Los últimos habitantes de las cuevas: nómadas de Papúa Nueva Guinea

La fotógrafa Amy Toensing viaja a Papúa y Nueva Guinea para retratar a los últimos habitantes de cuevas

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karawari01. Los últimos nómadas

Los últimos nómadas

Un meakambut sostiene lanzas y flechas fabricadas artesanalmente para cazar aves y cerdos salvajes.

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karawari02. Sagú, alimento de supervivencia

Sagú, alimento de supervivencia

Los meakambut preparan tortas sobre el fuego con un ingrediente propio de la región: el sagú, un polvo similar a la harina de maíz que se obtiene del corazón de una cica, que aporta calorías pero pocas proteínas y vitaminas.

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karawari03. El método de la sierra

El método de la sierra

Sujetando con los pies un palo envuelto con yesca y haciendo fricción con una tira de bambú, un meakambut enciende un fuego para cocinar sobre el húmedo terreno. Esta técnica de hacer fuego, conocida como «método de la sierra», es utilizada ampliamente por todo el territorio de Papúa y Nueva Guinea.

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karawari04.  Un sangriento ritual

Un sangriento ritual

Durante generaciones la gente de la región ha dejado en los muros de las cuevas las huellas de sus manos, utilizando pintura a base de arcilla. Pero en otras cuevas, las manchas carmesíes evocan la historia de un sangriento ritual de iniciación para jóvenes.

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karawari05. Recuperando fuerzas

Recuperando fuerzas

Mientras corta una palmera de sagú, Mark Aiyo hace una pausa para fumarse un cigarrillo. Varias veces al año suele visitar un poblado vecino para intercambiar productos recolectados o fabricados, como flechas, pescado y sagú..

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karawari06. Siempre alerta

Siempre alerta

Los meakambut se mueven por su entorno en estado de constante alerta, siempre en busca de comida. En los ríos y arroyos cercanos encuentran peces pequeños que los hombres atrapan con lanzas de madera.

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karawari07. Pigmentos corporales

Pigmentos corporales

Un niño meakambut se embadurna con un pigmento corporal hecho con mineral machacado, agua y otras sustancias naturales.

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karawari08. La historia de Lidia

La historia de Lidia

Pasu Aiyo transporta a su mujer. 

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karawari09. La historia de Lidia

La historia de Lidia

Lidia, de 15 años, esta aquejada de neumonía.

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karawari10. La historia de Lidia

La historia de Lidia

El viaje hasta la clínica más cercana es de al menos dos días

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karawari11. La historia de Lidia

La historia de Lidia

«La vida de los nómadas es dura ­le dice John Aiyo, el líder del grupo, a un intérprete­. Viajar por las montañas es agotador.»

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karawari12. La dieta meakambut

La dieta meakambut

Lavando la pulpa machacada de una palmera de sagú y filtrándola a través de un cedazo hecho con cáscara de coco se obtiene una fécula comestible, que es depositada y secada en el interior de la palmera talada. El sagú es un alimento importante en la dieta meakambut.

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karawari13. El árbol de la comida

El árbol de la comida

Mark Aiyo (izquierda) y su familia (su mujer Jelin Papiyaram y su hijo Yukun) se colocan en torno a una palmera de sagú previamente talada para empezar el laborioso proceso de extracción de la materia comestible contenida en el tronco.

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karawari14. El precio de la libertad

El precio de la libertad

John se enorgullece de las tradiciones de su pueblo, como atestiguan las flores que adornan su barba. Pero la vida nómada tiene un precio, como, por ejemplo, que a menudo las enfermedades son mortales. Muchos meakambut se preguntan si el asentamiento en una aldea podría ofrecerles un futuro mejor.

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karawari15. El pasado hecho presente

El pasado hecho presente

Una canoa es el medio de transporte más veloz en la región del Sepik, en Papúa y Nueva Guinea, donde las carreteras escasean. Alli, la investigadora Nancy Sullivan (centro) y el etnógrafo Sebastian Haraha (derecha, en primer plano) estudian las culturas indígenas.

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27 de enero de 2012

Yace en el interior de una cueva agonizando. Con las piernas y los brazos como ramitas nudosas, Lidia Maiyu está acurrucada junto al fuego. Tiene los ojos muy abiertos, como contemplando la muerte. Cuando tose, su cuerpo se convulsiona, y grita de dolor. Tiene unos 15 años, no lo sabe con certeza. Dio a luz hace tres meses, y el bebé murió; el grupo dejó el cadáver en una cueva y siguió adelante. Pasu Aiyo, el marido de Lidia, me dice que así son las cosas: «Cuando enfermas, o sanas o mueres».

