Fósiles de Malapa

Medio mono, medio humano

Un nuevo antepasado surge del mayor hallazgo de esqueletos fósiles realizado hasta ahora.

Lee Berger sonríe. está dentro de una trampa mortal. Se trata de un pozo situado a unos 45 kilómetros al noroeste de Johannesburgo, en un ondulado valle de color pardo donde manadas de jirafas desfilan de vez en cuando entre grupos dispersos de árboles. Las paredes rojas del pozo son más altas que él. Hace unos dos millones de años, el pozo era mucho más profundo, y ninguna criatura que cayera en su interior tenía posibilidad de huir. Eso explica el tesoro de fósiles que Berger está sacando a la luz. Se agacha sobre una piedra roja cerca del fondo del pozo y recorre con los dedos una protuberancia blanca. «Parece parte de un brazo –dice–. Eso quiere decir que hemos encontrado otro individuo.»

 Los dos primeros esqueletos extraídos del pozo corresponden a un macho adolescente de 12 o 13 años y a una hembra adulta. Berger, paleoantropólogo de la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo, y sus colegas anunciaron el hallazgo en abril de 2010. El yacimiento, una erosionada cueva caliza llamada Malapa, está en una región tan famosa por sus antiguos fósiles humanos que algunos se refieren a ella como la «cuna de la humanidad». Gran parte de esa reputación deriva de los hallazgos arqueológicos de principios del siglo XX, cuando Sudáfrica reunía las mejores pruebas de los orígenes de la evolución humana, entre ellas Australopithecus africanus, por entonces el más antiguo de nuestros antepasados conocidos. Pero a partir de finales de la década de 1950, los sensacionales descubrimientos de la familia Leakey en Tanzania y Ke­­nya, seguidos del hallazgo del famoso esqueleto de Lucy, de 3,2 millones de años de antigüedad, por Donald Johanson en Etiopía, desplazaron la cuna de la humanidad a África oriental.

Lee Berger cree que eso está a punto de cambiar. En su opinión, Malapa podría ser la clave para comprender uno de los capítulos más im­­portantes y desconocidos de la evolución humana: el origen de la primera especie lo bastante parecida a nosotros como para poder llamarla humana, es decir, un miembro del género Homo.

En un congreso internacional de antropólogos celebrado en Minneapolis el pasado mes de abril, Berger y sus colegas presentaron los argumentos por los que la especie de Malapa, denominada Australopithecus sediba, podría representar una forma intermedia entre los australopitecinos primitivos y nuestro género, Homo. Las pruebas incluyen el cráneo pequeño de australopitecino (con algunos rasgos curiosamente modernos), la cintura escapular simiesca y los brazos adaptados para trepar, unidos a una mano extrañamente moderna con la precisión de agarre necesaria para fabricar herramientas. Según los científicos, el pie de la hembra adulta presenta una combinación todavía más rara: el tobillo casi completamente moderno está conectado a un calcáneo más primitivo que el de A. afarensis (la especie de Lucy), que es un millón de años anterior.

En una rama de la ciencia conocida por sus controversias, tales afirmaciones generarán sin duda objeciones. Pero nadie discute que los fósiles de Malapa son extraordinarios.

«Es un hallazgo sorprendente –dice Carol Ward, paleoantropóloga de la Universidad de Missouri, que estudia la evolución de los grandes primates antropomorfos y los primeros homininos (término que designa a los géneros Homo y Australopithecus)–. Hasta llegar a los neandertales de hace poco más de 100.000 años, no conocemos ninguna otra colección de esqueletos fósiles tan articulada y completa como ésta.»

La cantidad y el excelente estado de los fósiles tienen mucho que ver con la peculiar geografía del lugar. Al parecer, Malapa era a la vez un ma­­nantial que hacía posible la vida y una trampa mortal que la segaba. Hace dos millones de años, bajo una ondulada extensión de colinas y valles boscosos subyacía un acuífero jalonado de cuevas. Algunas de ellas se abrían a la superficie a través de abruptos pasadizos o de pozos verticales de hasta 50 metros. Durante los períodos lluviosos, cuando el nivel freático estaba alto, los animales podían beber fácilmente en las lagunas que se formaban en la superficie. En épocas más secas, quizá se aventuraban en la oscuridad de las cuevas, guiados por el ruido o la fragancia del agua, y se arriesgaban a caer en un pozo oculto. (Los huesos del antebrazo del adolescente presentan fracturas típicas de una caída de cabeza desde gran altura.)

