Los mejores paisajes de Namibia

Prácticamente toda la costa de Namibia está protegida. Conoce su patrimonio natural en la galería de fotos de Frans Lanting

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Una duna elevada, teñida de naranja por la luz matinal, sirve de telón de fondo de unas acacias eriolobas en el Parque del Namib-Naukluft.

Frans Lanting

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Las dunas de Sossusvlei se elevan centenares de metros por encima del suelo arcilloso del Parque del Namib-Naukluft. El nombre de Sossusvlei, una combinación de afrikaans y la lengua nativa nama, significa algo a sí como "ciénaga sin retorno", en referencia a la prácticamente nula aportación de agua de lluvia.

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En el Parque Nacional Sperrgebiet, una hiena parda transporta el cadáver de un cachorro de león marino bajo la mirada de un chacal. No es fácil fotografiar a las solitarias hienas, de las que hay menos de 1.200 en Namibia y 8.000 en toda África. Sperrgebiet, que significa «zona prohibida» en alemán, fue declarado parque nacional en 2008, y corresponde a una concesión minera de diamantes.

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Los leones marinos del Cabo toman el sol en Cape Cross, un promontorio rocoso de la costa de los Esqueletos, llamado así por una cruz de piedra que erigió el explorador portugués Diogo Cão en 1486. Más de 200.000 leones marinos del Cabo (la mayor colonia de cría de Namibia) empiezan a frecuentar el lugar cada mes de octubre, con el fin de aparearse.

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Los flamencos comunes se congregan en las aguas de Sandwich Harbour. Antiguamente esta desolada laguna ubicada dentro del Parque del Namib-Naukluft fue un remoto fondeadero para buques balleneros. En la actualidad es un lugar famoso por su abundancia de aves, en el que se ha registrado más de un centenar de especies.

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Los áloes dicotomos se alzan como centinelas fantasmagóricos bajo las estrellas del desierto de Namib. Las flores de esta variedad de áloe proporcionan néctar a las aves y los insectos.

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Los elefantes que habitan en el desierto siguen el antiguo valle del río Huab, atravesando los paisajes eternos de Torra Conservancy, una de las aproximadamente 60 zonas supervisadas por comunidades locales.

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Una estrategia de supervivencia del desmán (Chrysocloris asiatica) del Parque Nacional Sperrgebiet consiste en "nadar" justo por debajo de la arena. A pesar de su aparente desolación y aridez, esta zona costera es un enclave de gran biodiversidad, hogar de reptiles, antílopes, leones marinos, hienas pardas y cerca de 800 especies de plantas, 234 de las cuales no crecen en ningún otro lugar del planeta.

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Este grupo de pingüinos de El Cabo se refugia en una construcción de la isla Halifax, parte de un santuario marino frente al Parque Nacional Sperrgebiet. A principios del siglo XX, los comerciantes ya habían acabado con el guano en el cual escondían sus huevos los pingüinos, por lo que éstos se vieron forzados a depositarlos directamente sobre el suelo, expuestos a los carroñeros. Ahora existen menos de 30.000 parejas reproductoras en el mundo.

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Durante miles de años el viento ha esculpido la arena del desierto de Namib, creando algunas de las dunas más altas del mundo, teñidas de rojo por el óxido de hierro. La arena contiene suficiente humedad para dar sustento a unas cuantas plantas resistentes. Cerca de esta duna hay otra, conocida como Big Daddy, que se eleva 350 metros por encima del suelo del desierto. 

Frans Lanting

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Una manada de antílopes saltarines o springboks corretean por el Parque Nacional Sperrgebiet, una extensión de unos 22.000 kilómetros cuadrados en la costa sudoccidental de Namibia que han sido protegidos recientemente. Perfectamente adaptados al hábitat desértico, estos antílopes han incrementado su población hasta 160.000 individuos desde la decada de 1980.

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Un abrevadero de la Reserva Natural NamibRand está repleto de aves, como estas gangas.

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La piel del camaleón del Namib se camufla con la arena del Parque Nacional Sperrgebiet, confundiendo a sus depredadores. 

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Las huellas son de una pareja de óryx de El Cabo, que, como el resto de la fauna de Namibia, se benefician de la generosa asignación de zonas protegidas del país. 