Salvo por el resplandor del fuego, la oscuridad es total, impenetrable. Sería demasiado pedir que se vieran las estrellas. En lugar de eso, más allá de la cornisa rocosa llueve a cántaros, y la cortina de agua golpea las frondas gigantescas de la jungla. Aquí, en las montañas de Papúa y Nueva Guinea, parece que siempre llueve por la noche. Por eso Lidia y los que quedan de su pueblo, los meakambut, buscan refugio en las cuevas: están secas. Situadas en lo alto de los riscos, en lugares cuyo acceso a veces requiere una difícil escalada por plantas trepadoras, las cuevas también son fortalezas naturales que en otro tiempo protegían a los meakambut de sus enemigos: cazadores de cabezas, caníbales y ladrones de mujeres. Pero eso fue hace generaciones. Ahora los enemigos son menos violentos, pero igual de letales: la malaria y la tuberculosis.

Ahora los enemigos son menos violentos, pero igual de letales: la malaria y la tuberculosis.

Pasu ahuyenta a Biyi, su perro de caza, y se sienta junto al fuego. Se alisa el taparrabos de hojas y acomoda la cabeza de Lidia en su regazo. Ella lo mira con ojos vidriosos. Con gesto grave, Pasu le pide a su hermano John que nos pregunte si podemos hacer algo. Nosotros (un equipo de National Geographic) hemos llegado sin saberlo en un momento crítico. Nuestro plan, acompañar a los meakambut, uno de los últimos pueblos cavernícolas seminómadas de Papúa y Nueva Guinea, a través de su montañoso territorio, ha quedado eclipsado por la presente emergencia. Un miembro de nuestro equipo, con formación de auxiliar médico de urgencias, examina a Lidia y observa que tiene los pulmones encharcados, 140 pulsaciones por minuto y 40 grados de temperatura. Determina que probablemente Lidia padece un caso grave de neumonía y le administra dosis dobles de antibióticos y paracetamol. Le hacemos beber un vaso de agua esterilizada con azúcar y sal; aconsejamos que pase la noche sentada, sostenida por su marido, para que respire mejor, y sugerimos que a primera hora de la mañana la bajen de las montañas y la lleven río abajo, hasta la clínica de la aldea de Amboin. Otros dos meakambut, Michael Wakinjua y su hijo pequeño, también están gravemente enfermos.

Un miembro de nuestro equipo, el etnógrafo Sebastian Haraha, participa en la expedición con el fin de determinar con GPS la localización exacta de las cuevas de los meakambut. Confía en poder registrarlas en el marco de la Ley de la Propiedad Cultural Nacional, para que el territorio de los meakambut quede protegido de las actividades maderera y minera. Ahora, en este momento difícil, se ofrece para acompañar a los enfermos hasta el pueblo.

Al alba, Lidia respira con dificultad. Le administramos más medicinas y entregamos a su marido pastillas para una semana. Pasu envuelve el cuerpo laxo de Lidia en un bilum, o bolsa de red, y se lo echa a la espalda. Sebastian ayuda a Michael, mientras la mujer de este carga a la espalda al desfalleciente bebé. El pequeño grupo parte en fila india por el sendero resbaladizo. Les llevará seis horas abrirse paso a machetazos hasta el río Manbungnam, donde tenemos una piragua equipada con motor fuera borda. Desde allí hay otras seis horas de trayecto corriente abajo hasta llegar a la clínica. Tenemos pocas esperanzas de que Lidia sobreviva.

Más de 800 lenguas en un país del tamaño de Suecia

La gran variación geográfica de Papúa y Nueva Guinea ha producido una enorme diversidad biológica, que a su vez ha dado lugar a una gran diversidad cultural: más de 800 lenguas en un país del tamaño de Suecia. Debido a esa diversidad, cuando a comienzos de la década de 1880 las potencias coloniales prohibieron la caza de cabezas, el canibalismo y las guerras tribales, la región se convirtió en un imán para misioneros y antropólogos. Aquí se hicieron un nombre Mar­garet Mead, Gregory Bateson (tercer marido de esta) y, más recientemente, Jared Diamond.

Hoy el país sigue evocando imágenes de cazadores de cabezas con arcos y flechas, y un hueso atravesado en la nariz. Pero eso es más o menos como imaginar el Oeste de Estados Unidos poblado aun por indios cazadores de cabelleras. Muchas de las fotos que se ven de aborígenes pintados y adornados con plumas se han tomado en espectáculos turísticos similares a los festivales que se organizan en el Oeste americano.