«Los animales no tenían opción. Necesitaban agua para vivir», dice Brian Kuhn, zoólogo de la universidad de Johannesburgo (llamada Wits, para abreviar). Tras morir, los cadáveres caerían aún más profundamente en el sistema de cuevas, y al cabo de unos días o semanas quedarían sepultados en una sola capa gruesa de arena y arcilla, y no en una sucesión de finas capas, como habría sucedido si los sedimentos se hubieran depositado a lo largo de meses o años.

Esto plantea la posibilidad, según Berger, de que todos los homininos (ya son al menos cuatro los hallados en el yacimiento) murieran con semanas o incluso días de diferencia, y que por tanto se conocieran en vida. Al quedar rápidamente enterrados, las partes blandas tardaron más tiempo en descomponerse y los esqueletos conservaron la disposición que tenían en vida, y eso incluye los huesos más pequeños de manos y pies. De hecho, es posible que el rápido enterramiento haya conservado parte de la piel del cráneo del chico y del maxilar de la mujer, algo nunca visto en un fósil de hominino.

«¡Increíble! –exclama Nina Jablonski, antropóloga de la Universidad del Estado de Pennsyl­vania y autora del libro Skin, a natural history–. La posibilidad de que se haya conservado piel de australopitecino es impresionante.» Lo más impresionante es que gracias a esa piel quizá sea posible determinar cómo reaccionaban al calor aquellos parientes cercanos de los humanos.

A Jablonski le interesa sobre todo averiguar si la supuesta piel (o su huella fosilizada, si realmente se trata de eso) contiene rastros de pelo en la cabeza o en la cara, y una elevada densidad de glándulas sudoríparas.

La investigadora cree que dichas glándulas podrían ser un requisito indispensable para tener un cerebro grande, considerado un atributo de­­cisivo del género Homo. Los chimpancés, nuestros parientes vivos más directos, pasan la mayor parte del tiempo protegidos del sol bajo las copas de los árboles y tienen una capacidad de sudoración muy limitada. Nuestros primeros antepasados también vivían en entornos boscosos. Pero cuando hace unos dos millones de años el ambiente se volvió más seco, empezaron a forrajear en terrenos más despejados, lo que constituyó un problema para el cerebro, muy vulnerable al calor. Y cuanto más grande es el cerebro, ma­­yor es la necesidad de refrescarlo. Un marcado incremento de las glándulas sudoríparas junto con una reducción del pelo corporal habría servido precisamente para eso, apunta Jablonski, lo que a su vez habría hecho posible el ulterior crecimiento del cerebro a medida que Homo lo utilizaba para fabricar herramientas, planificar sus acciones y realizar otras actividades de gran exigencia cognitiva.

¿Qué se sabe entonces del cerebro de A. sediba? Por su volumen, de unos 420 centímetros cúbicos, es como el de un chimpancé, lo cual no resulta nada sorprendente para una criatura llamada Australopithecus. Sin embargo, su forma no es tan corriente. En colaboración con Paul Tafforeau, del Instituto Europeo de Radiación de Sincrotrón, radicado en la ciudad francesa de Grenoble, el equipo de Berger ha producido una serie de imágenes de ultra alta resolución para crear un molde virtual del interior del cráneo, es decir, una impresión del cráneo del macho joven, que revela los contornos generales de la superficie exterior de su cerebro.

«Los lóbulos frontales de los dos hemisferios parecen de diferente tamaño», señala Kristian Carlson, paleoantropólogo de la Wits que está reconstruyendo el cerebro de A. sediba. La acusada asimetría entre los hemisferios izquierdo y derecho es una de las características del cerebro humano, cuya mitad izquierda está especializada en el lenguaje.

El principal interés de A. sediba podría ser su capacidad para iluminar los oscuros orígenes del género Homo, cuya aparición siempre ha sido un misterio para los paleoantropólogos. Sólo se conocen unos pocos fósiles dispersos y fragmentarios de más de dos millones de años de antigüedad que puedan atribuirse a nuestro género. Luego, hace alrededor de 1,8 millones de años, no una sino dos o posiblemente tres especies de Homo aparecieron en África oriental. La más primitiva y de cerebro más pequeño se denomina Homo habilis, nombre asignado en 1964 por Louis Leakey y sus colegas a unos especímenes de la garganta de Olduvai por su asociación con los primeros y toscos utensilios de piedra. Hay investigadores que clasifican algunos de estos especímenes como una especie diferente: Homo rudolfensis. Después tenemos a Homo erectus (cuyas formas africanas más primitivas reciben a veces el nombre de Homo ergaster), más corpulento, más avanzado y de cerebro más grande, aunque contemporáneo de H. habilis.

