El Monte Saint Helens, 30 años después de la erupción

¿Cómo se recupera un ecosistema de una catástrofe como la erupción del volcán de Santa Helena? Mira las fotografías de Diane Cook y Len Jenshel

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La mañana del 18 de mayo de 1980 la explosión del monte Saint Helens produjo una nube ardiente de gases, rocas y ceniza que calcinó bosques, prados y arroyos a 25 kilómetros del volcán.

Roger Werth / Daily News

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El monte Saint Helens, flanqueado por los montes Adams (a la izquierda) y Hood, vuelve poco a poco a la vida, abriendo muchos interrogantes. La erupción de hace 30 años mató a 57 personas y destruyó más de 500 kilómetros cuadrados de bosque.

Diane Cook y Len Jenshel

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Desde el paso Norway se aprecian las huellas de la destrucción y recuperación: el cráter del monte Saint Helens, las prístinas aguas del lago Spirit, una ladera con los árboles derribados por la erupción y un prado con flores.

Diane Cook y Len Jenshel

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A lo largo de los múltiples canales del río North Fork Toutle, sedimentos cargados de ceniza se acumulan en el fondo del valle y sofocan los bosquecillos de abetos y alisos. A comienzos de los años ochenta, el río llevaba 500 veces más sedimentos que antes de la erupción.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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Incluso después de que los 400 metros de la cima del volcán saltaran por los aires creando un gran cráter (en primer plano), el monte Saint Helens conserva una silueta característica. En el fondo de la imagen, el monte Adams.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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Una tormenta invernal se aproxima al cráter del monte Saint Helens.
 

Panorámica de Diane Cook y Len Jenshel

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Los primeros colonos (digitales, altramuces, anafalis y alisos rojos) florecen en una colina del monumento volcánico, cerca del lago Coldwater. El tocón es un recuerdo de la explotación maderera de antes de 1980.
 

Dia

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Cubierto por las primeras nieves del invierno y bajo la última luz del día, aparece el monte Saint Helens, por encima del lago Spirit y la llanura de la Pumita. Durante la erupción se hundieron la cumbre de volcán y el flanco norte, provocando una mezcla de hielo, barro y roca que se precipitó en el interior del lago a 240 kilómetros por hora.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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Tras la tormenta, se hacen visibles los nuevos abetos y los restos del bosque anterior a la erupción.

Diane Cook y Len Jenshel

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¿Por qué representar el Santa Helena con la cumbre intacta? Ramon Kmetz Lauzon, que pintó el mural en Castle Rock, Washington, en 1996, lo explica: «La gente decía que prefería ver la montaña tal como era antes».
 

Diane Cook y Len Jenshel

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El lago Saint Helens, situado encima del lago Spirit, en el Monumento Volcánico Nacional Monte Saint Helens, está cerrado a excursionistas y pescadores. El agua ha permanecido intacta y los científicos pueden observar los procesos naturales sucedidos después de la hecatombe.

Diane Cook y Len Jenshel

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Un espectral bosque a 13 kilómetros del Saint Helens muestra cómo lo que se salvó de la erupción puede encauzar la recuperación del ecosistema. Nutrido por el antiguo bosque, otro nuevo crece con rapidez.

 

Diane Cook y Len Jenshel

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Miles de árboles muertos, arrancados de las laderas, siguen flotando en el lago Spirit. Tóxico durante un breve período inmediatamente posterior a la erupción, hoy el lago está más vivo que nunca, lleno de renacuajos, plantas acuáticas y truchas de medio metro de largo.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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En la llanura de la Pumita, que ya empieza a reverdecer, la población de uapitíes se ha multiplicado, lo que ha movido a las autoridades a invitar a los primeros cazadores (ocho al año) para que accedan al área restringida de investigación.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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Sepultada por la ceniza, dañada por las avalanchas y objeto de una controvertida reconstrucción en los años ochenta y noventa, la estatal 504 conduce al Observatorio del Collado de Johnston, que domina la llanura de la Pumita y el cráter del Saint Helens.

