Aborígenes

Los primeros australianos

Durante 50.000 años fueron los únicos habitantes de Australia, pero hoy solo representan el 3% de su población, aunque sus costumbres siguen vivas en sus territorios ancestrales.

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Mawunmula Garawirrtja, una aborigen yolngu, disfruta del sol y el mar en una poza intermareal próxima a la comunidad de Bawaka, en la costa de la Tierra de Arnhem, en el norte de Australia.

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En la franja monzónica de la Tierra de Arnhem, el bosque abastece a Bronwyn Munyarryun, quien arranca la corteza blanda de un árbol del género Melaleuca (llamado árbol de corteza de papel) para confeccionar el lecho que se usará en una ceremonia de sanación.

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Los anangu llaman Uluru a la formación rocosa compuesta por arenisca que se yergue en el centro de Australia. Creen que fue creada por sus ancestros. Los europeos la bautizaron como Ayers Rock en 1873, pero en 1985 se restituyó su nombre original. 

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Consejos de supervivencia de Phyllis Batumbil, de Matamata: si tienes hambre, pon la oreja sobre un árbol hueco; si oyes un zumbido, tala el árbol y encontrarás una miel deliciosa.

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Otro consejo de Batumbil: si necesitas limpiar la maleza de serpientes, enciende un fuego con una corteza de eucalipto.

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Un consejo más de Batumbil: si tienes sed, cava un agujero en la arena para conseguir un charco de agua dulce y fresca.

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Los yolngu lo aprovechan todo de la tortuga verde, desde los órganos hasta el tejido conjuntivo amarillo.

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Unos muchachos embadurnados de arcilla blanca, que representan seres sobrenaturales, se preparan para participar en las ceremonias de inauguración del Festival Garma, un acontecimiento cultural yolngu en Gulkula. En la cultura aborigen la pintura corporal blanca también indica duelo.

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Nellie Gupumbu (a la izquierda) y Lisa Garraynjarranga acampan en la orilla del mar de Arafura con su abuela, Lily Gurambara. Para Gurambara, remoto no es sinónimo de incomunicado: con su teléfono organiza actos comunitarios.

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Unas mujeres yolngu masajean con aceites y hierbas a una asistente del Festival Garma de Gulkula, una celebración anual que atrae turistas deseosos de experimentar los rituales aborígenes.

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La directora de la escuela de Watarru lleva al colegio a una niña aborigen que hace caso omiso de los horarios y rutinas. En las áreas remotas las tasas de abandono escolar de los indígenas superan el 60 por ciento.

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En el aula, la profesora Erin McQuade trata de ganarse la atención de sus alumnos. En esta escuela las clases se imparten en pitjantjatjara e inglés.

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El fuego es una herramienta, un regalo, y un peligro en potencia: así lo aprenden los anangu desde su más tierna infancia en Watarru, una de las muchas tierras aborígenes donde la tradición sigue alumbrando el camino.

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Con llamas pintadas en los pechos y los brazos, Bronwyn Jimmy (izquierda) y Tinpulya Mervin, de Watarru, realizan una danza del fuego en el Gran Desierto de Victoria, un rito solo para mujeres. Los aborígenes prenden fuegos para desbrozar la tierra.

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Unos hombres de Maningrida decoran un tronco ataúd que utilizarán para dar sepultura al cráneo de un antepasado. Guardado hasta hace poco en un museo de Darwin, el cráneo acababa de ser devuelto a la comunidad aborigen.

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En Gatji, un muchacho djinang es decorado con la figura totémica del pez gato para celebrar la vuelta a casa de los restos de un antepasado. Desde 1990 se han repatriado a Australia los restos de más de 1.100 aborígenes.

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En el enterramiento de unos restos repatriados en Yinangarndua, en el Territorio del Norte, las danzas se prolongaron durante horas.

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El intenso resplandor de la luna ilumina el espectral paisaje nocturno que conforman los robles del desierto en el Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta, en el centro de Australia, donde los aborígenes viven en contacto con la tierra.