Frans Lanting

1 de junio de 2011

Al alba, tres semanas antes del solsticio de invierno, los últimos remolinos de niebla formaban espirales grises contra el cielo rosáceo sobre una duna de arena en el extremo oriental del desierto de Namib. Un chacal trotaba en dirección oeste hacia un grupo de acacias eriolobas, un óryx de El Cabo se dirigía tenaz al abrevadero de un campamento turístico, y un tenebriónido de brillante color negro se escabullía en la arena roja, dejando tras de sí un rastro perfecto. Junto a mí estaba Rudolph !Naibab,* un guía de safari que creció en la recalcitrante tierra de la región de Kunene, 500 kilómetros al norte de este punto de la Reserva Natural NamibRand, criando ovejas, cabras y burros en la granja de su abuela.

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!Naibab tiene 30 años, pero su sabiduría co­­rresponde a la de un hombre mucho mayor, algo que él atribuye al hecho de haber crecido en el desierto. «Esta tierra te obliga a plantearte la vida y la muerte a diario –me dijo–. Y la guerra. Yo crecí durante la guerra. Eso también te espabila.»

La guerra civil de Namibia empezó en 1966 y duró 22 años. En 1990, cuando el país obtuvo la independencia de Sudáfrica, fue uno de los primeros del mundo que incorporó la protección medioambiental a su Constitución. Seguramente con ese gesto los namibios reconocían que tras haber luchado tanto por su tierra, debían ahora responsabilizarse de ella.

«Creo que había muchas razones por las cuales el movimiento ecológico de Namibia nació con la independencia –dijo !Naibab–. Durante la guerra, a mediados de la década de 1980, también hubo una sequía. Los granjeros estaban desesperados; sus ovejas se morían, por lo que empezaron a cazar. Fue fácil para los namibios comprobar lo cerca que podemos estar de la muerte si no protegemos y respetamos los recursos.»

Hasta hace unos 20 años todas estas tierras estaban valladas y llenas de ovejas. Traté de imaginar a esos ovejeros dando la espalda al viento, sepultados bajo la arena roja, esperando durante años a que lloviese. «Estoy seguro de que esos ovejeros tenían sentimientos contradictorios para con este lugar –admitió !Naibab–. Por un lado, aquí no hay agua. Por otro, ¿cómo no sentir asombro ante estos paisajes? ¿Cómo ignorar la responsabilidad de protegerlos?»

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Yo había venido a Namibia porque a finales de 2008 el Gobierno había convertido 2,2 millones de hectáreas de la costa sudoeste en el Parque Nacional Sperrgebiet. Con esta nueva incorporación, casi la mitad de la masa continental del país se había convertido en parques nacionales, áreas de conservación comunales y reservas na­­turales privadas. Con la creación del Parque Nacional Dorob en diciembre de 2010, casi todo el litoral, desde el río Kunene en la frontera an­­goleña hasta el río Orange en la sudafricana, se había convertido en una sólida barrera de parques. Las condiciones eran propicias para crear lo que podría llamarse el Parque Nacional Namib-Costa de los Esqueletos, un inmenso parque litoral. La de Namibia parecía la extraña historia, quiméricamente esperanzadora, de una joven democracia africana decidida a convertirse en un ejemplo puntero de gestión del territorio.

Este optimismo me pareció bien fundado en mi segundo día en el país, cuando llegué al Área de Vida Salvaje Kulala, un refugio de 37.000 hectáreas adyacente a la Reserva Natural Namib­Rand. Ese día una de las conservacionistas más famosas de Namibia, Marlice van Vuuren, había programado la suelta de dos guepardos. Criada entre bosquimanos en la región de Omaheke, Marlice habla el idioma de éstos perfectamente; de hecho es una de las pocas personas no bosquimanas que lo hace. A sus treinta y pocos años dirige N/a’an Ku Sê, un santuario de caza situado 40 kilómetros al este de Windhoek, donde, con ayuda de rastreadores bosquimanos, rehabilita animales huérfanos o heridos y los traslada de zonas donde hay conflicto con los humanos a zonas donde otros humanos (turistas) están dispuestos a pagar mucho dinero para verlos.

