Mujeres afganas

La fotógrafa Lynsey Addario nos ofrece en esta galería de fotos una visión íntima y personal de los cambios en la vida de las mujeres afganas.

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mujeresafganas01. Afganistán

Afganistán

De parto en la carretera
Vi a dos mujeres en una ladera, con burka y sin compañía masculina. En Afganistán es muy raro ver una mujer sin acompañante. Noor Nisa, de unos 18 años, acababa de romper aguas. Su marido, cuya primera esposa había fallecido de parto, estaba empeñado en llevar a Noor Nisa al hospital de Faizabad, a cuatro horas en coche desde su aldea en la provincia de Badajshán. El coche que le habían prestado se averió, y se fue a buscar otro. Al final, yo misma llevé a Noor Nisa, a su madre y a su esposo al hospital, donde dio a luz a una niña. Mi intérprete, médico de profesión, y yo estábamos haciendo un reportaje gráfico sobre salud y mortalidad materna, y por azar nos topamos con una historia real.

Lynsey Addario

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Sin miedo a manifestarse
La primera vez que estuve en Afganistán gobernaban los talibanes. Las únicas mujeres que se veían en la calle eran mendigas, casi siempre viudas o esposas de inválidos. Muchos viernes los talibanes realizaban ejecuciones públicas en el estadio de Kabul. Diez años después, ese estadio acoge el mitin de un candidato a la presidencia en el que participan mujeres, algunas con burka, otras sin él. Para esta foto, las que no quisieron ser fotografiadas se cubrieron el rostro.

Lynsey Addario

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Oración y llanto
El santuario erigido en Herat a Shahzada Qasim, descendiente del profeta Mahoma, tiene más de mil años de antigüedad. Un día por semana, una zona del templo se separa con una mampara para que las mujeres puedan rendirle culto. Delimitados para crear refugios femeninos, estos oratorios se me antojan unos de los lugares más seguros e íntimos del país. Las mujeres que rezan en este lugar sagrado de Herat se cubren de pies a cabeza con el chador, influidas por lo que se estila en la vecina Irán. En este santuario, como en todos los de Afganistán, algunas mujeres lloran desconsoladamente. Siempre me he preguntado por qué. ¿Será por la emotividad que entraña la oración pública y por la santidad del lugar?
 

Lynsey Addario

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Una novia esmeralda
Fotografiar una boda afgana es un asunto muy delicado. Las mujeres se despojan del velo y a menudo eligen vestidos que dejan ver su figura y se arreglan con llamativos maquillajes; por eso no les gusta que el mundo exterior vea esas imágenes. La novia de esta boda de Kabul se llama Fershta y tiene 18 años. Para la ceremonia luce un vestido verde, un color que en la tradición islámica se asocia con la prosperidad y el paraíso. El novio es Amin Shaheen, hijo del director de cine Salim Shaheen. La expresión seria de su esposa refleja el importante hito que supone el día de la boda en la vida de una mujer afgana.

Lynsey Addario

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Desfigurada de por vida
Bibi Aisha tenía 19 años cuando la conocí en 2009 en el refugio de Mujeres pro Mujeres Afganas de Kabul. Su marido le pegaba desde el día en que se casó con él, a los 12 años. Un día le dio tal paliza que escapó para pedir auxilio a una vecina. En castigo por salir sin permiso, el marido, combatiente talibán, se la llevó a un lugar perdido de las montañas. Varios hombres la sujetaron mientras él le cortaba la nariz, las orejas y el pelo. Ella gritó en balde. «Si pudiese, los mataría a todos», me dijo. Yo quería mostrame fuerte ante ella para infundirle esperanzas. Pero cuando me describió ese momento, rompí a llorar. Aisha viajó a Estados Unidos en agosto para someterse a una intervención de cirugía reconstructiva.
 

Lynsey Addario

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La disc-jockey Rokhsar Azamee, idolatrada por las jóvenes afganas, trabaja en un programa de televisión donde la gente llama para pedir canciones. Prohibida durante el régimen talibán, la televisión tiene hoy una gran audiencia, y el programa de Azamee es una de las razones. Diversos programas de entretenimiento tienen a mujeres como presentadoras.