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11 de julio de 2013

El dedo índice al cuello en un gesto de degüello y una mirada hacia el mar. Es la señal. Los dos hombres agarran los remos, tallados a mano en madera de eucalipto, y caminan descalzospor la tierra rojiza hasta la orilla. Embarcan en el bote de aluminio, arrancan el motor y surcan las cálidas y someras aguas de una ensenada del mar de Arafura, en el confín virgen del Territorio del Norte australiano.

Terrence Gaypalwani navega de pie en la proa, escudriñando el mar y marcando el rumbo con la punta del arpón. A sus 29 años, está en la ple­nitud de su carrera como cazador. Peter Yiliyarr, de 40, ya en la tercera edad, gobierna el motor. El litoral es una maraña de raíces de mangle; el sol, un foco abrasador. Media hora. Los hombres no han pronunciado palabra; aunque no estén cazando, a veces los yolngu se comunican exclusivamente por signos.

Entonces Gaypalwani yergue el arpón, eleva el hombro, y yo miro por la borda y veo una sombra enorme en el agua. El arpón sale disparado. La sombra asciende, el arpón cae y ambos se encuentran en la superficie del agua.

La tortuga, herida, busca el fondo. Tiene el diámetro de una mesa camilla y probablemente más edad que cualquiera de estos dos cazadores. La punta metálica del arpón, hundida en el caparazón, se desprende del asta –como debe ser–, que se aleja flotando; más tarde la recuperarán. A la base moscada de la punta han atado una cuerda, que Yiliyarr va largando con celeridad. Los cazadores tienen unas cicatrices largas y finas en la palma de las manos y en el torso. La cuerda acaba de desenrollarse; en el extremo final lleva amarrada una boya blanca del tamaño de un balón de baloncesto, que salta del bote y desaparece bajo el agua. El balón emerge, y el bote acude veloz a su encuentro. Ahora es Yiliyarr quien empuña el arpón y lo arroja cuando aparece la tortuga, dando de nuevo en el blanco. La punta se suelta, y se larga una segunda cuerda. Gaypalwani mete el brazo en el agua para sujetar la primera, y los dos hombres tiran de las cuerdas, mano tras mano. Enseguida aparece la tortuga, y se disponen a izarla a bordo.

Cada uno de ellos agarra una de las gruesas aletas que el animal agita sin cesar, afianza los pies y echa la espalda hacia atrás. La tortuga sale del agua y los hombres caen sentados cuando esta se desliza en el interior del bote.

Para poder visitar Matamata, un poblado de unos 25 habitantes perdido en plena naturaleza, necesitaba el permiso de la madre de Gay­palwani. Phyllis Batumbil es la matriarca de Matamata, una mujer sin pelos en la lengua, capaz de hacerte volar la gorra con una carcajada y de hacer gemir a un perro con solo poner mala cara. En Matamata hay dos teléfonos: el de ella y el que comparten todos los demás.

La telefoneé y me contestó ella misma. Habla varios dialectos de yolngu matha, la lengua de los yolngu, además de un inglés excelente. Como muchos yolngu, utiliza nombre inglés y apellido aborigen y prefiere que se dirijan a ella por este último. Batumbil es pintora. Nos había puesto en contacto el gerente de una galería de arte que es su representante. Hace dibujos de marcado carácter simbólico de rayas, lagartos y otros tótems sagrados sobre tiras de corteza de árbol y troncos vaciados, valiéndose de un pincel que confecciona con su propio pelo.

Le pregunté si podía pasar en Matamata un par de semanas, asegurándole que pagaría el alojamiento y las comidas, y me dijo que sí. ¿Quería que les llevase alguna cosilla?

«Cena para 25», dijo.

Contraté un vuelo en Cessna desde una de las ciudades más próximas. El piloto voló bajo sobre el bush, el típico paisaje australiano de vegetación poco densa con árboles aislados, flacos, tiesos y ralos, y cuando llegamos a un claro rectangular delimitado en un extremo por media docena de viviendas con aspecto de vagones de carga, el piloto aterrizó. Batumbil estaba sentada al pie de un viejo mango, tejiendo un bolso con fibras naturales, rodeada de sus cinco perros. Llevaba una camiseta negra de tirantes, un pareo de color violeta intenso, gafas de lectura con montura de plástico y esmalte rojo en las uñas. El cabello, un frenesí de elásticos rizos negros, se lo había recogido en la parte superior de la cabeza con una cinta amarilla.

