Las mejores imágenes de la Primavera Árabe

El fotógrafo Michael Brown usa un iPhone para documentar algunos momentos clave en las protestas del norte de África.

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Un hombre celebra la quema pública del libro verde de Gadafi .

Michael Christopher Brown

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Marcas de ruedas y grafitis ensucian la imagen de Muammar al-Gadafi.

Michael Christopher Brown

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Los nuevos cadetes rebeldes de Bengasi.

Michael Christopher Brown

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Los manifestantes se congregan frente a un juzgado de Bengasi. 

Michael Christopher Brown

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Jóvenes rebeldes aprenden a utilizar armas en una base de Bengasi. 

Michael Christopher Brown

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Soldados del ejército rebelde se reúnen en las calles de Bengasi.

Michael Christopher Brown

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Los rebeldes esquivan las balas durante una batalla cerca de Bin Jawad.

Michael Christopher Brown

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Tras abandonar Bin Jawad, los soldados rebeldes se protegen del tiroteo.

Michael Christopher Brown

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Un rebelde dispara una salva en el lugar donde el 5 de marzo cayó un avión de las fuerzas aéreas militares libias en Ras al Unuf. Las fuerzas rebeldes derribaron el aparato cerca del frente de batalla.

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Efectos de un bombardeo autorizado por la ONU en Bengasi.

Michael Christopher Brown

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La calma junto al vehículo contrasta con la intensa lucha que tuvo lugar en esta zona del desierto, entre Ras al Unuf y Bin Jawwad. El lugar cambió de manos varias veces durante el conflicto.

Christopher Brown

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Las banderas de los libios rebeldes ondean libremente en Bengasi el 4 de marzo. Sus habitantes tomaron parte en las protestas a pesar de las amenazas de la policía con gas lacrimógeno y disparos, y de la represión del las fuerzas gubernamentales.

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Los habitantes de Bengasi durante la plegaria del viernes 4 de marzo. Más tarde, las fuerzas rebeldes lideraron una manifestación de protesta a gran escala, y una explosión en las inmediaciones provocó al menos 16 muertos.

Michael Christopher Brown

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El hijo de Muammar al-Gadafi, Saif al-Islam Gadafi, aparece en la televisión pública libia. En sus frecuentes apariciones ha tildado al gobierno libio de «incomprendido» y acusado a la comunidad internacional de «injerencia en los asuntos internos».

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Armado con cócteles Molotov, un joven de Bengasi vigila una barricada el 19 de marzo. Ese día aviones liderados por Francia protagonizaron un ataque. Los leales a Gadafi respondieron con granadas y disparos. La jornada acabó con gran parte de la ciudad controlada de los rebeldes.

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Unas mujeres asisten a una demostración a favor de la OTAN en el centro de Bengasi.

Michael Christopher Brown

1 de julio de 2011

Es una generación que ha vivido a la espera. A la espera de una buena educación, que pocas veces ha llegado. A la espera de un empleo, que si ha llegado, ha sido mal remunerado. Sin un buen empleo, a la espera de casarse, a menudo obligados a vivir con los padres hasta pasados los 30 años, o incluso una vez casados. Pero lo más importante, a la espera de libertad: el derecho a votar libremente, a participar en la política, a cambiar el mundo.

Una visión insólita

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Una visión insólita

Hasta que ya no han podido esperar más.

En torno al 60% de la población de esta área geográfica que abarca desde el Magreb hasta Oriente Medio tiene menos de 30 años, y la gran mayoría está indignada. Al igual que los jóvenes del resto del mundo, ellos también tienen sus ambiciones. Desean, necesitan, ansían. Se sienten oprimidos, sobre todo al ver la televisión por satélite o navegar por Internet. Allí se dan cuenta de cómo se vive en otros lugares del mundo. Las redes sociales (blogs personales, Facebook, Twitter y YouTube, entre otras) permiten que los jóvenes compartan sus frustraciones de una manera que no era posible en el pasado. Ellos ya no están solos. Tienen aliados. Tienen poder.

Por supuesto, no se puede englobar a toda la población de esta extensa región bajo un único «ellos». La mayoría musulmana de los distintos países incluye a árabes, persas y kurdos, cada uno de los cuales habla un idioma diferente. Algunos Estados son ricos en petróleo, otros no. Liderazgo y control varían en cuanto a brutalidad e intensidad. Siria está bajo una suerte de dictadura; Marruecos es una monarquía constitucional; en Yemen y Libia abundan las rivalidades tribales; Jordania y Líbano albergan una gran concentración de refugiados palestinos; en algunos de estos países proliferan los movimientos secesionistas. Cuando el descontento y la ira se extienden a través de tan diversos lugares, pueden llegar a ser muy destructivos.

En 2008, Navtej Dhillon, un antiguo miembro de la Brookings Institution que lideró un proyecto de estudio sobre la juventud en esta parte del planeta, habló con conocimiento de causa sobre los retos a los que la región se enfrenta. La zona ha vivido un doble boom, económico y demográfico, dijo, pero la gran mayoría de los jóvenes, cuya tasa de desempleo casi duplica la media mundial, se sienten excluidos. El statu quo económico y social aplasta el espíritu emprendedor necesario para construir una clase media próspera. Según Dhillon, «la región se enfrenta a un escenario que puede ser doblemente positivo o doblemente negativo». Los líderes políticos podrían sacar provecho del gran volumen de jóvenes para crear un ciclo de mayor crecimiento, mayores ingresos y mayores ahorros. La otra alternativa es seguir ahogando sus ambiciones y optar por el escenario doblemente negativo: menor crecimiento y mayor conflicto social.

Para bien o para mal, el conflicto ya está ahí. No ha hecho más que empezar.