Lynsey Addario

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Un cirujano etíope (con gorro verde, en el centro izquierda de la imagen) enseña al personal femenino del Hospital Maternal Malalai de Kabul cómo cerrar una fístula: un orificio anormal entre la vagina y la vejiga o el recto, que puede producir infecciones e incontinencia. La afección ocurre a menudo durante el parto en mujeres jóvenes cuyas pelvis no están totalmente desarrolladas. Si el problema no se soluciona con cirugía, se considera que la mujer trae vergüenza a la familia y es rechazada por el marido.

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Una madre afortunada
Tras recorrer zonas remotas donde la mayoría de las mujeres paren en casa, sin disponer siquiera de una comadrona, fue un alivio visitar el hospital de Faizabad, capital de provincia. El personal del centro, médicas, enfermeras y matronas, trabajan día y noche. Estas profesionales afganas, formadas en Rusia y en Kabul, tienen los conocimientos y los equipos necesarios para resolver un parto complicado, aunque apenas les alcanza el dinero para adquirir guantes de látex y batas de médico. Allí fotografié a Kokogol, de 25 años, cuando daba a luz a gemelos acompañada de su madre.

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Una maestra en ruta
Todas las mujeres de la aldea están invitadas a las clases de salud e higiene que imparte una matrona itinerante (en esta foto, con hijab blanco y gafas). Trabaja para una clínica móvil financiada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas y el grupo de cooperación médica internacional Merlin, que proporciona atención perinatal y posnatal a las mujeres de aldeas aisladas como ésta del nordeste de la provincia de Badajshán. Viaja con un enfermero que hace chequeos rutinarios a los niños.

Lynsey Addario

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Esta madre caminó durante cinco horas para visitar a una comadrona en una clínica móvil en la aldea de Koreh-e Bala. La mujer espera fuera de un recinto familiar para recibir asesoramiento médico acerca de su bebé de 10 meses, que está enfermo desde que nació.

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Entrenamiento policial
Policías afganas manejan fusiles AMD-65 en un campo de tiro de las afueras de Kabul. Las entrenan los carabinieri, la policía militar italiana integrada en las tropas de la OTAN en Afganistán. Hacerse policía es una decisión audaz para una mujer afgana. Los insurgentes suelen atacar a las fuerzas policiales. Muy pocas obtienen permiso del marido y los hombres de la familia. De 100.000 agentes, sólo hay unas 700 mujeres. Pese a todo, son bien recibidas, porque pueden ocuparse de tareas que la costumbre islámica veta a los hombres: cachear a otras mujeres o registrar viviendas cuando hay mujeres presentes. Muchas son viudas de agentes abatidos que deben sostener a la familia. Ganan unos 126 euros al mes.

Lynsey Addario

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Sueños olímpicos
Estas niñas afganas forman parte del equipo que competirá en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde el boxeo femenino debutará como deporte oficial. Para las atletas, el hecho de reconciliar a sus familias con la idea de que sus hijas practiquen un deporte ya es un triunfo. En los combates públicos, las integrantes del equipo, que ya compite en el sur de Asia bajo el patrocinio de Oxfam, se cubren el pelo con un hijab que llevan debajo del casco. La Asociación Internacional de Boxeo no tiene ninguna objeción al respecto, siempre y cuando el rostro quede a la vista. En esta fotografía, tomada durante un entrenamiento en un recinto cerrado en Kabul, pueden mostrar el cabello.

Lynsey Addario

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Invitadas de punta en blanco
Estas dos niñas asistirán así vestidas y maquilladas a la boda de un pariente en Kabul. Muchas mujeres y niñas afganas se maquillan y pasan horas en la peluquería para esos acontecimientos. Las más jóvenes pueden exhibir su look festivo, pero en cuanto llegan a la pubertad, se ocultan de los hombres tras un burka o un hijab.

Lynsey Addario

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El coraje de conducir
Con el rostro, el pelo y los brazos a la vista, la actriz Trena Amiri pasea a una amiga por Kabul un viernes. Pone el casete de sus canciones favoritas a todo volumen y las acompaña moviéndose y cantando, marcando el ritmo sobre el volante. Incluso en Kabul, ciudad afgana relativamente progresista, tiene que soportar miradas, bocinazos y gritos tanto de hombres como de mujeres. Los hombres de Afganistán ven en las mujeres fuertes una provocación, pues simbolizan una libertad que ellos no acaban de asimilar. Amiri huyó del hombre con quien llevaba siete años casada; cuenta que su marido la encerraba en casa y le pegaba. Atrás dejó a tres hijos. No planea volver a casarse pero sabe que quizá deba hacerlo si quiere sobrevivir en Afganistán, donde las mujeres dependen de los hombres para casi todo. Cuando me intereso por su actual novio, cuyo nombre lleva inscrito en una pulsera de oro, contesta que la boda es imposible: «No me dejaría seguir actuando, y yo deseo continuar con mi arte».