Descargué dos bolsas de lona con mis efectos personales y una docena de bolsas de comestibles. Una cena para 25 abulta lo suyo, comenté. Mire toda esa comida, dijo Batumbil. ¿Se imagina capturar todo eso en un día sin más ayuda que un arpón? ¿Y repetir al día siguiente, y al otro? Sería imposible, contesté. Pues los aborígenes llevamos 50.000 años haciéndolo a diario.

Durante 49.800 de esos años tuvieron el continente para ellos solos. En su momento llegó a haber unas 250 lenguas aborígenes, y muchos más clanes y subgrupos. Pero existe un alto grado de solapamiento espiritual y cultural entre ellos, y los australianos indígenas con los que conversé no tenían objeción a que se los englobase a todos bajo el epígrafe general de aborigen. Así es como ellos se autodenominan. Durante dos mil generaciones vivieron en pequeños grupos nómadas, como corresponde a los pueblos cazadores-recolectores, desplazándose por la inmensidad australiana. Entonces, el 29 de abril de 1770, el explorador británico James Cook arribó a bordo del Endeavour a la costa meridional. Los dos siglos siguientes fueron una pesadilla de aniquilación cultural: masacres, epidemias, alcoholismo, integración forzosa, rendición.

Actualmente viven en Australia más de medio millón de aborígenes, lo que supone menos del 3 % de la población. Pocos han aprendido a ejecutar una danza tradicional o a cazar con arpón. Muchos antropólogos atribuyen a los aborígenes la religión más antigua del mundo, así como las formas artísticas más perdurables: los estilos pictóricos de rayas y puntos, otrora inscritos en cuevas y abrigos rocosos. Son una de las sociedades más duraderas que ha conocido el planeta. Con todo, el modo de vida tradicional aborigen está hoy casi extinguido.

Casi. Resisten algunos reductos, principalmen­te una región conocida como Tierra de Arnhem, donde se encuentran Matamata y otras veintitantas comunidades, comunicadas entre sí por pistas de tierra que solo son transitables en la estación seca.

La Tierra de Arnhem no está del todo aislada del mundo moderno. Allí utilizan energía solar, teléfonos por satélite, barcas de aluminio y televisores de pantalla plana. Pero así y todo es impenetrable, una tierra de espinos, serpientes, insectos y cocodrilos. Si la nueva generación opta por el supermercado en vez del arpón, será irremediablemente el fin. Me preguntaba hasta qué punto era posible la supervivencia. Así que telefoneé a Batumbil.

La matriarca echó un vistazo a las bolsas del supermercado y preguntó si de veras eran para compartir. Le aseguré que sí. Al instante –ignoro qué señal enviaría–, los vecinos se congregaron en torno a los comestibles. Había comprado carne, verduras, latas de raviolis y zumos. Matamata es una gran familia, el hogar de los hijos, nietos, sobrinas y hermanos de Batumbil. En un segundo, todo había volado, hasta los tentempiés que había comprado para mí. La expresión de mi rostro debió de delatarme, porque Batumbil me preguntó si tenía hambre. Sí, admití. «Vaya con los chicos a cazar una tortuga», me ordenó.

Cómo se come una tortuga. Primero se cava un gran hoyo. Se apiña leña y se prende. Se colocan unas cuantas piedras del tamaño de un puño y luego se arrastra la tortuga hasta él. Con trocitos de ramas, se le obturan los orificios del caparazón causados por el arpón para que durante el asado no se escape la sangre, y se decapita con un hacha. La cabeza se reserva: las cocochas de tortuga son un manjar. Se arrancan los intestinos, que luego se lavan, hierven y comen.

