Patrick Daniel.

Esta cuestión no es menos importante para el Bosque Lluvioso del Gran Oso, una zona virgen de tuyas gigantes, tsugas y píceas que se extiende a lo largo de 400 kilómetros de costa de la Columbia Británica. Ballenas, lobos, osos y humanos prosperan en los canales marinos y en los bosques del Gran Oso, cuyas fronteras nunca han sido claramente definidas. «No queremos otro ExxonValdez en nuestra costa», asegura Doug Neasloss, guía de fauna y planificador de proyectos de conservación marina de la tribu kitasoo/xai’xais.

Neasloss no recuerda un momento en el que el bosque lluvioso no haya sido un campo de batalla. «Cuando era niño, en la década de 1990, casi no había trabajo –dice–. La tasa de desempleo en mi pueblo, Klemtu, rondaba el 90 %.» Las compañías madereras ofrecían trabajo. Pero sus salarios comportaban la tala indiscriminada que reducía los bosques a tocones, destruyendo el hábitat de los osos y los frezaderos del salmón.

En 1995 los ecologistas empezaron a encadenarse a los árboles y la maquinaria de explotación forestal para detener la tala. «Al principio nuestra comunidad no los acogió bien –recuerda Neasloss–. Pero luego se sentaron todos y se pusieron a hablar. De aquellas discusiones surgió la idea del Bosque Lluvioso del Gran Oso.»

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La batalla duró 15 años. En 2009, la provincia consiguió prohibir la tala en un tercio del Gran Oso, y el resto del territorio quedó bajo una gestión respetuosa con el medio ambiente. Las distintas zonas siguen protegidas como parques y también como áreas de conservación, donde se puede seguir practicando actividades tradicionales pero no tala industrial ni urbanización. Se estableció un fondo de 123 millones de dólares canadienses (unos 86 millones de euros) como capital inicial para proyectos de conservación y de desarrollo económico.

Justo cuando empezaba a apaciguarse la guerra maderera, surgió la guerra petrolera.

Muchos de los grupos ecologistas involucrados en la lucha por la madera se oponen ahora al oleoducto, al igual que numerosas naciones indígenas canadienses. «Ésta es una de las mayores amenazas medioambientales a las que nos hemos enfrentado –dice Ian McAllister, cofundador de Pacific Wild, una organización de protección de la naturaleza que centra sus esfuerzos en la costa pacífica canadiense–. Y se convertirá en una de las batallas medioambientales más importantes que Canadá haya visto jamás.»

El proyecto es de tal envergadura que el Go­­bierno federal ha creado una comisión mixta que durante dos años, hasta finales de 2012, supervisará la evaluación medioambiental y el proceso de autorización.

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La lucha recuerda a la que se libró por el oleoducto Transalaska de finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Aquella cuestión fue resuelta por la Alaska Native Claims Settlement Act, la mayor indemnización y concesión territorial en la historia de Estados Unidos, que otorgó capital y tierras a los indígenas de Alaska a cambio de construir el oleoducto.

Por ahora, no parece haber un acuerdo similar en este caso. El año pasado, 61 de las naciones indígenas canadienses anunciaron que no permitirán que el oleoducto atraviese sus territorios ancestrales. Es difícil determinar si tienen o no la autoridad legal para detener la construcción; en la Columbia Británica, el tema de los derechos de los indígenas sigue estando pendiente.

Pero eso no ha impedido que Enbridge trate de convencer a las distintas tribus. «Queremos la participación económica de los aborígenes en este proyecto –declara John Carruthers, presidente de Northern Gateway Pipelines–. Nos gustaría que las comunidades de las naciones indígenas tuviesen participación en la compañía, de modo que pudieran beneficiarse a largo plazo.» La compañía incluso ofreció financiación para que las tribus se unieran al proyecto. Pero hasta el momento, muy pocas lo han hecho.

«¿Comprar? –pregunta Cameron Hill, miembro del consejo gitga’at–. ¿Comprar acciones a cambio de qué?, ¿de vender nuestra forma de vida? Aquí vivimos de la comida que proviene de la tierra y del mar. Nos han enseñado a respetar lo que tomamos. Eso nos ha sustentado desde tiempo inmemorial. No hay dinero que pueda hacernos cambiar de postura.»

Lobos grises, Columbia Británica

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Durante los próximos 18 meses, la comisión mixta del Gobierno canadiense deberá reflexionar sobre este tema. Mientras, no muy lejos de casa de Hill, el Reina del Norte emite un ocasional eructo de gasóleo. En Hartley Bay puede que el Reina haya muerto, pero no se ha olvidado.