Los sami de Laponia, pastores de renos

Viaja a Laponia y entra en el mundo de los sami a través de las fotografías de Erika Larsen

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Ella-Li Spik, de Jokkmokk, Suecia, es una de las pocas sami que se han criado pastoreando renos. Pertenece a una nueva generación que tiene planes de estudiar en la universidad. «Quiero explorar el mundo –dice–, pero también que los renos formen parte de mi vida para siempre.»

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Los pastores sami siguen las migraciones de los renos, que en los meses de verano atraviesan el norte de Escandinavia y Rusia desde los pastos invernales hacia zonas más frescas.

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Los renos son animales asustadizos, por eso Nils Peder se arrodilla con calma en medio del rebaño del que depende su sustento. Alrededor del cuerpo lleva un lazo enrollado; los hay de diferentes colores, para indicar la temperatura y la estación en que debe utilizarse cada uno. Mientras observa a los animales, Nils Peder canta un yoik, una canción tradicional sami, en la que evoca a su esposa, Ingrid. Los pastores luteranos que convirtieron a los sami prohibieron este tipo de canto gutural, al que tildaron de música diabólica. Nils Peder lo aprendió de sus abuelos, pues su madre lo desaprobaba, y luego se lo enseñó a sus hijos. «Cuando canto un yoik –dice–, recuerdo lo que he visto, y recuerdo que no estoy solo.»

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El viaje de 130 kilómetros hasta el mar resultó demasiado duro para esta cría. El pastor ató el joven reno exhausto a un trineo, y éste a su moto de nieve.

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Los renos avanzan con dificultad sobre la nieve en busca de alimento en los pastizales de Harrå, Suecia. El líquen es la base de su dieta invernal; para llegar hasta él deben apartar la nieve. En los años recientes, la nieve húmeda y un aumento de las temperaturas forma una costra congelada que cubre la vegetación y que los renos no pueden romper.

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Las tiendas con forma cónica llamadas lávut proporcionan un cobijo temporal a los pastores sami que siguen a los renos. Nils Peder Gaup descansa en la tundra: en la montaña, se siente como en casa. «El espíritu sami te acompaña» dice. 

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Sven Skaltje toma una comida a base de varios ingredientes básicos de la dieta sami –carne curada de reno, pan hecho en casa y café– en la cocina del piso que comparte con cinco de sus hermanos en Gällivare, Suecia. Reparten el tiempo entre la ciudad y su aldea natal, Harrå, a la que no se puede llegar por carretera. Skaltje pasa la mayor parte del invierno en la tundra con su rebaño. «Cuando no estoy con los renos me siento vacío», afirma. 

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En el norte de Suecia, Sven Skaltje se entristeció al encontrar los cadáveres de dos hembras de reno que se habían quedado enganchadas por la cornamenta en una lucha de poder. Calcula que tardaron tres días en morir de inanición. Tras separar los cuerpos comprobó, por las marcas de las orejas, que una hembra era suya y la otra pertenecía a su primo. Skaltje es una persona muy admirada entre los sami más jóvenes de su grupo de pastoreo, pero no está seguro de que las enseñanzas que les ha transmitido perduren. «Ha habido otras culturas importantes, como fueron la romana o la inca, que han desaparecido –dice–. Así es la vida.»

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Sven Skaltje halló las cornamentas de dos hembras de reno que habían muerto de hambre, las sumergió en agua hirviente y las limpió para conservarlas como recuerdo.

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Las estructuras de las tiendas cónicas, llamadas lávut, son habituales en las casas sami, donde suelen usarse para ahumar carne. Los sami llevan toda la vida utilizando estas tiendas como refugios portátiles: la base ancha y los palos ahorquillados soportan vientos de hasta 80 kilómetros por hora en la tundra ártica. Fáciles de transportar y de montar, originalmente se cubrían con pieles de reno, pero ahora los pastores usan lonas enceradas o tejidos ligeros. En el centro ponen una fogata o un hornillo para calentarse y cocinar. Una familia numerosa puede dormir en una sola tienda, cuyo suelo aíslan del frío con ramas y cuero de reno.