Con dos palos a modo de pinzas, se retiran las piedras del fuego y se introducen por el cuello de la tortuga –esto hace que la carne se cocine también por dentro–, que luego se tapona con hojas recién cortadas. Entre dos personas, se lanza la tortuga al fuego, boca abajo, y se cubre con brasas. Se cocina diez minutos y se retira.

Con la tortuga aún boca abajo, se abre con un cuchillo la concha plana del vientre. Se van cortando grandes tajadas de carne de color marfil y cintas de grasa de color verde brillante. La san­gre se recoge en un recipiente. Carne, grasa y sangre se reparte entre todos los vecinos; las aletas se destinan a los perros. ¡Buen provecho!

El atardecer en Matamata es la hora de los mosquitos. Sonoras palmadas, manotazos en la piel… es el sonido que llega de todos los porches. En Matamata hay cinco casas. Estas viviendas modulares, proporcionadas por el Gobierno, tienen el exterior de acero corrugado para evitar el problema de las termitas y están divididas en tres cuartos.

Se cocina fuera, en una fogata al aire libre, aunque todas las casas cuentan con un frega­dero con agua corriente y frigorífico. Para los yolngu, el mundo entero es un lienzo: las piedras, los árboles, las paredes del dormitorio, la fachada de las casas. Suelen adornarlos con motivos de rayas o con figuras humanas y animales de estilo petroglífico. En Matamata hasta las neveras están pintadas.

Entre casa y casa hay bosquecillos de mangos, bananos y anacardos. Para tomar un refrigerio no hay más que alargar la mano hasta las ramas. Incluso en un poblado tan pequeño como este hay barrios: un par de casas de solteros, un par de familias con niños pequeños y, al fondo, en el extremo más alejado del mar, el módulo de Batumbil.

Batumbil comparte habitación con una tía materna nonagenaria y aloja en las otras estancias a un hijo y a un nieto, que a su vez es padre de un niño: cinco generaciones bajo el mismo techo. En Matamata suele reinar la concordia, a fin de cuentas son una familia. Cada vez que la matriarca mencionaba a cierta persona del po­­blado, automáticamente añadía «ese holgazán». Una vez dos nietos de Batumbil tuvieron una agarrada tan fuerte que acabaron a cuchilladas.

El calor sofocante del día se pasa lánguidamente entre tareas domésticas –tallar astas, hacer la colada– o pescando con arpón si la marea lo permite. La tortuga verde es un alimento básico todo el año, pero también se pescan rayas, jureles de cola amarilla y dugongos, un mamífero marino del tamaño de una morsa. La creatividad de Batumbil no aflora hasta la hora de los mosquitos; a menudo trasnocha para quedarse pintando o tejiendo, y luego duerme hasta tarde. Nació en 1956 en la isla Elcho, frente a la costa norte de la Tierra de Arnhem, en el seno de una comunidad dirigida por misioneros metodistas. Su padre tenía ocho esposas. Siendo recién nacida la prometieron en matrimonio, como manda la tradición de su pueblo, y se casó a los 15 años. El marido le llevaba más de 20. Enviudó en 2000.

En 1976 la Ley sobre Derechos de Tierra Indígena para el Territorio del Norte reintegró los más de 90.000 kilómetros cuadrados de la Tierra de Arnhem a sus propietarios ancestrales. Otras leyes similares devolvieron trozos de territorio en otros lugares de Australia, aunque muy pocos estaban en tan buenas condiciones como la Tierra de Arnhem. Por entonces algunas comunidades aborígenes eran pasto del alcoholismo y otras lacras. Y lo siguen siendo hoy. Un rasgo fundamental de la vida del cazador-recolector es el consumo inmediato: en cuanto se obtiene el alimento, se comparte y devora con rapidez.

La mayor parte del mundo tuvo 10.000 años para adaptarse gradualmente a las cadencias de la sociedad agrícola, sedentaria, en la cual la paciencia, la planificación y el acopio son claves para la supervivencia. A los aborígenes se les exigió metamorfosearse de la noche a la mañana. Un consumo sin moderación sumado al suministro ilimitado de un producto como el alcohol es igual a desastre. Lo mismo ocurre con los carbohidratos refinados: la obesidad y la diabetes son una endemia en la población aborigen. Y otro tanto sucede con el tabaco.