Solo en las regiones más inaccesibles del país existen todavía enclaves de pueblos tradicionalmente nómadas, como los meakambut. El grupo vive en dos abruptas serranías, ocultas en el borde de la extensa vertiente norte de la cordillera Central. Los límites entre su territorio y el de los asentamientos vecinos (los pueblos im­­boin, awim, andambit, kanjimei y namata) son aproximados. Su territorio mide unos 260 kilómetros cuadrados.

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Los meakambut eran desconocidos para el mundo exterior hasta la década de 1960, cuando patrullas australianas empezaron a explorar las zonas de topografía más accidentada del país. En 1991 el antropólogo esloveno Borut Telban pasó una semana en la región y solo encontró a 11 meakambut, que vivían en refugios precarios y cuevas. Contó que los hombres llevaban collares de conchas de kina y taparrabos de hojas, y las mujeres, faldas de paja. Cuando regresó en 2001, no pudo localizarlos. Pero el pueblo awim, emparentado con ellos, sabía que todavía estaban por algún sitio. Solo tres generaciones atrás, los awim también llevaban una vida nómada, pero ahora se han establecido a orillas del río Arafundi para tener acceso a escuelas y clínicas.

Con la esperanza de observar esos últimos bas­­tiones de vida seminómada, la antropóloga Nancy Sullivan envió en 2008 una expedición en busca de los meakambut y para hacer un in­­ventario de sus cuevas. Sullivan, que dirige una consultoría en Papúa y Nueva Guinea especializada en estudios del impacto social de los proyectos de desarrollo, está estudiando las pinturas rupestres de la región: representaciones de manos hu­­manas en negativo sobre las paredes de las cuevas que constituyen un registro de generaciones de habitantes. Rubia de ojos azules, Nancy tiene cierto parecido con Meryl Streep. Hace más de 20 años que vive en Papúa y Nueva Guinea y ha adoptado a varios niños del país. Su equipo descubrió a 52 meakambut supervivientes, que conocían 105 cuevas por sus nombres pero solo utilizaban una veintena como refugio. En nueve de ellas hallaron recipientes de barro, cuchillos de hueso y pinturas de manos en las paredes, y en tres había cráneos humanos. Muchos de los meakambut más ancianos ya habían muerto.

Para encontrar a los meakambut, nuestro equipo viaja en hidroavión hasta la cuenca del río Sepik, la llanura de inundación que desagua al noroeste de Papúa y Nueva Guinea. Después proseguimos el viaje en piragua con motor por tributarios cada vez más pequeños hasta que ya no navegamos, sino que empujamos la embarcación. Finalmente continuamos a pie por las montañas. Durante dos noches seguidas intentamos co­­municarnos con los meakambut mediante el «teléfono de la jungla»: tres hombres golpean con garrotes de madera el tronco de un árbol enorme, dejando que el ruido grave de los garrotazos reverbere a través del dosel del bosque. Al no obtener respuesta, emprendemos una agotadora marcha hasta el último paradero conocido del grupo: Tembakapa, un conjunto de chozas provisionales levantadas en una neblinosa cresta de las montañas. El poblado está vacío. En medio de las chozas hay una cruz de madera rodeada de piedras.

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Al día siguiente, a mediodía, dos hombres meakambut entran a grandes zancadas en nuestro campamento. Han oído el teléfono de la jungla. Enseguida reconocen a Joshua Meraveka, de 26 años, que forma parte del equipo de Sullivan. Lo saludan con alegría, estrechándole la mano vigorosamente. Nuestro compañero nos presenta a los visitantes: son John y Mark Aiyo, hermanos, de unos 20 años, esbeltos y musculosos. John, uno de los líderes de los meakambut, viste camiseta azul de los Lakers, taparrabos de hojas y una diadema de cuentas adornada con plumas amarillas. Mark tiene la cara pintada con carbón y arcilla roja y se ha puesto helechos en el pelo y pétalos de flores amarillas en la barba negra.