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Una esposa encarcelada
Una reclusa de la prisión de Mazar-e Sharif acaba de ser liberada, y Maida-Khal, de 22 años, rompe a llorar porque ella sigue encerrada en su celda. Cuando tenía 12 años la casaron con un septuagenario paralítico. «Yo era muy joven y no podía moverlo porque pesaba mucho para mí, y por eso sus hermanos me pegaban», recuerda. Cuando hace cuatro años pidió el divorcio, la encarcelaron. «Estoy en prisión porque no tengo mahram [un hombre que vele por ella]. No puedo divorciarme, y no puedo salir de la cárcel sin un hombre.» Con un comedimiento asombroso, me dice: «He tenido una vida difícil».

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En la provincia de Balj, en el norte de afganistán, la casa de una mujer adicta al opio está sembrada de vainas vacías de adormidera. Cuenta que de niña recogía la cosecha de opio, que a los 12 se hizo adicta y que desde entonces ha mascado y fumado la droga. «El opio es mi hijo, mi hija –dice–. No he tenido comida en todo el invierno. El opio ha sido mi alimento.» Ahora la cuidan unos vecinos. Afganistán es el principal suministrador mundial de opio, del que se extrae la heroína. Un estudio de 2010 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito reveló que un millón de afganos con edades comprendidas entre los 15 y los 68 años (el 8% de la población) es adicto a las drogas. El número de consumidores de opio ha aumentado más de un 50% desde 2005, hasta alcanzar la cifra de 230.000 personas.

Lynsey Addario

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Quemada a lo bonzo
«Cogí el bidón de gasolina y me prendí fuego —me contó Fariba, que tiene 11 años y vive en Herat—. Cuando volví a la escuela, los niños se reían de mí. Me llamaban fea.» Hoy asegura estar arrepentida de aquel error. Las razones de que actuara de esa manera no están claras; Fariba adujo que una mujer la visitaba en sueños y la animaba a quemarse. Muchas mujeres afganas se prenden fuego porque ven en el suicidio la única vía de escape de un matrimonio violento, unos familiares maltratadores, la pobreza o la angustia de la guerra. Si sobreviven, temen el oprobio o el castigo por lo que hicieron, y a veces cuentan que se produjo una explosión de gas cuando estaban cocinando. Los médicos saben distinguir cuándo una quemadura ha sido intencionada, y no accidental, por el olor, la morfología y la localización.

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En el Hospital Esteqlal de Kabul los médicos trataron de salvar a Zahra, de 15 años, que se roció el cuerpo con gasolina y se prendió fuego después de que la acusaran de robar en casa de unos vecinos. La adolescente, oriunda de Mazar-e Sharif, sufrió quemaduras en el 95% de su cuerpo y murió tres días después de que se le tomara esta fotografía.

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Gulam Farouq, soldado del Ejército Nacional Afgano, reparte pan a las viudas y otras mujeres a las afueras del santuario del poeta y filósofo sufí Kwaja Abdullah Ansari en Herat. En un país donde el 35% de la población carece de empleo y el 36% vive por debajo del umbral de la pobreza, los soldados y los agentes policiales afganos suelen recoger donativos de los visitantes del santuario y repartirlos entre los pobres y los discapacitados.

Lynsey Addario

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Elisabeth Reyes, soldado de primera del Cuerpo de Infantería de Marina del Ejército de Estados Unidos, charla con una mujer afgana y sus hijos en una clínica de la provincia sureña de Helmand, una de las zonas consideradas como más peligrosas del país. La soldado es miembro de las unidades femeninas de combate, relativamente nuevas, que acompañan a las patrullas de a pie formadas sólo por hombres. Estas unidades tratan de comunicarse y ganarse la confianza de las mujeres afganas de esta región conservadora, a las cuales no se les permite hablar con hombres que no sean de la familia. Reyes y otras miembros de la unidad ayudaron a acordonar parte de una clínica del distrito de Now Zad para facilitar áreas de tratamiento separadas por sexos.