En la ciudad de la isla Elcho donde residían Batumbil y su marido –él era carpintero; ella, modista–, hubiese sido difícil no caer en la trampa del alcohol y la violencia que a menudo conlleva. Aquella población de unos pocos cientos de habitantes no era lugar para fundar una familia. La pareja llegó a la conclusión de que la única manera de ser felices era vivir en un plácido aislamiento, dependiendo de la prodigalidad de la tierra. Así pues, se mudaron al bush. «Decidimos regresar al hogar», dice Batumbil.

Según los profesionales sanitarios de la zona con los que me entrevisté, fue una sabia decisión. Probablemente les salvó la vida. En comparación con los aborígenes urbanos, los que residen en los territorios ancestrales llevan una dieta más sana, su esperanza de vida es mayor y están ex­­puestos a muchísima menos violencia. La ciudad más grande del Territorio del Norte es Darwin. Allí, en enero de 2012, un hermano de Batumbil fue muerto a navajazos en una pelea. El cadáver fue enviado a Matamata. También en Darwin recibe tratamiento de diálisis una de sus cuñadas, alcohólica. «Si viviese aquí, se habría sal­vado –asegura Batumbil–. Pero, en fin, aquí la enterraremos.»

Después de trasladarse al campo con su marido, Batumbil tuvo dos hijos –Gaypalwani es el mayor– y una hija. Esta dio a luz a tres hijos va­­rones y falleció de una afección cardíaca. Los tres chicos, hoy ya muchachos, viven en Matamata. En el poblado la educación «formal», es decir, de materias como la lectura y las matemáticas, es intermitente. La profesora es Batumbil, que estudió magisterio en Darwin. Durante mi estancia en Matamata, no obstante, no se impartió ninguna clase, y nunca vi ni un libro.

Pero la educación «tradicional» es impecable. Gaypalwani y su mujer son padres de gemelos. Los niños, de nueve años, corren por el poblado con miniarpones y a veces acompañan a su padre en la barca para observar cómo caza. Todos los días practican los complicados pasos de las danzas yolngu al ritmo de las palmadas de sus pa­­dres. Los matrimonios concertados y la poliginia ya no son comunes, me dice Batumbil. Ahora se encuentra pareja con métodos más modernos: «Correteas por ahí como una hormiga hasta que encuentras lo que buscas. Y entonces construís juntos un hormiguero».

En Matamata está prohibido el alcohol. En primer lugar, por orden de Batumbil. En segundo, por ley. La Respuesta de Emergencia del Territorio del Norte de 2007, conocida coloquialmente como «la intervención», fue anunciada como una reacción al supuesto número de casos de abusos a menores en las comunidades aborígenes. Esta polémica iniciativa no exenta de carga racista incrementó el número de policías en las zonas aborígenes e impuso estrictas normativas en materia de alcohol. Algunos aborígenes con los que hablé admitían a su pesar que ha atenuado ciertos aspectos del problema, aunque muchos australianos la repudian, alegando que las nuevas normas coartan las libertades personales.

En un área como Matamata, donde casi nunca pone el pie la policía, contravenir la ley sería pan comido, pero Batumbil tiene una política de tolerancia cero con el alcohol, del que jamás vi una sola gota. Eso no es óbice para que la ma­­triarca fume como un carretero, como hacen otros muchos adultos del poblado. Usa una pipa larga de madera fabricada con una rama de árbol vaciada, que carga con tabaco de la marca Log Cabin. Dos productos del mundo exterior determinan la calidad de vida en Matamata: el tabaco y la gasolina. Si no hay gasolina, no funciona el motor de las barcas, no se cazan tortugas, y todo el mundo pasa hambre. Si no hay tabaco, la cosa es aún peor. Yo mismo fui testigo, durante una temporada en la que había carestía de este producto, de cómo Batumbil hizo trizas su pipa favorita, raspó la resina acumulada en su interior y se la fumó en una pipa nueva.