La rehabilitación y repoblación de terrenos naturales no es ni fácil ni gratuita. «Se requiere una enorme cantidad de planificación y esfuerzo para restablecer el equilibrio de un hábitat para que pueda acoger de nuevo a los guepardos –dijo Marlice–. Todo debe estar en su sitio y en su justa medida. ¿Hay presas suficientes? ¿Hay agua? ¿Es sostenible? Si las respuestas son afirmativas, tienes la mitad de la batalla ganada. Y entonces sólo hay que esperar y ver si a los guepardos introducidos les gusta su nuevo ambiente.» Los dos felinos gruñían y se negaban a bajar del remolque, así que nos alejamos y esperamos. El viento era tan potente que parecía traspasarnos.

La gente que vive en el desierto de Namib y alrededores habla de dos vientos: el que sopla del este, desde el Kalahari, que gana fuerza a medida que pierde altitud hasta golpear este desierto a 100 kilómetros por hora y elevar las temperaturas a 40 ºC o más; y el viento del sudoeste, que proviene del frío Atlántico y esparce la niebla hasta 64 kilómetros tierra adentro, proporcionando casi toda la humedad necesaria para dar sustento a la variada fauna de este paraje. Esta vida, íntimamente ligada a la niebla, no es rara para serpientes, lagartos, escarabajos y arañas, pero sí es altamente especializada.

También es una existencia frágil. Algunos namibios con los que hablé se mostraron preo­cupados por el hecho de que el mínimo cambio climático podría causar el colapso de todo este delicado sistema. «Es fácil imaginar que unos pocos grados de calor adicionales serían catastróficos. Este clima y este ecosistema son ya de por sí muy extremos», dijo Conrad Brain, un veterinario que había venido a presenciar la suelta de los guepardos. Brain a menudo sobrevuela la costa namibia con un ojo puesto en los cambios climáticos. «Hemos visto aglomeraciones de medusas, aglomeraciones de tiburones, tortugas laúd que se desplazan demasiado hacia el sur, signos de que el mar se está calentando –dijo–. Es fácil sentirse un tanto alarmado. Por eso liberar estos guepardos te hace sentir que hay posibilidad de esperanza.» Dejamos de hablar y volvimos a fijarnos en el remolque.

Justo cuando había guardado la libreta, los guepardos salieron. La hembra fue la primera en tocar el suelo; luego le siguió el macho. En pocos segundos habían desaparecido de nuestra vista, aunque nosotros no hubiéramos desaparecido de la suya.

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El éxito del traslado de estos dos guepardos representa una nueva tendencia en Namibia. La fauna está creciendo en número, sobre todo dentro de las áreas de conservación y las reservas privadas, más allá de las fronteras de los parques nacionales. En la década de 1980 había como mucho 10.000 antílopes saltarines en el norte; se calcula que hoy hay unos 160.000. En 1990 la caza había llevado al rinoceronte negro al borde de la extinción en Namibia; ahora hay más de 1.400. Hace 20 años los granjeros mataban unos 800 guepardos cada año; ahora matan unos 150, y a los cazadores se les permite otras 150 cabezas.

Para llegar a Sperrgebiet, sobrevolé el desierto de Namib a lo ancho (desde la Reserva Natural NamibRand hasta Walvis Bay) y después, una buena parte a lo largo (desde Walvis Bay hasta Lüderitz). El trayecto fue sorpren­dente tanto por los evidentes contrastes como por su proverbial belleza debida a la acción del viento. Aunque el paisaje se manifiesta casi por completo como pura topografía (las dunas, el resplandeciente cuarzo del monte Witberg), las cicatrices causadas por la actividad humana hace un siglo siguen siendo evidentes: campos diamantíferos abandonados que aún resisten pese al viento, el sol y la arena. (Cerca de Walvis Bay, el desierto mostraba una nueva huella: los garabatos sin sentido que miles de vehículos todoterreno habían dejado sobre la frágil superficie.)

La mayor parte del tiempo los occidentales han ignorado a Namibia y su inhóspita aridez. Pero eso no la ha librado de la frenética explotación que se ha llevado a cabo en el resto de África. Las islas frente a su costa (declaradas área marina como parte del proyecto de protección del litoral) se peinaron en busca de guano, rico en nitrógeno, utilizado para fabricar pólvora y fertilizantes, y las frías aguas atlánticas, ricas en nutrientes, se esquilmaron en busca de ballenas. A principios del siglo XX los depósitos de guano, de seis metros de grosor, se habían extraído por completo hasta dejar el suelo pelado, y la ballena franca meridional estaba casi extinguida.