Diane Cook y Len Jenshel

¿Cómo se recupera un ecosistema de una catástrofe como la erupción del volcán de Santa Helena? Mira las fotografías de Diane Cook y Len Jenshel

Antes había latas de cerveza en el fondo del lago Spirit. Mark Smith las recuerda perfectamente: latas antiguas de Olympia, con sus relucientes letras doradas conservadas por el agua fría y transparente. Recuerda las truchas arco iris de 25 centímetros, introducidas para deleite de los turistas, y una barca de remos del YMCA hundida en el lecho del lago, con la proa apoyada en un tocón sumergido. Era un muchacho cuando empezó a bucear a la sombra del monte Saint Helens, por eso recuerda cómo era el lago antes de la erupción de mayo de 1980, antes de que los 400 metros de la cima del volcán (unos 3.000 millones de metros cúbicos de fango, cenizas y nieve fundida) se precipitaran en sus aguas, antes de que se volviera el doble de grande pero la mitad de profundo, antes de que prácticamente cualquier señal de vida, animal o humana (cabañas, carreteras, tiendas de campaña y latas de cerveza), quedara borrada. Y antes de que el lago se convirtiera en una sopa fétida, sin oxígeno y cubierta por un manto flotante de troncos arrancados de las laderas.

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Lo que recuerda mejor es lo que él llama el bosque «petrificado»: un fantasmagórico grupo de abetos sin ramas en pie, enterrados varias docenas de metros por debajo de la superficie. El bosque subacuático fue un misterio para él hasta que la montaña estalló. Entonces lo comprendió todo. Los árboles eran la evidencia de una erupción pasada, la señal de que el lago Spirit siempre ha estado en primera línea de fuego.

Treinta años después, el lago Spirit encierra un nuevo misterio. ¿Cómo han reaparecido los peces, ahora el doble de grandes que los de antes de la erupción? Cada uno tiene su teoría. Smith, director de Eco Park Resort, el camping que hay al borde del monumento volcánico, cree que las truchas bajaron del lago Saint Helens, más pe­­queño y situado más arriba, durante una crecida. Pero en ese lago sólo hay salvelinos, y los peces del Spirit son truchas arco iris. Bob Lucas, biólogo del Departamento de Pesca y Vida Salvaje de Washington, cree que las han introducido de manera ilegal. A finales de la década de 1990 re­­cibió una llamada anónima que pareció confirmarlo: «Soy el que puso los peces». Los análisis genéticos preliminares realizados por Charlie Crisafulli, ecólogo del Servicio de Bosques, indican que las truchas no descienden de la población original. Pero lo importante para él no es saber cómo llegaron, sino cómo han crecido tanto. En el trigésimo aniversario de la erupción del 18 de mayo, una de las po­­­­cas cosas seguras sobre las truchas del lago Spirit es que han dado a todos (ecologistas, científicos, pes­­­cadores, congresistas, guardabosques y empresarios de la zona) un tema más de conversación.

El lago, de 11 kilómetros cuadrados, se encuentra ahora en el centro de un área de investigación de acceso restringido que ocupa aproximadamente la cuarta parte de los 445 kilómetros cuadrados del Monumento Volcánico Nacional Monte Saint Helens, creado en 1982 por el Congreso de Estados Unidos para «proteger los recursos geológicos, ecológicos y culturales […] y conservarlos en el estado más natural posible, permitiendo que las fuerzas geológicas y los sucesos ecológicos sigan su curso sin impedimento alguno». Esa parte de la zona afectada por la erupción, cerrada en su mayor parte al público, se ha convertido en uno de los mayores experimentos del planeta.

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El volcán experimentó un nuevo período de actividad entre 2004 y 2008, cuando fascinó a geólogos y curiosos con columnas de vapor y ceniza lanzadas a más de 9.000 metros de altura y con la formación de un nuevo domo de lava en el cráter. Pero muchas de las observaciones más interesantes de la zona corresponden al ámbito de la ecología.