Dejan sus arcos, flechas y machetes junto al fuego y se ponen a liar hojas de tabaco para fu­­mar. Como venimos con Joshua, nuestra presencia no parece incomodarlos. Joshua nos explica que tienen nombres cristianos porque algunos de su pueblo vivieron un tiempo en aldeas. Uno de ellos había ido a una escuela religiosa y los bautizó al regresar. John y Mark pertenecen al grupo embarakal, de 12 miembros, uno de los cuatro grupos que se cree componen el total de los meakambut. Los otros tres grupos han tenido que marcharse para llevar a sus enfermos a la clínica que está al otro lado de las montañas (en lugar de llevarlos río abajo). «Hay demasiados enfermos», dice John. El resto de los embarakal, algunos de los cuales también están muy enfermos, añade, vendrán al día siguiente a una cueva llamada Ulapunguna para vernos.

A la mañana siguiente, a las nueve, salimos para la cueva Ulapunguna, con Mark a la cabeza. El sendero es una maraña de enredaderas, pero Mark se desliza como un espectro sobre las plantas. Con los pies en punta, como una bailarina, tantea el terreno y pisa confiado las raíces, las piedras o el barro. Hay sanguijuelas por todas partes, y de vez en cuando Mark se detiene para quitárselas de las piernas con el machete.

«Llevamos la vida nómada en la sangre»

Por fin llegamos a Ulapunguna, una cueva en la roca a 12 metros de altura con hoyos para las hogueras y unas cuantas flechas alineadas sobre la pared. Las flechas no están emplumadas y miden más de un metro de largo. Cada una tiene la punta especialmente fabricada para una presa diferente: tres para peces, dos para aves y dos para cerdos salvajes. Cuando pregunto con qué frecuencia cazan un cerdo, John responde que una vez a la semana. Es evidente que se siente orgulloso de ser cazador. «Llevamos la vida nómada en la sangre», dice Mark. ¿A qué presa está destinada la flecha con punta labrada en madera dura y 30 centímetros de afiladas muescas orientadas hacia atrás? Mark sonríe, se golpea el pecho con el puño y finge una teatral caída.

Mientras esperamos la llegada del resto de los embarakal, John cambia la cuerda de su arco y, a través de Joshua, me explica la vida en las cuevas. Los meakambut permanecen entre varios días y varias semanas en precarias chozas o en sus refugios rocosos antes de emprender la marcha. Las mujeres y los niños siembran taro, calabazas, pepinos, mandioca, plátanos y tabaco, para cosecharlos la siguiente vez que pasen por el lugar. Los hombres cazan o ayudan a las mujeres a hacer sagú, un alimento obtenido a partir de la médula de una cica. John asegura que a su pueblo le gusta la vida de cazadores-recolectores y no tiene intención de cambiarla.

John asegura que a su pueblo le gusta la vida de cazadores-recolectores y no tiene intención de cambiarla.

Cada una de sus cuevas tiene nombre y dueño, y la propiedad pasa de padre a hijo. Mark y John son los dueños de la cueva Ulapunguna. Algunas cuevas tienen sus leyendas, que son estrictamente privadas. Solo el propietario de la misma puede difundir sus secretos. Con su remozado arco de bambú en la mano, John me indica que lo siga. Caminamos por la selva hasta un claro, donde me señala una extensa pared de piedra caliza. «Kopao», dice. Kopao es la cueva más sagrada de los meakambut. Es su cueva de la creación, el lugar donde creen que se originó su pueblo, y John asegura que él también es dueño de esa cueva. Me dice que me llevará al día siguiente. Cuando volvemos a Ulapunguna, el resto del grupo ya ha llegado. Entonces se produce nuestro primer encuentro con Lidia, que está acurrucada junto al fuego, tosiendo terriblemente.

Al día siguiente, mientras los enfermos inician el largo viaje hacia la clínica, yo me dirijo a la cueva Kopao con John y Joshua. La senda sube por un barranco excavado por las inundaciones y termina abruptamente en una pared vertical. Sin dudarlo un momento, John empieza a escalar por la piedra lisa y oscura, aprovechando las oquedades de la caliza para meter los dedos de los pies. Al cabo de un rato encuentra un arbolito que sobresale perpendicular a la pared, anuda una enredadera al tronco y me arroja el otro extremo. Trepo agarrándome a la enredadera, con los pies apoyados contra la pared mojada. Seguimos trepando como los monos otros dos estratos de roca fangosa utilizando enredaderas resbaladizas, hasta que insisto en que usemos una cuerda. Tardamos más de dos horas en ascender 300 metros. La prueba final es una travesía de puntillas por una cornisa lisa como un cristal, sin nada debajo excepto un abismo de niebla.