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En 1908 se descubrió en el sur el primer diamante. En pocos meses el Gobierno alemán, que mantenía el protectorado de África del Sudoeste (la actual Namibia), designó los 22.000 kilómetros cuadrados alrededor de ese hallazgo como Sperrgebiet («zona prohibida»), sólo accesible para la compañía de diamantes y sus mineros. Debido a la escasez de trabajadores por la catastrófica guerra de los colonos alemanes contra los pueblos del sur (los herero, nama y damara), se reclutó mano de obra entre las tribus norteñas (los ovambo y kavango) que no habían participado en la contienda. Aún hoy pueden verse montículos por todo el Sperrgebiet que parecen sepulturas infantiles, como un involuntario monumento conmemorativo a la labor de esos hombres que se arrastraron por el desierto tamizando la grava en busca de diamantes.

La minería de diamantes continúa a lo largo de la costa en la zona sur del nuevo parque, y desde el aire las excavaciones parecen enormes trincheras. Aunque la visita a las zonas mineras está estrictamente prohibida a cualquier persona sin autorización, el miedo a la extracción ilegal y al robo han hecho que todo el Sperrgebiet siga pareciendo prohibido (más que protegido, parece estar celosamente defendido). Sólo unos cuantos turistas pueden entrar en el parque a la vez, con un guía acreditado, y unas cámaras a ambos lados de la carretera controlan todo el tráfico que entra y sale del parque.

En la actualidad Namibia es el cuarto exportador de minerales no combustibles de África y el cuarto productor mundial de uranio. Pero esta riqueza mineral no acaba de llegar a la gente corriente (la distribución del dinero en Namibia es una de las más desiguales del mundo), y la búsqueda de estos minerales no sólo se da en tierras privadas sino también en los parques naturales y alrededores. Actualmente hay dos minas que producen uranio, una de ellas dentro del Parque del Namib-Naukluft; se calcula que la producción crecerá de 5 millones de kilos de óxido de uranio concentrado a unos 18 millones de kilos en 2015. Lo paradójico es que para ex­­traer su abundante uranio, Namibia debe utilizar grandes cantidades de un recurso muy escaso: agua. No es fácil conocer cifras concretas, pero se sabe que una de las minas utiliza tres millones de metros cúbicos de agua al año. En el momento de mi visita el agua se extraía de acuíferos (agua fósil imposible de reponer dada la escasa precipitación de Namibia), aunque se estaba construyendo una enorme planta desa­linizadora en la costa, cerca de Swakopmund.

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En teoría, la minería se debe practicar de acuerdo con la protección de recursos y el desarrollo económico. «Somos una nación en vías de desarrollo –me dijo Midori Paxton, que trabajaba para el Ministerio de Medio Ambiente y Turismo en Windhoek–. No es realista prohibir la minería en nuestras zonas protegidas, pero tra­bajamos duro para minimizar su impacto –dijo, mostrándome un mapa de los puntos calientes de biodiversidad identificados por el ministerio–. Trabajamos con las compañías mineras para identificar y proteger estas zonas tan delicadas.» Señaló uno de los campos de líquenes más importantes del país, hoy ubicado en el Parque Nacional Dorob. Estos campos (brotes de color naranja y gris sobre la arena roja y las costras de yeso negruzco) mantienen la estabilidad del suelo y son una fuente crucial de alimento para los invertebrados. Son los cimientos del desierto para comunidades más grandes de flora y fauna. En reconocimiento a su vulnerabilidad, los campos de líquenes aparecen marcados en los mapas y muchos han sido vallados. Pero el que Paxton me había señalado estaba entre el mar y una mina de uranio, y cuando lo visité, lo atravesaban zanjas de prospección cerca de donde se iba a construir la planta desalinizadora. Camiones pesados y todoterrenos habían dejado huellas profundas en el suelo, algo que el lento sistema del desierto tardaría siglos en reparar.

Al final será aquí, en la antigua superficie de sus tierras protegidas, y no en la literatura para turistas ni en la normativa oficial de la minería, donde se demostrará la fuerza y sinceridad de las intenciones medioambientales de Namibia.