El dinero para adquirir tabaco, gasolina y otros artículos de primera necesidad –té, harina, azúcar y uno de los productos favoritos de los vecinos de Matamata, latas de estofado irlandés Tom Piper– proviene de diversas fuentes. A veces los yolngu son contratados como mano de obra en distintas comunidades; durante mi visita un grupo de hombres ayudó a subir un depósito de agua en una torreta. Por este trabajo reciben una paga del Gobierno de hasta 215 euros semanales. Aunque no trabajen, muchos cobran también una cantidad, subsidios estatales a los que tienen derecho todos los australianos con bajos recursos, aborígenes o no. Otras comunidades aborígenes se embolsan grandes regalías de las compañías mineras. La bauxita, fuente principal del aluminio, es muy abundante en la Tierra de Arnhem. Batumbil se ha negado con obstinación a permitir que las compañías mineras levanten una sola palada de su tierra, pese a lo lucrativo de las ofertas. «Tendrían que pegarme un tiro y pasar por encima de mi cadáver», dice.

Las pinturas sobre corteza de árbol que hace Batumbil, con intrincadas rayas entrecruzadas de pigmentos fabricados artesanalmente a base de arcilla blanca, se venden a 1.150 euros. Sus bolsos de cuerda, adornados con plumas de ave, cuestan 380. Su sueño es contratar acceso a Internet por satélite –algo que pronto será posible– para crear una página web y vender sus obras online, ahorrándose así las comisiones de las galerías de arte.

En Matamata hay un automóvil, un Land Cruiser blanco y herrumbroso en el que todo el mundo ansía viajar, quizá porque cuenta con el único aire acondicionado del poblado. La temperatura puede arañar los 38 °C prácticamente todos los meses del año. Varias veces al día un nutrido grupo de vecinos recorre en el coche los 100 metros que separan las casas de la costa para comprobar si la marea permite cazar tortugas. Los últimos litros de gasolina suelen reservarse para una expedición de abastecimiento. El co­­mercio más próximo con un surtido decente, situado en la ciudad minera de Nhulunbuy, queda a cuatro horas de viaje conduciendo a buen ritmo por las estrechas pistas arenosas.

Matamata tiene dos estaciones, la lluviosa, normalmente de diciembre a marzo, y la seca, el resto del año. En la lluviosa siempre se puede coger el bote y bordear la costa hasta la ciudad, a medio día de distancia. También aterriza un avión a la semana para llevar a un profesional sanitario; cuando el avión parte hacia otras co­­munidades aborígenes, es habitual que un par de vecinos ocupen las plazas libres por un módico precio para visitar a amigos y parientes.

A Batumbil no le gustan los mosquitos –¿a quién sí?–, y los mata sin escrúpulos. Pero al mismo tiempo cree estar emparentada con ellos. Los llama «mis abuelitas». «Quería echar la siesta –me dijo una vez–, pero con mis abuelitas no hay manera.» Lo decía en tono jocoso, pero en serio. Por mucho que la atormenten, los mosquitos son parte de su tierra y están imbuidos de espíritu y de un propósito esencial. El de ese día, sugirió, era impedirle hacer la siesta para ayudarla a comprender que la vida es dura.

Cuenta la tradición aborigen que hace mucho, mucho tiempo la superficie de la Tierra era una extensión de barro o de arcilla. Entonces, unos seres ancestrales emergieron y, tras adoptar una forma animal, vegetal o humana, recorrieron el mundo transformando el barro en ríos, montes, islas, cuevas. Todo eso ocurrió en un período mitológico que en la cosmogonía australiana se conoce como la Era del Sueño. Y el camino individual que tomó cada uno de esos seres creadores, el paisaje que modeló antes de volver a sumirse en el suelo, se denomina una Línea de Canción.

De los seres ancestrales también nacieron todas las cosas vivas, entre ellas los humanos, a los que confirieron el lenguaje, el conocimiento, los ritos y la fe. Cada aborigen tiene su Sueño, su ancestro original, ya sea una serpiente, una tortuga o un ñame. Uno de los Sueños de la familia de Batumbil es el dingo, el perro asilvestrado de Australia, razón por la cual a ella le gusta rodearse de canes. Es esencial conocer la Línea de Canción de tu Sueño, dice Batumbil, para así poder seguir la ruta de tu ser ancestral, hablar su lengua, aprender su música.