Al otro lado está la cueva Kopao. Nos agachamos para pasar por debajo de una roca que so­­bresale y encontramos una hilera de cráneos. Son cráneos humanos. Están alineados como si se estuvieran susurrando entre ellos alguna cosa. Las bóvedas craneanas se han vuelto verdes y las órbitas vacías miran fijamente a los intrusos. John calla y se guarda el machete en el cinturón de corteza de árbol. Son los cráneos de sus antepasados. Aunque tengan nombres cristianos, los meakambut siguen practicando el culto a los ancestros. Como si estuviera invadiendo una propiedad ajena, John pasa furtivamente junto al osario.

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Nos adentramos en la cueva y hallamos las pinturas: manos humanas en negativo, de los antepasados de John, pintadas en rojo y negro. No sabe qué antigüedad tienen (los meakambut no llevan ningún cómputo del tiempo), pero mu­­chas de las huellas prácticamente han desaparecido. Como los cráneos, esas manos parecen advertirnos que nos detengamos, que volvamos sobre nuestros pasos y nos marchemos. John me guía más allá de las pinturas hasta una grieta de 20 centímetros en el techo. Se sitúa debajo y anuncia solemnemente que va a contar la historia de Kopao, pero añade que en cuanto termine, tendremos que irnos de inmediato, rápidamente y en silencio:

En el comienzo, Api, el espíritu de la Tierra, llegó a este lugar y encontró los ríos repletos de peces y la selva llena de cerdos salvajes y grandes palmeras; pero no había gente. Pensó que sería un buen lugar para los humanos y entonces abrió una grieta en la cueva. Los primeros en salir fueron los awim; después, los imboin y otros grupos, y finalmente, los meakambut. Iban desnudos y con gran esfuerzo salieron a la luz. Dentro había más gente, pero cuando los meakambut hubieron salido, Api cerró la grieta, y los demás tuvieron que quedarse dentro, en la oscuridad.

Los awim, los imboin y los meakambut se dispersaron por las montañas y buscaron en las rocas un refugio donde vivir. Fabricaron hachas de piedra, arcos y flechas, y se alimentaron con la abundante caza. Entre ellos no había odio, ni matanzas, ni enfermedades. La vida era hermosa y tranquila, y la gente tenía el estómago lleno.

En ese tiempo hombres y mujeres vivían en cuevas separadas, me explica John. Por las no­­ches, los hombres se reunían en una cueva especial para cantar. Pero una noche, un hombre fingió que estaba enfermo y no fue con los demás. Cuando oyó a sus compañeros cantando, se metió furtivamente en la cueva de las mujeres y copuló con una de ellas. Cuando los hombres regresaron, notaron que había pasado algo. De pronto uno sintió celos, otro sintió odio, un tercero, ira, y un cuarto, tristeza. Fue en ese momento cuando los hombres aprendieron todo lo malo. También entonces empezó la hechicería.

A la mañana siguiente, ya de regreso en Ulapunguna, John está sentado en cuclillas con las manos cerca del fuego y la cabeza gacha. No tiene flores ni helechos en su rizado pelo negro. Parece profundamente agitado. Joshua dice que los espíritus de Kopao visitaron a John por la noche. Los cráneos le hablaron. Las órbitas oscuras tenían ojos rojos como los de algunas criaturas nocturnas de la selva. Los cráneos dijeron que habían visto a John llevar a un hombre blanco al lugar sagrado y que lo habían oído contarle la historia secreta. Estaban enfadados. Era una historia para los meakambut, no para los blancos.

Los cráneos le hablaron. Estaban enfadados. Era una historia para los meakambut, no para los blancos.

John tiene miedo de que los espíritus lo castiguen matando a Lidia. Se siente mal. Quiere marcharse cuanto antes, dejar atrás las montañas, buscar el río y remar hasta donde está ella. Yo también me siento mal, soy el culpable de sus temores y siento que he traicionado a esta gente. La creencia en la brujería y los hechizos es co­­rriente en Papúa y Nueva Guinea. Según informes aparecidos en la prensa y recogidos por Amnistía Internacional, 50 personas acusadas de hechicería fueron asesinadas en 2008; algunas de ellas fueron quemadas vivas. El escritor británico Edward Marriott cuenta en su libro The Lost Tribe, de 1996, que lo culparon del rayo que mató a una mujer y cuatro niños, y que tuvo que huir para salvar la vida. Si Lidia muere, es posible que me culpen a mí.

Le explicamos a John que bajar remando por el río le llevará varios días y que esperamos el regreso de nuestra piragua motorizada para el día siguiente, cuando podremos llevarlo a la clínica de Amboin. Satisfecho con el plan, John nos sorprende reconociendo que su pueblo se quedó sin comida el día anterior y que por lo tanto es preciso preparar sagú. Cuando le sugiero que en lugar de eso vaya a cazar, niega con la cabeza.