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Sara Gaup, de 14 años, va vestida para su confirmación. Los trajes que llevan ella y su padre, Nils Peder Gaup, indican que son de Kautokeino, Noruega. La punta de las botas de reno sirve para engancharlas a los esquís.

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Sobre la mesa de la cocina de los Gaup en Kautokeino, Noruega, hay un reno sacrificado, del que la familia aprovechará absolutamente todo. La carne de reno se congela, se ahúma o se cura, lo mismo que se hace con las vísceras, la grasa, la sangre y las pezuñas. Algunos sami hacen artesanía: con las astas y los huesos fabrican herramientas y juguetes, con los tendones hacen hilo y con la piel confeccionan bolsas y ropa. Pasan meses preparando el cuero: lo raspan, remojan, secan y estiran a mano. Para comercializar la carne, llevan los renos al matadero, donde despiezan la carne y desechan el resto.

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En una noche de luna, los pastores conducen los renos a un corral provisional llamado gárdi, donde las hembras preñadas permanecen separadas del resto del rebaño.

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Mathis Gaup se sumerge entre el rebaño para separar a las hembras preñadas (las que conservan las astas). Para ello las agarra por la pata trasera y las guía hasta el exterior del recinto de lona. En 2011 solo parió el 50 % de las hembras de los rebaños de la familia Gaup en Noruega, cuando normalmente lo hace el 80 %. Los pastores se toman los años malos con filosofía. «La naturaleza controla el tamaño de la manada –dice el hermano de Mathis, Nils Peder–. Las hembras que pasan el verano ocupándose solo de sí mismas tienen más probabilidades de parir crías más robustas la primavera siguiente.»

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La cornamenta de unas hembras de reno preñadas se vislumbra a través de las mallas del cercado provisional.

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La familia Gaup entra en calor tomando café. Les espera una larga jornada a través de la tundra que les llevará hasta el rebaño para poder marcar las nuevas crías.

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El marcado de las crías tiene lugar cada verano en Noruega. Después de que las hembras den a luz los pastores separan brevemente las crías de sus madres y les practican una marca, única y distintiva de cada propietario, en un extremo de la oreja.

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En casa de uno de los primos de Sven Skaltje hay colgada una foto del marcado de las crías.

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Un reno disecado decora una tienda de ultramarinos en la localidad de Jokkmokk, Suecia.

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SunnaKati Skaltje y su novio, Johan Karlsson, se disponen a reunirse con su familia y sus amigos en el Mercado Anual de Jokkmolk, en el norte de Suecia. El evento atrae a centenares de sami y es escenario de múltiples actuaciones, exposiciones, carreras de renos y venta de comida y artesanía.

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Una pintura contemporánea en Kautokeino, Noruega, evoca el arte parietal, de una antigüedad de 6.200 años, creado por los antighuos habitantes del norte de Escandinavia.

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Ingrid Gaup estudió en un internado de Suecia antes de casarse y mudarse a Noruega. Sigue la tradición sami de confeccionar ella misma algunos artículos de uso doméstico, por ejemplo, recoge «hierba del zapato» en pantanos fluviales, la seca, la trenza y luego le da forma para que encaje en el interior de las botas de invierno. «Este material retiene el aire caliente y absorbe la humedad mucho mejor que los aislantes modernos», dice Ingrid.

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Johan Kuhmunen y su perro Cammu viven en Suecia pero, en verano, los movimientos del rebaño familiar le obligan a cruzar a Noruega. La tradición sami de aprender de los más ancianos es un elemento importante del pastoreo de renos, y el conocimiento pasa de generación a generación sin necesidad de libros.