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Habiba Sarabi, gobernadora de la provincia de Bamiyan y única mujer gobernadora de Afganistán, da su habitual paseo matutino por las colinas, acompañada por un agente de seguridad. Famosa por las estatuas de los budas gigantes destruidas por los talibanes, Bamiyan es una de las provincias de mentalidad más abierta para las mujeres, que allí pueden conducir y trabajar fuera de casa. Aun así, el nombramiento de Sarabi al cargo de gobernadora por parte del presidente Hamid Karzai en 2005 se consideró un atrevimiento.

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Mujeres jóvenes, muchas de ellas estudiantes de magisterio, se divierten en el Jardín para Mujeres de un parque pensado para familias que viven fuera de la ciudad de Bamiyan. Fundado por la gobernadora de la provincia, Habiba Sarabi, el jardín ofrece un lugar para que las mujeres afganas disfruten del aire libre. El picnic es típicamente afgano: pan, carne de cabra y de cordero y fruta, con un toque occidental en la elección del refresco.

Lynsey Addario

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Tituladas excepcionales
Muchas chicas en Afganistán jamás han pisado un aula, y las que se escolarizan no suelen estudiar más de cuatro años. Eso hace de las alumnas de la promoción 2010 de la Universidad de Kabul una minoría. Con hijab bajo el birrete y sentadas en filas separadas de sus compañeros, las mujeres fotografiadas en esta imagen acaban de licenciarse en filología. Los talibanes habían prohibido la educación femenina, pero las clases se retomaron al caer el régimen en 2001. Esta graduación se celebró en un hotel de Kabul bajo estrictas medidas de seguridad dictadas por un recrudecimiento de la actividad terrorista.

Lynsey Addario

3 de febrero de 2011

Hace 25 años una muchacha afgana de ojos verdes hechizaba al mundo desde la portada de National Geographic. La joven refugiada huía de la guerra entre los soviéticos, que habían invadido su país, y los mujaidines, apoyados por los estadounidenses, y se convirtió en icono de la tragedia de Afganistán. Hoy el símbolo del país vuelve a ser una joven, Bibi Ai­sha (página 93), a quien su marido rebanó la nariz y las orejas como castigo por escapar de él y su familia. Aisha huía de las palizas y otros abusos.

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¿Qué lleva a maridos, padres, cuñados e incluso suegras a maltratar a las mujeres de su familia? ¿Es esta violencia la consecuencia de arrojar de golpe al siglo XXI, tras años de aislamiento y guerras, a una sociedad tradicional? ¿Qué miembros de ésta la perpetran? Hay notables diferencias entre los hazara, los tadzhik, los uzbekos y los pashtunes, el grupo más numeroso y conservador, que domina la esfera política desde 1880.

En la media luna pashtún, área que comprende desde la provincia de Farah, al oeste, hasta Kunar, al nordeste, la vida se regía (y en muchos sentidos todavía se rige) por el llamado Pashtunwali, el código de conducta de los pashtunes. Se fundamenta en el honor viril, que a su vez se pondera en función de tres pertenencias: zar (oro), zamin (tierra) y zan (mujeres). Los cimientos de la vida honorable son la hospitalidad (melmastia), el refugio o asilo (nanawati) y la justicia o venganza (badal). Cuanto más hospitalario sea un pashtún, tanto más honor se le reconoce. Si un desconocido o un enemigo llama a su puerta pidiendo cobijo, el honor del pashtún depende de que lo acoja. Si alguien causa algún mal a las tierras, las mujeres o el oro de un hombre, por su honor tendrá que cobrarse venganza. Un hombre sin honor es un hombre sin sombra, sin patrimonio, sin dignidad.

En cambio, por lo general no se ve con buenos ojos que las mujeres pashtunes ofrezcan hospitalidad o se cobren venganza. Ellas rara vez actúan como sujetos agentes: son sujetos pacientes con los cuales comerciar u objetos que disputarse… Hasta que no lo soportan más.

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En un refugio de Kabul para mujeres que han huido de la violencia doméstica me hablaron de una joven perteneciente a una de las familias pashtunes más ricas de una provincia limítrofe con Pakistán. Se enamoró de un chico de una tribu que no debía. El padre de la joven asesinó al muchacho y a cuatro hermanos de éste, y al descubrir que su propia madre había ayudado a la nieta a sustraerse de la ira paterna, también a ella la mató. Ahora ofrece una recompensa de 100.000 dólares por el cadáver de su hija.