Como laboratorio natural para el estudio de la recuperación de los ecosistemas, la zona de la erupción no tiene rival. «Es la perturbación fo­­restal a gran escala más estudiada del mundo», afirma Crisafulli. La han examinado desde todos los ángulos y en casi todas las magnitudes, desde las moléculas hasta los ecosistemas, desde las bacterias hasta los mamíferos y desde las fumarolas hasta los prados inundados. Casi a diario llegan visitantes deseosos de aprender algo del Saint Helens, y con frecuencia viene gente de Alaska o de Chile para saber qué esperar tras las erupciones en sus territorios.

Uno de los aspectos más destacados es la importancia de los «legados biológicos»: árboles caídos, raíces enterradas, semillas, tuzas o anfibios que sobrevivieron a la erupción gracias a la cubierta de nieve, la topografía o la suerte. Los ecólogos pensaban que la recuperación se produciría desde fuera hacia dentro, a medida que las especies de las áreas limítrofes avanzaran hacia la zona arrasada; pero el renacimiento también se ha producido desde dentro. Después de la planta solitaria que Crisafulli encontró en 1981 en la yerma extensión de 15 kilómetros cuadrados conocida como la llanura de la Pumita, los altramuces violáceos fueron la primera nota de color en un desolado mundo gris. En vida, los altramuces eran fábricas de nutrientes para los insectos y hábitat para ratones y topillos; al morir, tanto ellos como los organismos que atraían enriquecieron la ceniza y abrieron el camino a la colonización de otras especies. Poco a poco, la zona del desastre empezó a florecer.

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En un sentido amplio, los humanos también forman parte del experimento del Saint Helens. Ahora, mientras la naturaleza se recupera y los recuerdos se desdibujan (y se reducen los presupuestos y el número de visitantes), la gente empieza a inquietarse. Algunos dicen que la zona debería dejar de depender del Servicio de Bosques y ser declarada parque nacional. Otros oyen historias de truchas de medio metro y se preguntan por qué sigue cerrado el lago Spirit. Algunos lugareños dicen que 30 años de investigación son suficientes, que ya es hora de abrir al público la zona de acceso limitado. Nada de eso debería sorprendernos. También en el aspecto humano, el de Saint Helens es un ecosistema que busca el equilibrio.

Lo que yo recuerdo de mi chapuzón en el lago Spirit no es un bosque sumergido sino una jungla bajo el agua. El pasado mes de agosto seguí con mi coche al de Crisafulli por una sinuosa carretera de doble sentido junto al collado Windy; atravesamos una valla estropeada, asegurada con una cadena improvisada («Lo normal sería que hubiera dinero para cambiar la maldita puerta, ¿no le parece?», me comentó), y bajamos por una espeluznante pista para todoterrenos hacia la zona restringida. En el borde de la llanura de la Pumita iniciamos el camino de cuatro kilómetros a pie que mi compañero de 52 años ha recorrido cientos de veces. La coleta con que se recogía el pelo se balanceaba a cada paso, y hablaba sin parar de ecología. A nuestras espaldas se erguía el volcán, gris y sin nieve, con la pared norte desmoronada y el cráter a la vista. Delante de nosotros estaba el lago, con la superficie en calma y cubierto en sus dos quintas partes por una alfombra mo­­vediza de miles de troncos flotantes. A lo largo de la senda había abetos jóvenes, altramuces y castillejas purpúreas, así como sauces y alisos arbustivos de cuatro metros de alto, y, cerca de una corriente, hordas de sapos y ranas arborícolas. A orillas del lago, nos pusimos unos petos de abrigo que Crisafulli llama «trajes de conejo», nos enfundamos los trajes de neopreno, cogimos las máscaras y los tubos y subimos a bordo de una Zodiac, que se adentró en la bahía Duck con el motor en marcha. Después, nos zambullimos en el agua helada.

La primera sorpresa fueron los colores: verdes y amarillos brillantes, casi eléctricos a la luz del sol, que parecían el polo opuesto de la llanura de la Pumita. Eran los colores de las plantas acuáticas: robustas macrófitas semejantes a enredaderas que se extendían a lo largo de tres metros desde el lecho del lago hasta la superficie, con matas musgosas suspendidas sobre el cieno. Allí donde mirara veía peces bien alimentados y de boca ganchuda, todos de medio metro o más. Nadé tras ellos. No se asustaban. Observé que la jungla sumergida sólo estaba presente en aguas someras; en aguas más profundas, desa­parecía, lo mismo que los peces.