¿De dónde salieron todos esos personajes? Los intentos por explorar el pasado más lejano resultan muy frustrantes, dice William Kimbel, paleoantropólogo de la Universidad del Estado de Arizona. «Hay muy pocos especímenes –se lamenta–. Podrías meterlos todos en una caja de zapatos y todavía te sobraría espacio para guardar los zapatos.» Hay un maxilar superior hallado por el propio Kimbel en Hadar, Etiopía, de 2,3 millones de años de antigüedad. Y una mandíbula encontrada en Malawi que podría ser 100.000 años más antigua, aunque la datación no es segura. Algunos investigadores también incluyen en este grupo un fragmento de cráneo procedente de Kenya, más o menos de la misma edad. No hay nada más.

Entonces entran en escena los esqueletos de A. sediba, que a diferencia de los fósiles de la metafórica caja de zapatos están muy bien conservados. Anatómicamente, la especie presenta una mezcla de rasgos primitivos y avanzados. Además de sus extremidades superiores largas, cerebro pequeño y calcáneo primitivo, su reducido tamaño corporal y la forma de las cúspides molares y de sus pómulos la vinculan con los australopitecos más antiguos, como A. africanus, que vivió en África meridional hace entre dos y tres millones de años. (De hecho, algunos investigadores opinan que podría ser una forma tardía de esa especie.)

Las extremidades inferiores largas y el tobillo moderno son rasgos esenciales que, según Darryl de Ruiter, paleoantropólogo de la Universidad de Texas A&M e integrante del equipo de Malapa, se sitúan en el lado humano de la balanza. De Ruiter menciona también la pelvis asombrosamente humana, adaptada para una marcha totalmente bípeda; los dientes y músculos masticatorios más pequeños; la nariz protuberante y otros rasgos de la cara, y esa mano sorprendente, capaz de coger objetos con precisión. En opinión del equipo, estos rasgos son suficientes para proponer esta especie australopitecina como la antecesora de Homo.

Pero, ¿qué Homo? El equipo se inclina con la máxima cautela por Homo erectus, la especie generalmente considerada precursora de Homo sapiens. De ser así, las formas más pequeñas de África oriental actualmente atribuidas a Homo, entre ellas H. habilis, el fabricante de instrumentos de Louis Leakey, pasarían a considerarse una rama del árbol genealógico que simplemente se extinguió. No es la primera vez que los científicos sugieren que esas especies podrían ser callejones evolutivos sin salida, pero los fósiles de Malapa aportan más pruebas para el debate.

«Sediba hace que dudemos de todos los Homo anteriores a erectus», dice De Ruiter.

El principal obstáculo que debe superar este desafío a la hipótesis establecida es la cronología. Si A. sediba, de dos millones de años, es el verdadero antepasado de Homo, ¿cómo pudo originar los fósiles todavía más antiguos de la caja de zapatos de Bill Kimbel asignados a Homo? Una posibilidad es que los especímenes de Malapa representen una fase tardía de una especie longeva que hubiera originado a Homo en un momento anterior. Sin embargo, el equipo de Berger duda de que los fósiles de la caja de zapatos sean realmente de Homo; después de todo, no son más que fragmentos. Pero Kimbel no acepta ese argumento.

«No es sensato menospreciar los fragmentos, pues nos aportan información», declara. Señala por ejemplo que el maxilar superior de Hadar tiene un arco dental corto y ancho, de aspecto humano, y un hocico chato, lo que lo sitúa indudablemente en el género Homo, aunque es al menos 300.000 años más antiguo que A. sediba.

El equipo de Berger, por su parte, insiste en que Malapa cambia todo el panorama. Los esqueletos articulados son mucho más que la suma de sus partes y demuestran que las partes, consideradas aisladamente, pueden ser engañosas. Según Berger, basta pensar en las partes de A. sediba que parecen primitivas y que sin embargo se combinan con otras de aspecto moderno. Del mismo modo, el maxilar de Hadar tal vez no represente con exactitud al resto de la criatura.

«¿Cómo va a ser engañoso? –replica Kimbel–. O comparte rasgos con Homo o no los comparte.» Si el maxilar de Hadar realmente es Homo, dice Berger, quizá no esté bien datado, un cuestionamiento que Kimbel rechaza enérgicamente.

Quizá la verdad sobre el lugar que A. sediba ocupa entre nuestros antepasados aún esté bajo tierra. «Lo bueno de un sitio como Malapa es que hay muchos huesos más, y más individuos por descubrir», dice Berger. En definitiva, la última palabra la tendrán los fósiles, no los debates.