Es un caso extremo perpetrado por un hombre extremo, pero muchos pashtunes creen ver su hombría y su forma de vida atacadas (por un ejército extranjero, unos líderes religiosos ajenos, una televisión foránea, grupos internacionales pro derechos humanos) y por ello se aferran a las tradiciones que durante tanto tiempo han definido la identidad del hombre pashtún.

En una librería de Kabul encontré un día una colección de landays («breves»): los poemas de dos versos que los pashtunes se recitan unos a otros en el pozo del pueblo o en los banquetes de bodas. El libro, titulado El suicidio y el canto, es una compilación de Sayd Bahodín Majruh, célebre poeta y escritor afgano asesinado en su exilio paquistaní en 1988. Comenzó recopilando landays femeninos en el valle del Kunar, de donde era nativo. Este humanista vio un tesoro en esas expresiones nacidas del corazón, desafío de convenciones y mofa del honor masculino en más de un sentido. Desde que nace hasta que muere, el sino de la mujer pashtún es la vergüenza y la tristeza. Se le inculca que no merece ser amada. Por eso, escribió Majruh, los landays son un lamento ante la imposibilidad de amar y una revelación del sufrimiento de la malcasada.

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A menudo el marido es un niño o un viejo con el que la mujer contrae matrimonio obligada por vínculos tribales:

¿No te da vergüenza, con tu barba blanca?

Acaricias mis cabellos, y yo río para mis adentros.

Zahiriente, una mujer lancea la virilidad de un hombre:

Hoy, durante la batalla, mi amante ha vuelto la espalda al enemigo.

Me siento humillada por haberlo besado anoche.

O expresa su deseo frustrado:

Ven, amado mío, ¡rápido, ven junto a mí!

El «pequeño horrible» dormita, y puedes

abrazarme.

El «pequeño horrible» es el hombre con quien la mujer ha sido obligada a casarse, una suerte de pánfilo a cuyas espaldas encontrará el verdadero amor. Según Majruh, las mujeres pashtunes, a despecho de su sumisión, siempre han anhelado en lo más profundo la rebelión y los placeres de la vida terrenal. Tituló su libro El suicidio y el canto porque con uno y otro acto dan voz a su suplicio. En la época de Majruh había dos formas de suicidio, el veneno y el ahogamiento. Hoy se envenenan y se autoinmolan a lo bonzo.

El parlamento afgano acaba de preparar un proyecto de ley para la erradicación de la violencia contra las mujeres, quienes empiezan a rechazar las prácticas culturales arcaicas y a hacerse valer en público y en privado. En Kabul visité el hogar de Sahera Sharif, una pashtún de Jost y la primera mujer en acceder al parlamento afgano. «Quién nos iba a decir que una mujer podría empapelar los muros de Jost de fotos y carteles electorales. ¡Si los hombres ni siquiera nos permitían trabajar en Jost!», me dijo.

Cuando era niña, Sharif se enfrentó a su padre, un mulá conservador, encerrándose en un armario hasta que le permitió ir a la escuela. Vivió la guerra civil entre grupos mujaidines rivales, que devastaron Kabul antes de la conquista talibán en 1996. Fue testigo de crueldades inconcebibles y de muchas muertes. «Buena parte de la violencia y crueldad que ve hoy –dijo Sharif– se debe a que la gente enloqueció con tantas guerras.»

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Tras la caída de los talibanes en diciembre de 2001, Sharif abrió una emisora de radio para educar a las mujeres en materia de higiene y salud básica. En una iniciativa más radical, se ofreció voluntaria para impartir clases en la Universidad de Jost (un hecho inaudito). Se despojó del burka (algo también insólito) y se plantó ante los alumnos (hombres) como profesora de psicología. Ellos se ruborizaron. Y así empezó a reeducarlos.

Mientras conversábamos, entendí hasta qué punto Sahera Sharif ha inspirado a su hija Shkola, de 15 años, estudiante de historia islámica y derecho. Quiere ser abogada para ayudar a las mujeres a defenderse de la violencia y la injusticia. Mientras, escudriña libros iraníes en busca de cuentos infantiles «como los que tienen ustedes –explicó–. Aquí prácticamente no existen, así que los estoy traduciendo al pashto, y también estoy escribiendo una novela».

En varios rincones del país (en Jost y Kandahar, en Herat y Kabul) me he topado con chicas como Shkola. No componen los viejos landays pero escriben poemas y novelas, y ruedan documentales y películas. Ésas son las modernas na­­rraciones femeninas de la vida en Afganistán.