Esta espiritualidad inmanente no se expresa en términos manifiestos. En la vida cotidiana no parece haber ningún ritual, aunque sí hay supersticiones. Existe la creencia de que caminar en solitario es exponerse a hechizos. Hasta para ir al cuarto de baño, en Matamata lo hacen acompañados. En el cementerio, el único símbolo religioso es una cruz cristiana con las palabras «Yo soy el Camino» en inglés, legado de los misioneros metodistas que llegaron a la Tierra de Arnhem en los albores del siglo XX. Hay dos momentos en los que las creencias aborígenes se manifiestan con toda su intensidad: en las ceremonias de iniciación de los niños (alrededor de los diez años) y en los funerales.

Me invitan a asistir al funeral de un venerado anciano yolngu que se celebra en una playa cercana a la ciudad de Yirrkala. Los hombres se pin­tan el rostro y el cuerpo con arcilla blanca y se mueven en grupo por la arena portando lanzas ceremoniales. Se detienen frente a una tienda con las paredes de tela en la que yace el cadáver, especialmente construida para la ocasión. Los más ancianos aportan la música: un chasquido rítmico de palillos, una salmodia vibrante, el zumbido oscilante del didgeridoo. Entonces los danzantes, como los seres ancestrales de la Era del Sueño, parecen metamorfosearse ante mis ojos, contorsionando el cuerpo, alargando el cuello, golpeando el suelo con los pies y arrojan­do las lanzas, todos a una, como una criatura con cien pies que levanta la arena y chorrea sudor.

Cada danza, imitación de un animal o de un acontecimiento natural, es breve e intensa. Se ejecuta la danza de la gaviota, la del pulpo, la del viento del norte, la de la cacatúa. Algunas son interpretadas solo por mujeres. El funeral dura diez días, pues no deja de llegar gente de todas las comunidades de la región para presentar sus respetos, danzar y dar al alma una despedida grandiosa. Pido a un par de asistentes que me describan el Más Allá y ambos me contestan lo mismo: «No se sabe qué ocurre cuando mueres».

Los yolngu son gente de fuego, dice Batumbil. No hace tanto tiempo que encendían hogueras haciendo girar rápidamente un palito entre las palmas de las manos. Ahora usan encendedores desechables. Mientras recorren su territorio, encienden fuegos con asiduidad. Incluso dejan que los niños, a veces de uno o dos años, empiecen a hacer sus pinitos y los enciendan ellos. Esta práctica mantiene el terreno despejado de árboles caídos y hierbas altas, facilita el movimiento por el bush y renueva la vegetación.

Pero si observas la mirada de cada uno de ellos cuando se prende un fuego, comprendes que ahí hay algo más que una buena gestión forestal. Acerca una llama a la punta de una hoja de palma. En la estación seca, la hoja arde como la yesca. En unos segundos el árbol entero es devorado por las llamas, que saltan al siguiente y alcanzan el suelo. El aire se torna naranja y el fuego corre como el rayo en la dirección que dicte el viento, convirtiendo el bosque en una pira crepitante y humeante: si te pilla en medio, ¡corre!

No hay forma de ponerle coto; el fuego, amo y señor, está fuera de control. Vuelve a pie a Matamata y otea el horizonte a la mañana siguiente. Una mancha marrón, suspendida en el aire a poca altura, delata dónde sigue ardiendo el incendio.

Un yolngu invierte entre 30 y 40 años en absorber el conocimiento aborigen en toda su amplitud, en convertirse, como lo describe Ba­­tumbil, en una «enciclopedia viviente». Ella teme que pronto se extingan esas enciclopedias yolngu; muchos grupos aborígenes de toda Australia han enterrado su último ejemplar. La caza con bumerán, que algunas tribus (no los yolngu) practicaron durante 10.000 años, casi ha desaparecido. «Me preocupa la siguiente generación», confiesa Batumbil.