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23 de diciembre de 2011

Cerca de los confines septentrionales de Escandinavia, a 340 kilómetros por encima del círculo polar Ártico, la noche se resiste a caer durante semanas en los meses de verano, y el sol de medianoche se refleja en los campos de nieve. El solsticio llega y se va, pero los pastores de renos sami están demasiado ocupados para prestarle atención. «Nos pilla en plena época de marcado del ganado», explica Ingrid Gaup, refiriéndose a la práctica que todos los años llevan a cabo las familias propietarias de renos en la que graban sus marcas ancestrales en las orejas de las nuevas crías. En Laponia, la patria de los sami, repartida en territorios del norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, el tiempo se desvincula de los ciclos solares y se funde con una realidad mucho más importante: la trashumancia de los renos.

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Los pastores sami llaman a su oficio boazovázzi, que literalmente significa «el que camina con los renos», y eso es exactamente lo que en otro tiempo hacían los pastores, seguir la rápida marcha de los animales a pie o sobre esquís de madera mientras estos van en busca de los mejores pastos a lo largo de cientos de kilómetros. Pero los tiempos han cambiado. Hoy los pastores tienen asignadas parcelas concretas de los terrenos de pasto tradicionales en determinados períodos del año. Para sostener ese estilo de vida los pastores necesitan todoterrenos y motonieves, vehículos caros para mantener en condiciones los extensos vallados que limitan los terrenos y desplazar grandes hatos de animales de acuerdo con la normativa de explotación del suelo, incluso aunque esta choque con los instintos del reno. Como explica el marido de Ingrid, Nils Peder Gaup: «Los renos piensan con el morro, no con los ojos. Se guían por el viento».

Como muchos sami de su generación, Nils Peder fue obligado a estudiar en un internado donde, como parte de las políticas de «norueguización» del país, su lengua vernácula estaba prohibida. A los sami se les ha concedido mayor autonomía desde entonces, pero el daño infligido a su idioma, que hoy solo lo habla una minoría, es irreparable. Los Gaup se cuentan entre los pocos sami (una población integrada por unas 70.000 personas) que siguen pastoreando renos.

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Todos los meses de junio, al término de una larga travesía hasta el corazón de la tundra montañosa del norte de Noruega, la familia Gaup aguarda la llegada de la manada en unas tiendas similares a los tipis llamadas lávut. Pasarán días y noches sin dormir marcando a las crías antes de desplazar a los renos a los pastos estivales de los fiordos, a lo largo de las costas septentrional y occidental de Noruega.

Al primer atisbo de que el rebaño se acerca, los perros del campamento se levantan. La manada aparece, descendiendo por una cordillera lejana como un torrente ladera abajo. Otros pastores suben a la cima con sus todoterrenos, conduciendo a cientos de renos hasta el interior de un cercado provisional. Los niños, tiesos dentro de sus monos de nieve, se mueven con torpeza por el interior del cercado, contentos y sin dejarse amilanar por la estampida de los renos.

«Enseño el oficio a todos mis hijos», dice Nils Peder, mientras ayuda a su hijo menor a marcar una cría. Los mayores son tan hábiles con los cuchillos afilados que devuelven las crías a sus madres con apenas un rastro de sangre en las orejas. «Los jóvenes deben mantener e impulsar la cultura», añade Nils Peder, aunque reconoce que las influencias culturales foráneas pesan sobremanera. En la actualidad, las familias dedicadas al pastoreo viven en casas modernas con Internet y televisión. Sara, la benjamina de los cinco hermanos, pasa buena parte de la sesión de marcado enviando SMS a sus amigos.

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A medida que los pastores se enfrenten a de­­safíos más importantes, ¿qué camino escogerán las jóvenes como ella? Si el pastoreo de renos desaparece, también podrían hacerlo las tradiciones sami. La propia lengua refleja este poderoso vínculo: la palabra para «rebaño» es eallu; la palabra para «vida» es eallin.