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Una vida a pie del volcán

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Antes de la erupción, el lago Spirit era, como muchos lagos subalpinos, pobre en nutrientes y poco productivo, con un agua transparente y pocas zonas de agua somera. Cuando la cumbre del volcán se precipitó en su interior a 240 kilómetros por hora, se llenó de lo que Crisafulli llama «elementos forestales pirolizados»: materia orgánica quemada por la erupción. El agua se calentó, alcanzando una temperatura de 36 ºC, y se llenó de carbono, manganeso, hierro y plomo. La visibilidad bajó de nueve metros a 15 centímetros. Proliferaron las bacterias. Los primeros científicos que tomaron muestras del agua regresaron con enfermedades que nadie se explicaba. Se produjo una rápida expansión de microbios: primero aerobios, que rápidamente agotaron todo el oxígeno; a continuación, anaerobios, que no lo necesitaban; después, bacterias consumidoras de nitrógeno, y finalmente, microorganismos que se alimentaban de metano y metales pesados. Durante 18 meses el lago Spirit fue el reino de la química, el hogar de «cientos de mi­­llones de bacterias por mililitro», en palabras de Crisafulli. Tras agotar gran parte de los elementos disponibles, los microbios empezaron a morir; entonces llegó el aporte de las corrientes y la fusión de las nieves, y el agua se tornó más clara.

Cuando la luz penetró en el Spirit, las algas y otros integrantes del fitoplancton colonizaron el lago, seguidos del zooplancton, que se alimenta del fitoplancton. Al zooplancton le siguieron los insectos acuáticos y anfibios. A principios de los años noventa ya crecían macrófitas en aguas so­­meras, un hábitat ideal para las truchas que no existía antes de la erupción. Gracias a la abundancia de quironómidos y caracoles de agua dulce, las truchas arco iris alcanzaban un peso récord de dos kilos en dos o tres años. Tras la erupción el lago siguió una pauta que Crisafulli observó en repetidas ocasiones en la zona arrasada. Nuevos organismos colonizan el ambiente virgen con un éxito espectacular, pero enseguida consumen los nutrientes disponibles o son diezmados por los depredadores, los parásitos o los competidores. Ésa fue la segunda revelación del Saint Helens: cuando la naturaleza hace tabla rasa, la sucesión ecológica es un ciclo de progresos rápidos y descensos estrepitosos.

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En el interior del volcán

En el interior del volcán

La riqueza del lago Spirit se derrama al resto del territorio. Cuando un renacuajo muere convertido en rana en la llanura de la Pumita, o cuando un insecto nacido en el lago queda depositado en la ceniza, sus nutrientes se transfieren a la tierra. Ese proceso invierte poco a poco los estragos de la erupción. «Antes de la erupción del volcán, el ambiente terrestre era muy productivo –dice Crisafulli–. Había muchos nutrientes y gran cantidad de carbono atrapado en el bosque primario. En comparación, el lago estaba empobrecido. Tras la erupción se invirtieron los papeles.» Ahora el paisaje vuelve a pasar del gris al verde, y el lago se parece cada vez más a como era antes.

Con 50 centímetros de largo y más de un kilo de peso, las truchas arco iris que vi eran al menos igual de grandes que cualquiera de las que he podido capturar en toda una vida de pesca en los estados del noroeste; así que también los peces vuelven a ser los de antes. Desde que hace nueve años Crisafulli empezó a estudiarlos, su peso medio se ha reducido a la mitad, ya sea porque el lago Spirit se está volviendo menos productivo o porque hay más truchas para la misma cantidad de comida, o quizá por ambas cosas a la vez.