Seguimos a Mark y a Jelin, su mujer, al campamento del sagú. Preparar sagú es una operación trabajosa. Mark trocea la pulpa del corazón de una palmera talada y la mete en una cuba con agua. A continuación, Jelin la tamiza a través de un filtro de cáscara de coco y obtiene una pasta blanca ligeramente anaranjada. El grupo trabaja durante seis horas, lentamente, con las caras bañadas en sudor. Al caer la tarde han conseguido 18 kilos de gomoso sagú (no está mal para el trabajo de una tarde) y nos ponemos en marcha de regreso a Ulapunguna. Empieza a llover.

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Por la noche cenamos tortas de sagú fritas. El sagú es un carbohidrato prácticamente puro, sin proteínas, grasas, vitaminas ni minerales. Aunque John ha insistido en el orgullo de ser cazadores y en que cazaban un cerdo salvaje por semana, hasta ahora no hemos visto carne.

John, Joshua y yo nos quedamos sentados junto al fuego, masticando las tortas gomosas y sin demasiado sabor, charlando hasta bien en­­trada la noche. John empieza a bajar la guardia. Admite que su grupo lleva más de tres meses sin cazar un cerdo ni comer carne. Está muy preocupado por su pueblo. Dice que antes había varios cientos de meakambut, y que ahora mueren dos bebés por cada uno que sobrevive. No hay cerdos en las montañas, ni casuarios en la selva, ni peces en los ríos. Cuando el fuego se extingue, John me susurra algo que quiere que transmita al Gobierno de Papúa y Nueva Guinea, un mensaje.

Poco después del alba, el grupo embarakal se empieza a engalanar para emprender el viaje más allá de las montañas. Los hombres se pintan la cara de negro y naranja, y las mujeres se marcan la piel con pequeños círculos. En un clima donde no hace falta la ropa, así se viste uno para las ocasiones especiales. A mediodía llegamos al campamento Wakau, a medio camino del río. De pronto, mientras descansamos en el bochorno de la tarde, oímos unos silbidos procedentes de las montañas. Es el resto de los meakambut, que vuelven desde el otro lado de las montañas. El grupo embarakal decide unirse a ellos, y John me pide que vaya a buscar a Lidia, a Michael y al bebé y los envíe a casa cuando estén recuperados. Interiormente, siento un gran alivio de que John no venga con nosotros. Me preocupa lo que podría pasar si Lidia hubiera muerto.

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Por la tarde encontramos la piragua motorizada y navegamos río abajo hasta el anochecer. Finalmente llegamos a la aldea ribereña de Awim. Al desembarcar, nos enteramos de que Lidia y los demás están allí. La única clínica operativa de la región no tenía suministros para atenderla. Pero Lidia sigue con vida. Unos simples antibióticos fueron suficientes para salvarla. Sigue débil y no puede andar, por lo que le ponemos un suero intravenoso durante la noche. Michael y su hijo también se están recuperando. Al amanecer, Lidia ya sonríe y es capaz de ponerse de pie con las piernas temblorosas, aunque sigue tosiendo.

A la hora del desayuno, me encuentro con Sebastian Haraha junto al fuego. Me ofrece café y me invita a sentarme a su lado. Se ha visto obli­gado a abandonar temporalmente su plan de inventariar las cuevas de los meakambut (con el propósito de salvar su hábitat y asegurar la supervivencia de su cultura en el futuro), para salvar sus vidas en el presente. «¿Proteger las cuevas? ¿Para qué, si no quedan meakambut vivos?», pregunta. Está indignado. La enfermedad de Lidia lo ha impresionado. «Los meakambut están al borde de la extinción. Mueren de enfermedades que tienen fácil tratamiento. Quizás en diez años ya no existan, y entonces su lengua y su cultura habrán desa­­parecido. ¡Este es uno de los últimos pueblos nómadas de Papúa y Nueva Guinea!»

Está consternado, pero con fuerzas para lu­­char: «Cuando vuelva a Port Moresby, iré directamente al despacho del primer ministro y haré algo». Asiento, y le transmito al pie de la letra el mensaje de John: «Nosotros, el pueblo meakambut, renunciaremos a la caza y a desplazarnos continuamente y vivir en las cuevas de las montañas si el Gobierno nos da una clínica y una escuela, y dos palas y dos hachas para construir casas.»