Los sami de Laponia, pastores de renos

Viaja a Laponia y entra en el mundo de los sami a través de las fotografías de Erika Larsen

Cerca de los confines septentrionales de Escandinavia, a 340 kilómetros por encima del círculo polar Ártico, la noche se resiste a caer durante semanas en los meses de verano, y el sol de medianoche se refleja en los campos de nieve. El solsticio llega y se va, pero los pastores de renos sami están demasiado ocupados para prestarle atención. «Nos pilla en plena época de marcado del ganado», explica Ingrid Gaup, refiriéndose a la práctica que todos los años llevan a cabo las familias propietarias de renos en la que graban sus marcas ancestrales en las orejas de las nuevas crías. En Laponia, la patria de los sami, repartida en territorios del norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, el tiempo se desvincula de los ciclos solares y se funde con una realidad mucho más importante: la trashumancia de los renos.

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Los pastores sami llaman a su oficio boazovázzi, que literalmente significa «el que camina con los renos», y eso es exactamente lo que en otro tiempo hacían los pastores, seguir la rápida marcha de los animales a pie o sobre esquís de madera mientras estos van en busca de los mejores pastos a lo largo de cientos de kilómetros. Pero los tiempos han cambiado. Hoy los pastores tienen asignadas parcelas concretas de los terrenos de pasto tradicionales en determinados períodos del año. Para sostener ese estilo de vida los pastores necesitan todoterrenos y motonieves, vehículos caros para mantener en condiciones los extensos vallados que limitan los terrenos y desplazar grandes hatos de animales de acuerdo con la normativa de explotación del suelo, incluso aunque esta choque con los instintos del reno. Como explica el marido de Ingrid, Nils Peder Gaup: «Los renos piensan con el morro, no con los ojos. Se guían por el viento».

Como muchos sami de su generación, Nils Peder fue obligado a estudiar en un internado donde, como parte de las políticas de «norueguización» del país, su lengua vernácula estaba prohibida. A los sami se les ha concedido mayor autonomía desde entonces, pero el daño infligido a su idioma, que hoy solo lo habla una minoría, es irreparable. Los Gaup se cuentan entre los pocos sami (una población integrada por unas 70.000 personas) que siguen pastoreando renos.

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Todos los meses de junio, al término de una larga travesía hasta el corazón de la tundra montañosa del norte de Noruega, la familia Gaup aguarda la llegada de la manada en unas tiendas similares a los tipis llamadas lávut. Pasarán días y noches sin dormir marcando a las crías antes de desplazar a los renos a los pastos estivales de los fiordos, a lo largo de las costas septentrional y occidental de Noruega.

Al primer atisbo de que el rebaño se acerca, los perros del campamento se levantan. La manada aparece, descendiendo por una cordillera lejana como un torrente ladera abajo. Otros pastores suben a la cima con sus todoterrenos, conduciendo a cientos de renos hasta el interior de un cercado provisional. Los niños, tiesos dentro de sus monos de nieve, se mueven con torpeza por el interior del cercado, contentos y sin dejarse amilanar por la estampida de los renos.

«Enseño el oficio a todos mis hijos», dice Nils Peder, mientras ayuda a su hijo menor a marcar una cría. Los mayores son tan hábiles con los cuchillos afilados que devuelven las crías a sus madres con apenas un rastro de sangre en las orejas. «Los jóvenes deben mantener e impulsar la cultura», añade Nils Peder, aunque reconoce que las influencias culturales foráneas pesan sobremanera. En la actualidad, las familias dedicadas al pastoreo viven en casas modernas con Internet y televisión. Sara, la benjamina de los cinco hermanos, pasa buena parte de la sesión de marcado enviando SMS a sus amigos.

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A medida que los pastores se enfrenten a de­­safíos más importantes, ¿qué camino escogerán las jóvenes como ella? Si el pastoreo de renos desaparece, también podrían hacerlo las tradiciones sami. La propia lengua refleja este poderoso vínculo: la palabra para «rebaño» es eallu; la palabra para «vida» es eallin.