Marvin Ganyin, de 23 años, me convence de que se preocupa sin motivo. Su madre era la hija de Batumbil, la que falleció, y vive en la habitación contigua a la de su abuela. Su padre también murió. Tiene un niño de dos años.

Al principio no sé qué pensar de Ganyin. Sus dos pasiones son pelear y jugar a fútbol. Me enseña las cicatrices que todas sus reyertas le han dejado en los nudillos. Dice no entender para qué sirven los libros. «¿Leer? ¿Qué puedes hacer con un libro cuando tienes hambre? ¿Comértelo?»

Pero entonces, un día en que los hombres de más edad van a la ciudad a por gasolina, me da una palmadita en el hombro, me tiende un arpón y me indica que lo siga. Nos internamos en el bush, un terreno plano como una tabla y cuajado de hormigueros grandes como lápidas. Se detiene al pie de un árbol, lo sacude y cae un montón de manzanas silvestres, con la brillante piel escarlata arrugada como una guindilla. «Si comes de estas –me dice–, andas todo lo que quieras.»

Todas y cada una de las criaturas del bush australiano, por lo visto, viven para envenenarte. Hay serpientes de la Mulga, sapos de caña, arañas de espalda roja y taipanes. Ni siquiera te puedes bañar en el mar: cubomesusas, rayas con lunares, pulpos de anillos azules, decenas de especies de tiburón. Sin olvidar los cocodrilos marinos, que pueden llegar a medir seis metros de largo. En las dos semanas que llevo en el bush australiano, ya han devorado a dos personas: una niña de siete años y un niño de nueve. Expreso mi pesar a Batumbil, pero ella no se inmuta. Son cosas que pasan.

Ganyin y yo llegamos a un montículo. Un montículo sagrado, me dice. Aquí es donde crecen los árboles con los que se fabrican los didgeridoos. Palmea el tronco de un eucalipto. Hueco. Los yolngu defienden que el didgeridoo se inventó en la Tierra de Arnhem; ellos lo llaman yidaki. Ganyin lo toca con maestría; es el mejor intérprete que oigo en Matamata.

Salimos del bush a una playa prístina con forma de media luna. Ni una pisada. Seguimos hasta un rompeolas natural de rocas negras punteadas de ostras. Ganyin abre algunas y las sorbemos. De repente Ganyin lancea. Un cangrejo enorme queda ensartado. Nos llegamos al manglar, donde Ganyin rompe una raíz y escarba con el dedo. Extrae un gusano blanco de unos 30 centímetros. Lo levanta y lo estruja: de la parte inferior sale disparada una pasta amarronada y lodosa. Me tiende el gusano. «Come», me dice, con la mirada iluminada. Obedezco. No está mal; sabe un poco a calamares salados.

«Vámonos antes de que nos huelan los dingos», me advierte. Así que regresamos. De camino me muestra una flor que indica el comienzo de la temporada de caza de rayas. Me comenta que sus héroes son Bruce Lee y Mohamed Ali. Insiste en que no viviría en la ciudad ni loco. «Demasiado aburrido. Y se come mal.» Dice que no hay nada mejor que cazar tu propio alimento. «Cuando tenga el pelo blanco, seguiré cazando.» Insiste en que aprenderá todas las costumbres yolngu, que llegará a ser una enciclopedia. En su funeral se danzará diez días seguidos.

Al llegar a Matamata, asamos el cangrejo y preparamos té. El ocaso tiñe el cielo de rosa; ma­­tamos mosquitos a manotazos. Ganyin se arranca astillas y fragmentos de concha de las plantas de los pies con la punta de unas tijeras. Luego saca el didgeridoo.

Coge una silla de plástico, le da la vuelta y se sienta frente a ella con las piernas cruzadas. Apoya el extremo del didgeridoo contra el respaldo, cierra los ojos e hincha los carrillos. La música brota del instrumento, y la silla de plástico crea una reverberación titilante, cuyo tono oscila sin cesar. Paseo por Matamata, las estrellas parpadean, y la música de Ganyin colma la noche.