En apariencia, el tema de discusión son los peces; pero el debate es mucho más profundo: ¿cuál debería ser el propósito del monumento volcánico? La pregunta se plantea en todas partes. Si los 20 años posteriores a la erupción fueron de auge (cinco cen­tros de información, cientos de kilómetros de sendas y millones de excursionistas), hoy el lugar parece en decadencia. El centro más grande, el del collado Coldwater, con exposiciones dedicadas sobre todo a la recuperación biológi­­ca, cerró en 2007 a causa de la reducción del presupuesto. En el lado oeste sólo hay dos guías guardabosques con dedicación completa, y en el sur y el este, uno. El monumento volcánico se mantiene gracias a la labor de los voluntarios del Instituto Monte Saint Helens, una organización sin fines de lucro, y de trabajadores temporales y estudiantes en prácticas. El 70 % de su presupuesto de 1,3 millones de euros para actividades de tiempo libre procede de las entradas que pagan los visitantes; el resto está vinculado al presupuesto del Bosque Nacional Gifford Pinchot, que cada vez tiene que dedicar más fondos a combatir los incendios. Aunque no hay muchas cifras (también las estadísticas han caído víc­timas de la reducción presupuestaria), tanto el personal del monumento como los empresarios del lugar coinciden en que el número de visitantes ha disminuido considerablemente desde las doradas décadas de 1980 y 1990. La cuarta parte de los que acuden ahora son extranjeros, que acampan o se alojan en las cabañas cercanas. Los estadounidenses prefieren hacer viajes de un día: suben conduciendo por la Spirit Lake Memorial Highway, pasan junto al clausurado centro de Coldwater y se van por la Interestatal 5.

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Algunos esperan que el monumento se convierta en parque nacional, con fondos asignados por el Congreso, plazas de alojamiento y más dinero para seguir investigando. El dinero está empezando a llegar, con casi 4,5 millones de eu­­ros de fondos federales el año pasado, más una subvención de 120.000 euros al Instituto Monte Saint Helens para que organice una exposición al final de la Spirit Lake Memorial Highway. Los 30 años que se cumplen ahora suponen una re­­novación del interés. «En la larga historia del Saint Helens, el dilema entre monumento y parque no es más que un episodio irrelevante –apunta Peter Frenzen, miembro del personal científico del monumento volcánico–, como lo es el acceso al lago Spirit.» Los que llevan tres décadas recorriendo la zona de la erupción ven el comienzo de un proceso más profundo. No hay tantos momentos estelares (ya no es un milagro ver brotar una planta entre las cenizas), pero el ritmo del cambio se está acelerando y su magnitud va en aumento. En lugar de descubrimientos puntuales, hay algo más próximo a la sabiduría.

«Ahora mismo la llanura de la Pumita es como un caballo desbocado –dice Crisafulli–. No hay una sola teoría que pueda predecir su evolución.» El ecólogo piensa hacer un reconocimiento desde el aire y por satélite, lo que le permitirá abarcar todo el panorama. «Vamos hacia la biogeografía a gran escala –afirma–. Es la próxima frontera.»

Otro día soleado del verano pasado, volví a cruzar a pie la llanura de la Pumita, esta vez para reunirme con tres jóvenes científicos que Crisa­fulli había reclutado para estudiar el lago Spirit. El objetivo era crear el primer mapa de los ecosistemas del lago: manchas de vida vegetal, montículos sumergidos procedentes de la cumbre del volcán y peces en la columna de agua. Con un sonar enganchado a estribor y el motor al ralentí, empezamos a avanzar lentamente. El monte Saint Helens, o lo que queda de él, llenaba el ho­­rizonte. En la pantalla, los científicos señalaron unas oscilaciones extrañas: podían ser truchas o troncos hundidos, suspendidos verticalmente; no lo sabríamos hasta que los datos fueran al laboratorio. Luego me llevaron a un punto menos profundo, al sur de lo que fueron las cascadas Harmony. Sabían lo que buscaban y, cuando bajé la vista hacia el agua cristalina, yo también lo supe. Treinta años después de la erupción, con la montaña en calma y el lago renacido, vi lo que había visto Mark Smith: un bosque petrificado.